Romeo y Julieta Untold: La última congregación 43. Julieta
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43. Julieta

Julieta

—¿Dónde te habías metido? —me dice Romeo, cuando los encuentro a él y a la Rápida, Agnes, en la entrada de la biblioteca. Entonces me observa con mayor detenimiento—. ¿Has… llorado? —pregunta—. Algo ha pasado.

—No ha pasado nada —respondo, aunque una parte de mí quisiera contárselo todo. Pero hay algo, en los esimios transcurridos con la Lectora, que me dice que ese rato ha sido exclusivamente para nosotras.

La Rápida me escudriña y luego señala la biblioteca con el mentón. Niega con la cabeza.

—Sí —digo—, sé que está prohibido, pero no quería quedarme en la habitación con tu señora.

—Uso un tono demasiado brusco con ella; no es culpa suya, pero Agnes tiene la mirada dura de quien ha soportado demasiado en la vida para dar importancia a las palabras de una Iniciada.

O tal vez me esté dando la razón, quizá a ella Rosalina tampoco le cae bien.

—Mi pregunta es por qué está Agnes aquí, pero no la Vestal.

—Porque la Vestal —dice Romeo— ha preferido permanecer en sus aposentos: al parecer, es peligroso deambular de noche por la Academia, se podría recibir un castigo.

Aunque eso nunca nos detuvo ni a ti ni a mí.

—Concluye la última frase con un intento de guiñar un ojo, pero su rostro agotado no lo logra por completo y me arranca una carcajada.

Entiendo que lo está haciendo porque nos hemos alejado de golpe, tras haber pasado juntos un lateluna.

—Éramos más inconscientes, tal vez. Si en aquel tiempo hubiera sabido lo que ocurría entre estas paredes, y bajo este suelo, tal vez me lo habría pensado dos veces antes de emprender la aventura…

Por la diosa, Romeo, si hubiera sabido lo que nos iba a suceder, probablemente me hubiera dado a la fuga, antes que ingresar en la Academia.

—Pero entonces tendrías a la familia entera de Amleto pisándote los talones.

Y si son aunque sea la mitad de brutales que él, no habría sido un espectáculo bonito.

Y además… —hace una pausa y echa una ojeada a Agnes, que, convenientemente, desvía la mirada—, si hubieras huido, lo más probable es que tú y yo no nos hubiésemos conocido.

—¿Y tú qué sabes? A lo mejor nos hubiésemos conocido escapando juntos, ambos refugiados en alguna inmunda taberna de Mantua.

—¿Mantua?

—U otra ciudad, Romeo. Era un decir, estaba fantaseando.

Él se encoge de hombros.

—De todos modos, yo no hubiera huido.

—Tú siempre tan alegre.

—En realidad, Julieta, estoy alegre: he sobrevivido aquí dentro mucho más de lo que esperaba. —Me sonríe—. Y también te lo debo a ti.

—¿También a mí? —Entorno los ojos para simular incredulidad—. Tú me lo debes sobre todo a mí, Romeo Montesco.

Agnes vuelve a negar con la cabeza, esta vez con mayor vehemencia, y se lleva una mano al oído y nos regaña con el dedo, como a dos colegiales poco disciplinados.

Nos habríamos podido comunicar mejor, si le hubiésemos hecho más caso a Amleto.

Él intentó enseñarnos la lengua de signos, pero a nosotros nos preocupaba más conservar el pellejo.

—Está bien, Agnes —dice Romeo—. Ahora nos vamos.

—¿Adónde? —pregunto.

—Nos vuelve a llevar a la Aldea. Hay un pasaje secreto para llegar cerca de la entrada.

—¿Bajo tierra?

—Obviamente.

—No veo la hora.

Seguimos a la Rápida por los pasillos subterráneos de la Academia. Cuando nos cruzamos con otros sirvientes, ellos desvían la mirada y pasan de largo. Debe de ser la ventaja de ir acompañados de la doncella de una Vestal.

Mientras andamos, respiro hondo.

—Y bien —digo—, ¿cómo ha ido con tu pretendiente?

Romeo me mira de reojo.

—No la llames así, es extraño.

—Pero es lo que es, ¿verdad?

Vamos detrás de Agnes, recorremos una galería tras otra, tomamos un viraje tras otro. Sin ella podríamos perdernos. De nuevo.

—La primera vez —dice Romeo—, me hizo vendarme los ojos antes de recorrer este camino. Imagino que ahora ya no es necesario.

—Romeo…

—Ha cambiado. Es distinta a como la recordaba. Se ha endurecido, quizá.

—Como todos nosotros —comento—. Es el efecto que produce la Academia, creo. Tanto da si eres un Iniciado como una Vestal. No podías esperar que fuera la misma chiquilla asustada que fue a encontrarse contigo en el puente la noche de la Congregación.

Romeo se detiene, y un batimiento después Agnes también frena en seco.

Nos hace señas para que avancemos y nos apresuremos.

Supongo que el problema no son los Rápidos con los que nos podríamos topar, sino los Extrema Sangre.

Por lo que ellos saben, deberíamos estar todavía en la Aldea, con la prohibición de abandonarla.

—¿La noche de la Congregación? —repite Romeo.

—No te hagas el loco. Yo también salí esa noche, la vi.

—Desde luego —responde él, como si sopesara mis palabras—. Sí, seguramente es una persona distinta a la de aquella noche.

