Romeo y Julieta Untold: La última congregación 40. Julieta
74%

40. Julieta

Julieta

Un dios.

Un dios de quien nadie jamás ha oído hablar se mostró a Romeo en sueños y le indicó el camino.

Un dios que yo también he visto. No solo su estatua quebrada en el templo, sino también, aunque no más que por un batimiento, en aquel lugar entre el sueño y la vigilia al que nosotros, los Edenitas, no deberíamos tener acceso.

Un don concedido a los Rápidos, el sueño, un pequeño bocado de maravilla y posibilidad para huir, aunque solo por una noche, de su breve vida de sufrimiento y probar, por un instante, la felicidad.

Un dios que no debería existir, porque los Pentra jamás nos hablaron de él, ni los Altos Maestros, ni la Primera Voz. Y sin embargo, hemos encontrado su templo aquí, en esta ciudad sepultada y olvidada, justo bajo la Aldea y la Academia.

Un dios que no debería existir, sin duda, y sin embargo, ¿acaso no es cierto que Alyaster se ha hecho carne en la Lectora, y se ha hecho espíritu y Libro en Oudemya, y nos ha ofrecido y todavía nos ofrece a nosotros las Pertenencias?

Si esos son los poderes de la diosa, ¿por qué no podría existir otro dios, que le habla a Romeo en sueños para ayudarlo? ¿Es acaso una blasfemia?

No creo que se lo vaya a preguntar a un miembro del Coro.

Me giro hacia Romeo, que regresa de la galería.

En los últimos días —siempre que días sea una palabra con sentido, en un lugar en el que no logramos ver la luz del sol y la única manera que tenemos para medir el tiempo es el ritmo irregular de los Movimientos— hemos decidido separarnos, pero permaneciendo siempre al alcance de la voz, porque lo peor que podría sucedernos aquí abajo sería perdernos solos.

Pero necesitamos averiguar qué dirección debemos tomar, porque es verdad que ese dios, Ilhuas, dio indicaciones a Romeo, pero también es verdad que esto es un laberinto.

Lo miro. Se ha recuperado de la herida de Lisandra y parece que la infección ha remitido, pero está débil. Los insectos y algún que otro melocotón no son suficientes para sustentar el cuerpo de un Edenita; necesitamos comer y necesitamos Tiempo. Renquea hacia mí con una sonrisa.

—Adivina —dice.

—¿Otro callejón sin salida?

—Muy bien… Has ganado un ciempiés, en cuanto encontremos uno.

—No veo la hora: ¿quién quiere estofados de jabalí y peras al vino, cuando por la tierra pululan deliciosos invertebrados?

Romeo suelta una carcajada, y el sonido que oigo es hermoso y no parece salir de un cuerpo que hasta hace poco estaba roto, al borde de la muerte.

Ha ocurrido algo, en mi interior, desde que exploré estas cavernas para salvarle la vida. Desde que encontré el fresco con la mujer de fuego. Desde que me desnudé para darle calor.

La bestia que llevo dentro está adormilada, amodorrada. No creo que se haya esfumado, pero ya no noto que se agite. Tal vez, aquí abajo, donde la única promesa es la muerte, he hallado la paz.

—¿Por qué sonríes? —me pregunta Romeo.

Reflexiono por un batimiento. No sé si quiero decírselo ahora, ahora que hemos intimado, que la Capuleto de quien se ha hecho amigo podría ser un monstruo. Descubro que después de lo que hemos compartido, no quiero decir ni hacer nada que pueda alejarlo de mí.

—Porque todavía nos quedan decenas de galerías por explorar —digo.

—Qué suerte, empezaba a aburrirme.

Desde que dejamos atrás el templo con la estatua de Ilhuas, nos pusimos a buscar una salida que nos lleve al exterior, y ahora nos adentramos en un túnel que todavía no hemos inspeccionado.

Yo mantengo siempre la mano derecha contra la pared, como me enseñó mi padre, pero no sé hasta qué punto todavía nos puede resultar útil: si tuviésemos tiempo de explorar toda la ciudad, sería el sistema correcto. Pero no disponemos de tiempo.

Me encomiendo a la arquitectura: elijo los virajes que conducen hacia paredes que parecen más trabajadas por los Arquitiempos e intento tener en mente el mapa de la Aldea que vimos.

—Sería mucho más fácil seguir nuestra nariz —dice Romeo.

Me giro hacia él y alzo una ceja.

—¿Qué quieres decir?

—Si percibiéramos olor a aire fresco. Sería así de fácil.

Tiene razón, solo que nos llevaría de nuevo a la gruta bajo las torres. Debido a los barrancos que se abren durante los Movimientos, hay más corriente de aire en ese lugar.

—Solo era una idea —comenta.

—Lo sé. —Niego con la cabeza.

—¿Adónde nos dirigimos?

—No sé decirte adónde, pero sí en qué dirección: doblamos siempre hacia el Sureste. Según la posición de la Aldea, y por lo tanto allí donde nos caímos, avanzando hacia el Sureste deberíamos llegar a la Academia.

—Y allí hay un montón de túneles, como el que nos condujo al banquete.

Asiento con la cabeza.

Permanecemos un rato en silencio mientras seguimos andando.

El recuerdo del banquete todavía nos escuece, junto con el de Rufina y Liliana.

Durante unas cadencias, la luz de la esfera aeteriana es nuestra única compañía en este viaje en las tinieblas.

Y me temo que no durará mucho, porque se está atenuando.

