Romeo y Julieta Untold: La última congregación 36. Romeo
65%

36. Romeo

Romeo

La muerte no es olvido.

Es desgarradora soledad.

Es aflicción.

Es resquemor.

Es rencor.

Es amor.

La muerte es amor.

Abro los ojos.

Me esperaba las tinieblas y en cambio hay un jardín que conozco muy bien.

Es el de los Encantos. Ya no se ve despojado y abandonado.

Está lozano. Vivo. Me colma las fosas nasales con la fragancia de mi infancia.

Me parece regresar allí, a aquel lugar que era el corazón de mi casa.

Echo a correr hacia el huerto. Busco la lechuga, la que planté solasterios atrás.

Y la veo. Verde y crujiente. Separo una hoja y la muerdo, pero no sabe a nada.

Meto una mano en el agua de la fuente, pero no me mojo.

Este sitio no es real.

—No, no lo es —dice una voz masculina.

Alguien está sentado en un banco. Tiene el pelo blanco y largo y la fuerte espalda de un Extrema Sangre.

Está con el torso desnudo, solo lleva unos pantalones de algodón basto y va descalzo.

He visto demasiadas veces esa figura sentada frente al huerto.

Muchas cuando estaba vivo, y otras tantas cuando lo invocaba en mi mente para que me acunara la nostalgia.

Mi abuelo.

Corro hacia él, pero me quedo paralizado. Hay algo que no encaja…

La Marca del Alma. No tiene la Marca del Alma.

Él se da la vuelta. La verdad es que se parece mucho a mi abuelo, solo que más joven. Pero sé que no es él. Sostiene una flor blanca entre las manos que podría ser un lirio, pero en esa flor también hay algo falso, extraño, no natural. La hace girar sujetando el tallo entre el índice y el pulgar.

—No eres él —le digo, quedándome quieto donde estoy.

—No. No lo soy. Y tienes razón: el jardín no es el jardín.

Yo no he dicho nada de nada. Solo lo he pensado. Doy un paso atrás.

—He procurado que te sientas en un lugar familiar. Con un rostro familiar. No podía mostrarme en mi forma real. No lo hubieras entendido. Pero no sé crear, así que tomo prestado lo que hay en tu mente. Lo llamáis recuerdos. Pero los recuerdos nunca son precisos. Así es fácil descubrir el engaño.

—¿Estoy muerto? —pregunto sin miedo.

—¿La deseas? A la muerte, me refiero… A menudo la has invocado como si fuese tu único destino.

—Su voz nunca es la misma. Se modula según la frase, o según sus intenciones.

Puede ser dulce y preocupada o áspera y dura.

De modo que es difícil saber qué piensa, imposible captar sus sentimientos.

Él me resulta oscuro como Julieta. ¿Dónde diablos estamos?

—No deseo la muerte —digo flojito—, me enfrento a ella. Solo estoy preparado para perder.

—Perder… —murmura, tocándose una barba que lo más probable es que no tenga—.

Estoy familiarizado con esa palabra. Tiene múltiples significados.

Algunos que te destruyen el orgullo, otros que te devastan el alma.

Siempre hay que contar con perder, pero no desesperar para comprender los errores y prepararse para la victoria.

—Me observa como podría hacer alguien que compra un caballo en una subasta.

Con atención y sospecha de timo—. Sea como sea, no, no estás muerto.

Todavía no, al menos. Pero estás gravemente herido.

No quisiera que te murieras. —Se alza, toca una mata de flores y veo cómo se abarquillan, se secan y acaban reducidas a polvo. Camina, y todo lo que roza se marchita.

Me sonríe. Al menos creo que se trata de una sonrisa, y me hiela la sangre más de lo que podría hacer un Ardefrío.

—No debes temer.

—¿Me lees la mente? —pregunto, y hasta me siento estúpido de haberlo hecho.

—No, no te leo la mente. El caso es que no nos estamos comunicando con sonidos, solo con los pensamientos. Por eso, tanto si lo dices en voz alta como solo en tu cabeza, me llega igual. Aquí no se habla.

—¿Aquí dónde? —pregunto algo irritado. Estoy harto de este jueguecito.

—¿Dónde crees que estamos? —pregunta alzando una ceja. Parece más una burla que una pregunta de verdad.

Aeterianos. No es más que una condenada prueba.

—¡Es una ilusión! —anuncio, ufano de haberlo entendido. Un ligero alivio similar a un aleteo vuela desde mi pecho—. ¿Dónde están mis compañeros? —pregunto, y doy un paso adelante.

Él alza los hombros, distraído.

—Jugando con la muerte, creo. No siempre sé lo que hacéis, pequeños y adorables Iniciados.

Si hay un enigma que resolver, esta vez también lo haré.

—Me imagino que eres un Aeteriano, o un Alto Maestro que nos han ocultado. —Mi voz es más amable que antes, pues ahora sé lo que está sucediendo.

Y él estalla en una carcajada que me desgarra las entrañas de terror. Su rostro se deforma, así como su cuerpo. Frente a mis ojos se esculpe un nuevo rostro. Y otro. Y otro más. Muda y cambia, de expresiones, caras.

