Romeo y Julieta Untold: La última congregación 38. Romeo #3
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38. Romeo #3

—Una muy despierta. —Me sonríe como si tuviera un secreto íntimo—.

Pero tanto deambular me hizo descubrir la gruta con el agua, y así ganamos algo de tiempo.

No sé cuánto, pero no mucho. La última vez que me nutrí se remonta a casi dos latelunas atrás, y cuando digo «nutrí» me refiero a Rápidos.

La fuerza que me infundieron se está agotando poco a poco.

Tú, en cambio, por cómo estás y por cómo has logrado arreglártelas debes de haberte nutrido hace poco.

De hecho, todavía no has dado señales de hambre que, en cambio, a mí me está devastando.

¿Me equivoco? —Se detiene y se gira hacia mí.

Niego con la cabeza. No me apetece mentirle.

—Una Rápida de las Vestales, cuando fui a ver a Rosalina.

Se queda en silencio y cavila.

—La encontraste. Me alegro por vosotros. No durará mucho, pero tú eres a quien le basta un día por solasterio, ¿no?

—¿Me estás tomando el pelo?

—Sin ninguna duda. Pero cada uno elige la peor historia de amor que quiere.

Abro la boca para rebatirla, pero la vuelvo a cerrar: no quiero entrar en polémica, y además tiene razón.

Tengo una historia de amor pésima. Seguimos avanzando por el laberinto.

Subimos, bajamos, nos adentramos en estancias y en otras galerías.

Permanecemos en silencio. Y mientras proseguimos tengo la sensación de que Rosalina está aquí, en medio de nosotros.

—De todos modos, es una ventaja que te hayas nutrido —dice de repente—; de lo contrario, serías un cadáver, como los que hay aquí.

Abro los ojos como platos.

—¿Cadáveres?

—Huesos, principalmente. ¿No creerás que hemos sido los únicos en estos solasterios de Academia que hemos acabado aquí dentro?

No había pensado en ello. Pero tiene sentido.

—En su mayor parte se encuentran en los túneles, supongo que perdidos en las galerías tratando de salvarse. En cualquier caso, si alguien vivió aquí podía entrar y salir. Solo tenemos que averiguar cómo…

Me coge con una mano, mientras con la otra alumbra y continuamos caminando. La esfera ilumina el pasaje, pero deja el pavimento a oscuras. La idea de tropezarme con algún hueso me provoca escalofríos. No tanto por los cadáveres, sino porque dentro de poco esos huesos podrían ser los nuestros.

—¿Cómo lo haces? —pregunto, asombrado por su fuerza de ánimo.

—¿Cómo hago qué? —Me responde con otra pregunta sin darse la vuelta.

—Me acabas de decir que no hay ninguna salida. Somos dos muertos andantes, y sin embargo… tienes esta tenacidad…

—Oh, mientras estabas inconsciente caí en la desesperación. Lloré y grité. Y luego llegué aquí.

Se ha detenido. Estamos en una amplia estancia. Alza la luz hacia la pared iluminando los frescos.

—La encontré a ella.

Por primera vez, lo que estoy viendo no es una escena de batalla.

Es una mujer hecha de fuego. Entre las manos sostiene un corazón partido por la mitad.

La pintura muestra evidentes señales del paso del tiempo, tiene grietas y la humedad ha hecho el resto, y ahora el sujeto borroso es la sombra de lo que una vez fue.

Pero la fuerza de lo que se pintó permanece íntegra.

—Mírala, Romeo. Está orgullosa. Está exhibiendo el corazón roto como una victoria. Pero es su corazón. Nos lo muestra como para decir: «Solo yo puedo ser la dueña de mi dolor».

—¿Qué quieres decir?

—Desde que entramos aquí dentro hemos luchado.

Hemos pasado miedo. Hemos buscado una manera de salvarnos.

Hemos visto morir a nuestros compañeros.

Y sin embargo todo esto no es nada comparado con el valor que debes reunir para afrontar tus emociones.

Aceptar ser vulnerable, sin por ello dejar que los demás te controlen.

—Acaricia la pintura—. Ella sabe reconocer lo que la hace sufrir y la hiere y reacciona a ese sufrimiento.

—Se gira hacia mí, sus ojos arden como las llamas de la pintura—.

