Romeo y Julieta Untold: La última congregación 41. Romeo #2
77%

41. Romeo #2

—Ya me voy, ya me voy. ¿Puedo deambular por aquí tranquilamente o corro el riesgo de que me arresten y me condenen a la Abnubilación?

—No. Han tocado la campana. Mis compañeras han acudido todas a la meditación. Yo diré que no me encontraba bien. Agnes, ¿puedes acompañarla afuera para que no se pierda? ¡Por favor!

Julieta abandona la habitación sin siquiera girarse hacia mí. La puerta se cierra y Rosalina y yo nos quedamos a solas.

No es como la última vez. No intenta fingir ser algo que no es. Yo creo que es tarde. No sé qué decirle, así que suelto lo primero que me viene a la cabeza. Y es algo estúpido.

—¿Es tu habitación? —pregunto. Obviamente, lo es.

—Sí. Es pequeña, un poco austera, pero tiene todo cuanto necesito. —Me mira—. Estás todavía peor que la última vez.

—Es lo que pasa cuando te enfrentas a la muerte. —¿Por qué estoy tan arisco?

Me toma la mano.

—Lloré tanto que incluso la Lectora vino a consolarme. Cuando le conté lo que había sucedido se puso triste, como yo. Julieta es su sobrina, ¿lo sabías?

—Sí, lo sabía.

Me siento extraño estando aquí, encerrado en una habitación con ella. Ni siquiera me apetece hablarle del sueño, o de la Enfermedad. No me fío. Hace poco tiempo, arriesgué mi vida para llegar hasta aquí, ¿y ahora? ¿Qué ha cambiado en mí? La estoy tratando con frialdad y ella no se lo merece.

—Perdóname —le digo—, han sido días duros. ¿Tú cómo estás?

Baja la mirada y se le llenan los ojos de lágrimas.

—No va bien, Romeo.

Oigo que alguien chilla. No es algo que pueda describirse. No es un grito de dolor, sufrimiento, tristeza. Es un alarido agudo. Ya he oído gritos así; se parecen a los que profería la Tropa de Marina mientras tocaba la torre.

Rosalina baja los ojos. Cuando vuelve a mirarme están colmados de lágrimas.

—La Lectora… —me explica— grita siempre así. Casi todas las noches. Se recluye en sus aposentos. Llora y llama. Pronuncia siempre el mismo nombre: Ilhuas.

Me sobresalto.

—No sabemos quién es. Un hermano, un marido, un amante…

—Creía que nuestra diosa estaba por encima de eso.

—Alyaster tal vez —dice—, pero Titania todavía está allí dentro, en alguna parte.

Envuelta con ella, fundida con ella, pero aún presente, aún viva.

Nos enseñan que cada Lectora no es solo la diosa, sino también la que la hospeda.

Los Trasladores van continuamente a sus aposentos. Y a veces hay alguno que no sale.

—Pero ella es la encarnación de Alyaster. No enferma.

—No es el cuerpo el que está enfermo. Está… —busca las palabras, las encuentra y se le dibuja una mueca en el rostro— llena de dolor por dentro. Del que te desgarra el alma.

Vuelvo a evocar las torres, los alaridos de la Tropa que falleció. Y no encuentro una mejor definición que la que Rosalina acaba de dar: tenían el alma desgarrada.

No doy crédito a mis oídos. Pero ahora que la Lectora grita el nombre de quien se me apareció en sueños, comprendo que todo lo que me dijo es cierto.

—Creo que su Tiempo se ha agotado —me dice en voz baja, con los labios temblando al igual que sus manos.

—¿Estás segura?

Me toma las manos y las estrecha. Acerca sus labios a mi oído. Susurra tan flojito que la oigo a duras penas.

—Júrame que lo que estoy a punto de contarte quedará entre nosotros.

Asiento con la cabeza, y en ese movimiento percibo sus labios rozándome. Ella baja la voz un poco más.

—Todos los días voy a la biblioteca. Oudemya me obsesiona.

Quiero sentir la conexión que tiene con la Lectora, formar parte de ella.

Mis compañeras también están sintiendo mi mismo anhelo.

Es como si el Libro nos llamase. No sé cómo explicarlo.

Es como un hambre. Una necesidad que solo se aplaca cuanto deambulamos entre los estantes de madera y olemos el papel y el polvo de ese lugar; es solo entonces cuando nuestro tormento se apacigua.

Conozco esa hambre, la que no ataca al estómago, sino a la garganta; conozco su tormento, y hace días que convivo con ella. Rosalina prosigue.

—Hace unos días, no lograba regresar a mis aposentos, tenía que quedarme allí.

Necesitaba ver el Libro. Pero solo la Lectora sabe dónde se encuentra.

Antes de venir aquí, me imaginaba a Oudemya en una sala, protegido por una escuadra de Ensiferios.

Habría sido mejor. Cuando sabes que algo es inalcanzable, te resignas, lo asumes.

En cambio, está escondido en medio de miles de tomos.

Podría tocarlo todos los días si solo lo pudiera encontrar.

Así que me escondí en la biblioteca y vi a la Lectora.

Vi que tomaba el Libro. —Estamos tan cerca que oigo el latido de su corazón.

Su respiración se acelera y noto su aliento sobre mi cuello.

Y entonces dice—: No fue capaz de leerlo.

Me aparto de ella como si alguien me hubiera empujado.

—¿Cómo lo sabes?

—Arrojó el Libro al suelo. Le suplicó que se mostrara. No sucedió nada. Oudemya permaneció apagado como un libro cualquiera. Desde entonces no ha vuelto a pisar la biblioteca.