Incorpóreos.

Estoy en presencia de un Incorpóreo. Así que esta es mi prueba.

Me llevo una mano a la empuñadura. Pero… no tengo espada.

Dos pasos atrás.

Dos más.

Nunca he deseado tanto a mi Tropa al lado, ya sean Montescos o Capuletos.

El jardín se esfuma, se desmorona y queda reducido a polvo, como los Rápidos devorados por nosotros. Y me encuentro en el interior de mi casa, mi palacio. En una habitación concreta que hace tiempo que no abría. Sé qué habitación es. Un sollozo de dolor me cierra la garganta.

El rostro del Incorpóreo se desintegra delante de mis ojos y se convierte en… Bastiano.

Se vuelve mi hermano Bastiano.

Los rizos castaños que no lograba domar, los profundos y cálidos ojos color avellana, la carcajada siempre a mano.

Incluso desprende su misma fragancia: aquella horrible en la que se remojaba cada vez que salía al encuentro de mujeres y no de batallas.

«En una batalla solo puedo perder mi Tiempo o mi vida; en el amor puedo perder el alma…

Es mucho más peligroso. Por eso es mucho más excitante».

Me parece que solo ha transcurrido un lateluna y no diez solasterios desde que lo vi preparándose en su habitación para salir, mientras me daba sus lecciones de vida.

A pesar de que sé que se trata de una ilusión, me devasta.

Mis piernas ceden. Lloro y me río. Y que la diosa me perdone, aunque sé que eso es solo un espejismo, ¡verlo de nuevo me hace feliz!

Había olvidado su rostro, sus manos, la manera en que curvaba los labios al sonreír.

Ahora entiendo a qué se refería la Trasladora cuando me dijo que en la primera batalla me moriría de miedo. Jamás podría alzar la espada contra Bastiano, ni siquiera contra su miraje. Me pregunto a quién tienen delante mis compañeros en este momento, y sufro por ellos.

Bastiano (no es Bastiano) se me acerca. Se acomoda en su butaca (no es suya). Me hace una señal para que me siente a su lado. Me niego.

—Esto no es ninguna prueba académica. —El rostro de Bastiano (no es su rostro) muestra una expresión de disgusto—.

Y desde luego no soy ningún Incorpóreo. Francamente, lo encuentro un poco ofensivo.

Y no soy ningún Alto Maestro. Esta ofensa es incluso peor.

Son pequeñas cucarachas que me zamparía con mucho gusto si llegaran a cruzarse en mi camino.

Pero se guardan bien de no venir a visitarme.

Saben que los desprecio y no son capaces de enfrentarse a mí, ni lo quieren.

Están demasiado amedrantados. No, Romeo, esta no es una ilusión suya.

—Me está engañando, pero le sigo el juego; cuanto más hable, más rápido desaparecerá la sensación de que es Bastiano, y entonces podré luchar contra él, aunque sea cuerpo a cuerpo.

—¿Quién eres entonces?

—En realidad no tengo nombre. Pero vosotros, los Edenitas, me llamáis Ilhuas.

—No lo he oído nunca —digo con desdén.

—Oh, lo sé muy bien. Me relegaron al olvido.

Lo peor no es morir, ¿sabes?, es que te olviden.

Ese sí es el castigo más cruel. —Mi seguridad vacila.

Estoy confundido—. Creía que eras más listo, Montesco.

—Suspira—. Creía que enseguida entenderías dónde estás y lo que es este lugar.

Sueles analizar los hechos; venga, inténtalo.

Algo que no es real pero tampoco una ilusión.

Cambia de rostro, manipula… De repente, me vienen a la mente las palabras de Mercucio: «Un mundo donde se anda por el humo, las aventuras se fragmentan tanto que parecen de cerámica…

y los despertares se convierten en vientos que escapan a la comprensión».

Se me acelera el corazón.

Se me corta la respiración.

Doy dos pasos atrás…

Solo hay un modo de irme de aquí.

Despertarme.

Porque estoy soñando.

Bastiano (no es Bastiano) aplaude.

—Bien, Romeo. Muy bien. —Me llevo una mano al cuello para cerciorarme de que bajo la casaca está el colgante que me ofreció la Trasladora. Está. Me lo saco y lo estrecho entre las manos.

Despierta.

Despierta.

Despierta.

Lo repito más veces. Pero no sucede nada.

—¿Quién te ha dado ese pequeño pedazo de hierro? —me pregunta mientras temo que pueda transformarse en una araña mientras se me acerca.

Guardo silencio. No lo digo.

Lo toca. Lo observa fascinado.

—Qué divertido. Siempre consiguen sorprenderme.

Quisiera preguntarle a quiénes se está refiriendo, pero mantengo la boca cerrada. No quiero hablar con él más de lo necesario.

—De todos modos, este pequeño pedazo de hierro no sirve de nada.

Ahora no, al menos. Estás herido, débil.

No tienes fuerzas para resistirte al descanso.

Lo que es bueno, porque tu cuerpo necesita dormir.

Es la única manera en que te podrás salvar.

