44. Romeo
Romeo
Sigue lloviendo. Pero no se trata de la Aldea, no es una tortura suya, es Edén.
Es naturaleza, no Pertenencia. En el interior de los claustros, el ruido de la lluvia que cae fragorosamente resulta casi agradable.
Andamos raudos detrás de la Rápida a la que Bonifacio nos ha entregado.
Julieta y yo no decimos palabra, pero estoy seguro de que pensamos lo mismo.
«¿Qué diantre ha sucedido en la Aldea? Habéis vuelto vivos solo para encontrar a vuestros amigos muertos», me susurra mi pesimismo, que siempre tiene palabras de consuelo para mí.
Apenas llegamos a nuestro claustro, oímos el jaleo proveniente de las ventanas abiertas.
Una estrepitosa algarabía de gritos, carcajadas y por descontado algún que otro reniego.
Nos quedamos bajo las ventanas a escuchar las voces de nuestra Tropa.
No todos están muertos. Intento coger alguna palabra al vuelo y saber quién la está diciendo, pero los truenos me lo impiden.
Subimos las escaleras y el alboroto se vuelve más claro.
—Te he dicho que no entres en mi habitación, o cogeré tus testículos y me los pondré de pendientes. —Es la voz de Terencio. Está que echa rayos y está vivo. Exhalo el temor por él y retengo en los pulmones el que tengo por los demás.
—Eso, muy bien. Así a nadie le cabrá duda de que tienes el pene en el cerebro. —Alena. Ella también se ha salvado. Julieta me sonríe. A la ocurrencia de nuestra amiga la siguen unas carcajadas. Demasiadas para ser solo las de nuestra Tropa.
Delante de la puerta de los aposentos, la Rápida hace una pequeña reverencia y se va.
—¿No nos abres? —pregunta Julieta. Ella niega con la cabeza y se esfuma. Nos quedamos aquí parados, sin saber muy bien qué hacer. Las puertas suelen estar cerradas a cal y canto. En el interior, el vocerío continúa. Apoyamos la oreja, como niños que escuchan secretos a escondidas.
—Adelante, Montesco, siempre sobre esos libros. De todos modos, no es que vayas a resolver nada: tu casa vale tanto como las suelas de mis zapatos cuando limpio mi caballo —grazna alguien que no reconozco.
Benvolio también está vivo. Julieta esboza una sonrisa. Se alegra por mí, pero vislumbro un ligero temblor: todavía no ha oído la voz de Folco.
El estrépito de una silla que se cae al suelo.
Silencio.
—Disculpa, Alena, ha sido una broma estúpida —dice la misma voz desconocida.
Julieta se ríe socarronamente.
—La muchacha debe de haber empeorado, en este lateluna, si la temen así.
Apoyo la mano en la puerta y noto que se abre.
Nos miramos temerosos. ¿Acaso es un truco cruel de la Academia?
Ahora descubriremos que la sala está desierta.
La empujo ligeramente, procurando no hacer ruido, hasta que se abre de par en par.
Y entonces nos quedamos helados en el umbral tratando de entender lo que estamos viendo.
El salón principal está lleno de Iniciados de otras Tropas.
Reconozco a alguno de la de Claromonte, la tropa a la que traté de robar la torre de los Almanarios, y a alguno de la de Palavicino; a otros los he visto colgando durante los Movimientos, he luchado contra ellos, pero desconozco a qué Tropa pertenecen.
Están desperdigados un poco por todas partes.
Solo dentro de la pila hay una decena. El agua está mugrienta de barro y sangre, y la cascada que cae en ella no basta para limpiarla.
Un grupito está sentado a la mesa zampándose con avidez las sobras de lo que debe de haber sido la cena.
Están todos un poco magullados, como si los Trasladores no los hubieran curado.
Buscamos con ansia a nuestros compañeros cuyas voces hemos oído.
Lanzo un suspiro de alivio cuando localizo a Amleto, que pela una manzana con un cuchillo, indiferente a que a pocos pasos de él dos Iniciados están enfrascados en una pelea de mucho cuidado.
Uno de los dos se cae encima de la mesa cercana a Alena, que salva una jarra de vino, provocando un aplauso de…
Baltasar. Él también está. A mi primo no lo veo, pero antes lo han mencionado y por eso estoy tranquilo, y ahora me llegan diáfanas las voces de Mercucio y Teobaldo, que se las están teniendo en una sala contigua.
No entiendo sus palabras, pero el tono es decididamente acalorado.
Y luego Folco. Están todos. Incluso Marina Codalunga, acurrucada en una esquina.
No creo que se recobre jamás de lo de la torre.
Busco la mano de Julieta. Y la estrecho.
Todo el aire que habíamos contenido hasta ahora sale a la par, como si tuviéramos una única respiración.
Y es así como Folco nos ve el primero: mano en mano y sonriendo.
De vuelta de una excursión campestre con la cesta repleta de pan de especias y flores silvestres.
Se pone en pie volcando la silla. No se acerca.
Se queda inmóvil con los ojos como platos, observando a dos espectros. Y puede que lo seamos.
El griterío se va atenuando a medida que los demás se percatan de nuestra presencia y todos se vuelven hacia la puerta.
