38. Romeo #2
—Hace un buen rato que no se producen Movimientos, pero he tenido manera de observarlos. Los círculos giran, pero esta… —Julieta señala la Torre central—. Esta no se mueve. Y mira aquí. —Abre la palma de la mano y hace ademán de tocarla.
Me sobresalto.
—¡Cuidado!
Pero ella apoya la mano tranquilamente sin que suceda nada.
—Llega hasta bajo tierra y no sé hasta cuánto; podría continuar pértigas y pértigas.
—Has tocado la torre —digo consternado.
—Sí. Y no me preguntes por qué no me he desplomado en el suelo gritando. Supongo que por el hecho de que no hay puertas. Y por lo tanto ninguna defensa. Al menos es la explicación que me he dado. Es un lugar lleno de misterio.
Doy una vuelta con la nariz hacia arriba para observar estas hifas luminosas. Toco una de color verde claro. Siento el dolor en el costado paliar un poco.
—Trasladores. Y gracias a esas sigues vivo.
Te coloqué aquí debajo cuando creí que tu fin estaba cerca.
Temblabas como un Movimiento, solo que no cesabas.
Los filamentos de los Ardefríos estaban lejos y tú necesitabas reponerte.
Así… Bueno, Amleto tenía razón. Las pieles funcionan.
—Un poco de rubor le colora las mejillas, y creo que yo no me quedo corto.
Hemos estado ahí debajo desnudos durante bastante tiempo.
Se agacha para recoger las pieles y se pone a doblarlas.
Un silencio dulce como una porción de tarta y empalagoso como la miel flota a nuestro alrededor.
—¿Dónde encontraste las pieles? —pregunto para deshacerme del bochorno que, en cambio, se me ha posado en el hombro, y si pudiese se reiría de mí.
Parece aliviada de que el silencio haya sido interrumpido.
—Hay un montón de trastos repartidos por aquí. En realidad, es una ciudad entera.
Enarco una ceja.
—Tan grande como Verona, puede que más —prosigue.
Me encamino hacia la oscuridad del fondo de la sala.
—Por aquel lado hay una muerte certera. Pero si realmente no logras resistirte… —dice con un gesto sarcástico.
La miro con divertida suficiencia.
Suelta el aire ruidosamente.
—Puentes largos y estrechos, partidos por la mitad sobre precipicios tan profundos como el centro de la tierra.
Y un extraño campo de entrenamiento suspendido en la nada, donde en lugar de los cuadrados de margaritas se encuentra el vacío.
Además de barrancos y otras horribles formas de muerte inmediata.
Me la imagino aquí debajo, sola conmigo delirando y herido, caminando entre las tinieblas y no despeñándose al vacío por los pelos. Me estremezco.
—¿Y al otro lado? —pregunto, aunque no tengo muchas esperanzas de que sea mejor.
—Galerías, grutas y barrancos con formas de muerte inmediata. Pero algo más. Ven, te hago una visita turística, pero antes necesito una cosa. —Se encamina cojeando ligeramente. Debe de estar exhausta, pero intenta que no se le note. Pasamos por debajo de un arco.
—Ha sido construido —digo con la nariz hacia arriba y observando la perfecta hechura.
—Mmm —refunfuña, creo que es un sí.
Poco después entramos en una estancia espaciosa. En una esquina hay muebles amontonados. Me acerco a observarlos y veo que están finamente tallados.
—Ah, es aquí donde encontraste las pieles.
—Ojalá. Me habría ahorrado tener que arrastrarme en la oscuridad. Aquí no estaban las pieles ni el clavo con el que te cosí ni el cuenco para el agua. Pero hay otra cosa. Y no quiero arruinarte la sorpresa.
—¿Me cosiste con un clavo oxidado? —pregunto atónito—. No me cuesta creer que me estuviera muriendo. A lo mejor por una infección…
Coloca los puños en las caderas.
—No tenía mucho donde escoger, ¿no? ¿Qué me dices? Incluso le saqué la cabeza. Un «gracias» también sería apreciado.
—Pues que sepas que el golpe de espada lo recibí para salvarte. ¡Quizá deberías agradecérmelo tú a mí!
El color de su rostro se vuelve rojo fuego.
—¿Por qué crees que me he pasado días ocupándome de ti como una nodriza, arrastrándote debajo de este o aquel otro Fundamento en función de lo que más necesitabas?
Mientras tú estabas plácidamente inconsciente, yo he trabajado más duro que un Rápido en las minas.
¿Crees que me complace curar a un Montesco sin una buena razón?
Me he pasado noches y días rezando a la diosa.
Me aterrorizaba la idea de que te murieras.
—Trastabilla y se apoya en una mesa, que acaba por el suelo junto con ella.
Me precipito a ayudarla, pero la herida me duele; renqueo, y cuando alargo una mano para alzarla, ella me mira con desdén.
—No necesito una mano. Y ya te he dicho que corres el riesgo de que se te salten los puntos.
—Se levanta, sacudiéndose el polvo del uniforme, lo que es un poco cómico, porque está tan mugrienta que dos granitos de tierra sin duda no van a empeorar la situación.
Además, se aparta el pelo del rostro y las manos sucias le dibujan una larga raya negra en la cara.
Ella se da cuenta de que ahogo una risa, aunque hago todo lo posible para reprimirla.
