39. Romeo
Romeo
En el trayecto de vuelta le he hablado del sueño, de Ilhuas, de lo que me confió, de los Encantilantes.
La oscuridad en la que hemos estado inmersos me ha infundido valor.
No he podido inventar nada más que la verdad, que en sí misma parece mentira.
No sé hasta qué punto me ha creído. Le he dicho que duermo.
Que tengo la Enfermedad. Y que he soñado con ella.
No me ha soltado la mano en ningún momento.
No he notado que temblara. No he notado que se detuviera.
En realidad, no la he notado en todos los sentidos, dado que no ha pronunciado palabra.
De vez en cuando, he oído una respiración más larga y ruidosa que las demás, pero nada más.
Ahora que nuestros ojos ven de nuevo las luces de las hifas y nuestras manos se han separado, me vuelvo hacia ella, pero Julieta me adelanta y se dirige a la otra punta de la gruta.
Anda hasta que la oscuridad la convierte en una sombra.
¿Podría tener una espada escondida? ¿Un puñal?
¿Podría regresar para ensartarme? Una cosa es estrecharse la mano y decir que somos amigos y otra es saber que tu nuevo amigo padece la Enfermedad.
Uno puede cambiar de opinión muy rápidamente.
Matarme sería pan comido; no tengo ni la fuerza ni las ganas de luchar contra ella.
—¿Así que según ese Ilhuas tuyo deberíamos arriesgar la vida caminando por encima de un abismo a oscuras? —Su voz me llega retumbando por las paredes—. Trae la esfera —me ordena.
Obedezco. La acerco de nuevo a las hifas de los Aeterianos y la esfera de cristal vuelve a brillar.
No sé cuánto durará. Me dirijo hacia Julieta, y cuando la luz la ilumina, la encuentro de pie al filo del abismo.
Alumbrado es todavía más sobrecogedor. El resplandor de los Aeterianos se difunde por la gruta hasta donde la oscuridad se lo permite; luego las tinieblas lo engullen de un solo bocado. Y nosotros volvemos a estar ciegos.
—¿Qué profundidad tendrá? —digo sin esconder mi aprensión.
—La suficiente para morir si nos caemos.
Frente a nosotros se extiende un largo puente de piedra, sin parapetos.
Es tan estrecho que únicamente se podría recorrer colocando un pie delante del otro.
Nace de la roca, prosigue en el vacío y se interrumpe a la mitad.
No cuenta con apoyos. Me pregunto cómo es que no se derrumba.
La otra mitad del puente está al otro lado del barranco.
En medio, un salto al vacío que solo un Extrema Sangre podría dar.
Junto al estrecho pasaje hay siete hileras de bloques cuadrados de piedra suspendidos en el aire.
Parece un tablero; los cuadrados están dispuestos uno tras otro, pero si los blancos son las piedras, en el lugar de los negros está el vacío.
Julieta tiene razón: parece el campo en el que nos entrenamos, solo que cada hilera es escalonada respecto a la anterior, creando así un enorme campo de entrenamiento oblicuo que flota sobre el abismo, impregnado de la Pertenencia de los Graves.
Espero que nunca nadie se haya ejercitado allí encima.
Aunque conociendo la Academia, es probable que lo hayan hecho, ya lo creo.
Si desde esta parte del precipicio los primeros cuadrados son fáciles de alcanzar, desde la parte opuesta distan de la salvación tanto como el puente roto. Un salto imposible.
Nos encontramos en un callejón sin salida.
—Estás seguro, ¿eh? —me pregunta Julieta.
—No. Pero sé que la sala está al otro lado del puente.
—Jamás lograremos atravesarlo. Debe de haber otra solución. De lo contrario, tu Ilhuas es un sádico.
—Tiene toda la pinta. ¿Pero qué sentido tendría ofrecerme una solución si es para perder la vida? De todos modos, sin una salida, dentro de un lateluna estaremos muertos.
Alza la esfera y contempla el techo.
—No has dicho nada de la Enfermedad… —Tenía que preguntarlo. El asunto flota entre nosotros como esas rocas, y en mi alma pesa en igual medida.
—Primero salvemos el pellejo y luego hablaremos de la Enfermedad y de los sueños —me responde sin dejar de observar la bóveda—. ¿Qué te dijo antes de que… yo te despertara?
—Ilumina el cielo…
—No hay ningún cielo aquí, solo piedra. —De repente se queda helada—. ¡Mira! —Me señala un punto en el techo.
Procuro entornar los ojos para aguzar la vista y vislumbro lo que está mirando Julieta. En el centro del techo hay un pequeño saliente con un hueco tallado en él. Alrededor y en toda la bóveda hay diseminadas esferas de cristal similares a la que ella sostiene en la mano. Parecen flotar.
—Ilumina el cielo… podría significar dar luz a las esferas… —me dice girándose hacia mí.
—¿Cómo traemos hasta aquí los filamentos de los Aeterianos?
—A lo mejor no es necesario. —Julieta sopesa la esfera que tiene en la mano—.
Cuando estaba encerrada en mi habitación, de pequeña, había un árbol que llegaba hasta el alféizar de mi ventana.