Nadie mueve ni un músculo. Un Iniciado que estaba sirviéndose vino sigue vaciando la jarra hasta que el líquido rojo se derrama por el borde y riega el suelo.
Nos observan debatiéndose entre el estupor y la incredulidad.
—Que me parta un rayo… —Alena es la primera en recobrarse de la sorpresa, se pone en pie y corre hacia nosotros.
Echa los brazos al cuello de Julieta y luego al mío.
Estoy apretujado contra ella y no veo a mi gigantesco amigo entrar en la sala, aunque oigo sus pasos.
Y los sollozos. Llora como un niño. Se me abalanza.
Y reniega. Y llora. Y vuelve a renegar. Se ha vuelto enorme, más grande de lo que era antes y también más fuerte.
—Terencio, no puedo respirar —digo emitiendo un gemido.
—Oh, mierda. Discúlpame. —Afloja la sujeción y nos miramos a los ojos—. Te daría un beso en la boca —me dice.
—No lo hagas. Por favor.
No me escucha y me estampa un sonoro beso. Alza los brazos al cielo.
—Romeo Montesco ha caído en el infierno y ha derrotado al diablo de los Rápidos para regresar con nosotros.
—A lo mejor lo han repudiado. —Amleto me guiña un ojo. No se acerca, no es proclive a las sensiblerías, pero por su mirada sé que se alegra de verme.
—Estás hecho un asco, Romeo —me dice Alena dándome un golpecito en el hombro que por poco me hace caer al suelo. Ella también parece más grande, más alta.
Llega Teobaldo, seguido por Mercucio. Apenas ve a Julieta brinca por encima de una mesa, con una agilidad que antes no tenía, y profiere un grito de alegría, pero cuando llega delante de ella casi le da miedo tocarla.
La coge de las manos y le da un ligero beso en la mejilla.
Delicado, como si pudiera romperla. Le susurra palabras que no llego a entender, pero por el tono deben de ser dulces y reconfortantes.
A estas alturas estamos rodeados. Nuestra Tropa, y no solo la nuestra, nos acoge como supervivientes de una batalla que creían que no habíamos superado. Y puede que así sea.
Mercucio se abre camino entre los Iniciados para darme un achuchón.
—No lo vuelvas a hacer. No vuelvas a hacerme llorar en las noches estrelladas, odiándolas porque tú ya no puedes contemplarlas. En esas noches necesito enamorarme. —Me abraza de nuevo—. Bienvenido de nuevo, hermano.
Todos hacen mil preguntas sin siquiera esperar las respuestas. En la confusión, veo la mirada severa de Teobaldo. Me escudriña; no creo que se alegre de que Julieta haya pasado un lateluna a solas conmigo.
Folco, en cambio, me abraza.
—Bienvenido de nuevo del infierno al infierno. —Se ríe socarronamente. Sí, estamos de nuevo en el infierno. Pero al menos es el que conocemos.
Busco a Benvolio. Lo veo en el fondo del salón, apoyado en las jambas de la puerta. Con el rostro exánime. Me abro paso para ir con él. Al acercarme tiembla.
—¿Eres tú? —me pregunta, con la mandíbula cerrada. Lo abrazo y se desmorona, estremeciéndose, entre sollozos.
—Lo siento —me murmura en el oído—. Lo siento. —No es hasta ahora que comprendo el remordimiento que debe de haberlo carcomido poco a poco este lateluna. Pero no es culpa suya. Dejamos que las palabras pesaran sobre nosotros sin volver a infundirles la ligereza de nuestra amistad.
Lo aparto de mí y lo miro a los ojos. Están aún más hundidos. Las ojeras, más negras. Pasa su mano por mi rostro.
—¿No estarás a punto de darme un beso en la boca como ha hecho Terencio, verdad? —pregunto jugando.
Él se ríe de mi ocurrencia con melancolía.
—Te quiero —le digo. Sé que necesita oírlo—. Formas parte de mí, como un pedazo de hígado, o de corazón, sin el que no podría vivir.
Se sorbe la nariz.
—Creo que si fuera tu cerebro razonarías mejor.
—No estás del todo equivocado, primo mío. No estás del todo equivocado.
Estoy en mi habitación con parte de la Tropa: unos, sentados en el suelo; otros, en el diván. Marina Codalunga está en un rincón y musita sola. Me temo que de vez en cuando la razón la abandona y la transporta a una sosegada demencia, en la que jamás ha guiado a toda su Tropa a la muerte.
Les he hablado de la ciudad subterránea, de los enigmas, de la oscuridad y del frío.
De cómo nos hemos salvado el uno al otro varias veces.
Me he guardado para mí los sueños, la gruta llena de cuerpos y el templo.
Surgirían demasiadas preguntas a las que no sé dar respuesta, porque yo mismo aún tengo preguntas que hacer.
Mercucio alza su copa. Bebemos vino malo y brindamos por la suerte de estar de nuevo juntos.
Los Capuleto se encuentran en la sala contigua con Julieta.
A pesar de que nuestros aposentos parecen un campamento de guerreros borrachos, nadie ha entrado en mi habitación ni en la de ella, como si fuesen dos templos que no se deben contaminar.
Los oigo cuchichear. Parece que están discutiendo.