Romeo y Julieta Untold: La última congregación 44. Romeo #3
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44. Romeo #3

—Sin embargo, han quitado los cerrojos de las puertas, podríais iros cuando quisierais —digo, recordando lo fácil que ha sido abrir la puerta.

—Y han decretado un simpático toque de queda sin horarios. Como en la Aldea. De aquí no se sale —puntualiza Benvolio.

—Salvo por el balcón. De vez en cuando, el aquí presente príncipe chiflado del Norte —dice Alena señalando a Amleto— y yo hacemos alguna que otra escapadita. Al menos bebemos algo.

—Y ya no se hace el amor. Mi habitación se ha vuelto un ir y venir de gente que quiere salir por el balcón. Si no fuera por el hambre, ya habría desarraigado ese condenado árbol rosa. —Terencio engulle vino.

—Sí —digo—, luego hablaremos de esto y de tu propensión a meterte en líos.

—Sabes que cuando se habla de meter… —fanfarronea, pero a mí no me engaña, pues una sombra ha cruzado sus ojos. No creía que fuese tan grave.

—No estoy jugando, Terencio. —Miro a todos los demás—. Y si a mí me lo ha dicho una Rápida, significa que vosotros también lo sabéis. Y no habéis hecho nada.

—Ah, estás hablando de eso… —farfulla Baltasar.

—¿Quién está al corriente? —les pregunto.

—Bueno, al principio lo sabía solo yo. Los sorprendí. Ella venía a nutrirnos en la torre, antes de que decidieran cargarse a todo lo que respiraba… Y cuando la matanza empezó, ella estaba allí. Terencio no quería que saliera… Luego… estaba preocupado y hablé de ello con Mercucio.

—Yo no entiendo de reglas y le pedí consejo a Benvolio. Me vi obligado a contárselo —se justifica mi amigo acariciándose un rizo rubio.

—Quería estrangular a Terencio —dice Benvolio—, pero Amleto se interpuso, así que se lo dije. Igualmente no me dejó estrangularlo.

Miro a Amleto.

—Yo se lo conté a Alena por el placer de chismorrear.

Me llevo las manos a la cara y me la refriego.

—Sois una panda de idiotas. ¿Quién más lo sabe?

Alena se hace la sueca. La miro.

—Puede que se lo haya mencionado a Folco. Pero no estoy segura; últimamente me emborracho a menudo.

—Alena, podrías beberte cincuenta jarras y lucharías con la precisión de un Extrema Sangre.

Ella se encoge de hombros.

—¿Alguien más? —pregunto desalentado.

—Nadie más. Tranquilo. —Terencio no se da cuenta de que ya somos demasiados los que lo sabemos.

—¿La Valfiero? —pregunto.

—Naaa, es agua pasada.

Lo miro incrédulo.

—No te estoy preguntando por tu historia romántica, te estoy preguntando si lo sabe.

—Aah… —Toma aire—. Lo sospecha.

—Por la diosa —reniego.

—No creo que vaya a decir nada —conjetura Terencio.

—Ojo con los celos. Son un monstruo que escarnece el alimento que lo sustenta.

—Mercucio tiene razón. Su poética nunca falla —digo cada vez más preocupado—. Terencio, debes poner fin a esta historia. ¿Me lo prometes?

Masculla un «sí» que no me trago en absoluto.

—Creo que necesitas descansar. —Benvolio se alza—. ¿Qué me decís si lo dejamos un poco tranquilo?

—Sí, también porque esta noche tengo algunas incursiones que hacer. —Amleto lo sigue.

—Llueve a cántaros —observa Baltasar, siempre atento y preocupado por los demás.

—Significa que solo robaremos sopas. ¿Vamos? —dice dirigiéndose a Alena.

—Vamos. —Y en lugar de salir de la habitación, se acomoda en mi diván. Está claro que quiere hablarme a solas. Los demás también lo comprenden y desfilan rápidamente.

—Es un placer volver a verte por aquí. —Mercucio me da una palmada y es el último en alcanzar la salida.

Cierro la puerta y miro a Alena.

—Se ha enamorado —dice.

—Sí, lo sé.

—No, no lo sabes. Porque siempre lo has visto como un gigante que piensa con la polla. Cosa que seguramente sea verdad. Pero haría cualquier cosa por ella. Incluso morir.

—Entonces es un insensato.

—¿De veras, Romeo? ¿Tú nunca has pensado en morir por una persona, por alguien a quien amas tanto que sin ella la vida no tendría sentido?

Rememoro la espada de la Seca. Alena capta mi mirada.

—Ah, Romeo. No creas que tu amor es menos insensato.

—Con Rosalina se acabó.

—¿Y quién ha hablado de Rosalina?

Trago saliva. Esta chica es tan buena con la espada como con las palabras.

—No hay amor sin locura. Él es tu amigo, ayúdalo a amar, no a huir de eso —me aconseja.

—Ella es una Rápida. Aunque si por una locura pudiesen estar juntos, ¿cuánto tiempo duraría su amor? Él la perderá. Es una historia sin futuro.

—No puedes salvar a todo el mundo siempre. En especial a quien no quiere que lo salven. —Se acerca a la puerta—. Habla con él. Durante todo el tiempo que te creyó muerto repetía una y otra vez que jamás sabrías que él también tiene grande el corazón, y no solo el pene rodeado de músculos.

—Pero eso ya la sé.

—Entonces díselo.

La detengo antes de que salga.

—¿Y tu corazón, Alena?

—Como yo. Cabreado. Jodido. Y medio ciego.

—Tú también deberías darte una oportunidad.

—Oh, si yo lo haría. Si quieres hablar con ese cabeza hueca de Folco…

Abre la puerta y nos encontramos a Terencio en el umbral con el puño cerrado. Estaba a punto de llamar. Alena se escurre y se va. Yo miro a Terencio y le rodeo el cuello con los brazos.

—Ven, amigo mío —le digo—. Háblame un poco del amor.