44. Romeo #2
—El primer día, Terencio encontró a uno en tu habitación.
—La voz de Amleto dirige de nuevo mi atención a los amigos—.
Lo cogió por los pies y lo colgó fuera de la ventana hasta que se disculpó.
Creo que se cagó en los pantalones. Desde entonces nadie ha tenido el valor de volver a entrar.
—Está tumbado sobre mi diván. Se come las uñas y las escupe al suelo.
—¿Qué diablos ocurrió en la Aldea? En los aposentos del Decano estaba todo el Coro.
Escalo ha llegado con su guardia y parecía fuera de sí.
Hablaban de muertos y estaban preocupados.
Lo que me parece extraño, dado que desde que llegamos aquí un tercio de los Iniciados ha estirado la pata —pregunto perplejo, mientras mastico un mendrugo.
Al parecer, no ha quedado mucho de la cena.
Pero para mí es la comida más rica del mundo.
—Puedes decir tranquilamente más de la mitad. —Alena juega con un cuchillo haciéndolo rotar entre sus dedos.
—¿Cómo puede ser? ¿Los Movimientos? —Pruebo a adivinar.
—No. Espadas. Piedras. Manos. Se ha usado todo lo que podía matar. —Amleto escupe otra uña.
—¿Podrías dejar de hacer eso? Das asco —dice Alena. Por toda respuesta, él escupe otra y ella le lanza el cuchillo, que se clava a un dedo de su cabeza. Amleto lo coge y se pone a limpiarse las uñas con él. Alena se ríe socarronamente. Decididamente, en este lateluna han empeorado.
Mercucio se aparta los rizos rubios de los ojos.
—Después de que Lisandra se jactara de haberte ensartado con la espada, antes de que la tierra te engullera, esperamos a que los Ensiferios aparecieran para llevársela. No sucedió. Esto cambió las reglas en la Aldea. Y cuando tomamos la torre de los Almanarios…
—Espera… —lo interrumpo—. ¿Tomasteis la torre?
—¡Desde luego! —dice Terencio orgulloso—.
Cuando la alcanzamos y Alena vio que no estabais…
—Silba—. A esta mujer no hay que cabrearla, porque se vuelve más agresiva que una Selfiera.
Y la Seca sabe algo de eso. La desarmó y luego la ensartó como un pincho moruno.
Mientras que Paris se largó pies para qué os quiero.
—¿Está muerta? —pregunto sin arrepentirme del regocijo que siento.
—¡Por la diosa, no! Esa canalla tiene más potra que alma —gruñe Terencio.
—Solo tiene potra; el alma se olvidaron de dársela —puntualiza Alena.
—Si su Tropa no hubiese contado con la torre de los Trasladores, a estas alturas estaría Seca, Marchita y Reseca.
—Terencio se ríe con grosería de su juego de palabras.
Los demás lo siguen. Mientras podamos reírnos de la muerte, es posible pensar que solo se trata de un juego en el que se puede ganar y vivir.
—Por eso estáis todos un poco más fornidos. El Fundamento de los Almanarios ha surtido efecto —observo.
Terencio alarga los brazos.
—A mí tuvieron que cambiarme el uniforme. Y apuesto a que de aquí al fin de la Academia creceré aún más. —Se gira para permitirme contemplar toda su magnificencia. Tengo que acordarme de hablarle de Selina. Todos esos músculos no le servirán de nada si lo descubren.
—Nos han cambiado el uniforme a casi todos. —Baltasar me muestra su brazo—. Mira, ha crecido un poco—. Sonríe contento como un niño—. Tú también deberías tener uno nuevo. Has crecido. Estás más alto, diría…
Ahora que lo dice, noto que en efecto el uniforme me queda pequeño. Quizá las hifas bajo las torres provocaron algún efecto.
—Como iba diciendo, después de tomar la torre no volvimos a ver a la Tropa de Paris durante al menos quince días —continúa Mercucio—.
Creíamos que…, no lo sé…, se habían rendido.
Contaban con cinco Fundamentos. Eran los más fuertes.
Estúpidamente, creímos que habrían dejado de luchar.
Que estaban cansados, como todos. —Bebe un trago de vino—.
Nosotros estábamos… de luto. Vuestra muerte nos devastó.
Teobaldo era como las sombras que protegen la torre de los Almanarios.
Se arrastraba a lo largo de las paredes, falto de sustancia y sin rumbo.
Nosotros no nos quedábamos cortos. Os lloramos.
Os recordamos. Hablamos de vosotros. Siempre fuimos una Tropa dividida, pero sentíamos vuestra ausencia del mismo modo.
Nosotros nos consolamos unos a otros, pero también nos permitimos sufrir.
Tomarnos un descanso. Los Movimientos eran menos frecuentes, pero había.
—Hace una pausa para servirse más vino. Nadie habla.
Aguardan como yo a que empiece el horror del relato—.
Ni siquiera cuando la tierra temblaba veíamos a la Tropa de Paris.
