41. Romeo
Romeo
—¡Bienvenida de nuevo! —digo cuando vuelve a abrir los ojos.
Estamos en medio de los escombros de lo que era una pared y ahora, en cambio, no es más que polvo y pedruscos.
Frente a nosotros veo un largo túnel, similar al que crucé para ir a ver a Rosalina.
Si es así, podemos salvarnos, o hacer que nos maten por haber accedido al edificio de las Vestales.
Tengo el cuerpo de Julieta encima, y es ligero.
Ha perdido demasiado peso en estos días.
Tanto que noto su espina dorsal contra mi pecho.
Llevo cadencias estrechándola. He temido cada batimiento que envejeciera, que se transformase en una Selfiera.
Pero el tiempo no ha venido a reclamar su prenda.
Y sin embargo sigo teniendo miedo, de que se escurra, se esfume, de que todo esto no sea más que un maldito sueño.
Y que ella esté mezclada con los escombros.
Y yo sea un loco que se aferra a la nada.
De vez en cuando mueve la cabeza sobre mi hombro. Su rostro está agotadísimo, exhausto, tiene las mejillas hundidas y las ojeras negras como la oscuridad que nos ha acompañado estos días.
Julieta ha demolido una pared que llevaba aquí surcos de eras antes de que ella llegase.
Y sin embargo lo ha hecho.
Y no ha tenido que pagar ningún precio a la Pertenencia.
—Deberíamos turnarnos para estar mal… Se está volviendo difícil de manejar. —Bromea, pero le sale un hilo de voz. No se aleja de mí, sino que se acurruca mejor entre mis piernas separadas, que la rodean; entre mis brazos, que la envuelven.
—Creo que este es el menor de tus problemas, Capuleto, visto que has derribado una pared milenaria sin…
—Envejecer… —Hace ademán de ponerse en pie, pero se tambalea. La cojo en el aire antes de que se caiga al suelo y ella se vuelve a acomodar sobre mi cuerpo.
—¿Lo sabías? —Estoy perplejo. Me acusa de estar lleno de secretos, pero ella no se queda corta.
—Lo sospechaba. Ya he usado la Pertenencia. Y no he envejecido.
—¿Qué Pertenencia? Parece que tienes unas cuantas: Arquitiempo, Aeteriana, Grave, tal vez, por lo que he visto.
—No soy yo. Te lo he dicho: hay algo en mi interior. Lo controlo día tras día, lo freno, lo hago callar. Hoy lo he liberado. Y me ha dado miedo. A veces es como si tomase decisiones por mí.
—¿Desde cuándo?
Reflexiona.
—Desde la noche de la Congregación, diría.
Y desde que estoy en la Academia va creciendo como si fuese una Pertenencia.
Pero no lo es. No es ningún poder. Es ira.
Es deseo de muerte. No hace distinción entre lo que está bien y lo que está mal.
—Me habla de la bestia, como la llama ella, me habla de la esfera y de cómo su contacto la apacigua.
Me habla de la noche de la Congregación, de la perra con su camada, de Laurela y de su crueldad, y de aquel cachorrito sin vida que todavía siente en sus manos.
—Puede que mi padre lo sepa, y por eso me haya tenido siempre encerrada, lejos de los demás —murmura.
—¿Has hablado con tu tía Netria?
—Sí, por descontado. No me da respuestas. Estoy convencida de que sabe algo; si no, ¿por qué me la ofreció? —Da vueltas a la esfera con las manos.
—¿Puedo? —le pregunto. Ella me la entrega sin tenerlas todas consigo.
En el momento en que la toco vibra ligeramente.
Como si estuviera intentando entender quién soy, o cuáles son mis sentimientos.
Al cabo de unos pocos batimientos, me invade una sensación de paz.
Se la devuelvo. Guardo para mí mis sospechas, pero ese objeto está impregnado de Pertenencia.
Quizá la de los Encantilantes, si es verdad que existen.
Pero tiene sentido. Si se puede impregnar un objeto para hacerlo volver a su aspecto original, ¿por qué no se podría hacer lo mismo impregnándolo de un sentimiento?
—No sé si mi Pertenencia puede controlar las emociones, pero si así fuera, en el futuro podría serte de ayuda. Podría atizar tu ira o apaciguarte. Formaríamos una pareja temible. De lo más temible.
—Creo que todas las parejas tienen esa capacidad, aun sin Pertenencias.
Tardo un poco en entender que es un chiste. Niego con la cabeza y me río socarronamente. Ella se gira y me mira. Sonríe, pero está tan débil que temo que se vaya a romper entre mis brazos.
Tomo aire. Tengo una idea, pero no sé si funcionará, porque todavía no he estado expuesto al Fundamento. Pero soy un Eternante. Y si también fuese algo más, como dice Ilhuas, el fresco en la ciudad subterránea me ha hecho entender que sería capaz de nutrirla.
—¿Recuerdas el fresco? —digo—. Él…
Me interrumpe.
—Montesco, intenta acercar tus labios a los míos para nutrirme, y reuniré todas las fuerzas que me quedan para asestarte un puñetazo.
—Estás demasiado débil…
—Para el puñetazo me las apaño. Créeme.
—Estás demasiado débil para vivir, Julieta. Estás extenuada y sin duda no serán un par de melocotones los que te hagan recobrar fuerzas. No después de lo que has hecho. —Me acerco a sus labios, pero ella cierra el puño.
—No bromeo. Y no habla la bestia. Hablo yo.
—¡Qué testaruda eres!
—Y tú tienes casi dieciocho solasterios. Puede que me nutras y luego me devores transformado en Selfiera… No, gracias. Me las arreglaré.
