Romeo y Julieta Untold: La última congregación 40. Julieta #2
75%

40. Julieta #2

Él asiente despacio, con una certeza en la mirada que no sé si se debe a mis palabras. Entonces abre los ojos como platos y señala algo a mi espalda.

—¡Allí hay una abertura! —exclama de repente.

Me giro. Tiene razón: el túnel termina con un arco. Y luego la oscuridad.

—Al menos no es un callejón sin salida —digo.

—Podría ser el enésimo abismo.

—Tú siempre tan optimista —comento. Romeo esboza una media sonrisa.

Cuando alcanzamos el final del túnel y apenas veo lo que tenemos delante, doy un brinco hacia atrás. La esfera aeteriana por poco se me resbala de las manos y Romeo me agarra de los hombros para evitar que me caiga.

—No es posible —murmura.

Nos asomamos de nuevo, sus manos no abandonan mis hombros.

La galería da paso a una sala circular de la que no logramos ver el pavimento, porque la luz de la esfera no basta para iluminar el fondo. Debe de haber decenas de pértigas. Si hubiéramos caminado sin prestar atención, podríamos habernos despeñado.

Pero no es eso lo que me ha asustado.

Nos encontramos en una base, una pequeña interrupción de una escalera de caracol que desciende hacia la oscuridad y asciende hasta el techo, siempre que haya un techo, bordeando la pared de la sala.

Y en la pared, excavadas con la pericia de la Pertenencia, hay unas alcobas.

Pero no son como las de los niños de la Academia, no son cunas y camas: son tan altas como una persona y miden unos dos brazos de longitud.

Y en cada alcoba hay un cuerpo. Debe de haber miles.

Un infinito número de cuerpos acompaña el recorrido a lo largo de la escalera.

Las pieles, brillantes y perfectas; los trajes ceremoniales, impolutos; los labios, ligeramente arqueados como la expresión que adoptan los Rápidos cuando duermen; los párpados, cerrados; el pelo, arreglado en complicadas trenzas, o bien rapado para reproducir símbolos de casas desconocidas; las manos, cruzadas encima del pecho cubriendo tímidamente torsos y senos.

Si están muertos, no ha transcurrido mucho tiempo. O bien, de algún modo, la Pertenencia los mantiene íntegros, pero me pregunto qué Traslador sacrificaría su propio cuerpo y su propia vida con ese objetivo.

—¿Qué clase de lugar es este? —murmura Romeo.

—Una tumba —digo—. O unas catacumbas…

—¿Como las de los romanos, cuando los Rápidos debían esconderse bajo tierra para rezar a su dios y sepultar a sus propios muertos?

Asiento con la cabeza.

—Pero ¿por qué motivo deberíamos hacerlo nosotros también?

—No lo sé. —Pero la respuesta flota entre nosotros: porque los Edenitas también tienen un dios secreto.

—No han dado el Último Paso —dice Romeo, con la mirada vagando por encima de los cuerpos y de los recuerdos, como si evocase una escena en su mente—. Para ellos no hubo Restitución. ¿Por qué? ¿Para qué sirven, sepultados aquí para toda la eternidad?

—¿De veras esperabas encontrar respuestas aquí?

Me acerco al cuerpo de una de las alcobas que tenemos al lado.

Aparenta algunos solasterios más que nosotros; el mentón alto y pronunciado, una barba incipiente que no crecerá nunca más, el pelo corto rapado para reproducir una flor desconocida en las sienes.

Tiene algo escondido en la mano derecha.

—¿Qué haces? —me pregunta Romeo al verme trastear la mano del Edenita.

La aparto.

Creía que era una ornamentación del traje, y en cambio me encuentro delante de un agujero, una minúscula herida vertical que perfora el tejido y se hunde en la carne.

—Los asesinaron —digo.

—O tal vez se dieron muerte, como los mártires.

—Ninguna de estas posibilidades es tranquilizadora.

La luz de la esfera aeteriana se atenúa aún más.

—No disponemos de mucho tiempo —dice Romeo—. ¿Hacia arriba o hacia abajo?

Echo otro vistazo al abismo aparentemente sin fondo debajo de nosotros. La idea de andar durante cadencias al lado de los muertos no me atrae.

—El techo debe de estar más cerca, y de todos modos nuestro objetivo es regresar a la superficie.

—¿Crees que habrá un pasaje?

—Eso espero: el camino que hemos recorrido no puede ser el único para llegar aquí. Este lugar es demasiado… —No me sale la palabra adecuada.

—¿Sagrado? —termina Romeo.

—Sí, creo que sí. —Y esto me asusta todavía más.

Empezamos a ascender la escalera infinita.

Por encima de nosotros, los ojos de los muertos nos observan detrás de párpados sellados.

Procuro no pensar en eso. Los peldaños bajo nuestros pies son regulares, perfectos, como si los hubieran hecho emerger de la piedra. La misma arquitectura de la Academia.

—Bien —digo—. Puede que lo hayamos logrado.

—¿Y luego soy yo el optimista?

Proseguimos hacia arriba, siempre hacia arriba, con el abismo a nuestra izquierda y los cuerpos a nuestra derecha.

Si estuviéramos en una torre, quien se encontrase en lo alto contaría con una ventaja en el combate…

No es que la eventualidad de un combate aquí debajo me guste, y sin embargo hay algo, en la construcción de este lugar, que me hace pensar precisamente en una torre.

