Romeo y Julieta Untold: La última congregación 37. Julieta
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37. Julieta

Julieta

—¡Romeo! —le grito a la cara en cuanto abre los ojos, sus facciones apenas esbozadas por una tenue luz plateada que proviene de lo alto—. ¡Romeo!

—Te he visto… —susurra, antes de volver a perder el conocimiento.

Quisiera abofetearlo, golpearlo, despertarlo de nuevo solo para enfadarme todavía más con él. Maldita sea.

Pero ahora su respiración es delicada, regular pero leve. No se ha desmayado: está durmiendo. Como los Rápidos. Como yo, si de veras me he dormido yo también hace poco.

Romeo tiene la Enfermedad del Sueño, y puede que yo también, pero no me importa en absoluto, ese es el menor de mis problemas. El principal es que estoy furiosa con él.

¿Por qué ha tenido que hacerlo? ¿Por qué ha tenido que meterse en medio y recibir el ataque que iba dirigido a mí?

—Romeo —digo para mí misma, mientras le aparto el pelo húmedo del rostro—, ¿por qué eres… tan condenadamente altruista?

Siempre quiere salvar a todo el mundo, y todo el mundo le ha dicho que no puede hacerlo. Pero a él tanto le da.

Y ahora se está muriendo: la espada de Lisandra le ha atravesado un costado, y su sangre es casi imperceptible contra el color del uniforme, pero yo sé que está ahí. Está empapado, y la herida sigue manando lentamente como el manantial de una montaña. Escondido, pero inagotable.

—Maldita sea —murmuro cuando aparto la solapa del uniforme y un chorro de sangre se derrama en mis manos. La espada le ha dejado un agujero, no muy grande pero sí profundo. Un golpe dado para matar, y solo el instinto lo ha salvado.

El instinto, y lo que sea que yo sea.

Almanaria.

Esa es la palabra.

He acogido el alma de Romeo en mi interior, solo por algunos batimientos, pero suficientes para salvarle la vida.

Sin embargo, ahora, ahora que me ha abandonado y que me siento más vacía de lo que estaba cuando nos conocimos, ahora quiero salvarlo de nuevo, porque su cuerpo está débil y la herida, abierta, y si no se la curo podría infectarse y estoy furiosa con él porque no quiero que se muera.

«Aquí abajo», me susurra un temor en mi cabeza, «ambos podríamos fallecer».

Juro que, si algún día llegamos a salvarnos, Paris y Lisandra nos la pagarán.

Nos hemos despeñado por al menos tres pértigas en la oscuridad, y ya es un milagro que no me haya roto las piernas.

De lo contrario, estaríamos perdidos. En cambio, hemos caído en una pequeña charca de agua y barro mientras la tierra encima de nosotros se cerraba.

Una cuenca en la que es probable que se recojan el agua y la arena que casi todos los días azotan la Aldea y luego se filtran entre los anillos.

Aquí hay un olor antiguo y húmedo, de tierra que hace centurios que no se desplaza y de piedra acariciada por eras.

Un olor que me parece que ya percibí, una vez.

La idea de usar este barro para lavar la herida de Romeo o para beberlo ni siquiera se me pasa por la cabeza. Necesito encontrar agua limpia, y quizá comida.

Cojo a Romeo por los hombros y lo aparto del barro a rastras. Él gime algo. «Bastiano», me parece entender. Le paso una mano por la frente, creo que está hirviendo. La piel alrededor de la herida está roja, no solo por la sangre. Maldita sea.

Apoyo a Romeo contra un espolón de roca e intento que se siente.

—Ahora tienes que quedarte aquí —le susurro—. Más te vale no escaparte. Voy a buscar una manera de salvarte.

Pero antes me arranco la manga de la camisa de debajo del chaleco del uniforme, la sujeto entre los dientes y el puño y la rasgo. Una tira de tejido, no muy grande, pero suficiente para improvisar una venda.

Se la ato alrededor de la herida y él deja escapar un lamento.

—Basta, Lavinio… —gime, casi divertido a pesar del dolor.

No sé quién es ese Lavinio, pero mientras lo llame a él o al tal Bastiano en lugar de a Rosalina me va bien.

Enderezo la espalda, renegando entre dientes por el dolor de la caída, e intento averiguar dónde estoy y, sobre todo, adónde puedo ir.

No cabe duda de que no podemos regresar a la torre de los Almanarios: la superficie está al menos a tres pértigas de distancia y ninguno de los dos es capaz de volar.

Me pregunto si en mi interior está la Pertenencia de los Graves, pues ahora nos vendría bien.

Pero la verdad es que no podría servirme de ella, porque hace demasiado tiempo que no me nutro, y si me pasara, correría el riesgo de transformarme en una Selfiera.

Y así Romeo se encontraría herido, bajo tierra y con un monstruo enajenado.

Entorno los ojos, porque no logro ver a más de un palmo de mi nariz. Nos encontramos en una gruta gigantesca.

Chasqueo la lengua y el eco se propaga y reverbera a mi alrededor.

