Romeo y Julieta Untold: La última congregación 42. Julieta #2
79%

42. Julieta #2

Ahora que estamos solo ella y yo, ¿qué debería hacer?

¿Cómo se comporta uno con una diosa que llora?

Las cadenas tintinean como un arroyo en la montaña que ha atravesado inmutable las eras, y ahora es el único sonido, como si todo a nuestro alrededor estuviera a la escucha y estuviera cargado del temor de su diosa.

Pero ella no es solo eso.

La Lectora entreabre los labios, tan perfectos que son ajenos a este mundo, solo de un tono más oscuro que la piel diáfana que los circunda, y por un batimiento entreveo sus dientes, que son todos perfectos y todos iguales, y cuando respira es como el soplo sobre una vela, no para apagarla, sino para hacer titilar su llama, porque quien cuenta con el poder de apagar la llama pero no lo hace posee el mayor poder del mundo.

Y entonces la Lectora pronuncia una palabra. Solo una. Dice:

—Julieta.

Me tiende la mano como una dama que desea que la inviten a bailar, y yo no puedo no tomarla, qué más da el terror que me asalta ni la consternación.

No puedo no ayudarla a alzarse, porque he aprendido que esto es lo que hay que hacer.

Lo he aprendido en estos latelunas: si alguien se cae, hay que ayudarlo.

Cuando nuestros dedos se rozan, espero que una carga me atraviese, espero desplomarme como un cuerpo muerto, espero sentir algo. En cambio, son solo dos manos que se encuentran.

—Me acuerdo de ti —dice, y ahora que está de pie vuelve a ser alta, más alta de lo que ninguno de nosotros podría ser jamás, pero no por ello resulta distante.

—¿Os… acordáis?

Hubo un tiempo, centurios antes de que yo naciera, en el que la Lectora todavía no era la Lectora. En el que era solamente Titania. Lo sé.

—Te sostuve en brazos de pequeña, Julieta, cuando la fiebre no quería abandonarte y ningún Traslador parecía capaz de remediarlo. Tu padre habría hecho añicos el mundo para salvarte, ¿lo sabes?

Mi padre.

—No me cuesta imaginarlo.

El modo en que me mira, el tono de su voz, tan ajeno a esos labios etéreos… Es como si ahora realmente me encontrase únicamente frente a mi tía, hermana de Netria y Reinaldo. Pero verla así, como la Lectora, me arranca una sonrisa. ¿Se puede sonreír delante de una diosa?

—Tienes una bonita sonrisa —dice.

—Yo no me acuerdo de vos —susurro—. Me sabe mal.

—Eras pequeña, no tenías ni un lateluna, cuando tu padre me suplicó que te viera.

Que no te sepa mal si no te acuerdas de mí, si no te acuerdas del tacto de mi mano, si no recuerdas las canciones.

Lo importante es que te curaste, Julieta.

Tu padre temía que no lo hicieras, que ni siquiera yo fuera capaz de hacer algo.

No lo recordaba. No lo sabía. Ahora el miedo me parece la explicación más sencilla.

—¿Es por eso por lo que me mantuvo lejos de todo? —pregunto, con un susurro—. ¿Es por ese motivo por lo que jamás pude vivir como todos los demás?

La Lectora, Titania, lanza un ligero suspiro.

—Solo Oudemya conoce la verdad, pero yo sé esto: que tu padre juró que siempre te protegería.

«Y ha fracasado», pienso. Si mi padre hubiera sabido lo que me esperaba al cruzar el umbral de la Academia, si de veras hubiese querido protegerme, jamás me lo habría permitido.

Pero enseguida me muerdo el labio, porque esto es injusto: si mi padre me hubiera mantenido alejada, entonces habría encontrado el peor de los destinos.

Sin el Vínculo, me hubiese convertido en una Selfiera. Mi padre no tuvo elección.

—Dime —continúa la Lectora, y ahora se ha acercado, aunque no parece que haya dado ningún paso—, ¿tu padre sigue siendo tan colérico?

—Sí —digo, bajando los hombros.

—Siempre ha sido así. Lo llevamos en la sangre, todos.

No podemos huir de eso. —Desvía la mirada, como si observara el pasado—.

Los Capuleto no fracasan jamás, ¿verdad?

Todavía recuerdo el lema de nuestra casa, Julieta.

Es la furia lo que nos mueve, lo que nos lleva al triunfo.

—Entonces vuelve a mirarme a mí, y en este instante me doy cuenta de que no me ha soltado la mano—. ¿Pero es cierto todo lo que cuenta?

Guardo silencio, porque me asalta un remolino de pensamientos.