Cada vez que llegamos a una encrucijada, espero que sea la última, pero nunca es así. Cada vez, espero encontrar una salida, y en cambio seguimos descendiendo en profundidad. Cada vez, espero oír un sonido distinto al de nuestros pasos o del lejano goteo de agua. En cambio, solo estamos nosotros.

—Espero que allí arriba estén todos bien —dice Romeo, rompiendo el silencio—. A lo mejor al fin han conquistado una torre. Quizá lograron tomar la de los Almanarios, después de que nos cayésemos.

—¿De veras lo crees?

—No, a decir verdad, no: ya viste cómo luchaban Paris y Lisandra. Deseaban matar. Si los nuestros no huyeron, puede que uno de ellos perdiera el pellejo.

—Eso suponiendo que no se hayan matado unos a otros —digo—. Tus amigos y los míos no pueden verse ni en pintura.

—Mercucio los habrá mantenido a raya, como siempre.

—Si no, se habrá encargado Alena: ya me la imagino insultando y abofeteando a Terencio y a Teobaldo hasta que no se den un achuchón.

Ambos nos reímos, y nuestra risa se propaga por todos los túneles, en un eco que parece infinito. Y que no recibe respuesta.

—Oye… —digo entonces—. Ya que hablamos de amigos…

—Ay, ¿a qué viene este tono serio?

Me humedezco los labios. Deliró durante días, y me da la impresión de que le he sonsacado secretos que quizá no quería compartir.

—Dime —me exhorta con dulzura, y yo casi me siento culpable.

—¿Quién es Bastiano?

Romeo se queda helado y aprieta la mandíbula.

—¿Dónde has oído ese nombre?

Está a la defensiva. Doy un paso hacia él.

—Lo repetías a menudo durante estos días, con la fiebre. Dijiste que está muerto, que lo asesinaron… Debíais de estar muy unidos.

Romeo baja la mirada.

—Era mi hermano mayor, el primero que superó la Congregación, y quizá el único de nosotros. Era un Eternante, como yo. —Entonces retoma la marcha.

Le voy detrás.

—¿Qué le ocurrió?

Romeo sigue avanzando y yo lo sigo mientras dobla a derecha y a izquierda, como si ni siquiera reflexionase. Siento crecer dentro de mí el temor de que nos volveremos a perder, pero a él no parece importarle.

—¿Qué le ocurrió, Romeo?

—No quieres saberlo. —Acelera el paso.

—Pues sí quiero. —Lo agarro del brazo, lo adelanto y me planto delante de él. En su rostro se dibuja una mueca de dolor; debo acordarme de que está herido.

—He perdido a hermanos y hermanas en esta Academia, Julieta.

Quisiera quemarla desde los cimientos, créeme.

—Romeo respira hondo antes de proseguir—.

Ado era el segundogénito. Se parecía mucho a Benvolio, siempre inclinado sobre los libros.

Eduardo era todo lo contrario; él prefería estar inclinado sobre las mujeres.

Estaba siempre alegre y con una ocurrencia en los labios.

Terencio me recuerda mucho a él. —Luego me habla de Domiciana, de su generosidad, de lo unidos que estaban, y de cómo su muerte le abrió un precipicio que todavía no se ha cerrado.

Y luego me habla de Lavinio, su hermanito, que espera la Academia como un regalo—.

Pero incluso si la superase y se convirtiera en Extrema Sangre, tal vez no habría esperanza para él… —dice.

—No te entiendo.

—Bastiano había logrado superar la Academia.

Un Extrema Sangre, un Eternante, nacido para ayudar.

Y tu padre lo mató, Julieta: lo consumió hasta el último batimiento de las vidas que albergaba en su interior, y hasta el último batimiento de la suya.

Ni siquiera quedó un cuerpo para mis padres: mi hermano quedó reducido a polvo, que el viento esparció.

Hay algo de esta historia que me despierta recuerdos. Una Catástrofe, mi padre aclamado como héroe.

Romeo me mira a los ojos.

—¿Mi padre? —susurro.

—Tu padre. Podría haberlo salvado, pero no lo hizo. Eligió no hacerlo, ¿lo entiendes? —Tiene la voz rota.

Lo entiendo perfectamente.

—Lo dijiste en el balcón, que no había sido el último homicidio. Entre nosotros se ha derramado muchísima sangre.

Romeo se muerde el labio, como si debiera mostrarse fuerte a toda costa. Pero no es necesario; lo he traído de vuelta de entre los muertos, lo he cuidado. No tiene que mostrarse fuerte conmigo.

—Lo siento —digo. Lo estrecho en un abrazo, aprieto mi cuerpo contra el suyo y noto que da un respingo.

«Todavía está herido», me digo, «acuérdate».

Y entonces siento su mano en mi espalda, firme, cálida.

Con eso tengo suficiente, significa que lo ha entendido—.

Nosotros no seremos así —digo cuando me aparto de él—.

Cuando salgamos de aquí, cuando salgamos de la Academia, pondremos fin a esta guerra familiar: los viejos rencores no pueden durar para siempre —afirmo.

—Siempre habrá guerra, mientras alguien desee que haya una.

—Mi padre no será el líder de los Capuleto para siempre jamás.

—El tono de mi voz suena más resuelto de lo que quisiera, y por un batimiento noto que la bestia se revuelve en sueños.

Ahora no, ahora no quiero perder el control.

No quiero hacerle más daño a Romeo del que mi familia ya le ha infligido.