Una torre del revés, que se extiende hacia el centro de la tierra en lugar de hacia el cielo.

A medida que ascendemos, la luz de la esfera se atenúa más y más, hasta que despide un último resplandor, una centella como el canto de muerte de una luciérnaga, y luego se apaga.

Nos detenemos al instante.

—Maldita sea —reniego.

—No tenemos ninguna intención de regresar para recargar la esfera en el Fundamento de los Aeterianos, ¿verdad?

—¿Solo para volver a cruzar ese infierno? Diría que no tenemos la más mínima intención, no…, y aquí podríamos perdernos, vistos los virajes un poco al tuntún que nos has hecho tomar antes.

—Que sin embargo nos han traído hasta aquí.

—Fenomenal.

—Eres muy sarcástica, Julieta, ¿lo sabes?

—Crecí sola, no se me da muy bien hablar con personas.

—No era ningún insulto.

Silencio. Sonrío en las tinieblas.

—Así que ¿continuamos?

—Cógeme de la mano —digo—. De este modo, si uno de nosotros fuese a resbalar, el otro podría sujetarlo.

Noto sus dedos en mi hombro, delicados. Descienden por mi brazo, como una caricia, hasta mi muñeca. Por un batimiento, se me pone la piel de gallina.

—¿Tienes frío? —pregunta Romeo con un susurro.

—No.

Luego al fin encuentra mi mano, la estrecha, nuestros dedos se entrelazan y volvemos a ascender los peldaños, con nuestras respiraciones acompasadas.

No sé cuánto tiempo transcurre antes de que me percate, pero si mis pasos antes eran vacilantes en la oscuridad, ahora ganan seguridad, porque logro distinguir las siluetas de los objetos.

Y luego entreveo mejor los detalles, primero de la piedra cada vez más trabajada y tallada; más tarde, de los cuerpos.

Y noto un calor a estas alturas familiar en el cuello, y todo se me antoja natural ahora, porque si logré esconderme de Laurela y Florencia por las calles de Verona, y si logré esconderme de los Rápidos en la Academia, entonces significa que mi Marca está cambiando de nuevo, está creciendo en su Pertenencia Aeteriana.

Me doy cuenta de que consigo ver cuando vislumbro a una chica, en la alcoba a nuestro lado. Su larga melena se mueve ligeramente cerca de las puntas castaño oscuro, una tonalidad que a estas alturas conozco bien.

Me detengo.

—¿Qué pasa? —pregunta Romeo, asustado. Me estrecha la mano con mayor firmeza, como si temiera que me fuera a caer.

Observo a la chica. La misma forma de la nariz. El mismo contorno de los labios. ¿Qué ocurriría si se lo dijera? Podría tratarse de una coincidencia, y si estos cuerpos son de veras antiguos e inmutables como parecen, podría llevar aquí surcos de eras.

Romeo ya ha sufrido mucho por culpa de mi familia. ¿Por qué debería causarle otro dolor?

Entorno los ojos e intento ver la Marca en su cuello. Casi todos los Montesco nacen Eternantes. Pero no logro reconocer el símbolo, parece un rombo. Puede que solo sea el cuadrado de una Aeteriana. No quiero arriesgarme.

—Nada —digo—. Solo un momento de flaqueza.

—Tenemos que seguir adelante —me alienta Romeo—. Casi hemos llegado.

Siento una punzada en el estómago y retomo la marcha.

Al llegar a la cima, ya veo casi a la perfección y me quema el cuello. Estoy a punto de decirle a Romeo que es verdad que hay una abertura al final de la escalera, pero antes de que pueda hablar, la esfera despide una centella. Luego otra y otra más, y entonces vuelve a resplandecer.

—¿Pero qué…? —exclama Romeo.

Me noto más débil que antes, pero no es necesariamente la Pertenencia. Podría ser el hambre, la falta de descanso, o bien el hambre de Tiempo. O bien podría haber impregnado de veras de nuevo la esfera. O bien…

—Quizá estemos de veras cerca de la Academia —digo—. Debajo de ella.

—¿Y hay algún Aeteriano que esté recargando las esferas? Podría ser. —Asiente—. Sea como sea, me alegro de poder volver a ver, aunque me estaba acostumbrando a cogerte de la mano.

Dejamos la sala de los muertos atrás y recorremos un pasillo. El aire aquí es distinto al de las grutas. No es húmedo, y sin embargo es…

—Fresco —exclama Romeo—. Aire fresco.

La superficie está cerca. Echamos a correr a lo largo del pasillo, lo hemos logrado. Estamos a salvo.

Y entonces nos detenemos frente a un callejón sin salida.

Delante de nosotros, nada más que una pared de piedra.

—¡Por la diosa! —grita Romeo. Arrea un puñetazo contra la roca.

Me dejo caer de rodillas. La esfera aeteriana rueda despacio y choca con la pared. Me invade el cansancio, junto con su compañera desesperación.

Albergábamos demasiadas esperanzas, y en cambio moriremos aquí. Este lugar no tiene salida. No tenemos ninguna posibilidad.

Romeo me tiende la mano.

—Daremos media vuelta —dice, con el mismo tono resuelto que usó en la Gruta de la Muerte, cuando quería salvar a todo el mundo—.

Daremos media vuelta y encontraremos el camino.

Probaremos todas las galerías y todos los túneles y las fosas de este lugar, si fuese necesario, pero encontraremos la manera de salir de aquí, Julieta. Te lo prometo.