43. Julieta #2
Agnes nos dirige un gesto de despedida, se lleva la mano a la altura del corazón, se da dos golpecitos con los dedos y luego los alza hacia nosotros como señal de buen augurio. Se zambulle de nuevo en la entrada escondida que lleva a la galería y, un batimiento después, estamos a solas.
Nos encaminamos hacia la Aldea. No nos llega ningún ruido proveniente de la muralla; las torres están silenciosas, como si estuvieran deshabitadas. No oímos el aullido del viento ni el chirrido de los Movimientos.
Todo está inmóvil, como muerto.
—¿Qué ha ocurrido? —murmura Romeo.
La Torre central, más negra que la noche, se distingue como si devorase toda la luz a su alrededor. Ni la luna ni las estrellas que surcan las nubes pueden hacer nada contra ella.
Niego con la cabeza despacio. Tengo un terrible presentimiento, pero, antes de que pueda hablar, una voz nos interrumpe. Dura, perentoria.
—¿Quién anda ahí?
Proviene de la colina sobre la que se alza el edificio. Nos damos la vuelta de golpe.
Es un Edenita, y lleva puesto el uniforme de los Altos Maestros.
Maldita sea.
Ni siquiera hemos logrado llegar a la Aldea, no hemos tenido la posibilidad de volver a ver a nadie.
Seguimos al Alto Maestro Bonifacio al interior del edificio.
Recuerdo vagamente su rostro cuando formamos las Tropas, en la Arena.
Pero estaba al fondo, y todos nosotros estábamos demasiado ocupados sintiendo miedo y condenando a muerte a nuestros compañeros para grabarnos en la memoria los rostros de todo el mundo.
Ahora sé que es el Alto Maestro de los Ardefríos, y quizá esto explica el helor que noto bajo la piel.
—Habéis incumplido el toque de queda —dice, mientras nos guía a lo largo de un pasillo que conozco hasta demasiado bien.
Romeo ladea la cabeza.
—¿Toque de queda?
Bonifacio lo ignora mientras mueve su anillo frente al portal de madera, liberándolo de los bloques de piedra que impiden su apertura.
—Habéis abandonado el sitio que se os asignó, y será el Decano quien decrete vuestro castigo. Pero sois afortunados: con todos los muertos que ha habido, quizá sea clemente.
—¿Muertos? —continúa Romeo, mientras subimos las escaleras que conducen a la cuarta planta—. ¿Qué muertos?
Sé que se está conteniendo, lo sé porque es lo que yo también estoy haciendo. Necesitamos saber qué ha ocurrido este lateluna, debemos saber si nuestros amigos están bien.
—Nosotros… sufrimos un accidente —digo—. Nos despeñamos por un barranco durante un Movimiento. No tenemos ni idea de lo que estáis diciendo.
—Un barranco, ¿eh? —me responde él, sin siquiera darse la vuelta—. Una excusa conveniente. Pero de ser cierto estaríais muertos, ¿no crees?
Romeo hace ademán de decir algo, pero lo freno con la mirada. No tiene sentido seguir discutiendo con el Alto Maestro. Siempre que esto se pueda llamar una discusión: ya ha decidido que somos culpables. No es la clase de regreso que nos habíamos imaginado.
Pasamos por delante del cruce que nos conduciría a los aposentos de mi tía.
—Tal vez podríamos hablar con la Alta Maestra Netria —me arriesgo—. Podría explicarle la situación. —Eso si mi tía acepta verme tan cerca de Romeo, después de todo lo que dijo e hizo.
Pero Bonifacio no me escucha, toma la dirección contraria, y yo solo tengo tiempo de echar un vistazo hacia la puerta escondida que da a la gruta de Puck, antes de que el Alto Maestro se detenga delante de un portal de madera oscura, casi negra.
Los frisos que la circundan se extienden hacia el exterior, bajo relieves de criaturas monstruosas y volcanes en erupción, Edenitas en combate con las espadas alzadas, Selfieras de numerosas cabezas y alas extendidas.
Justo encima del arco del portal, una pequeña estatua de cándido mármol representa a la Lectora, con el rostro cubierto por el velo y con Oudemya entre las manos.
Bonifacio hace ademán de llamar, pero se detiene. En el interior, una discusión parece estar a punto de degenerar en una reyerta.
—Han muerto demasiados —ruge una voz femenina. La reconozco de inmediato, es la de mi tía.
Le sigue la voz del Alto Maestro Valfiero.
—No podemos permitirnos perder a más Iniciados con el Vínculo. Debemos anularlo.
A continuación, se oye un trasiego. Me imagino que son sillas apartadas con brusquedad, alguien que se pone en pie.
—Esto es inaudito —exclama una voz que no conozco, seguida de un murmullo bullicioso.
—Han violado las reglas —rebate Netria—. ¡Han matado a sus compañeros! No deberían haber luchado de esa manera.
—Esas son acusaciones sin fundamento: ha habido muertes en todas las Tropas, incluida la suya.
No podemos acusar a esos Iniciados de nada, si no podemos demostrar que han sido ellos los que han matado.
La culpa se comparte entre todos. Por lo tanto, ¿qué es lo que propones, Netria, que ajusticiemos a todos los Iniciados?
