Romeo y Julieta Untold: La última congregación 40. Julieta #3
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40. Julieta #3

Le tomo la mano, de nuevo, y él me ayuda a ponerme en pie. Me apoyo contra la pared, la maldita pared que nos corta el paso, y entonces la noto.

La consistencia de la roca, porosa, antigua. Ya la he notado antes.

—Espera —digo—. No es un callejón sin salida. Es un pasaje.

El rostro de Romeo esboza una sonrisa triunfante, que enseguida se apaga.

—Pero no conocemos la señal para abrirlo.

Respiro hondo.

—Tengo que decirte algo.

Ladea la cabeza.

—Hay… Hay algo dentro de mí. No sé si siempre ha estado ahí, o si emergió tras mi Primer Paso, pero puede que tengan razón: el sufrimiento, el dolor y la desesperación hacen cantar la sangre, y mi sangre es distinta.

Es la primera persona a quien se lo cuento aparte de Netria, y hacerlo es como tomar aire después de haber pasado demasiado tiempo bajo el agua, como quitarse de encima una roca que hacía demasiado tiempo que te oprimía el pecho.

La mirada de Romeo es de curiosidad. Parece que esté a punto de decir algo, pero no le doy la oportunidad, porque si no hablo ahora no sé cuándo voy a reunir el valor para hacerlo.

—Arquitiempo, Almanaria, es verdad, pero también Grave y Ardefría, y Aeteriana… Y algo más. No sé lo que es, pero hay algo en mi interior. Una bestia. De vez en cuando pierdo el control.

Al principio no sabe qué decir, salta a la vista, pero entonces se le relaja el rostro.

—Julieta —dice—, con lo que te ha ocurrido, es normal enfadarse.

—¡No! —protesto—. ¡No lo entiendes! No estoy hablando de enfadarse, estoy hablando de una bestia que devoraría el mundo, si pudiera.

Estoy hablando de un poder que no debería tener, que va más allá de la Pertenencia.

Por poco mato a Laurela, ¿sabes? Y yo, en esos instantes, quería matarla, lo deseaba con todo mi corazón…

Y en la Arena, allí también. Tú no te diste cuenta, pero estoy convencida de que hubiera podido saltarle al cuello al Alto Maestro Valfiero mientras estaba destripando lo que quedaba de Sansón.

Y no estoy segura de que él hubiera logrado salvarse.

—He alzado la voz, he apretado los puños.

Y está aquí, la siento, se agita. Si no se ha despertado, poco falta.

Romeo ha dado un paso atrás con los labios apretados en una expresión de rabia y me mira con los ojos encendidos, pero solo por un batimiento. Como si no dependiera de él.

—Pero ahora estás aquí, y eres Julieta, y no eres ninguna asesina. Yo lo sé. —Se acerca y me coge de las manos—. Ahora estás aquí —repite.

Lo miro a los ojos.

—Ahora, esa bestia nos sería útil. —Señalo la pared de roca—. Aquí detrás hay algo. No sé si tú también lo notas, pero hay algo. Pertenencia, en abundancia. No como en la Torre central, no ese tipo de atracción, pero la Academia está ahí detrás… Suéltame las manos, Romeo.

—¿Por qué?

La pregunta le ha salido tan natural que por un instante yo también me lo pregunto.

—Porque debes.

Lentamente, obedece.

—Aléjate.

Retrocede un paso.

—Más.

Me giro hacia la roca y apoyo las manos en la pared. La salvación está al otro lado.

Laurela le retuerce el pescuezo al perro.

Venga, sé que estás ahí.

Valfiero despedaza el cuerpo de Sansón.

No te escondas.

El Decano tortura a Liliana.

Sal.

Mi tía sabe algo, pero no da respuestas.

Mi madre me da la espalda en mi Primer Paso.

Sansón agrede a Romeo en el agua. Nos obligan a elegir quién morirá.

Marina Codalunga pierde la cordura mientras su Tropa se masacra delante de la torre.

Nos privan de alimento y agua. Piernas y brazos desmembrados durante los Movimientos.

Niños prisioneros en el interior de la Academia.

A Puck le cortarán la lengua. Rápidos asesinados como si nada, consumidos.

Mi padre reduce a polvo al hermano de Romeo.

Rápidas consumidas para ocultar lo que yo soy. Paris y Lisandra intentan matarnos.

Lisandra atraviesa a Romeo.

Profiero un grito mientras mi Marca quema y la Pertenencia de Netria no sirve de nada porque la luz inunda el pasillo.

La esfera aeteriana estalla en mil añicos, las esquirlas de cristal tintinean contra las paredes, Romeo reniega o bien invoca a la diosa mientras bramo y vuelvo a bramar y las esquirlas se elevan a mi alrededor, suspendidas en el aire, y mis pies se hunden en el pavimento, que se agrieta mientras me vuelvo pesada, cada vez más pesada, y empujo y empujo y vuelvo a empujar y sigo desgañitándome pero no es suficiente porque la roca no se mueve y mi Marca quema más y más y siento la Pertenencia correr por mis venas y el corazón de la diosa que bombea como si debiera consumir surcos de eras y la rabia crece en mi interior y la bestia por fin está libre y ladra gloriosa con toda su fuerza y la roca frente a mí se erosiona, cada vez más, el polvo se desliza entre mis dedos mientras por esa pared transcurren centurios y centurios e incluso la roca se vuelve frágil y sutil con el paso del tiempo y luego…

Se hace añicos y caigo al otro lado. En el suelo, jadeo, aúllo, voy a devorarlo todo.

Romeo se me abalanza encima, a través del paso que he abierto, un batimiento antes de que la pared vuelva a reconstruirse.

—¡Julieta! —grita.

—La esfera… —susurro.

Al principio, él no lo entiende. Yo lucho contra mí misma, trato de contenerme; si no me detengo, no sé qué podría hacer.

Devorarlo todo. Matar a Romeo.

—En mi bolsillo… —gruño.

Me mete una mano en el uniforme. Desliza la esfera entre mis dedos.

Afianzo la sujeción y empiezo a hacer rotar las cuatro secciones; pienso solo en eso, nada más que en eso. Clic. Clic. Se mueven regulares y retomo la respiración y luego, antes de cerrar los ojos, veo solo estantes.

Infinitos estantes repletos de libros.