Teobaldo lo usaba para ir a verme. Juntos nos divertíamos lanzando cuchillos apuntando al peciolo de las manzanas, rojas y jugosas, que crecían en las ramas.
El que hacía caer más al suelo ganaba. Siempre lo derrotaba.
Tenía una magnífica puntería. Espero no haberla perdido.
Da un paso atrás, alza el brazo y, antes de que yo pueda detenerla, arroja la esfera hacia el techo, directa al hueco situado en el centro.
En cuanto la esfera lo golpea, se rompe en mil añicos microscópicos.
Pero no se caen al suelo. Permanecen inmóviles.
Pequeñas esquirlas de cristal iluminado.
Como polvo… de estrellas. Un leve viento corre entre las casas y se mueve impalpable a través de la ciudad.
Nos acaricia el rostro y nos alborota el pelo.
La brisa nos abandona y llega hasta las esquirlas de cristal, que, empujadas por el aire, vuelan hacia las esferas.
Y el cielo se ilumina.
—¿Cómo lo sabías?
—No lo sabía. Lo he deducido. Las esferas que encontramos en la gruta son de corta duración. Pensé que eran como el pedernal que usan los Rápidos para encender el fuego. No sirve para iluminar, sino para prender.
Contemplamos la bóveda.
—Increíble, ¿verdad? —susurra.
—Pertenencias —digo, tan asombrado que me he quedado boquiabierto—. Este lugar está impregnado de ellas. —Señalo las esferas por encima de nosotros—. Graves y Leviantes nos han brindado un cielo estrellado.
Julieta aplaude, feliz. Es un espectáculo.
Todas las esferas brillan. La luz que despiden nos muestra asimismo la magnificencia de la ciudad.
La piedra es blanca; podría ser mármol, pero no lo es.
Es más porosa. Arcos y pasarelas se alzan unos sobre otros haciendo que la gruta parezca una catedral.
No sé cuántos niveles puede descender, pero la verdad es que son una buena cantidad.
Al fondo veo calles, galerías, puertas de casas.
Pequeñas ventanas. Pasadizos que dan al infinito.
Ahora, sin el sonido de quienes los moraba, todo parece olvidado, pero la voz de Julieta que mira festiva señalando uno u otro detalle llena la sala más de lo que podrían hacer sus habitantes.
Somos felices por nada. Por una pizca de luz.
—¿Y si lo que vemos no estuviera? ¿Y viceversa? —me dice Julieta de repente.
—¿En el sentido de que el puente está roto, pero en realidad no lo está? —Aeterianos: es posible.
—O que en el tablero los vacíos en realidad estén llenos. —Julieta desaparece para regresar poco después con algunas piedras. Las deja en el suelo y toma una—. Demasiado fácil —dice—, pero nunca se sabe. Probemos.
La arroja. Esperamos por un batimiento y enseguida nos desilusionamos. La piedra no se detiene y se precipita en el abismo. Y cae, y cae. Se acaba la luz que la ilumina, pero sigue cayendo. Y no llegamos a oír el impacto que nos indica la llegada al suelo.
Una larga respiración. Aprieta los labios y lanza otra piedra. Esta vez para comprobar los bloques flotantes.
Allí el vacío también es real.
—Lo he intentado —dice Julieta—. Aunque si… —Se gira para mirar el puente.
—Ni se te ocurra. No te encarames ahí. Es un suicidio.
—Tengo un gran sentido del equilibrio porque de pequeña…
La interrumpo.
—… Sí, sí, me encaramaba a los tejados y me descolgaba por los árboles.
Me da igual. Ese chisme es tan estrecho como tu pie.
Y si te equivocas, si en realidad está roto de verdad, tendrás que retroceder.
En el sentido de que tendrás que hacerlo reculando porque ni siquiera te puedes dar la vuelta.
Y no te servirá de nada haber hecho la monita de niña.
Entrecierra los ojos hasta que se vuelven una línea.
—Si quieres ir tú, no me voy a quejar. —Alza las manos y se ríe por lo bajo.
—Ah, gracias —replico igual de jocoso.
—Podríamos saltar sobre los bloques —propone.
—¿Y una vez hayamos alcanzado el último? De todos modos, el salto al otro lado del despeñadero es demasiado grande para nosotros.
—Eres un derrotista. —Pone morros, divertida.
—No tengo muchas ganas de verte morir —le digo, y ella sonríe.
Deberíamos desesperarnos, y en cambio nos chinchamos como un par de chiquillos.
—Está bien. Entonces ¿qué hacemos? —pregunta, soltando todo el aire de los pulmones de una vez.
—No lo sé.
Julieta ladea la cabeza y observa los bloques de piedra.
—Siete filas, siete cuadrados por fila. ¿Por qué? El puente podría haberse roto, pero este tablero parece que haya sido concebido así. ¿Qué valor tiene el número siete para nosotros?
Le doy vueltas, pero no se me ocurre nada. Las Pertenencias son ocho; separadas por poderes específicos, trece, como las torres. Siete solo son…
—El Coro —decimos al unísono.
—¿Por qué se llama Coro? —me dice ella sonriendo. Deduzco que tiene una idea, pero no se me ocurre cuál.
—Porque cantan con sus voces que oyen solo ellos.