38. Romeo
Romeo
Lo primero que noto es el dolor.
Opresivo en la cabeza, lacerante en el costado.
Cada respiración me hace sentir como si estuviera colgado de los ganchos de un carnicero.
El dolor trae recuerdos: la hoja de Lisandra que me atraviesa, mi cuerpo que se desploma en el suelo.
Pero si bien he notado el frío de la espada, no he advertido el impacto contra el suelo.
Lo he visto. Desde otra perspectiva: la de Julieta.
Yo no estaba allí.
Ella me ha llevado consigo, ha arrancado la esencia vital de mi cuerpo y la ha protegido y conservado en el suyo.
Julieta es una Almanaria, con la fuerza de quien ya es una Extrema Sangre.
Se requiere un duro entrenamiento para ser capaz de llevarse consigo a un alma con semejante velocidad y conocimiento para no desgarrarla y mutilarla para siempre.
Se cuentan historias espeluznantes de Almanarios principiantes incapaces de liberar el alma absorbida y por ello condenados a la locura; o de consciencias perdidas en el intercambio, desvanecidas en espacios desconocidos, muertas pero no muertas, que moran en la noche a la espera de encontrar un nuevo cuerpo que las aloje.
Por lo general no son más que leyendas, pero lo suficientemente eficaces para que los Iniciados eviten fanfarronadas que podrían resultar letales.
El caso es que, la mayoría de las veces, los Almanarios son demasiado arrogantes y vanagloriosos, incapaces de esperar una lección y deseosos de hacer alarde de su Pertenencia, sin pensar lo más mínimo en las consecuencias.
Un calor proviene de detrás de mi espalda; lo noto incluso antes que la consciencia de estar vivo. Se moldea a mi cuerpo tal como lo haría un escultor con la arcilla.
Un ligero soplo me hace cosquillas en el cuello, acompasado por momentos de suspensión. Y ahora la arcilla que me envuelve se distiende en mi espalda para luego encogerse de nuevo.
Me acuna. Y la inconsciencia se acerca para raptarme de nuevo.
Lucho para que no suceda. Sé que no regresaré. No enseguida, al menos. O tal vez jamás.
Abro los ojos. Me duelen los párpados. Se cierran y se vuelven a abrir. Oscuridad y colores. Oscuridad y luz.
Respiro.
Algo se mueve detrás de mí. Ese calor se acomoda mejor a mi cuerpo. Comprendo que estoy tumbado de lado. Mi cabeza está protegida por una almohada. No, no es una almohada. Es el cuero del uniforme, y unas pieles de animales me cubren. Estoy desnudo.
Sobre mi brazo noto un ligero peso, otro sobre mi pierna. Irradian tibieza. Así como detrás de mi espalda. Como ese soplo que parece una respiración.
No lo parece…
Es una respiración.
Y el peso que noto sobre mi brazo y sobre mi pierna es el de otro brazo y otra pierna.
Alguien me está abrazando, me envuelve.
No. No alguien. Ella. Julieta.
Lo sé por la fragancia. Por sus senos apoyados en mi espalda, que reconozco aunque no los haya tocado nunca, por su piel contra la mía.
Estamos abrazados como los amantes de Dante y esto podría ser perfectamente el infierno, a juzgar por el dolor que siento por todas partes, pero entonces ¿por qué me parece muy cercano a lo que describen como el paraíso?
Vuelvo a cerrar los ojos por un batimiento, y la oscuridad me permite saborear el contacto.
Ella se mueve, ligeramente, deslizando su pierna sobre la mía, acercando todavía más su cuerpo al mío, desplazando su mano sobre mi pecho con los suaves movimientos de una caricia.
La respiración se hace más cercana y puedo casi advertir sus labios sobre la piel de mi cuello.
Debería parecerme incorrecto dejarme llevar por estas sensaciones, y al mismo tiempo no puedo evitar no recrearme en el placer que siento.
Excitación, también. Sensación de pertenencia. Familiaridad.
Quisiera darme la vuelta. Colocar mi rostro en el hueco de su cuello. Abrazarla y estrecharla entre mis brazos. Acunarla como ella está haciendo conmigo.
Estoy tan concentrado en aplacar el dolor que no puedo aplacar asimismo las sensaciones que ella me hace sentir. Y, desprovistas de razón, me invaden en cada punto de mi cuerpo. Mi enemigo me abraza y yo me olvido de por qué debería luchar contra él.
—Estás despierto… —dice flojito sin apartarse de mí.
Despierto. Ha usado la palabra despierto. Significa que he dormido. Y que ella me ha visto dormir. O tal vez ha pensado que solo había perdido el conocimiento. ¿He dormido? Mis recuerdos son confusos.
—¿Desde cuándo…? —Me duele hablar, tengo la garganta seca y la voz ronca.
—Unos cuantos días. Creía que te ibas a morir. Es más, estaba convencida de que te ibas a morir. Has pasado de la vigilia al… a la inconsciencia más de una vez.
Se ha interrumpido. ¿Estaba a punto de decir «sueño»?
—No te gires —murmura, mientras se escurre de debajo de la manta. Trastea con el uniforme y oigo el sonido de cordones que se ajustan.
Me giro. O mejor dicho hago ademán de girarme, pero la herida me tira y grito.
