Romeo y Julieta Untold: La última congregación 37. Julieta #3
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37. Julieta #3

Me arrojo al suelo y bebo con avidez a pesar de que el agua está helada.

Pero es buena y noto cómo me desciende por la garganta y abro los labios para beber todavía más, hasta que me noto el vientre hinchado.

Deben de haber transcurrido días desde la última vez que bebí.

Quisiera quedarme aquí para siempre, como si, al alejarme, esa agua pudiera esfumarse.

Pero no es así, y no soy la única que la necesita.

Así que lleno el cuenco de bronce, y trepo, y me maldigo cada vez que por poco derramo aunque sea una sola gota, porque la vida de Romeo depende de mí, y él quiere salvar a todo el mundo y yo debo ser capaz de salvarlo al menos a él.

Y pongo todo mi empeño: regreso con Romeo y le vierto el agua sobre los labios secos, recojo la que le gotea por el mentón y la uso para mojarle la frente y lavarle la herida.

Vuelvo a las estalagmitas y regreso a él una y otra vez, y en cada ocasión parece que el agua no es suficiente.

Luego doy caza a los ciempiés y los machaco y desmenuzo en el cuenco y le vierto la papilla en la boca.

Una y otra vez, hasta que me duelen las piernas y se me rompen las uñas a base de aferrarme a la roca y agarrar insectos.

Una y otra vez, hasta que estoy segura de que podría recorrer el camino hasta el agua incluso con los ojos cerrados.

Y Romeo no se muere, pero tampoco se recupera. La herida está cerrada, pero tiene fiebre alta.

—¿Qué más tengo que hacer? —grito con la voz que se me quiebra—. Alyaster —invoco—, ¿qué tengo que hacer? —repito mientras el grito se apaga y rompo a llorar.

Todo es inútil. Quiero que viva, ¿por qué no logro salvarlo?

Lo miro y veo sus labios agrietados y recuerdo cómo bromeaba con Mercucio y Terencio, veo su costado herido y recuerdo cómo luchaba para defender a todo el mundo, veo las finas arrugas a lado y lado de la nariz y recuerdo cómo se reía. Cómo nos reímos, en el balcón, juntos.

Y es mientras recuerdo que la gruta parece desmoronarse.

Empieza con una vibración, con un ruido sordo y con el chirrido de piedra sobre piedra. Prosigue con una lluvia de arena y detritus sobre nosotros.

Me echo encima del cuerpo de Romeo para protegerlo y una piedra me cae sobre la espalda, arrancándome un grito de dolor.

No puede terminarse así.

Alzo la mirada. Si debemos morir, quiero al menos ver qué nos va a matar. Y los veo.

Son los anillos.

Es un Movimiento.

Los anillos rotan alrededor de la Torre central, y así se desplazan los resplandores en la bóveda; los paños espectrales dejan una estela de luces a nuestra espalda.

Cuando uno de esos resplandores pasa por encima de nosotros, por un momento la lluvia de detritus se ralentiza y parece casi que se detiene. Como si… como si un Grave hubiese usado la Pertenencia para debilitar su gravedad.

¡Pues claro! Por Alyaster, ¿por qué no he caído antes?

Esos resplandores deben de ser los Fundamentos de las torres, impregnados de Pertenencia.

Espero que el Movimiento llegue a su fin y entonces los cuento: hay trece en total, justo como las Torres según mi tía.

Algunos aislados, la mayor parte agrupados, en la otra punta de la caverna, más allá del pilar de la Torre central.

Trece.

Eso significa que la Torre central nunca formó parte de las Torres que conquistar. Significa que una torre no era visible. Tenía razón, ojalá se lo hubiera dicho a toda la Tropa.

Pero ahora no importa, porque sé cómo salvar a Romeo.

Hay una Tropa que está triunfando, en la superficie, y que está acumulando los Fundamentos de todas las torres.

La Tropa de Paris.

La misma Tropa que primero conquistó la torre de los Trasladores.

La Pertenencia que puede curar a Romeo.

Con un gruñido del que Amleto se sentiría orgulloso, me cargo su cuerpo sobre el hombro. Solo debo dejar atrás la Torre central. Doy un paso tras otro con gran esfuerzo, tropiezo.

—Resiste —digo, más a mí misma que a Romeo—. Casi lo hemos logrado.

Pero cuanto más me acerco a la Torre central, más temo lo que podría suceder. El recuerdo de Marina Codalunga todavía está demasiado fresco en mi memoria.

Y sin embargo, incluso cuando estamos a menos de un brazo de distancia, no sucede nada.

Me pregunto si el maleficio que la envuelve funciona solo en la superficie, pero solo por un batimiento: todas mis energías están dirigidas a llevar a Romeo bajo la torre de los Trasladores antes del próximo Movimiento.

Sin aliento, por fin lo dejo suavemente bajo el resplandor. Espero que funcione, porque está hirviendo y tirita de frío. No tengo ni idea de cuánto tiempo será necesario, no sé si a esta distancia la Pertenencia es lo suficientemente potente.

Romeo tiene un escalofrío; lo que queda de su camisa está empapado en sudor helado.

Inspiro.

«No es nada que no haya visto ya», pienso mientras hago una pelota con el uniforme para usarlo de almohada.

«No es nada que no haya visto ya», pienso mientras me quito la camisa y los pantalones.

«En la pila, bajo el agua caliente que caía fragorosamente», pienso mientras le quito la ropa y mis dedos acarician su piel desnuda.

«Pero nunca nos hemos acariciado. No así», pienso mientras lo abrazo y rezo para que las pieles con las que nos cubro basten para hacerlo entrar en calor, junto con el calor de mi cuerpo.