39. Romeo #3
El sonido que producen es dulcísimo y desgarrador. Nosotros nos miramos con la esperanza de haberle propinado un buen puntapié en el trasero a la muerte.
Pero falta el último bloque.
—Imposible desde aquí. Lo he intentado. No lo consigo —admite, decepcionada consigo misma.
—Está bien. Dame la piedra.
Me la pasa.
—¿No habías dicho que no tenías buena puntería?
—No desde aquí —respondo, y hago ademán de saltar. Ella me detiene tirándome de la chaqueta.
—¿Pero tú te has vuelto tarumba? Estás herido. ¿Cómo piensas que conseguirás saltar? —espeta, furiosa. Tiene un carácter terrible cuando quiere, y es terca como una mula.
—Tú estás más débil que yo —rebato—, tú misma lo has dicho. Yo me he nutrido, tú no.
—Tú has dicho que tu puntería es un asco. Si llegas allí y fallas, el tablero se restablecerá y tú morirás.
—¿Y tú en cambio sabes volar?
—No, pero si tú te mueres yo jamás sabré volver a encontrar los bloques, porque no conozco la maldita constelación. Y las cartas volverán a barajarse. Por lo tanto, ambos estaremos perdidos. En cambio, si yo pruebo y fallo, tú tienes una posibilidad.
—Te la explico: desde el más claro que no cambia, tienes que bajar…
Me interrumpe.
—Romeo. Por favor.
Hago ver que me rindo. En cuanto me suelte la chaqueta pegaré un brinco.
Pero ella no la suelta. Es más, me empuja hacia atrás y salta.
Me invade el terror. No estoy seguro de que el cuadrado aguante.
Cuando aterriza, la nota suena con mayor intensidad.
Se queda quieta sobre el bloque, con los brazos todavía abiertos para mantener el equilibrio.
Contengo la respiración, no me muevo, como si yo también estuviera en ese bloque y pudiera volcarlo.
Cuando no sucede nada y Julieta está a salvo, estallo.
—Julieta Capuleto, eres el ser más testarudo, presuntuoso, irresponsable y granuja que conozco.
Ella hace una reverencia. Veo que se gira para pegar un nuevo brinco.
—Solo los de las notas —grito. Pero ella ya lo sabe y aterriza ilesa también en el segundo. A cada salto, la música gana intensidad.
Tercer bloque y después el cuarto.
Julieta sonríe.
Y llega un maldito Movimiento.
Oímos que los anillos giran. Se detienen. La gruta no se resiente. Ningún terremoto. Solo una ligera vibración.
Una condenada ligera vibración, inútil, imperceptible, pero suficiente para desplazar una piedra hacia el cuadrado más cercano a mí.
Un batimiento y rodará. Y se precipitará al vacío.
Y junto a ella, con toda probabilidad, el tablero entero.
Y Julieta.
Salto sin razonar. Ella se sobresalta. Oigo que se traga el aire de una vez y no lo suelta hasta que no aterrizo en el bloque.
Nos miramos. Cuento batimientos en la mente, ignorando cuántos serán necesarios para vivir o morir.
No morimos. No nos caemos.
—Sí —grita alzando una mano. Yo me toco el tobillo. He caído mal.
—¿Qué te has hecho?
—Nada —miento.
—¡Mentiroso! —Se ríe.
—¡Tú y yo tenemos la extraña costumbre de reírnos en los momentos más inoportunos!
—Estoy de acuerdo. —Me sonríe y entonces se vuelve a concentrar.
Vega está frente a ella, aunque muy lejos todavía. Quizá demasiado. La roca que hay que golpear está a una distancia en diagonal de al menos cuatro bloques.
Desde aquí oigo su respiración, incluso por encima de la música.
O tal vez me la imagino, porque es como la mía.
Profunda. Concentrada. No debo lanzar yo la piedra, pero es como si mi mano estuviera encima de la suya.
Mi brazo se tensa junto al suyo. Mi corazón late al mismo ritmo. Respiramos con una sola respiración.
La arroja.
El lanzamiento es preciso, la piedra cruza el cielo como una bala y luego vuelve a descender…
… y golpea Vega.
Por un batimiento no sucede nada y nosotros creemos haber arriesgado la vida por un espejismo.
Y entonces…
Llega la maravilla.
Un poderoso canto asciende desde el fondo del precipicio.
Sé que jamás había oído nada semejante. Reverbera por las paredes de la ciudad haciéndola vibrar, como nosotros, que palpitamos sucumbiendo a tanta belleza.
Me invade el deseo de llorar y lo hago, y mis lágrimas forman parte de este maravilloso concierto.
Nos miramos. Yo y mi… enemiga. Está llorando y sonriendo.
De las tinieblas ascienden cuadrados de piedra que se encajan en el tablero, convirtiéndolo en un pavimento suspendido que conduce al otro lado. El puente se recompone y se le añaden parapetos de piedra. Las esferas en el cielo brillan y ahora la Lira ha aparecido en la bóveda celeste.
Unas esferas de cristal flotan en el aire proyectando una tenue luz.
Estamos a salvo.
Corro hacia ella y nos abrazamos. Y juntos contemplamos la ciudad en el interior de las entrañas de la tierra, que parece ella misma salvada de la muerte y que ahora canta viva, canta para nosotros.
La música que oímos forma parte de estas piedras y también de nosotros.
