39. Romeo #4
Me da la espalda y se pone a mirar los demás frescos; luego retomamos la marcha manteniéndonos siempre a la izquierda.
A menudo nos encontramos frente a una pared, y seguir la dirección significa descender todavía más o ascender, a través de escaleras, pasajes, pasadizos, puentes suspendidos.
Las esferas luminosas flotan en todas las salas.
A cada paso nos asombramos, pero cuando llegamos a un jardín, con árboles con frutos perfectos, flores perfumadísimas y trepadoras de todas las clases, nos quedamos patidifusos.
Julieta alza la mano para coger un melocotón.
Casi le da temor. Pero la fragancia es irresistible.
Lo muerde y acto seguido se lo come con avidez.
—Nunca he probado nada tan rico —murmura mientras el jugo le gotea por el mentón—. Ni siquiera en el jardín de mi casa. —Da otro bocado y habla con la boca llena—. Mi padre usaba los Arquitiempos para disponer de fruta perfecta, pero ninguna puede compararse con esta.
Yo también cojo un melocotón. Y estoy de acuerdo con Julieta: es el mejor de mi vida. Recogemos unos cuantos más y nos los metemos en la casaca del uniforme antes de retomar el camino.
Tras unos pocos virajes, por fin encontramos la sala. No es muy grande. Está enteramente cubierta de frescos con rombos rojos y verdes.
—Hemos llegado. —Me agacho y cuento cuatro palmos desde abajo.
Busco el punto que me indicó Ilhuas, palpando todos los rombos hasta encontrar el correcto.
Al tocarlo se abre y revela un mecanismo que conozco a la perfección, porque lo usaba cada vez que entraba en el Jardín de los Encantos.
Es un círculo de madera. Lo empujo siguiendo mi secuencia habitual.
La pared se abre.
Detrás, la oscuridad.
—Escondes un montón de secretos, Montesco —me dice Julieta después de que haya abierto el hueco.
—Muchos más de los que quisiera. Y algunos no los entiendo ni yo.
Toma una esfera luminosa.
—Esperemos que no se apague apenas salgamos de aquí —dice, y se adentra en lo desconocido.
Yo la sigo justo después. En cuanto cruzamos el umbral, la pared se vuelve a cerrar detrás de nosotros.
Reniego. Me giro. Busco el mismo mecanismo para hacernos volver a entrar, eventualmente. No está. ¡Maldita sea!
Julieta alza la esfera. No entendemos de inmediato lo que estamos viendo.
Una larga nave se extiende frente a nosotros.
La piedra es oscura, gastada por surcos de eras.
Las gigantescas columnas que supongo que en un tiempo sostuvieron la bóveda ahora yacen por el suelo, partidas, destrozadas.
Me recuerdo lo que sentí viendo el Jardín de los Encantos en ruinas: un lugar bellísimo ahora perdido para siempre jamás.
Julieta ilumina una de las columnas. Los bajo relieves esculpidos en la piedra representan figuras geométricas que se entrecruzan unas con otras; recuerdan a las Marcas del Alma.
—¿Qué es este lugar? —pregunta Julieta con la nariz hacia arriba, moviendo la esfera, que crea sombras circulares sobre las paredes de roca negra.
—Parece un templo —conjeturo, sin tener la certeza.
Subimos los peldaños mellados y gastados hasta llegar frente a una estatua de lo que parece ni más ni menos que un dios, hecha de ónice negro y depositada sobre la tierra. Está rota en cuatro pedazos, ajada, gastada. En la piedra del pedestal hay esculpidos símbolos geométricos.
—¡Ven a ver! —me llama Julieta. Está observando un bajo relieve en el lado derecho.
Me acerco y me quedo inmóvil mirando lo que parece la Aldea con las torres.
Cuento las trece Pertenencias, y cada torre está cortada perpendicularmente, mostrando lo que contiene.
En el interior de cada una se ve el Fundamento de su Pertenencia.
Lo que nos deja sin palabras es la Torre central: parece contenerlos todos.
Todos más uno. Los mismos Edenitas que hemos visto en la pintura aquí están arrodillados con las manos dirigidas a la torre, en muda adoración.
Un poco más allá hay otro bajo relieve que surge de la piedra, como los de Puerta Imperia.
Representa un Extrema Sangre de rodillas.
El pelo largo le cae sobre el rostro. Tiene los brazos abiertos, en tensión, como si estuviera atado a cadenas invisibles.
Sufre. La pintura logra transmitir el dolor que los músculos tensos emanan.
Los puños cerrados, quizá en un intento por liberarse.
A su alrededor parece desencadenarse una tormenta.
Me acerco y miro con más detenimiento. No es viento.
No es una tormenta. Son cuerpos que flotan, amontonados, apiñados unos junto a otros, unos encima de otros.
Julieta se me acerca.
—Este lugar da escalofríos.
Asiento. Nos giramos, pero tengo la sensación de que la escultura me observa.
—En esta ciudad, los Arquitiempos impregnaron de Pertenencia todos los rincones. Aquí, en cambio, todo está destruido. —Julieta tiene las mismas preguntas que yo. ¿Qué sucedió aquí?
—Parece que alguien decidió que el templo no era digno de ser salvado. Ilhuas es un dios. Un dios cuya existencia se ocultó —digo, girándome para mirar el bajo relieve, y estoy seguro de que la estatua ha alzado la cabeza.