39. Romeo #2
—Cierto, ¿y por qué son siete? —Mientras habla, se dirige hacia las piedras que ha amontonado en el suelo—. Piensa en el tablero visto desde lo alto. Es oblicuo y los bloques forman una escala… —Toma una piedra del montón y se gira hacia mí—. Reza a la diosa para que yo tenga razón.
No sé qué quiere hacer, pero rezo igual.
Y arroja la piedra hacia los cuadrados. Apenas toca uno, emite un sonido que se apaga rápidamente, pero su eco se propaga por el túnel.
—Notas —digo.
—Una escala musical —afirma eufórica—. Ahora solo tenemos que averiguar qué melodía tocar.
Nuestra felicidad dura poco: hasta que nos damos cuenta de la enormidad de lo que acaba de decir. Hay cuarenta y nueve notas frente a nosotros y un mundo infinito de combinaciones.
—¡Jamás lo lograremos!
El cuadrado sobre el que Julieta ha lanzado la piedra se desmorona y acaba en el vacío, seguido del tablero en su totalidad.
Nos quedamos mirando nuestras esperanzas precipitarse en el abismo.
Pocos batimientos después, los cuadrados se recomponen, se mezclan frente a nuestros ojos y vuelven a disponerse.
—Arquitiempos —murmuro.
—Están impregnados de tres Pertenencias, y todas están contra nosotros. —Julieta está furiosa. Toma una piedra y la vuelve a arrojar. Otra nota. Y poco después todo se destruye de nuevo para volver a reconstruirse en pocos batimientos.
Sigue probando, y cada vez falla. Yo le echo una mano, voy a recoger piedras y las dejo a su lado, y ella sigue lanzándolas hacia los cuadrados suspendidos. Cada vez nace una nueva nota y todo se derrumba.
Intento detenerla, hacerle entender que así no llegaremos a ninguna parte, pero ella no me escucha.
Sigue y sigue, y entonces la tierra tiembla.
«Un Movimiento», pienso. Pero no oigo el ruido típico de los anillos al rozar uno contra otro.
El temblor proviene de mucho más cerca. Las piedras que hay en el suelo ruedan hacia abajo, mientras yo tengo algunas dificultades para mantenerme en pie.
No se trata de un terremoto, es algo diferente, algo que se sobresalta, como un corazón que late demasiado rápido.
Julieta parece no percatarse, hasta que arroja la última piedra con un grito.
Esta vez, la nota no se apaga con un eco.
Se mantiene. Y la piedra permanece inmóvil.
Julieta se gira hacia mí, mientras el temblor cesa.
—Una —susurra. Jadea, seguramente tiene el brazo agotado por los lanzamientos y su cara está acalorada por el esfuerzo, pero ese pequeño cuadrado que mantiene su nota y no se destruye nos brinda un rayo de esperanza.
Julieta coge otra piedra. Se gira hacia mí.
—¿Cuál? —pregunta, ofreciéndome la responsabilidad de la siguiente elección.
Observo los cuadrados. Me parecen todos perfectamente iguales. O casi. Hay uno al fondo, en la última fila, que parece brillar un poco más. Debe de ser un juego de luces. Elegiría aquel si no fuese un tiro imposible. Demasiado lejos, así que escojo otro al azar.
Julieta besa la piedra y la arroja.
Una nota.
Y entonces todo se destruye de nuevo.
Julieta se sienta, con las botas cerca del abismo.
Yo me tumbo y ella hace lo mismo. Nos quedamos ahí, observando el techo que parece la bóveda celeste.
Es como volver a estar en el balcón. Solo que entonces nuestro cautiverio fue fugaz, y este será eterno.
—¿Qué crees que habría ocurrido si hubiésemos encontrado la secuencia correcta? —pregunto.
Niega con la cabeza.
—No lo sé. Probablemente nada, o quizá todo. Qué más da. Hay millones de combinaciones. Al menos moriremos bajo las estrellas —dice.
—Las esferas no están dispuestas al azar, ¿sabes? —le explico al reconocer un astro—. ¿Ves allí…? —Señalo una esfera luminosa lejana con el dedo—. Es la constelación del Caballito, muy cerca de la de Pegaso. Y allí, un poco más abajo, se encuentra la constelación del Delfín…, donde está esa cruz.
Julieta sonríe, a pesar de que la muerte está sentada a nuestro lado.
Sus ojos son más radiantes que las estrellas, tanto, y tan hermosos, que quisiera nombrarlos inventando una nueva constelación.
—¿Cómo lo hacen los Rápidos para conocer los nombres que hemos dado nosotros al cielo? —me pregunta, casi adivinando mis pensamientos.
—No lo sé. Tal vez los han oído y transmitido. O tal vez algún Edenita fingió nombrarlos de nuevo bajo falsos pretextos. Nunca me fie de Ptolomeo.
Se ríe. Y se me antoja el sol que falta en este cielo nocturno. Es tan hermosa que la luna melancólica que desde siempre mora en mi corazón queda eclipsada, irradiada por ella, astro luminoso, y se reconoce como la mera doncella de este sol.
Se me acerca rodando y apoya la cabeza en mi hombro.
La envuelvo con el brazo y la estrecho. Permanecemos en silencio contemplando un cielo que no es cielo y unas estrellas que no son estrellas, pero lo que hay entre nosotros empieza a volverse más y más real.
¿Qué hubiera pasado si hubiésemos sobrevivido?