O al menos de mí. Algo antiguo y ancestral me susurra que esta es mi casa.
Sin más dilación corremos a más no poder a lo largo del tablero y finalmente alcanzamos el otro lado.
Nos reímos. Nos reímos. Nos reímos. De alegría. De locura. De esperanza.
Hoy ya no la siento como una voz engañosa. Hoy la estrecho y a pesar de que intentará ponerme la zancadilla, la cogeré por la solapa y le ordenaré que no desaparezca de mi corazón.
Nos asomamos para mirar abajo. Ahora que las esferas de luz iluminan el abismo, vemos lo profundo que es. Desciende pértigas y pértigas en la tierra. Puede que sea un espejismo, pero al fondo me parece vislumbrar un lago.
—La ciudad entera está impregnada de Pertenencia. ¿Cuánto Tiempo hace falta para que todo esto sea posible?
—La eternidad —digo, y pienso en Ilhuas. ¿Cuánto poder tendrá? ¿Cuánto nuestra diosa? ¿Es suya esta ciudad?
—¿Siempre a la izquierda? —me pregunta Julieta encaminándose por el pasadizo que conduce a una galería.
—Es lo que dijo.
—Esperemos que no sea otro enigma mortal.
Nos adentramos en una galería y al salir nos quedamos nuevamente boquiabiertos.
La que para nosotros era la ciudad, en realidad no es más que la antesala de la verdadera.
Una enorme sala, grande como una catedral, nos acoge, tan alta que el techo parece un fragmento de cielo.
En las paredes, unos maravillosos frescos nos cuentan otra existencia vivida, sucedida, hace surcos de eras.
Un Edén que conocemos y a la vez distinto.
Figuras de Edenitas que se parecen a los dioses de los antiguos Rápidos.
Los vemos volar, o alzar montañas, crear fuegos tan prominentes que podrían quemar las nubes.
Pertenencias imposibles de usar de esa manera por seres con una infinidad de Tiempo a disposición, o inmortales.
Entramos y salimos de galerías que llevan a otras salas, todas con frescos. Me detengo frente a uno de ellos.
Es el beso entre dos Extrema Sangre. Pero no se trata de una escena de amor.
La mujer resplandece de serenidad. Ladea el rostro.
En su cuello es bien visible la Marca del Alma, solo que es una forma geométrica que nunca había visto en una Marca: se trata de un rombo.
El hombre alarga sus labios hacia ella. No se puede ver qué Pertenencia tiene porque su cuello y su cráneo están formados por tendones y venas expuestas, como si fuera a convertirse en polvo de un momento a otro.
Pero siguiendo su silueta, la pintura cambia.
Los tendones de la mitad del rostro se vuelven piel arrugada, mientras que la parte inferior del rostro es, en cambio, joven y hermosa.
Los labios llenos. Te hace imaginar que él está rejuveneciendo.
—¿Qué símbolo es? —pregunta Julieta detrás de mí.
—Creo que es su Marca del Alma. La de los Encantilantes. Y el Extrema Sangre que está besando…
—No es ningún beso… —dice Julieta—. Lo está nutriendo.
—Ambos nos quedamos observando esta pintura, que es bellísima y a la vez conmovedora—.
Los Eternantes son los únicos que pueden ceder el poder del Tiempo.
¿Por qué la raza de la que provienen no debería hacerlo?
Además, mírala, Romeo, ella no está envejeciendo. Parece inmortal y eterna.
Me vuelvo hacia ella.
—Todavía no sé muy bien qué pensar de tu sueño. Pero si estos… —No recuerda la palabra.
—Encantilantes —señalo.
—Gracias. Si estos Encantilantes, decía, existen de verdad, o existieron, podrían nutrir ejércitos enteros.
—Me mira—. Tú podrías nutrir ejércitos enteros.
Y no nos harían falta los Rápidos. Y no habría que cargar a niños en carros para llevarlos a la guerra a ser consumidos por Eternantes obligados a hacerlo.
Estos frescos cuentan una historia que nosotros desconocemos.
Extrema Sangre poderosísimos, capaces de volar sin perder ni siquiera un batimiento de sus vidas.
La ciudad está tan impregnada de Pertenencia que hubieran sido necesarias poblaciones enteras de Rápidos.
No sé qué creer, Romeo, pero algo de verdad hay. En tu sueño se te reveló una verdad.
—Tengo la Enfermedad —digo—. Encaremos este asunto antes de regresar a la Academia.
Chasquea la lengua.
—¿Crees que te denunciaré?
—No.
—Bien, porque estaba a punto de asestarte un puñetazo.
—No creo que me denuncies, pero si alguien descubriese que lo sabes sería un problema. No son muy tolerantes con quien guarda secretos de este tipo.
—Una vez recibamos el Vínculo, ya pensaremos qué hacer.
Porque si lo que te dijo es verdad, tú te convertirás en Encantilante.
Y ocultar tu poder no será fácil. Nosotros indagaremos.
Si lo que me has contado es cierto, quiero quemar este lugar desde sus cimientos.
Tú procura no dormir. Y confía en que ese colgante funcione.
—¿No te preocupa el hecho de que yo… duerma?
Reflexiona un rato.
—Efectivamente, tienes sueños extraños… ¿Cómo dicen los Rápidos?
—¿Ronco? —pregunto entonces, avergonzado.
—Como un oso.