42. Julieta
Julieta
Los he dejado a solas. Verla así, preocupada y feliz al mismo tiempo, la manera en que miraba a Romeo, la manera en que él la miraba a ella: por un batimiento, me ha parecido que todo lo que hemos pasado estas semanas —¿de veras han transcurrido semanas desde que nos caímos debajo de la torre de los Almanarios? — no importase.
Y sin embargo, nuestras manos se acariciaron, se estrecharon, nuestra piel fue la misma piel, nuestro dolor fue el mismo dolor, nuestra esperanza fue la misma esperanza. Ha sucedido hace poco, he vuelto a abrir los ojos y él me abrazaba por detrás, y estábamos tan cerca…
Nos quedamos solos en la oscuridad, él y yo, pero ahora que hemos regresado a la luz, y que ya no estamos a solas, recuerdo.
Recuerdo que siempre ha amado a Rosalina, ¿y qué pueden ser semanas, respecto a una vida?
Pero, tal vez, nuestra aventura haya sido una breve vida, encerrada en el espacio y el tiempo de un sueño.
Niego con la cabeza y enseguida me arrepiento porque me palpita y duele como si hubiera demolido la pared de la galería con ella.
Romeo dice que cuando me sirvo de la Pertenencia no envejezco, pero eso no significa que no me sienta vaciada, y cansada, y dolorida.
No sé si mi poder proviene solo de la bestia, pero cuando fluye en mí me destruye, y mis defensas, ya débiles, bajan todavía más.
No sé qué hubiera podido hacer, de haberme quedado con ellos.
Un testigo mudo de sus discusiones. Más valía irme.
Y es lo que he hecho, los he dejado allí.
He vuelto sobre mis pasos por el pasillo hasta que sus voces se han vuelto lejanas.
No distinguía las palabras, podría haber intuido el tono, pero no quiero pensar en lo que podrían decirse y seguir dándole vueltas.
Solo me haría daño. Mi último pensamiento es para la Rápida que nos ha acompañado, que me resulta algo familiar, en la forma de los ojos, quizá; luego me concentro exclusivamente en poner un pie delante del otro.
Hasta que me encuentro delante de la entrada de una sala titánica y me detengo, y tengo que entrar, porque es lo que he visto después de haber derribado la pared.
Los estantes que la dividen formando pasillos se elevan hasta rozar la piedra del techo, pértigas por encima de mí, como si debieran sostener el peso de toda la Academia, y los libros que los pueblan parecen todos iguales, todos con el mismo lomo de piel, los mismos grabados dorados, el mismo olor a pergamino y trapos en remojo.
Centenares de miles de tomos que me hacen pensar en la biblioteca de Alejandría.
Mi padre explicaba que en ese lugar se custodiaba todo el conocimiento del mundo, antes de que un cataclismo la destruyera.
Sin embargo, puede que no sucediera exactamente así. A lo mejor es aquí donde se encuentran las respuestas a todas las preguntas que podrían formularse, las crónicas de miles de vidas, la sabiduría de los Edenitas, la promesa de que todo este saber y todas estas páginas salvarán el mundo.
Deslizo los dedos por los libros mientras camino y me dejo llevar por el pensamiento de todos esos dedos y todas esas plumas que han escrito millones de palabras, línea tras línea, gota de tinta tras gota de tinta, para crear historias, para que las que tenían por contar no se perdieran, para que otros pudieran leerlas y darlas a conocer al mundo.
Sin duda, no para que permanecieran encerradas bajo tierra, donde solo las Vestales pueden descubrirlas. Todo el mundo necesita historias.
También Puck, también los niños que no pueden salir de aquella gruta. Tienen solo a Selina, que crea sombras con las manos.
Y en este momento comprendo a quién me recuerda la Rápida de Rosalina: a Selina.
Sin su mancha roja, por descontado, pero la forma de los ojos y de los pómulos es idéntica.
Me pregunto si son parientes, hermanas, tal vez.
Ambas crecidas en esa gruta, con las lenguas cortadas para que no divulguen los secretos de la Academia, para que sus historias ya no puedan hablar.
Entonces, creo que se las leeré.
Miro a mi alrededor. Estoy sola. Sumida en el silencio, nadie puede oírme. Me acerco a la estantería. No hay manera de distinguir un libro de otro, como si un copista chiflado hubiera decidido reproducir copias y copias del mismo volumen.
Extraigo uno al azar, procurando no hacer caer a los que están al lado, y paso un dedo por los bordes de las páginas, que parecen recortadas a mano. Si están impregnadas de Pertenencia, quien sea que las creó decidió que no debían parecer perfectas.
«Ninguna historia lo es», digo para mis adentros.
Pienso en Romeo y Rosalina, pero también en Marina Codalunga y en su Tropa, y en mí y en Teobaldo: creíamos que al ingresar en la Academia nunca fracasaríamos, porque es así como nos criamos, y en cambio hemos acabado los últimos de entre los últimos.
