Romeo y Julieta Untold: La última congregación 38. Romeo #4
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38. Romeo #4

Ella adivina mis pensamientos.

—Fui egoísta y estúpida. No quería matar a mi amiga, y por mi culpa su muerte fue mil veces peor.

Tengo ganas de acariciarla para consolarla. Pero no creo que sea lo que ella quiere en este momento.

—Tú no lo hiciste. Lo hicieron ellos, Julieta.

—Sí, pero yo elegí no querer sufrir. No querer cargar con ese fardo. Debía hacerlo. Ella era mi única amiga… —No puede continuar.

—¿Cómo os conocisteis? —le pregunto. El sufrimiento por los que hemos querido y perdido siempre estará listo para agredirnos cuando menos lo esperemos y para desgarrarnos el pecho una y otra vez, pero son los buenos recuerdos de los momentos compartidos los que sanarán las heridas y los que nunca nos abandonarán.

Quiero que Julieta los encuentre y puedan ayudarla a cargar con su fardo.

—Mi padre me hizo crecer encerrada en el palacio, lejos de todo el mundo.

Su única hija era su prisionera, en realidad.

No tenía mucho para distraerme, aparte de un puñal, una espada y un lema: «Los Capuleto no fracasan».

—Se retuerce las manos. Sé que le cuesta hablarme de ella, de una parte que ha protegido hasta ahora—.

Desde la ventana veía a mis primos jugar; a veces los reprendían y los castigaban por alguna travesura que habían hecho.

Ellos sabían qué culpa tenían y aceptaban el castigo.

Yo me sentía castigada sin saber cuál había sido mi error, si no el de haber nacido.

—Le brillan los ojos—. Me acomodé en mi soledad, hice de ella una manta en la que refugiarme lejos del mundo.

Y quizá me hubiera quedado allí abajo para siempre.

—En su rostro despunta una sonrisa tan lejana como su recuerdo—.

Entonces, en el cumpleaños de mi décimo solasterio llegó ella.

Tenía mi edad. Durante mucho tiempo fuimos prisioneras juntas, pero yo ya no estaba sola.

Me parecía increíble que mi padre me hubiera regalado una amiga.

Ahora sé por qué lo hizo. Por el maldito banquete.

Pero tengo muy buenos recuerdos con ella.

Seguimos hablando; ella me cuenta sobre Liliana, yo sobre Rufina.

Hablamos de todo y de nada. De lo que solo nosotros sabemos y que nunca hemos compartido con nadie.

De vez en cuando nos entran ganas de llorar, pero a menudo también de reír.

Me habla de su padre y de sus primos Teobaldo y Florencia.

No menciona a Sansón, no me cuesta imaginar por qué.

Luego se ensombrece.

—… Creo que también he perdido a Teobaldo —dice.

—Jamás lo perderás. Contigo, Teobaldo se convierte en una persona decente.

Te quiere como a una hermana. No puedo decir que sea una ventaja.

Pero cada uno elige el peor amor que desea.

¿Verdad? —He usado su propia frase contra ella.

Pero si con Julieta sí puedo olvidar que es una Capuleto, con Teobaldo me resulta imposible.

Quisiera hablarle del duelo, pero me muerdo la lengua. No quiero herirla.

Me apoya una mano en el brazo.

—Sé que no os apreciáis, que entre vuestras palabras todavía flota el odio, que escondéis por la necesidad de trabajar codo con codo para salvar el pellejo.

Pero Teobaldo es bueno. Fue criado con el mismo dolor con el que yo fui criada.

Solo que para mí hubo soledad y para él, coces y puñetazos.

Mi padre sabe ser muy duro. Cruel, a veces.

Teobaldo lleva encima las señales de su educación, pero cuando el dueño apalea al perro, este no le muerde, sino que lo adora.

Él haría cualquier cosa para favorecerlo, para sentirse hijo suyo.

Mi padre lo sabe y lo usa para sus ardides.

Pero para mí él fue mi infancia. Teobaldo haría cualquier cosa por mí.

Y ahora sé que se siente traicionado. Para él, la casa es lo primero.

Jamás me perdonará que te eligiera a ti en lugar de a Sansón.

Da otro paso hacia mí. Estamos a la distancia de un beso.

—Pero en la Arena, quizá sin saberlo, elegí mi destino, del mismo modo que esta mujer pintada en la pared eligió el suyo.

La luz se apaga de golpe. Nos quedamos a oscuras. Su respiración está tan cerca que la siento sobre mi piel.

Trago saliva. Julieta no es Rosalina. No hay juegos de fantasía, ni cartas arrugadas, ni citas fallidas. Ella está aquí. Conmigo.

—Creo que esta historia de Montescos y Capuletos ya no vale para nosotros.

—Hace tiempo que ha dejado de valer, Romeo. ¿No te habías dado cuenta?

—¿Antes o después de que intentaras estrangularme?

En otro tiempo.

—Tienes tendencia a recordar los agravios sufridos de una manera extremadamente puntillosa —bromea.

Alargo la mano en la oscuridad.

—¿Amigos?

Silencio. Un silencio tan largo como el tiempo detenido.

Respira, despacio.

—Amigos —murmura.

Me estrecha la mano. Nos quedamos inmóviles, con el tiempo que ha vuelto a dejar de correr.

Despierta, Romeo, estás durmiendo…

Recuerdo.

De repente recuerdo.

Soñaba, y ella estaba allí.

Y yo ahora sé cómo salir del laberinto.