Romeo y Julieta Untold: La última congregación 37. Julieta #2
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37. Julieta #2

Retomo la marcha, alcanzo el umbral del arco y lo cruzo.

Atravieso una amplia estancia que parece una especie de almacén repleto de desechos: mesas y otros muebles rotos, sillas resquebrajadas y, contra la pared, una serie de esferas de cristal ahora ya inútiles.

Al fondo de la estancia, un pasillo conduce hacia abajo, y está oscuro.

La luz plateada no llega aquí. Echo un vistazo hacia atrás, hacia la gruta.

Si quiero poder volver con Romeo, tengo que estar atenta.

Entrecierro los ojos, necesito ver mejor. No puedo correr el riesgo de perderme. Tengo la mano derecha apoyada en la pared, no la aparto nunca. Así es como se hace.

Me lo enseñó mi padre.

Cuando era pequeña, me contaba las historias de los Edenitas y de sus proezas.

Los recuerdos afloran así, en la memoria, recuerdos que ni siquiera creía tener, y sin embargo ahora resuenan dentro de mí con la voz que él reservaba para mí y para Teobaldo, cuando por algunos esimios se olvidaba de que era general y se acordaba de que era padre.

Una de las historias trataba de un Extrema Sangre, hace centurios y centurios, encerrado en un laberinto con el cometido de enfrentarse a una Selfiera, fruto de la vergüenza de la reina, un hijo concebido en secreto que no llevó a la Academia, que nunca cumplió el Primer Paso y que no había recibido el Vínculo.

De modo que se había transformado, gigantesco, con cuernos que se elevaban sobre su rostro.

A esas alturas, enajenado, se nutría de la carne de los Rápidos.

Pero el Extrema Sangre podía orientarse en el laberinto, porque contaba con un hilo que siempre lo volvía a llevar a la entrada. Una prenda de amor.

—¿Y si nadie me ama? —le pregunté a mi padre, provocando las risotadas de Teobaldo—. ¿Y si no tengo ningún hilo?

—Entonces tendrás que arreglártelas tú sola —había respondido abruptamente, la voz de comandante tomando de nuevo el control—. Apoya la mano derecha contra las paredes y siempre sabrás encontrar el camino.

Así que apoyo la mano contra la pared, noto la fría piedra bajo las yemas y avanzo despacio, tanteando el suelo, y entorno los ojos porque no quiero estar ciega, y noto que la Marca me quema, como una caricia del sol de julio, mientras los contornos de la galería se perfilan.

Doblo a la derecha y otra vez a la derecha, ignoro las infinitas aberturas al otro lado del túnel mientras desciendo a más profundidad todavía y la única compañía que tengo son los ciempiés que, a tramos, huyen de mí refugiándose en las fisuras entre las rocas, su dominio violado por primera vez en centurios.

Me quedo petrificada solo por un batimiento, cuando oigo un estruendo distante, que sin embargo desaparece enseguida.

Retomo la marcha en este dédalo hasta que, de repente, la galería se abre en una sala.

En un rincón hay una esfera aeteriana que despide una luz tenue, apenas suficiente para iluminar las alcobas de una pared, llena de vasijas de arcilla rotas y pieles de animales, tal vez viejas mantas o alfombras.

Lo que queda de una mesa de leña podrida está amontonado en el centro de la sala.

Esto no es ningún laberinto. Es una casa.

Hay algo que reluce tenuemente, entre los restos de la mesa. Me acerco con cautela y aparto la madera ahuyentando a una colonia de insectos.

Si esta mesa está impregnada de Pertenencia, para ellos debe de ser un banquete continuo.

Sin embargo, a mí no me interesa la madera, sino el objeto brillante.

Es un cuenco de metal, tal vez cobre. Pero no está oxidado: puedo percibir la Pertenencia latiendo débilmente, consumida pero no agotada.

Me guardo el recipiente en la mano, puede ser útil: quizá podría lograr filtrar el barro de las charcas de alguna manera, a lo mejor usando la camisa. Podríamos tener agua.

Con el mero pensamiento, me doy cuenta de hasta qué punto tengo la boca seca.

Ignoro cuánto tiempo hemos pasado sin conocimiento, o durmiendo, y no sé si lograremos jamás encontrar una salida.

Lo que sí sé, sin embargo, es que por muy Edenitas que seamos, la sed puede matarnos.

Alzo la mirada. Quisiera averiguar si es posible trepar hasta el techo y regresar a la gruta principal. Y es así como veo el fresco.

Recubre toda la pared frente a mí, está casi desconchado por completo y tiene los tonos decolorados, si no fuera por ella.

La mujer en llamas, en el centro de la imagen.

Ella y el corazón despedazado que estrecha entre las manos.

Verla me causa dolor, como si en ese fresco el artista hubiera vertido todo su propio sufrimiento, como si esa mujer me hablase precisamente a mí. Cierro los ojos y doy un paso atrás.

Ahora no quiero verla. No quiero que me devore un dolor que no es mío.

Y sin embargo hago un esfuerzo y la contemplo de nuevo. Como si quisiera mirar fijamente las llamas. Desafiarlas.

La pintura no quería asustarme, me he equivocado. El miedo que he visto era mío, solo mío. El miedo de quien está solo y teme que todo se venga abajo.