Debe de ser todavía más grande de lo que imaginaba.

Hay otras charcas como esa en la que hemos caído, y espolones de roca y pilares partidos.

Aquí todo está iluminado por una luz plateada que no tiene nada de natural.

Transforma la gruta en un paisaje espectral que me hace casi añorar el falso cielo estrellado bajo el que descansan los niños.

Alzo la mirada para entender de dónde proviene la luz.

No son esferas aetereanas, desde luego: desparramadas por toda la bóveda de la gruta, parecen jirones que ondean con un viento inexistente.

Como si un dios rencoroso hubiera arrancado la luz de la luna y hubiera hecho con ella cortinajes para un enorme baldaquín.

Uno de esos está precisamente encima de nosotros y ondea inalcanzable.

Cuanto más se distancia de la bóveda, más impalpable se hace, hasta desvanecerse algunos brazos sobre nuestras cabezas.

Otros, en cambio, en diferentes rincones de la bóveda, resplandecen con nuevos colores: verde, dorado, incluso negro…

Niego con la cabeza, no cabe duda de que no salvaré a Romeo intentando desvelar el misterio de esas luces, así que echo un vistazo en torno a mí.

En el centro de la caverna, un macizo pilar negro desciende de la bóveda y parece hundirse en el suelo, como si lo hubiera perforado hace surcos de eras.

Incluso desde esta distancia comprendo enseguida que debe de ser la prolongación de la Torre central.

Percibo su reclamo, la energía que alberga y que nos despedazaría a todos, si tuviera la posibilidad.

Ahí no puede haber nada bueno; todos aprendimos la lección.

Me alejo de la charca y cada pocos pasos echo una ojeada atrás, como si Romeo pudiera esfumarse. Pero está siempre allí, inmóvil. Sé que no está muerto, porque estoy segura de que lo notaría. Pero está cada vez más pálido.

Mientras camino con cautela, advierto que en el fondo de la gruta no solo hay cuencas naturales.

Veo barrancos y abismos que se abren sobre una oscuridad infinita que podría engullirme para toda la eternidad, y aberturas más pequeñas donde solo podría escurrirse un niño acurrucado y donde un Iniciado se quedaría atrapado aguardando un destino peor que cualquier caída, y bloques de piedra que me recuerdan a los del campo de entrenamiento, solo que estos prometen ceder y desmoronarse y derrumbarse al mínimo paso en falso, y todo esto da forma al peor laberinto imaginable.

Peor que la Gruta de la Muerte, peor que la Aldea.

Aquí estamos solos, no hay ninguna cerradura secreta que encontrar, y nadie puede venir a buscarnos.

Y entonces los diviso, a lo lejos, donde las paredes de la gruta encuentran el pavimento: arcos que se abren hacia otras cavernas.

Demasiado regulares para ser fruto únicamente del tiempo.

La piedra lisa, los peldaños regulares, los fragmentos de paredes perfectamente perpendiculares al suelo. A pesar de la mugre, el barro y el musgo, incluso desde esta distancia comprendo que solo hay una cosa capaz de haberlos tallado en la roca con semejante perfección: la Pertenencia.

Ignoro lo que es este sitio, pero es antiguo. Quizá más antiguo que la misma Academia.

Si hay alguna salvación en este lugar, se encuentra al otro lado de uno de esos arcos.

Oigo el retumbo de mis pasos sobre la tierra húmeda mientras me dirijo a la abertura más cercana.

Las pisadas me recuerdan a las suelas de mis botas sobre los adoquines mojados de Verona, esa noche en la que seguí a mi prima, Laurela y Rosalina.

Parece que haya transcurrido un centurio desde ese momento, cuando todavía creía que nuestros enemigos eran los Montesco.

Crac.

Me quedo helada. No ha sido el sonido de una rama que se ha desgajado. Aquí no hay ninguna glicina.

Bajo la mirada y pego un brinco hacia atrás.

Dos órbitas vacías me observan.

Un esqueleto, con el brazo roto donde apoyé el pie, alargado en una petición inmóvil de ayuda, las piernas dobladas en una posición no natural, los huesos del color del pergamino, manchados de tierra, los jirones de un uniforme color púrpura que caen pesados sobre lo que queda del cuerpo.

Solo el llamacero de la armadura ha permanecido brillante, inmutable a lo largo de los centurios.

Un Iniciado. O lo que queda de él. Una visión del futuro, de lo que nos sucederá.

Por un batimiento pienso: Romeo y yo, un Montesco y una Capuleto, fallecidos uno junto al otro, nuestros cuerpos sobre la fría piedra, la caverna como nuestra tumba, sellada, solo para nosotros.

Me pregunto si alguien nos recordará, en los centurios por venir, o si nuestra memoria se desvanecerá junto con las personas que nos conocieron, asalto del Enemigo tras asalto del Enemigo.

—Me sabe mal —le digo a la calavera, que sigue mirándome fijamente—, pero no tengo ninguna intención de acabar así.