—¡Te he dicho que no te giraras! —me ordena—. Estás mal cosido y se podría volver a abrir. No soy muy buena con la aguja y el hilo. Estaba infectada. Tenía muy mala pinta. Has tenido fiebre durante días.
Se pone las botas. O eso creo, por el ruido que hace sacudiendo el pie en el suelo. Cuando termina, entra en mi campo visual.
Al verla, contengo la respiración. Tiene el rostro chupado, consumido por el agotamiento, con dos profundas ojeras del mismo color castaño que sus iris. Habla como si hubiera masticado tierra seca. Se agacha.
—Creo que te he salvado la vida. —Está complacida, no con arrogancia, sino por la satisfacción real de cuando haces algo que ni siquiera tú creías posible.
Se me acerca y me pasa un pequeño cuenco de bronce con un poco de agua dentro.
—Bebe.
—¿Dónde has encontrado…?
—Bebe y punto.
Acerco los labios al agua. Y bebo. Julieta me mira esbozando una sonrisa.
—Sabe a piedra —me quejo.
—Pues claro que sabe a piedra, es de donde procede.
Hay una gruta que he localizado deambulando.
El techo y el suelo están hechos de extrañas rocas húmedas de donde gotea el agua y afortunadamente también hay un charco; de lo contrario, habría tardado todo un lateluna para llenar un vaso. Y estaríamos muertos…
Dejo de beber y le alargo el cuenco.
—No seas ridículo. Tú la necesitas más. Todavía no estás curado. Y no tengo ningunas ganas de que te mueras, para luego sentirme culpable durante el resto de mi existencia. —Sus protestas suenan todavía más severas con la voz tan ronca.
Me alarga otro cuenco.
—Come —me dice.
Miro en su interior.
Hay ciempiés muertos… con algunas patas de menos.
—Come —insiste.
—No, gracias. Como si hubiera aceptado. —Intento sonreír.
—Has comido cosas peores.
—Son las patas lo que no me gusta. ¿Dónde estamos? —pregunto mirando a mi alrededor.
—Debajo de las torres. —Señala el techo—. Si esos son los Fundamentos, estamos más o menos a tres pértigas bajo tierra. ¿Eres capaz de vestirte?
Asiento con la cabeza. Ella me lanza mi uniforme y se gira.
—¿Cómo hemos acabado aquí? —pregunto mientras me visto.
—La tierra se abrió y nos despeñamos aquí debajo. Luego se cerró. Fuimos a parar a esa charca de barro, que nos salvó. Creo que así es más o menos como fue. Digamos que hemos sido afortunados.
Observo la charca a unos brazos de distancia.
Es por eso por lo que nuestros uniformes están todavía más mugrientos.
Nos hemos dado un baño en el lodo. La gruta donde nos encontramos está excavada bajo tierra a gran profundidad y es quizá tres veces más grande que Piazza delle Erbe, al menos la parte que alcanzo a ver.
No hay fuentes de luz y estaríamos sumidos en la oscuridad si no fuera por las luminiscencias que descienden del techo.
Me recuerdan a los hilos de cáñamo de los tejedores apenas salidos de la cuba, después de haberles fijado el color y todavía calientes por haber hervido.
Emanan un ligero vapor coloreado. Son de tonos distintos y están reagrupados en diversos puntos del techo.
En el centro de los anillos, un enorme cilindro de piedra negra se hunde desde el techo al suelo.
Alargo el brazo para tocar los hilos que tengo encima. Son rojos como el fuego. En cuanto apoyo la mano, profiero un grito. No solo son del color del fuego, también tienen su misma temperatura. Una larga quemadura me aparece en la palma.
—Torre de los Ardefríos. Y allí está la de los Graves —dice Julieta señalando las luminiscencias argénteas al fondo de la sala mientras me abrocha los cordones del costado—.
Si te acercas demasiado, corres el riesgo de flotar por la sala.
Créeme, lo he probado. Parecen hifas, ¿verdad?
Como si las torres fueran hongos y hubieran nacido directamente de ellos y de sus Fundamentos.
Cada una encarna el poder de una de las Pertenencias.
Puede que descarguen el poder al suelo, para que por encima puedan tocarse y transportar.
Me he hecho esta idea. Aunque podría estar muy equivocada, a pesar de que he tenido un montón de días para estudiarlas.
¡Y mira allí! —Señala con el dedo los filamentos oscuros como las tinieblas que los rodean, que descienden del segundo anillo de piedra.
Son tan sutiles que casi no se ven—. Aeterianos.
Desvelan y esconden. Tenía razón: la torre estaba oculta a nuestros ojos.
Su rostro está encendido de orgullo.
—Las contaba y las volvía a contar. Las cuentas no salían. Faltaba una torre.
—Deberíamos habérselo dicho a los demás.
—Ya. Abróchame.
Me da la espalda. Cojo los cordones y los entrecruzo. La visto y me la imagino desnudándose. Cada vez que por algún motivo nos tocamos se instala este silencio viscoso entre nosotros. Apenas he acabado de estrechar el último cordón, ella se escurre de mí y se acerca al centro.
No necesito que me diga de qué se trata. Es la maldita torre por la que la Tropa de Marina falleció. Ninguna hifa luminosa. Está negra y oscura, clavada en el suelo como una espada. Me la imagino infinita incluso en el interior de la tierra.