—Mueve la mano de esa manera un tanto nerviosa tan propia de Bastiano.

Mi mente titubea y recurro a todo mi autocontrol para asimilar las informaciones que me llegan y separar este lugar y a él de mi verdadera casa, de mi verdadero hermano.

—Si estoy soñando, tú no existes.

—No es del todo cierto. Vosotros no soñáis del mismo modo que los Rápidos.

Soy yo quien crea vuestros sueños, porque es la única manera de poder hablar.

Alyaster me encarceló, me aisló, pero nada pudo hacer contra ese…

lugar . Es su gran derrota, y es el único motivo por el que da caza a los de tu Pertenencia.

Porque sabe que yo, gracias a vosotros, puedo regresar.

—¿Alyaster da caza a los Eternantes? Nosotros no somos nada. Solo depósitos de Tiempo. Somos los hijos que los padres y las madres no desean tener. Sustituibles con Rápidos. Somos los más sacrificables.

Se pone en pie y da vueltas a mi alrededor, hasta que clava sus ojos en los míos. La garganta me sabe a hierro. Me pone una mano en el hombro.

—Tú no tienes esa Pertenencia. Tú eres un Encantilante.

—¿Qué…?

Sus ojos llamean. Traga saliva un par de veces o tres. Toma aire, aunque dudo de que necesite aire para vivir. Creo que me está oliendo.

—Es la Pertenencia más brillante. Puedes destruir una montaña, incendiar un bosque entero, caminar por encima del agua o volar por el cielo, crear ilusiones, jugar con el tiempo, pero si posees el alma, si manipulas las emociones, eres invencible.

Si posees el cuerpo de un enemigo muerto, solo puedes hacer de él comida para los gusanos, pero si posees su alma, lo convertirás en un esclavo a tu servicio.

Amor, odio, furor, alegría, desesperación…

¡qué maravillosas armas! Es por eso por lo que todos fuisteis exterminados.

Del primero al último. Asesinados. Hombres, mujeres, y los que los engendraron, y a los que engendraron.

Hileras enteras de criaturas arrebatadas a sus madres y asesinadas frente a sus ojos.

Pero a veces la sangre todavía canta ese poder en los jóvenes Iniciados.

¿Lo oyes, Romeo? ¿Oyes a tu sangre hablándote?

Y las piezas de mi pasado encajan como los mosaicos de las iglesias: el recuerdo de mi nodriza mirándome mientras duermo, esa sensación de ser capaz de percibir lo que alberga el corazón de los demás, el Rápido que conocía el Extremoidioma y que hizo perder la razón a nuestros enemigos durante la refriega, la tropa de Marina Codalunga devastada por el dolor, abriéndose la cabeza contra la piedra y perdiendo el juicio.

Ese dolor que yo vi y que me temía. El lodo que se retiraba cuando lo tocaba.

—¿Por qué tenían que asesinarnos? Podríamos haber sido un arma invencible contra el Enemigo —pregunto, todavía con la esperanza de que todo esto no sea más que una pesadilla.

Algo me escuece. La cabeza me da vueltas. La imagen de mi hermano (no es mi hermano) se distorsiona, parece la superficie de un lago cuando arrojas un guijarro.

Un destello de temor cruza su rostro. Mira a su alrededor. Habla más rápido.

—No sé si lograrás vivir, Romeo, ahora tu vida es un pequeño soplo de humo, puede desvanecerse muy deprisa.

Era consciente del riesgo que corrías, sabía que no te podría proteger hasta el Vínculo.

Pero estaba bastante convencido de que te las habrías arreglado.

Ahora ya no lo sé… Pero si sobrevives a estas heridas, si consigues llegar al Vínculo, si la Lectora lee tu Pertenencia…

Surgirás, Romeo. Surgirás y tu poder será infinito.

Pero antes debes ver, para creer en todo lo que te diré después.

Otra distorsión. Mi sueño vacila. Tengo frío. Siento dolor. El lado me quema. Bajo la mirada. Hay sangre derramándose de mi herida. ¿Cuándo me han herido?

—Te estás despertando. No tenemos mucho tiempo.

Escúchame. —Me toca, y vuelvo a tener esa sensación de falsedad.

No me fío de él—. Cuando te despiertes, debes dirigirte a la ciudad antigua.

Una vez dentro, tienes que alcanzar la sala de los rombos.

Puedes hacerlo únicamente si eliges siempre el camino de la mano que no empuña tu espada.

Una vez llegues allí, agáchate en el suelo y cuenta cuatro palmos en el centro de abajo arriba.

Un rombo no está dibujado. Empújalo y allí encontrarás la manera de abrir la pared.

La reconocerás. Y sabrás abrirla. Para llegar a la ciudad, antes deberás atravesar el puente suspendido. Ilumina el cielo…

Cesa de hablar. Su rostro se endurece. Sus ojos se apartan de los míos para mirar algo más allá de mí. Me giro. Julieta está en medio de la habitación de Bastiano, con la mirada perdida.

—Estás durmiendo —me dice—. ¡Despierta!

Y abro los ojos.