Sé que no es por eso. Así que intento rebatirla, pero me quedo helado. Hay alguien al final del túnel. Oigo un ruido de pasos ágiles. No sé si alegrarme o preocuparme. Julieta también lo ha oído y se pone tensa. En cualquiera caso, ninguno de los dos podemos hacer nada. Estamos demasiado débiles.
Cuando veo quién es, por poco rompo a llorar de alegría. La llamo, ella se gira y corre hacia nosotros. Julieta se revuelve, pero yo la tranquilizo. Conozco a esta Rápida: es Agnes.
Al llegar a mi lado me toca la cara, como si tuviese miedo de que yo lleve una máscara o de que fuera un fantasma. Luego se le ensombrece el rostro. Mueve las manos a toda velocidad.
—No te entiendo, Agnes. No te entiendo.
Ella gruñe. Luego se serena. Deja de hablar en su extraña lengua e intenta hacer mímica para que yo la comprenda. Con gestos absurdos me hace entender que todo el mundo cree que estamos muertos, que nos han llorado, que muchos sufrieron por nosotros.
Julieta se alza. Le cuesta, pero intenta que no se le note. Se aleja de mí unos pasos. Yo la sigo con la mirada.
—¿Cuánto tiempo hemos estado fuera? —pregunto.
Me muestra el número uno.
—¿Una semana?
Niega con la cabeza. Me hace entender que ha sido más, mucho más.
—¿Un lateluna? —pregunto, incrédulo.
Asiente con la cabeza.
Se quita el bozal y hace ademán de acercarse.
—Yo no. —Señalo a Julieta.
Agnes me mira angustiada. La ve demasiado débil. Teme que no vaya a detenerse.
—No te preocupes —le digo. No conoce a Julieta.
Ella se acerca más a mí.
—No, Agnes, primero ella —digo perentorio.
Resopla. Me da dos o tres golpecitos en la cabeza.
—Sí, lo sé. Soy terco.
Agita las manos y luego da un paso hacia Julieta. Y ella acepta el beso. Al verla nutrirse siento alivio y al mismo tiempo mi hambre se revuelve. «Bueno, esperaré un poco más», le digo para mis adentros, como si pudiera oírme.
Mientras se nutre, el colorido de Julieta se vuelve rosáceo y sus ojeras se desvanecen.
Una pequeña arruga aparece en el rostro de Agnes.
¿Cuánto le habrá dado, un lateluna? ¿Dos?
Y no es hasta ese momento cuando me pregunto de verdad cuántos solasterios tiene Agnes.
Parece mayor que nosotros. ¿Una treintena?
Aunque puede que no sea así. Tal vez su juventud le ha sido robada.
La muerte a cambio de un beso. Siempre había pensado que me llevaba el Tiempo, sin caer en la cuenta de que robaba vida.
Siento una punzada de dolor por ella, y cuando es mi turno lo rechazo; tengo el hambre a raya.
Sé que es un gesto inútil, falso quizá, que pronto tendré que nutrirme de nuevo, pero hoy no, no de ella.
Avanzamos por las galerías, Agnes delante y nosotros detrás, a unos brazos de distancia.
—¿De qué la conoces? —me pregunta Julieta cuchicheando.
No sé por qué, pero la respuesta me avergüenza.
—Es la Rápida de Rosalina.
—Ah —dice, y entonces guarda silencio por un esimio y seguimos caminando.
Una vez llegamos a la misma gruta donde vi a Rosalina, Agnes frena en seco y nos hace una señal para que nos detengamos.
—¿Por qué nos hemos parado? —susurra Julieta.
—Vestales.
Agnes se gira y nos fulmina con la mirada.
Yo alargo las manos en señal de disculpa y luego me aprieto los labios con los dedos. Le estoy prometiendo que nos portaremos bien y mantendremos la boca cerrada.
Al cabo de poco oímos el tañido de las campanas.
Las Vestales que hay en el lago parten, y su cháchara se va alejando más y más hasta que desaparece por completo. Esperamos unos esimios y luego cruzamos la caverna.
Julieta anda observando dónde se encuentra. Está tan asombrada como yo la primera vez que estuve aquí. Un remanso de paz y agua y campanas, bajo una tierra de ira y sangre y estruendo de espadas.
Nos adentramos en otra galería y llegamos a una puerta. Agnes llama. Pasitos de alguien que viene a abrirnos. La puerta se abre: es Rosalina.
Al verme se sobresalta y luego me abraza saltándome al cuello. Llora y ríe. Toma mi rostro entre sus manos y me acaricia. Ni siquiera logra pronunciar palabra. Noto la mirada de Julieta sobre nosotros. No me doy la vuelta. No quiero encontrarme con sus ojos.
—¡Estás vivo!… ¿Cómo? Bendita sea la diosa. Estás vivo. Te dimos por muerto durante un lateluna entero. Selina siempre va a nutrir a las torres y nos cuenta. Terencio lloró durante días.
No es hasta ahora que se da cuenta de que Julieta está detrás de mí. Le va al encuentro.
—Me alegro de ver que tú también estás viva. Teobaldo… Imagínate, está intratable. Se ha peleado con todo el mundo. Con Mercucio en particular… y a menudo.
—¿Cómo están? ¿Las torres? —pregunta sin esconder la aprensión en su voz.
—Hace unos días que Selina no viene. No lo sabemos.
—Debemos regresar —digo.
Pero Rosalina me detiene.
—Espera. Tengo que hablar contigo. Es importante. —Se gira para mirar a Julieta.