—De nuevo la voz de antes, otros murmullos de aprobación.
—Es una insensatez —exclama Netria.
—Y además —continúa el otro, ignorándola—, por lo que tengo entendido, todos los Fundamentos han sido conquistados, ¿no? Y los más fuertes han sobrevivido.
A mi lado, Romeo se pone lívido. Lucha contra sí mismo para no apoyarse en la pared. Pero es solo un batimiento, porque luego aprieta los puños, tan fuerte que le tiemblan las manos.
—¿No eres tú quien los instruyó, Netria? —Ha hablado Lorenzo, el Decano, y a su frase sigue un batimiento de silencio que parece eterno—. Han puesto en práctica lo que les enseñaste, de la mejor manera posible. En ningún momento hemos interferido con la Aldea.
—Pero nunca nos hemos encontrado ante esta situación: si la mitad de los supervivientes muere, no habrá suficientes Extrema Sangre para hacer frente a las Catástrofes futuras.
—Tú siempre tan derrotista, Netria —dice Lorenzo con tono condescendiente, y me entran ganas de derribar el portal y estrangularlo—.
Si la mitad de ellos muere durante el Vínculo, el futuro de Edén estará asegurado por los supervivientes.
Y además… —Su voz se transforma en un susurro que nos obliga a aguzar el oído—.
Hablas de reglas, pero yo creo que tienes otra intención: has perdido a Julieta, y ahora harías lo que fuera para salvar al menos a Teobaldo. Es así, ¿verdad?
Mi tía siempre ha sido fuerte y siempre ha luchado, pero ahora guarda silencio. Me puedo imaginar las miradas de todas las personas en esa sala clavadas en ella.
—¿Qué tendría eso de malo? —murmura, al fin.
—Acabas de apelar a las reglas, Netria. No podemos hacer excepciones, me parece evidente. Así que olvídalo y déjanos proceder con el Vínculo.
—Esperad. —Valfiero toma la palabra de nuevo—. Hay alguien.
El portal se abre. Los aposentos del Decano están más abarrotados de lo que me imaginaba. Además de mi tía y Valfiero, están presentes todos los miembros del Coro. Así que de ellos eran las demás voces. No oso imaginarme la cantidad de víctimas, si incluso se ha implicado al Coro.
Cuando mi tía me ve, se le llenan los ojos de lágrimas. Quisiera correr hacia mí, abrazarme, y yo quisiera hacer lo mismo. Quisiera estrecharla y decirle que estoy viva y que he comprendido… He comprendido que a ella también la mueve el amor, y quisiera llorar junto a ella. Pero no podemos.
Lorenzo alza un dedo y su mirada se desliza sobre Romeo por un batimiento.
—Increíble —murmura—. Os dábamos por muertos.
Apenas el Decano cesa de hablar y el Alto Maestro Bonifacio empieza a escupir palabras: nos ha encontrado huyendo de la Aldea, nos merecemos un castigo ejemplar, nos deberían llevar al Teatro, frente a todos.
—No estábamos huyendo de la Aldea —protesta Romeo—. Hemos intentado explicárselo al Alto Maestro: nos caímos por un barranco durante un Movimiento.
—¿Y habéis regresado para contarlo? —pregunta Lorenzo, ladeando la cabeza.
Pero el tono no es como el que ha usado el Alto Maestro.
Parece… interesado, y menos duro que antes, cuando nos ha visto.
Tal vez cree haber encontrado un punto de encuentro con Netria para que la Academia pueda al fin seguir su curso.
Asiento con la cabeza.
—Nos precipitamos bajo la Aldea… Tardamos semanas en regresar a la superficie.
—Una historia tan interesante como inverosímil —dice Bonifacio—, nada más que una excusa con mucha fantasía.
Pero el Decano alza un dedo.
—Basta de castigos —dice—. Al menos hasta que no hayamos aclarado lo que ha sucedido.
Bonifacio hace ademán de añadir algo, pero oímos pasos a nuestra espalda, todos al mismo ritmo, todos llevando consigo el fragor metálico de las armaduras de llamacero.
Lorenzo oculta a duras penas su estupor cuando mira detrás de nosotros. Por segunda vez esta noche, me giro.
Escalo, con una armadura blanca de arriba abajo, avanza por el pasillo, seguido de una columna de Ensiferios.
—Tenemos que hablar, Lorenzo. Me trae sin cuidado tu autoridad en esta Academia: lo que ha sucedido es inaudito —prorrumpe la Primera Voz.
El Decano lanza una mirada a Bonifacio y lo despacha apresuradamente con un gesto de la mano.
—Encuentra a una Rápida que los conduzca de inmediato a sus aposentos.
Escalo nos escruta mientras pasamos a su lado.
Su mirada se detiene en Romeo y en mí, como si quisiera grabarse nuestras facciones en la memoria, como si quisiera hacer algo de inmediato y los Ensiferios lo percibieran, listos para ejecutar su orden, las manos cerradas alrededor de las empuñaduras de las espadas que tantas vidas han cercenado.
Su mirada no nos abandona hasta que no dejamos el pasadizo atrás.