La llevo en la sangre, esta furia. Y nunca nadie ha sabido darme respuestas, y ahora me encuentro delante de la Lectora y nadie, quizá ni siquiera los Pentra, jamás ha podido hablar con ella de esta manera, y es ella quien me estrecha y me dice que me conoce y que me ha ayudado y salvado.

—Necesito ayuda —digo, y quizá es la primera vez que lo afirmo de este modo, en voz alta, dejando de lado el orgullo.

La Lectora me acaricia el dorso de la mano con el pulgar, y aunque su dedo es largo y ahusado como ningún dedo debería ser, y aunque ello hace tintinar las cadenas y mover su vestido como finos rayos de luz, este sigue siendo el gesto más antiguo del mundo.

—Esta furia en mi interior, esta cólera de la que no logro escapar. Es una bestia, y no sé qué hacer. Temo que me devorará y que de mí no quedará nada.

—Esa bestia no eres tú, Julieta —dice, mientras una nueva lágrima se asoma a sus ojos de estrellas.

—¿Y si me transformase en ella?

—Es imposible.

—¿Cómo estáis tan segura?

—Porque lo sé —responde, y entonces hace una pausa.

Quisiera creerla, pero después de todo lo que hemos visto Romeo y yo en las cavernas bajo la Academia, confiar ciegamente en la Lectora me resulta difícil.

—No te lo estoy diciendo como Lectora —susurra ella—, sino como Titania. Solo como Titania.

«Entonces», pienso, «es Titania quien me responde, Titania quien me conoce». Saco la esfera del bolsillo.

—Netria me dio esto —digo, mostrándosela—. Pero no lo entiendo: me resulta más y más difícil, me apacigua, pero la siguiente vez mi rabia es mayor.

La mirada de la Lectora se detiene en la esfera, en las secciones que hago rotar con los dedos, a estas alturas instintivamente.

—La recuerdo —dice—. Era de tu madre; de joven jugaba con ella.

—Lo sé, es lo que me dijo mi tía… mi otra tía, me refiero. Pero también es lo único que sé.

—Se trata de un objeto antiguo, Julieta. Valioso, y lo que esconde lo es todavía más. ¿Ya has conseguido abrirla?

Enarco la ceja.

—Ni siquiera sabía que se podía.

—Nunca has tenido mucha paciencia, igual que tu padre. —Se le escapa una sonrisa—. ¿Has probado a contar? —pregunta.

—¿Contar?

—Es una cosa que deberás hacer tú, Julieta. Te espera a ti y únicamente a ti. En la noche más oscura, todo te resultará claro.

—Vos también habláis con enigmas. No es lo que necesito —espeto, porque me da la sensación de estar teniendo la misma conversación que tuve con Netria, y noto un respingo en mi interior cuando por un batimiento ella parece dolida por mi tono.

La Lectora me suelta, y es como si de repente descubriera que siempre había echado de menos su mano.

—Solo porque sé que tú serás capaz de resolver estos enigmas —dice, y luego esboza una sonrisa que se abre camino por entre los rastros de sus lágrimas—. Entonces, ahora, si quieres que hablemos de lo que es evidente… —añade, con un tono todavía más dulce si cabe—, ¿estás enamorada?

¿Puede uno ruborizarse delante de una diosa?

—No hace falta que lo digas en voz alta, Julieta. Lo sabes tú, y ahora lo sé yo. Y esto me hace feliz: será el amor el que guiará tus pasos, y jamás podrás errar el camino.

En una casa cuyo único temor es fracasar, y cuyo único objetivo es el dominio, nunca nadie me había hablado así, nadie había puesto el amor en el centro de la propia vida.

Y sin embargo ahora lo sé, son estas las palabras que hubiera querido oír de mi madre o de mi padre, o de Netria o de Teobaldo.

No palabras de guerra, sino palabras de esperanza.

Y en cambio, la persona que ahora las ha pronunciado es la única de mi familia que jamás ha conocido el amor, porque el destino de la Lectora es un destino de soledad.

Ahora, las mejillas de Titania no son las únicas que están empapadas de lágrimas, y nos quedamos así, una frente a la otra.

—Te está buscando —dice, entonces.

—¿Quién?

—Romeo.

Un batimiento después, oigo la voz de Romeo. Preocupada, lejana. Teme haberme perdido.

—Ahora ve con él. Tenéis mucho camino por andar.

Asiento con la cabeza, despacio, y doy un paso atrás, pero me cuesta girar los hombros.

—Ve —me repite, y entonces parece que deba añadir algo, pero al fin guarda silencio.