—¿Qué pasa? —me pregunta mosqueada.
No respondo, pero cae en la cuenta. Se toca el rostro y a la primera raya se añade otra.
No me contengo más y estallo en una carcajada.
Los puntos me tiran, me lamento y me doblo en dos, entonces me da otro ataque de risa y los puntos me vuelven a tirar.
Río y lloro. Esta vez le toca a ella estallar en una risa liberadora.
Nos desternillamos sin una verdadera razón.
Me gusta reírme con ella. Cada vez que lo hacemos es como si nos acercáramos un poco más.
Sus palabras todavía resuenan en mí. La aterrorizaba que yo me muriera. Comprendo a la perfección a qué se refería. Es lo que sentí yo cuando vi la sombra de la Seca en la pared ensartándola. Me arrojé delante de ella, como habría hecho por Terencio o Benvolio.
Cuando acabamos de reír, estamos jadeando.
—¿Sabes que cuando reímos dejamos de respirar? —me pregunta con la cara divertida aún.
—Bien, entonces has encontrado una manera de matarme. —Nuestras respiraciones se apaciguan, pero la sonrisa permanece en el rostro de ambos.
—No me tientes. —Se ríe socarronamente—. Y de todos modos no estaba oxidado. —Se mete una mano en el bolsillo del uniforme y saca el clavo perfecto, sin cabeza. Reluciente, como acabado de forjar.
—Arquitiempos —deduzco en voz alta—. Las hifas deben de haber funcionado como si hubieras entrado en contacto con un Fundamento.
—Puede ser —murmura, y se pone a buscar entre los cachivaches.
—Arquitiempo y Almanaria. —Dejo que las palabras se depositen sobre ella.
—Me preguntaba cuándo hablarías de ello —dice sin dejar de hurgar.
—¿Lo sabías? —pregunto atónito.
—No. Para mí también fue una sorpresa. Un momento estaba sola y al siguiente…
estabas en mi interior. Tomaste todo el espacio posible.
Eres aparatoso, Montesco. Y creo que tú también tienes que agradecérmelo, por segunda vez.
Si no lo hubiera hecho, tu cuerpo no se habría desplomado en el suelo y Lisandra te habría dado exactamente donde quería.
Ella no falla. Es una asesina demasiado eficaz.
—Me habla, pero no se gira; está demasiado ocupada buscando quién sabe qué.
—Fue arriesgado, sin entrenamiento. Y tú estabas hecha una furia. No percibí más que ira, allí dentro.
—Sí. Me pasa a menudo que… pierdo el control. —Se detiene y se gira hacia mí—. Creía que no se percibían las emociones de los Almanarios, yo no sentí las tuyas.
Maldita sea mi bocaza.
—A lo mejor me he equivocado. A lo mejor era yo el que estaba furioso. —Intento poner remedio.
—A lo mejor —murmura—. Sea como sea, si eso logra reconfortarte, estaba aterrorizada cuando sucedió. Y cuando no te recuperabas creí que había sido culpa mía… que te había desquiciado… o algo peor.
Echo un vistazo a su cuello.
—No tienes la Marca de los Almanarios.
—Si vamos a eso, ya no me quedan ni fuerzas. —Y vuelve a su misteriosa búsqueda entre los cacharros tirados por el suelo.
—No has envejecido. Y sin embargo has usado tu Pertenencia —insisto. Hay algo que no me encaja para nada.
—¿Es un interrogatorio, Montesco? —rebate, demasiado deprisa y sin darse la vuelta—. Y de todos modos ahí está la Lectora; no se envejece tanto por un clavo o un paseíto en otro cuerpo… —Le tiembla un poco la voz. La sensación de que me esconde algo merodea en mi cabeza.
—Aquí está, la he encontrado —anuncia festiva. Se alza y en la mano sostiene una esfera de cristal finísimo. Creo que nunca había visto una esfera tan bien hecha salvo en Venecia—. Tenía otra, pero la dejé en las galerías.
Se dirige hacia las hifas más claras. Acerca la esfera y esta empieza a brillar despidiendo una luz resplandeciente. Me la muestra sonriendo.
—Increíble, ¿verdad? Aeterianos. Muestran la luz en la oscuridad.
—Tú no eres una Aeteriana.
Y le vuelve el bochorno. Farfulla algo sobre el hecho de que quizá ya estaba impregnada de Pertenencia. No me la creo del todo. Alza la luz hacia mí.
—Vamos —me dice—. Prepárate para la maravilla.
Yo ya veo la maravilla. Es ella y está hermosísima con el rostro sucio de tierra, el pelo pegado a la cabeza y la mirada brillante mientras la luz la ilumina. El tiempo se detiene, o tal vez yo lo percibo así.
—¿Cómo hiciste…? ¿Cómo nos salvamos? —pregunto, repasando aquellos instantes.
Me da la espalda y me hace una señal para que la siga mientras se pone a hablar.
—En primer lugar, no nos salvamos. Este sitio no tiene ninguna salida. Al menos, yo todavía no la he encontrado. Cada día exploro una galería distinta, esperando no desorientarme. Hay muchas más. Aquí debajo hay una enorme ciudad abandonada. No me he perdido gracias a una tal Ariadna.
—¿Quién es Ariadna?