Romeo y Julieta Untold: La última congregación 41. Romeo #3
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41. Romeo #3

Reflexiono sobre lo que acabo de oír. Tanto da cuánto cante la Pertenencia en tu sangre, es la Lectora la que hace de ti un Extrema Sangre.

Pero ¿y si no fuera capaz? ¿Y si no encontraran a la nueva encarnación a tiempo?

¿Nos convertiremos todos en Selfieras? Si en la próxima ceremonia ella no puede leer el Libro…

—Llévame lejos de aquí. Llévame lejos, Romeo.

—Sabes que no podemos. Al decimoctavo solasterio…

Me detiene.

—Me da igual. Mejor vivir solo unos pocos latelunas juntos que estar separados para toda la eternidad. Yo desapareceré dentro de la nueva Lectora. Desapareceré para siempre jamás. Sin haber vivido. Sin haber dado un beso.

Me mira. Se me acerca. ¡Cuánto soñé con sus besos!

En el agua durante mi Primer Paso, cuando la tibieza rompió el hielo, pensé que así debería de ser el beso de Rosalina, cálido y reconfortante.

Ella aguarda. Pero mi primer beso de verdad no es para ella.

No es con ella con quien viviré mis dos últimos solasterios de vida, solo para estar juntos.

No es por ella por quien sacrificaría mi vida.

No es por ella por quien moriría si ella muriese.

No es por ella por quien recibiría en el costado la espada de la Seca.

Me apoya una mano en el pecho. No quiero hacerla sufrir, pero tampoco quiero mentirle.

Ella se percata. Da un paso atrás.

—Lo entiendo —dice entre dientes. Aparta la mano. Veo que se le desencaja el rostro por un batimiento, pero enseguida se recompone.

—Rosalina…

—Como dijiste la última vez que estuviste aquí… —hace ver que se lo piensa, pero sé que mis palabras la atormentaron durante días—, antes éramos una ilusión creada por los poetas…

—… Ya veremos en qué nos convertiremos con algo creado por nosotros…

—Termino la frase. La recuerdo bien. Rosalina me mira con orgullo, pero emana un color similar al de la hierba quemada por el sol.

A su alrededor se mueven trepadoras con espinas que la envuelven, la encadenan, la arañan.

No debería haber intentado ver su alma, pero mi sentimiento de culpa esperaba poder hallar alivio.

No es así. Aunque… ¿qué culpa puede haber en no amar?

—Una frase bonita, en efecto, pero más bien estéril, ¿no crees? Ha durado muy poco tu amor —espeta entre dientes.

—Rosalina…

—Rosalina, Rosalina… Deja de decir mi nombre. Conozco mi nombre, así como conozco el amor que te profeso. Pero parece que a ti, en cambio, te resulta extraño. ¿Basta tan poco, Romeo, para olvidar?

¿Qué palabras puedo usar para explicárselo?

—Éramos distintos, Rosalina…

Me interrumpe.

—¿Distintos? Yo siento las mismas cosas. Habla por ti, Romeo. —Su voz es un cristal hecho añicos.

Se acerca a un escritorio y del cajón saca una carta doblada en varios segmentos. La abre y empieza a leerla. Reconozco mis palabras desde la primera frase.

«El Amor no es Amor si varía al descubrir una variación, o tiende a desvanecerse cuando el otro se aleja.

El Amor no varía en pocas cadencias o latelunas, sino que resiste impávido en el abismo de la muerte.

Si se me demuestra tal error, yo jamás habré escrito y nadie jamás habrá amado».

No ha leído. Ha sostenido la hoja en la mano, pero sus ojos estaban clavados en mí.

—¿Todavía crees en estas palabras, Romeo?

—Sí —respondo melancólico, y ella comprende…

—Pero ya no son palabras para mí. —Su voz muere, como el fin de la frase.

Me acerco tendiendo una mano, pero ella la aparta de una manotada.

—No quiero tu compasión.

—No es compasión. Me importas, Rosalina.

Se ríe con desdén.

—Bueno…, pues yo no quiero importarte. Quiero que me ames. Quiero al chico enamorado, quiero al chico que componía poesía para mí. Quiero sus besos y quiero hacer el amor con él. Quiero vivir antes de morir para siempre.

—Si querías todo eso, podrías haberte presentado a la cita en el puente. —Ella se sobresalta. Hace ademán de decir algo, pero luego guarda silencio. He sido cruel. No se lo merece—. Perdóname —le digo.

Niega con la cabeza como para decir «no pasa nada», pero sé que no es así.

—No es por ella, ¿verdad? No es por la joven Capuleto. No estarás tan chiflado como para creer que vivirás un amor feliz con la hija de tu peor enemigo…

No respondo.

—Intentaré echarte una mano. No sé cómo, pero lo haré. —Estoy convencido mientras lo digo.

—No. No es necesario. Sin ti, puedo quedarme aquí. Consagrar mi vida a otra cosa.

Estoy tentado de decirle que esta Academia es una mentira de pies a cabeza, que la diosa a la que desea consagrarse no es otra que una cruel tirana que invoca el nombre de un dios mantenido en secreto.

Pero esas plantas trepadoras que siguen creciendo me hacen desistir.

Parecen serpientes que la envuelven y ahora una espesa niebla y un olor a humo ascienden hacia ella.

Cierro mi mente y las espiras se desvanecen.

Tengo en la boca el amargo sabor del cobre.

No hay nada más que decir.

Entonces ella me salta al cuello. Me estrecha.

—Adiós, Romeo. Te amo y siempre te amaré.

Y así nos despedimos, sabiendo que no nos volveremos a ver.