Romeo y Julieta Untold: La última congregación 45. Julieta
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45. Julieta

Julieta

Para los Iniciados mugrientos y ensangrentados repartidos sobre los divanes, en las pilas, e incluso encima de las mesas, ha sido el momento de los abrazos y del desconcierto, de las disputas por las sobras de la cena y de las celebraciones. Porque hemos regresado, y estamos vivos.

Nadie lo habría imaginado nunca, y sin embargo aquí estamos, ahora, con nuestros amigos y los nuevos compañeros maltrechos que se han unido a nosotros.

De qué manera han mirado a Romeo cuando hemos cruzado el umbral, con los ojos iluminados a pesar del hambre y las heridas.

Es desde la Gruta de la Muerte que lo recuerdan, desde que intentó salvarlos a todos, desde que quiso acoger a Marina Codalunga, desde que supieron de su muerte por los relatos y las voces que corrían por la Aldea de Tropa en Tropa, y ahora lo han visto regresar.

Esta Tropa no sería la misma sin Romeo, y por un batimiento creo que la decisión que Terencio tomó instintivamente en la Arena, cuando señaló a Laurela y nos obligó a unirnos, no fue ningún error.

También ha habido festejos para mí, desde luego.

Primero Florencia me ha abrazado, tímidamente, solo rozándome, y luego Folco me ha estrechado hasta que se me ha cortado la respiración, no solo por los músculos, que en todos ellos se han hecho más pronunciados después de haber conquistado la torre, sino porque él es distinto —también él, en cierto modo, ha regresado de entre los muertos—.

Y por último Teobaldo. Mi primo me ha dado un beso en la mejilla, ligero, y ha tomado mis manos entre las suyas, y en sus ojos había un velo, por las lágrimas y por una sombra, y ha sido esa sombra la que se me ha insinuado cuando solo me ha dicho:

—Temía haberte perdido.

Ha lanzado una mirada a Romeo mientras me soltaba las manos.

—Nadie ha tocado tu habitación —ha continuado—. No se lo habríamos permitido.

He asentido con la cabeza, ¿qué podía hacer? Habría querido decir que con todas las personas que abarrotaban los aposentos y que necesitaban ayuda, tras un lateluna descansando sobre rocas y sufriendo hambre, habría podido renunciar a un poco de espacio en mi habitación.

Pero parecía importante para Teobaldo, así que solo he dicho:

—Gracias. —Y entonces lo he abrazado yo, con fuerza, y he hundido el rostro en su cuello y he sentido el olor familiar del primo que se crio conmigo como un hermano, con quien lo compartía todo antes de cruzar el umbral de la Academia, y he respirado hondo.

Pero nuestra familia no se cimenta sobre el amor y he notado su incomodidad.

—Tenemos mucho de que hablar —ha dicho, con el mismo tono que mi padre antes de partir para defender una Asonancia—. Nadie ha tocado tu habitación —ha repetido.

—Entonces vayamos allí —he dicho, apartándome de él. Ha sido en ese momento cuando he visto la línea negra en su cuello, en el centro de la Marca—. Eres un Almanario —he observado, orgullosa. Pero él solo ha asentido con la cabeza y se ha puesto en marcha, precediéndome.

Ahora, de la habitación de Romeo, que está al lado de la mía, no nos llegan más que carcajadas. Aquí, en cambio, Teobaldo camina despacio adelante y atrás, mira más a menudo a la pared que a nosotros, y el único que está cerca de mí, en el diván, es Folco.

—Han hecho entrar a todo el mundo —dice Florencia, que está con los brazos cruzados apoyada contra la puerta de mi habitación, como si de este modo pudiese dejar afuera todo el bullicio que proviene del resto de los aposentos—.

Y se han quedado con nuestra comida, porque según Mercucio debíamos compartirlo todo.

«Todos merecen una oportunidad», dijo. Pero nosotros sí tomamos un Fundamento, y por poco morimos en el intento.

— Julieta por poco muere en el intento —puntualiza Folco.

—Con más razón… —prosigue Florencia—, ¿qué han hecho los demás para merecerlo?

—Hemos tenido suerte —digo, y con estas palabras me gano una mirada sarcástica de Florencia y de Teobaldo. En efecto, quizá «suerte» no es la palabra que más se ajusta a quien ha soportado lo que hemos soportado nosotros, pero creo que es así.

—Ninguno de nosotros ha muerto, y no podemos decir lo mismo de los miembros de las demás Tropas.

—No —dice Teobaldo—, desgraciadamente ninguno de nosotros ha muerto.

Lo fulmino con la mirada, y él al fin se detiene.

—¿Qué pasa, Teobaldo, qué es lo que tienes que decirme?

—Quisieras estar allí con ellos, ¿verdad? —Pronuncia la frase como si fuera una pregunta, pero por su tono resulta claro que no lo es. Me hiere. ¿Por qué el odio que siente en su interior lo ciega tanto que le hace olvidar todo lo demás?

Él me mira a los ojos y toma aire despacio, como si buscase las palabras adecuadas, pero al fin se rinde.

—¿Qué ha pasado entre vosotros?

Aprieto los dedos alrededor del tejido de los pantalones, lo araño una y otra vez. Procuro que no me suba el rubor a las mejillas.

—Nada —digo—. ¿Qué debería haber pasado?

Él alza los ojos al cielo.

—No lo sé, Julieta. Desapareces todo un lateluna y ahora que has regresado no haces más que mirarlo y a nosotros, a tu familia, no nos dices nada.