—¿Y aquella tan luminosa? —Me pregunta señalando una esfera en la otra punta de la bóveda.
—¡Altair! Esa es Altair, la estrella de la leyenda. —No la reconozco hasta ahora y me río del destino, que nos pone bajo el mismo cielo de dos amantes desventurados.
—Las dos estrellas que se encontraban una vez cada solasterio, ¿verdad? —recuerda Julieta.
—Exacto. —Busco en el cielo. Falta algo—. No veo a Vega.
—Dijiste que se encontraban en los extremos opuestos de la bóveda celeste —puntualiza, como una niña a quien han contado una fábula mil veces y te reprende cuando cambias incluso una sola palabra.
—Sí. Bueno, en realidad no es así. En verano las ves a las dos cerca. Las leyendas nunca reflejan exactamente la realidad. Se modifican, se vuelven más poéticas, para que tu corazón se derrita y tu fantasía vuele.
Arruga la nariz.
—La historia debería ser solo una. No puede haber varias verdades. Yo no quisiera que alguien cambiase mi historia, siempre que valga la pena contarla.
—Las historias cambian, pasan de boca en boca, y al fin ya no son ni de quien las creó ni de quien las vivió, sino solo de quien las cuenta.
Se acurruca mejor sobre mi pecho.
—Era más triste la leyenda que la verdad. Me hace feliz saber que al menos se pueden mirar, aunque no se toquen.
Le acaricio la cabeza. Sigo observando el cielo con la sensación de que quiere decirme algo.
Me pongo en pie de un salto.
No solo falta Vega, sino toda su constelación: la Lira.
Un escalofrío me recorre el cuerpo con la idea de una posible salvación.
—«Ilumina el cielo», me dijo Ilhuas, pero no acabó de hablar porque me desperté.
Tenía que contarme más… —Señalo los bloques que flotan por encima del abismo—.
¿Conoces la leyenda de la constelación de la Lira?
—No dejo que me responda y prosigo—. Orfeo descendió al abismo para tratar con la Muerte y recuperar a Eurídice, su amada.
Gracias a la melodía de la lira, el dios del Más Allá le concedió que se la llevara.
Pero puso una condición: a lo largo del trayecto, no debía girarse en ningún momento para mirar a su esposa.
Pero Orfeo, justo a pocos brazos de la meta, se giró, y ella fue engullida en la sombra para siempre jamás.
Y solo cuando él también murió pudo reunirse con su amada.
Las musas colocaron entonces la Lira en el cielo como símbolo del poder de la música y del poder del amor.
—Hablo rápidamente mientras observo los bloques flotantes—.
Cinco de estos cuadrados representan las estrellas que componen la Lira, y el abismo…
—miro hacia abajo, donde el precipicio parece reírse a la espera de nuestros cuerpos— es la muerte que nos aguarda.
—Me giro hacia ella—. Pero si tocamos la melodía correcta nos permitirá vivir.
Lo ha entendido. Desaparece de nuevo en la caverna de las torres y regresa con más piedras. Me pasa una, pero rechazo el ofrecimiento. No tengo mucha puntería.
—¿Cuántas son las estrellas de la Lira? —pregunta con la mano alzada ya, lista para tirar.
Cierro los ojos intentando formar la imagen en mi cabeza.
Cinco. Cuatro para crear la misma forma de este tablero, y otra en lo alto no muy apartada: Vega, la más luminosa.
Se lo digo. Las combinaciones todavía son infinitas, pero sabemos que solo son cinco las rocas que debemos hacer sonar.
Y sabemos que cuatro rocas están situadas en dos filas, y una en una fila aparte. Ya es algo.
—¿Cuál? —me pregunta Julieta.
Observo el tablero. Los bloques son todos idénticos por forma y dimensión. Salvo…
… el cuadrado que parece más luminoso. Lo encuentro en la misma posición de cuando lo he advertido antes. ¿Será casualidad?
—Lanza sobre cualquier bloque. Tengo que comprobar una teoría.
Lo hace.
Cuando el tablero se vuelve a formar, aquel particular bloque más claro vuelve a estar exactamente en el mismo lugar que antes. Sonrío.
—Vega es la estrella más luminosa. Apunta a la segunda roca de la segunda fila.
Lo capta enseguida.
—Es más clara que las demás.
—Creo que es Vega.
Silba.
—Está muy lejos. —Alza el brazo, calcula la trayectoria y lanza.
Y falla.
Lo vuelve a intentar más veces, pero está demasiado lejos.
Tan lejos que me parece la estrella de verdad.
—Está bien. Probemos otro enfoque. —Cierro los ojos de nuevo. El tablero se convierte en el cielo, el bloque Vega…, e intento localizar los demás. Cuando creo que lo tengo, abro los ojos.
—Quinto bloque, primera fila —anuncio. Y rezo para mis adentros.
Cuando el cuadrado recibe el impacto, el sonido se propaga y el bloque no se precipita.
—Tercer bloque, primera fila —digo. Y vuelvo a rezar.
Y de nuevo sucede el milagro. Ahora son dos notas, idénticas, que suenan escalonadas propagándose por los túneles, que responden con un eco infinito.
Julieta me da ánimos con la mirada.
—Cuarta fila, quinto cuadrado.
Una nueva nota se añade a las demás.
—Cuarta fila, tercer cuadrado.
Solo cuando el último bloque no se hace añicos, me doy cuenta de que estaba conteniendo la respiración.