Estaba encerrada en su torre. Comprendimos el motivo demasiado tarde.
La mañana del decimosexto día, la Aldea se sumió en la locura.
Así, de repente, como cuando retumba un trueno.
Paris y los suyos salieron sin armadura, con las espadas afiladas.
Baltasar interviene:
—Esos canallas de Federico Palacordio y su hermana Ágata son dos Ardefríos, y la tía con los cabellos cortos y en punta que parecen los pelos de un puerco espín, con esa cara que también recuerda a ese animal, es una Arquitiempo.
Tardaron lo suyo en averiguar cómo se hacía, pero al final lo bordaron.
—Los vi hace solo unos días y habían envejecido al menos un año.
Yo ya había preparado los puñales —dice Amleto aburrido—, pero ahora los habrán nutrido.
El peligro de tres Selfieras dentro de la Academia ha hecho que se caguen encima.
Idiotas. Me los podría haber cargado con facilidad.
Es más, lo habría hecho con mucho gusto.
—Los demás teníamos espadas de entrenamiento y armaduras que nos ponían en desventaja.
—Alena toma la palabra—. Vi a un Iniciado inmovilizado en el suelo.
Por la diosa, lloraba y clamaba piedad. Pero ellos no la tuvieron.
Le cortaron la cabeza de un plumazo. Vi quién lo hizo y juro delante de la diosa que lo encontraré y le arrancaré las tripas a mordiscos.
—Cuando quieras, mi dulce Alena. Siempre dispuesto a hacer una batida de caza. —A Amleto le brillan los ojos.
—Quien pudo afiló su arma tan bien como supo y luchó —prosigue Baltasar—.
Otros se atrincheraron en las torres, pero no bastó.
Fue una carnicería. Y en lugar de unirse, empezaron a luchar entre ellos, lo que favoreció a la Tropa de mi…
—hace una pausa— de Paris y su panda. —No lo ha llamado hermano.
Algo entre ellos se ha roto, y la sangre que corre por sus venas vale menos que la sangre derramada.
—De Selfieras… —espeta Alena—. Eran una panda de Selfieras.
—No insultes a las Selfieras —la reprende Amleto—. Ellas matan, desmiembran y arrasan por instinto, no saben lo que hacen; en la Aldea sí, lo sabían y lo hacían por amor a la crueldad.
—En cualquier caso, ellos también sufrieron pérdidas. No suficientes, para mi gusto. Solo tres. Vertimos vino y no lágrimas, por descontado —rebate Alena.
—En eso estamos de acuerdo. Pocos, demasiado pocos. —Amleto escupe de nuevo, pero esta vez no es una uña, es un gesto de desdén hacia Paris y los suyos.
—Al fin tomaron todos los Fundamentos. Pero no se detuvieron.
Siguieron atacando incluso a los que se encontraban dentro de torres vacías, y luego a quienes vivían al raso.
—A Mercucio se le ensombrece el rostro—.
Nuestra torre era la única inexpugnable gracias a las sombras.
Te dicen antes lo que está a punto de suceder.
Asiento con la cabeza. Recuerdo bien las sombras.
Mercucio continúa:
—Pocos batimientos, pero suficientes para frustrar cualquier ataque…
Benvolio lo interrumpe.
—Y así nuestro Capitán dio asilo a todo el mundo.
—A todo el mundo… —Abro los ojos como platos.
—No a todo el mundo. A los que logramos salvar —dice Alena pasando un dedo por su copa—. Luchamos por ellos, como hubiésemos luchado por una torre.
—Mientras los demás conquistan Fundamentos, nosotros nos transformamos en un refugio de rechazados. Esas fueron las palabras exactas de Florencia. —Baltasar la imita, poniendo incluso su voz nasal.
—Si no había castigo por haber matado, pensé que tampoco habría para agrandar la Tropa —dice Mercucio—.
No es que sirviera de mucho. Todos nosotros tenemos un solo Fundamento y los demás, los doce restantes.
Cuando decidieron que la matanza había concluido, abrieron la última torre.
Lo que me da rabia es que hacía tiempo que sabían perfectamente dónde se encontraba.
Esperaron, lucharon, mataron antes de poner fin a todo eso.
—De todos modos, encontraron la manera de castigarnos —dice mi primo.
No le gustó esta unión y no lo oculta—. Y yo ya había dicho que acabaría así.
Ahora nos consideran a todos como una sola Tropa.
Somos más de cincuenta, pero las ventajas de ser numerosos han terminado.
Solo tenemos desventajas. Los Trasladores no vienen a curarnos, el alimento es solo para doce, cuando somos muchos más, qué digo, diez, dado que os daban por muertos.
Y además, ningún Rápido viene a nutrirnos.
Y el hambre, esa hambre, es fastidiosa, por no decir otra cosa.
Nos entran ganas de arrancar bozales y nutrirnos.
Allí fuera lo saben e incluso les da miedo entrar. Nos dejan la comida fuera de la puerta.
Por eso la Rápida escapó a toda prisa.