Florencia baja la mirada, y noto que Folco contiene la respiración. Tal vez quisiera decir algo, pero perdió toda influencia sobre Teobaldo desde que demostró que ya no era el orgulloso y temerario Folco que fue antes de la Academia.

Teobaldo y Florencia han tenido un lateluna para imaginarse cuál había sido mi destino, y ahora que he regresado temen que los haya traicionado. Pero no puedo contarles la verdad, no puedo hablarles de lo que vimos allí abajo. No en este momento, cuando pensarían que no son más que patrañas.

Aprieto los labios.

—¿Por qué tienes que hacer eso? ¿Por qué no puedes simplemente alegrarte de que esté viva?

—Porque él forma parte de nuestros enemigos, y tú lo tratas como si hubieras compartido la infancia con él. O peor… —Las últimas palabras son solo una regurgitación en su garganta.

No puedo aceptarlo. No ahora.

—Te estás comportando como un niño.

Esta vez, Teobaldo da un paso hacia mí. Me mira fijamente a los ojos.

—Yo no me estoy comportando como un niño, Julieta. Jamás tuve la posibilidad.

—¿Y crees que es culpa mía?

Guarda silencio, pero sus dedos se cierran para formar un puño.

—Pensabas que vendrías aquí y te juzgarían como el mejor, Teobaldo. Pensabas que todos se reunirían a tu alrededor solo porque eres un Capuleto. Pensabas que serías el Capitán de tu Tropa y en cambio eligieron a Mercucio… Pero nada de todo esto es culpa mía, ¿sabes? Y tampoco de Romeo.

—Pero nadie te obligó a hacer migas con ellos.

A reír con ellos… He visto cómo lo miras.

Cómo miras a ese Montesco, cómo lo has mirado desde que estabais encadenados en el agua.

Y desde ese momento nos abandonaste: lo habrías seguido a donde fuese, incluso hacia la muerte.

—Ha alzado el tono de voz, una mezcla de rabia y rencor.

Y resentimiento—. ¡Y lo hiciste, Julieta!

Fuiste a colarte en aquella torre a solas con él, habrías muerto por él.

Pero dime: ¿lo habrías hecho también por nosotros? ¿Lo habrías hecho por mí?

Hubo un tiempo en que no hubiera tenido la menor duda.

Habría respondido que sí, de todo corazón.

Habría afirmado a todo pulmón que todo lo que me importaba era la casa de los Capuleto, y por encima de la casa no habría habido nada más que Teobaldo, el único en todo el mundo que podía entender lo que sentía por cómo me había criado, el único con quien compartir el destino.

Pero ahora ya no es así, y el tiempo que paso en silencio sin responder no hace más que confirmarle sus sospechas.

—Lo sabía —dice.

Intento contenerme, porque no tiene sentido discutir con él de lo que he empezado a sentir. Pero no es solo eso.

—Tú vives por esta guerra familiar, Teobaldo, mueve todas tus decisiones —digo—, pero la verdad es que hay más cosas, y esta guerra familiar ya no es importante. Para tu lucha habrá tiempo después de la Academia.

—¿Mi lucha? —Teobaldo abre los ojos de par en par—. También es tu lucha, prima. Tenemos la misma sangre, tú y yo.

—No haces más que recordármelo.

—Porque es así, y es algo de lo que jamás podrás renegar. Tanto da cuánto tiempo pases con Romeo. Ellos siempre serán nuestros enemigos.

Está casi gritando, pero no me importa. Ahora me toca a mí mirarlo fijamente a los ojos.

—Fueron los Montesco los que te hirieron aquella noche, ¿verdad?

Él hace una pausa.

—No —responde.

—Te vi sangrar frente a mi padre, Teobaldo, y oí lo que Mercucio y tú os dijisteis en el banquete. No me trates de estúpida, porque no lo soy. Así que cuéntame lo que ocurrió.

Por un batimiento, parece que está a punto de decirme algo mientras su rostro se vuelve morado de rabia, pero al final se contiene. Se alza, y la mirada que tiene es la de mi padre. Camina hacia mí, sus botas retumban sordas sobre el pavimento.

Jamás osaría golpearme, lo sé, y sin embargo todos mis músculos se tensan como si tuviera que prepararme para un ataque.

—No fueron ellos —repite, remarcando cada palabra como si esas fuesen sus puños—. Te lo juro.

Nos quedamos mirándonos durante lo que parece la eternidad. Ninguno de los dos dice nada, hasta que entiendo que ya no tiene sentido seguir insistiendo.

—Está bien —digo—. Quizá no soy yo la que se está alejando de ti, Teobaldo. Quizá eres tú, que no te fías lo suficiente de mí.

Teobaldo niega con la cabeza y alcanza la puerta.

—Necesito vino, y por la diosa, lo tendré.

—Voy contigo —dice Florencia, apartándose para dejarlo salir—. A ver si esos Iniciados nos han dejado algo.

Dejan que la puerta se cierre detrás de ellos, y Folco y yo nos quedamos a solas.

—Habría prendido fuego al mundo para encontrarte, ¿sabes? —dice.

—Para vengarme, tal vez —respondo, desalentada—.

Estoy segura de que lo primero que hizo fue arremeter contra Terencio y Benvolio, y a lo mejor también contra Mercucio, culpándolos de haberme pervertido en cierta manera.

No comprende que todo lo que he hecho siempre ha sido por decisión únicamente mía.