Vuelvo a negar con la cabeza; será mejor que vuelva para ver cómo está Romeo.

Me echo sobre el brazo unas pieles con las que podré abrigarlo y luego recojo la esfera, porque las galerías están oscuras y prefiero tener un poco de luz en lugar de moverme a ciegas.

No podré confiar en nada. Estoy a punto de irme cuando advierto otra cosa entre los fragmentos de la mesa. Algo que me será útil.

—Esto no te va a gustar —digo más tarde—, pero afortunadamente no puedes quejarte.

No tengo la menor idea de cuánto tiempo ha transcurrido desde que dejé a Romeo para adentrarme en las galerías, pero sé que ahora los jirones de luz que estaban encima de nosotros cuando nos despertamos ya no están.

Como si se hubieran desplazado, ondeando a lo lejos en compañía de otras luces, cuatro o tal vez cinco, al otro lado de la bóveda.

Me inclino de nuevo sobre Romeo. Le he sacado el uniforme y le he abierto la camisa. Su piel está ardiendo, tiene los labios secos, los contornos de la herida son oscuros y un hilo de sangre sigue manando. Tengo que hacerlo.

Entre el pulgar y el índice sujeto el clavo que he encontrado entre las trizas de la mesa y al que he atado un hilo de mi camisa.

Está oxidado, pero solo puedo esperar que la Pertenencia del que estaba impregnado todavía no lo haya abandonado del todo.

Lo último que quiero es matar a Romeo, pero no me queda más remedio: si no suturo la herida, la sangre no se detendrá.

La primera vez que le perforo la piel, Romeo hace una mueca de dolor. La segunda, masculla algo.

—Lo mató… mató a Bastiano.

Me muerdo el labio. Fuera quien fuera, debió de ser importante para él.

La tercera vez, todo su cuerpo se estremece. Debo de haberle hecho daño.

—Lo siento —digo—, nunca aprendí a bordar.

Más tarde, cuando he terminado, observo mi obra. Le va a quedar una cicatriz, pero al menos la sangre se ha detenido. Lo cubro con las mantas con suavidad, pero todavía tirita. No dispongo de nada más, por ahora.

Le paso un dedo por los labios. Necesita beber. Me saco lo que queda de la camisa y la sumerjo en la charca.

Estrujo la prenda, haciéndola gotear en el cuenco de cobre, pero no funciona. El líquido permanece turbio, impregnada de arena de la Aldea.

Debo encontrar agua limpia.

Me adentro de nuevo en las galerías y es allí donde me doy cuenta de que tengo hambre, y descubro que soy muy buena cazando ciempiés.

Solo necesito quedarme inmóvil, esperar a que salgan de las grietas en las paredes y entonces alargar el brazo con rapidez.

Lo importante es no dejarse engañar por el ruido que oigo de vez en cuando: los asusta y ahuyenta.

Pero soy muy buena cazando y estoy hambrienta.

Uno no es suficiente para saciarme, pero afortunadamente aquí abajo debe de haber centenares y yo no soy quisquillosa: cosas peores hemos comido, en la superficie, mientras las demás Tropas se ponían las botas en las Torres.

Me lleno los bolsillos: Romeo también necesita comer.

Sigo adentrándome en las galerías, con el cuenco de cobre en la mano, a través de habitaciones abandonadas, bibliotecas repletas de rollos de pergamino consumidos por el tiempo, salas circulares llenas de escaños de piedra, fosas donde todavía se pueden ver manchas de sangre tan antiguas que ya forman parte de la roca, pero de agua no hay ningún rastro.

Hasta que por poco me caigo.

Acabo de cruzar el umbral de una estancia cuando se me resbala un pie.

Alargo el brazo en busca de un agarradero en la pared, pero es lisa.

Por instinto, me dejo caer de rodillas, y esto me salva la vida, pero la esfera se me escapa de la mano, se cae y se rompe en mil añicos; las últimas gotas de Pertenencia se evaporan.

Debería estar a oscuras, y sin embargo no es así…

Cuando recobro la respiración, comprendo dónde me encuentro: en otra gran sala, en el extremo de un estrecho puente que la atraviesa por toda su longitud, como si lo hubieran hecho crecer directamente de la roca. Húmedo.

Y el sonido significa salvación.

El regular, dichoso y magnífico goteo.

Abro los párpados de par en par y me hago cruces.

Las paredes de esta gruta están recubiertas de musgo luminiscente, que hace aparecer todas las cosas bajo una luz hechizada, la misma que esperaría en una reunión de hadas en verano, si las hadas existieran. No logro contener una sonrisa, más bien una carcajada que resuena por toda la gruta.

Porque de la bóveda cuelgan estalactitas titánicas, y del pavimento se erigen sus gemelas, y de cada estalagmita gotea, con eterna constancia, agua pura que se recoge alrededor de la base.

Desciendo con prudencia, busco todos los agarraderos posibles y me los grabo en la memoria, porque sé que subir será más dificultoso. Respiro sin prisas y me tomo el tiempo necesario para evitar caer. Pero cuando me encuentro frente a un charco de agua, mi fuerza de voluntad flaquea.