No se lo carga sobre los hombros como un peso que la abruma.

Lo domina, lo hace suyo. Nos está diciendo: mi dolor me pertenece.

Y solo yo decido cuánto me va a consumir. No soy víctima ni esclava del destino.

—Durante mucho tiempo pensé que mi destino ya estaba sellado —respondo más a mí mismo que a ella.

Da un paso hacia mí. La luz de la esfera se refleja en su rostro acalorado. Aprieta la mandíbula como si quisiera contener el dolor del que hablaba, el dolor que sentí cuando estuve en su interior y del que no le he dicho palabra.

—¿Y cuál era tu destino, Montesco?

—El de morir.

—Y sin embargo todavía sigues aquí.

Da otro paso hacia mí. Yo quisiera dar uno hacia atrás. No sé qué podría ocurrir entre nosotros si… Me quedo quieto y dejo que se me acerque. Mi corazón late desbocado. ¿Quién sabe si ella lo está percibiendo?

—El destino de los Montesco y de los Capuleto es el de matarse, pero nosotros nos hemos salvado uno al otro más veces de las que podríamos habernos matado.

Nos detestamos desde siempre. Es difícil entender y encontrar otros sentimientos cuando este es el único que te han enseñado.

Pero yo creo que dejé de odiarte cuando…

—No logra decirlo, pero yo sé perfectamente a qué se está refiriendo.

—Mi nodriza —susurro.

Asiente y sonríe.

—Te quería. Me invadió de amor por ti. Te vi de pequeño.

Descubrí junto a ella tus primeras palabras, tus primeros pasos.

No tenías un gran sentido del equilibrio.

—Bromea, pero esta vez ninguno de los dos se ríe—.

Su amor se me quedó pegado encima. —Se detiene de nuevo.

Habla a duras penas. Le cuesta—. También vi tu soledad —prosigue—, el amor que tu madre no te dio.

Pero tú la tuviste a ella, a Rufina. Y amigos como Benvolio y Terencio.

Y Rosalina. —Baja la mirada por un batimiento antes de volver a mis ojos—.

La amas mucho. Rufina lo sabía. Y creo que Rosalina te corresponde.

¿La amo? Su nombre se está convirtiendo en una suerte de eco en mi corazón, que tras haber hecho sentir su voz poco a poco se disipa en el viento, mientras otro nombre está tomando su lugar.

—¿Qué más viste cuando te… nutriste de ella? —le pregunto. El recuerdo de mi nodriza me derrite y me lleva lejos, hacia pensamientos distintos.

Julieta reflexiona, como si buscase las palabras correctas para esos recuerdos. Me dice que vio un lugar antiguo, similar a este, pero distinto. Me habla de un hombre con una máscara y un secreto que no le reveló porque Rufina murió poco antes. Me dice que Rufina sentía miedo, pero él la calmó.

Así que es verdad. Rufina era una mensajera.

Ahora que conozco cómo funcionan los Rápidos y sus recuerdos, sé que es así.

Alguien la eligió para hacerme llegar valiosas informaciones y otro la mató para evitar que acabaran en las manos equivocadas: las de Julieta.

¿Qué podía ser? ¿Un arma contra los Capuleto?

¿Algo referente a la Academia? Creo que jamás lo sabré.

Pero los misterios a mi alrededor empiezan a ser demasiados.

La frase de mi abuelo. El colgante que llevo en el cuello.

Los secretos escondidos en el interior de Rápidos.

Es… Encantilante… ¿Dónde he oído esta palabra? La cabeza me da vueltas.

—¿Estás bien? —me pregunta Julieta. ¿Cuántos batimientos he estado ausente con mis pensamientos?

—¿Sufrió? —le pregunto. Y no para no contarle la verdad, sino porque deseo saberlo de corazón.

Niega con la cabeza.

—Fue fulminante. El Ensiferio acertó en su corazón a la perfección. —Su mirada desprende orgullo—. No me arrepiento de lo que hice. Lo volvería a hacer. Ella no se merecía un fin atroz como el que tuvo Liliana. Y tú la querías demasiado para matarla.

La odié cuando lo hizo, pero ahora agradezco no tener el recuerdo de mi nodriza ardiendo por dentro, ese recuerdo que en cambio Julieta llevará consigo para siempre jamás.