Y luego pienso en Romeo y en mí, en los secretos que llevamos dentro, en los temores y en las preguntas sin respuesta, en nuestro viaje en las tinieblas.
No conocemos el final de nuestra historia.
Abro el libro con delicadeza y la encuadernación cruje flojito entre mis dedos. Un tratado de astronomía babilónica, copiado quizá por un monje cristiano que había encontrado su versión griega. Lo recoloco en su sitio y tomo otro. Me dejo guiar por el azar.
La Comedia de Dante. A juzgar por cómo habla Romeo, no necesito tomar este libro para Puck, solo tendría que llevarlo a él: se lo podría recitar de memoria.
Pero quiero encontrar algo especial, algo desconocido. Algo maravilloso que Puck y sus compañeros puedan rememorar en cada momento oscuro de su fugaz vida, que les pertenezca solo a ellos. Una historia para huir del miedo que mora en su interior.
Abro y hojeo los libros y los devuelvo a su sitio uno tras otro.
Paso de la medicina de Avicena a la epopeya de Gilgamesh, de la muerte de Beowulf contra la serpiente de fuego a las siete plagas que atormentaron Egipto, pero ninguno de esos libros me parece adecuado.
Es como si todas esas historias no quisieran que yo las leyera, como si me dijeran que debo seguir buscando.
Hasta que mi dedo se detiene sobre un tomo, y lo cojo, y lo hojeo. Con un suspiro, me detengo en una página al azar y empiezo a leer.
No hay miniaturas para adornar las páginas, ningún garabato ni acertijo escrito por un copista aburrido, ninguna nota al margen, ninguna corrección. Solo palabras escritas con tinta negra, con una letra clara y sin embargo llena de florituras, como si en cada letra hubieran dedicado una eternidad.
«Debes saber». Así empieza. «Debes saber que esta es la historia de un amor y de una traición.
Es la historia de un hermano y de una hermana y es la historia de muchos amores, y de sacrificios, porque todo amor conlleva un sacrificio.
Es una historia de guerra y esperanza y castigo, es la historia de la que nacen todas las historias.
Una historia de rabia y deseo, porque todas las historias son historias de deseo.
Es una historia de amor y muerte, y es la historia de un amor que supera la muerte».
Leo estas palabras y es como si las estuviera leyendo en voz alta, pero con una voz que no me pertenece, y el dedo me tiembla mientras lo deslizo sobre la página para no perder la línea. Tengo las manos frías y el corazón me late al ritmo de las frases.
«Debes saber que esta historia empieza como todas las historias: érase una vez, en una tierra lejana, no…».
Y es en este momento cuando oigo el chillido. Un alarido de dolor, contenido, ahogado, como solo puede ser un grito nacido de la más profunda desesperación, tan terrible que uno quisiera esconderlo.
Suelto el libro, que cae con un batacazo en el pavimento de piedra.
Cuando el grito cesa, inicia el llanto.
No es la voz de Romeo, ni de Rosalina. Ellos están lejos, y en cambio los lamentos parecen provenir de un pasillo cercano.
Me pongo a caminar. Es un llanto y una llamada a la que no puedo resistirme, un remolino de dolor que me arrastra y me lleva consigo.
Acelero el paso, jadeo mientras corro hacia el fin de la estantería, observada por todos los libros que se confunden entre ellos en los márgenes de mi mirada y estoy corriendo cuando doblo la esquina y freno en seco, porque hubiera podido imaginarme cualquier cosa, pero no esto, para lo que nada en la vida pudo haberme preparado.
Ni las torturas, ni los combates, ni el hambre o la desesperación que he vivido en estos latelunas. Nada es comparable.
La encuentro a ella.
La veo así, desplomada en el suelo, con la cabeza entre las manos, y me parece asistir a una blasfemia. Porque ella no puede ser así.
Su llanto es el sonido de campanas al viento, y las cadenas atadas a sus anillos le hacen eco.
El vestido le cae alrededor como la corola de una flor empapada de rocío, y toda la luz se vierte encima de ella como el sol de la mañana, porque ella es el sol, en este momento, desesperado en su último amanecer antes de la eterna oscuridad.
La Lectora se aparta las manos del rostro, despacio, y me mira. Sus ojos encierran universos y, por un batimiento, esos universos se estremecen con un único temblor de miedo.
Pero la Lectora es la diosa que se ha hecho carne, y las divinidades no temen.
Nos quedamos observándonos, como dos animales paralizados por un ruido. Yo, afligida y manchada de tierra y barro, y ella, que en el suelo de la biblioteca parece muy pequeña y frágil.
No sé qué hacer. La última vez que la vi era yo la que temblaba de miedo, era yo la que rezaba para que no me mirase y que no me acariciase, que se alejara de mí.
La última vez que la vi, la única, ella acarició a Rosalina y la llamó consigo y eso hizo aullar a Romeo y fue entonces cuando lo advertí.
Pero estábamos en medio de todos los Iniciados y con nosotros estaban nuestros padres y el Coro, estaban los Pentra y todo resonaba a Congregación y todo parecía correcto y normal. ¿Pero ahora?