Agnes lo coge de la mano, lo arrastra y nos volvemos a poner en marcha. Hubo una vez en que este recorrido se me habría antojado infinito, pero ahora no me parece nada del otro mundo.

Al menos hasta que una galería desemboca en un claustro y Romeo me dice:

—Mira.

Aunque es de noche, consigo distinguir el millar de mariposas, ahora posadas en las paredes y en las ventanas bíforas, ligeras.

Como un mar de duendecillos dormidos, sus alas se mueven como si respiraran ligeramente.

Caminamos de puntillas ahora, porque no turbaremos este lugar con una discusión sobre Rosalina.

Agnes asiente con la cabeza, satisfecha.

Quizá bastaba solo un momento de belleza para obtener el silencio que deseaba.

Luego nos hace cruzar una puerta de piedra, tras haberla abierto usando un anillo impregnado de Pertenencia, y un poco más tarde nos encontramos de nuevo en una galería que nos lleva lejos de la Academia.

Hasta que salimos, al fin, al frío del aire nocturno.

No tenía ni idea de cuánto lo echaba de menos.

Inspiro a pleno pulmón y saboreo todos los olores que me invaden tras haber pasado semanas bajo tierra: la hierba que se empapa de rocío, las hojas de los árboles, el musgo en los troncos, la humedad que se infiltra en todas las cosas, como miles de minúsculas gotas suspendidas en el aire.

Debe de haber llovido mucho, estos días, y jamás me he alegrado tanto de que mis pies se hundiesen en el barro.

Tengo la sensación de poder percibirlo todo, y cierro los ojos e inspiro una y otra vez. Estamos a salvo y somos libres, al fin. Lo hemos logrado, hemos huido de los enigmas y las trampas de esa ciudad oculta, y lo hemos conseguido ambos. Nos hemos salvado el uno al otro.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, miro a Romeo por un batimiento y estoy segura de que pensamos lo mismo. Puede que ahora Rosalina no sea más que un fantasma.

Nos encontramos en un bosquecito. A lo lejos vislumbro la silueta de la Academia; una ventana iluminada en la cuarta planta es el único elemento que turba su descanso. Al otro lado, en cambio, la Aldea nos aguarda.

—Me pregunto si están todos bien —dice Romeo.

—Mercucio los habrá guiado, Benvolio los habrá reprendido, Terencio los habrá protegido.

—Curvo el labio, porque lo que no digo es que Florencia se habrá quejado y Teobaldo habrá hecho de todo para llamar la atención, incluso en perjuicio de la Tropa.

Pero también estará furioso y habrá luchado, y habrá pretendido hacer justicia por mí, porque lo conozco: se habrá regocijado con la desaparición de Romeo y habrá jurado con sangre que mi muerte sería vengada.

Ahora me descubro temiendo por él, porque todos nosotros hemos visto la manera en que Lisandra lucha…

Un gesto de Agnes me distrae. Me mira fijamente y agita una mano.

—¿Qué ocurre? —pregunta Romeo.

La Rápida me señala y mueve la mano para imitar una boca que habla.

—Sí, tenemos que hablar en voz baja —digo—. Pero ya casi hemos llegado.

Pero Agnes repite el gesto, luego alza la mano muy por encima de su propia cabeza y alarga los hombros lo más que puede.

—¿Terencio? —pregunta Romeo. Ella asiente con la cabeza—. ¿Le ha pasado algo a Terencio?

Agnes baja la mirada. Bajo la luz de la luna, juraría que se ha ruborizado. Se lleva la mano al rostro, se toca la mejilla y traza un círculo irregular.

—¿Lo han herido? —La voz de Romeo es un susurro asustado—. ¿Ha muerto?

Ella niega con la cabeza de nuevo, y repite una vez más el gesto que significa Terencio y luego de nuevo aquel círculo en la mejilla.

—¿Tú? —pregunto yo.

Agnes traza de nuevo el círculo, como si debiera grabárselo en la piel.

—Selina —digo.

Entonces Agnes alza ambas manos, con el índice de la mano derecha bien a la vista y el pulgar y el índice de la mano izquierda cerrados para formar un círculo. Y el gesto que sigue es inequívoco.

Romeo pone unos ojos como platos y yo estallo en una carcajada.

—Pero Terencio se acuesta con Laurela.

Agnes niega con la cabeza y luego repite de nuevo «Terencio» y «Selina». Y entonces entrecruza los antebrazos delante de sí, con un movimiento resuelto.

—Prohibido —susurra Romeo.

Agnes se lleva el pulgar al cuello y lo desliza sobre la piel lentamente.

—Y lo matarán.

Al fin, la Rápida asiente con la cabeza, como si hubiera llevado a cabo una empresa titánica.

—¿Por qué no logra mantener el bastón dentro de los pantalones? —se lamenta Romeo—. ¿Por qué no logra ser un poco más reflexivo? Maldito idiota, ¿no puede evitar hacer gilipolleces?

—A lo mejor no es idiota —susurro—. A lo mejor está enamorado.

Romeo me mira alzando una ceja.

—¿Terencio?

Pero Agnes asiente con la cabeza, de nuevo.

Romeo suspira.

—Pues entonces tendremos que protegerlo. Deberemos protegerlos a ambos.

La Rápida deja caer los hombros; supongo que no puede hacer nada más. No cabe duda de que no podemos hacerlos huir, pues los pillarían enseguida. Solo podemos esperar que nadie los descubra.