Romeo y Julieta Untold: La última congregación 35. Romeo #3
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35. Romeo #3

—¿Esperas ser un Almanario, Paris? —me burlo—.

Claro, en este punto, la línea recta solo puede significar dos cosas.

¿Verdad? El gran Paris, que soñaba con ser un Esencial, reducido a ser un Eternante.

No puede ocurrirte a ti. No al gran Paris.

Y entonces esperas ser al menos un Almanario…

Un Extrema Sangre capaz de contener múltiples almas.

—Me pongo serio—. Mi hermano Bastiano era un Almanario y un Eternante.

¿Sabes cómo acabó? Se lo comieron hasta su último batimiento.

Porque no importaba en absoluto. Y tampoco tú importarás nada.

Paris se pone lívido.

—Adelante, Capitán, no dejes que te jodan las palabras de un Montesco. Serás un Almanario y no un Eternante. Tu Marca todavía debe nacer. —Veo en Lisandra algo más que el acatamiento al rango. Podría ser casi amor, si tuviera corazón.

Silbo, imitándola.

—Uh, uh, la Seca se ha enamorado.

Ella da un salto adelante, furiosa, pero la esquivo y me posiciono detrás de Julieta, espalda contra espalda. Nos movemos en círculo, despacio, sin perder de vista a nuestros adversarios.

—Si nos inmovilizan, nos echan… —susurro a Julieta.

—¿Qué propones? —me pregunta.

No le respondo. Toco las cadenas doradas de su armadura y la libero de la protección de llamacero. Ella, rauda, hace lo mismo conmigo. Ahora solo contamos con los uniformes para protegernos. Pero al menos no nos convertirán en blancos que inmovilizar.

—Esto también es incorrecto, Romeo. —Lisandra se lame los labios—. Pero resultará mucho más sencillo ensartarte.

Y carga en mi dirección, pero a estas alturas conozco su modo de luchar y paro con facilidad sus estocadas.

Respiro hondo para recuperar el aliento; ahora el aire entra con más facilidad en mis pulmones.

Me siento más fuerte. Mientras que la Seca, en cambio, de vez en cuando niega con la cabeza, como para aclararse las ideas después de una cogorza.

Julieta y Paris todavía no se están enfrentando. No oigo ruidos de lucha a mis espaldas.

—¿Todo bien? —pregunto sin perder de vista a Lisandra Corvato. No quiero que me pille desprevenido otra vez.

—Todo bien —me responde Julieta. Respira entrecortadamente, jadea, esperando de un momento a otro un ataque de Paris, que es evidente que está pensando cuánto le costaría batirse en duelo con la hija de Reinaldo Capuleto.

Es una locura luchar con espadas de juguete contra armas que pueden matar.

Pero si logramos golpearlos, se quedarán inmovilizados en el suelo.

Justo acabo de pensarlo cuando veo caer sus armaduras de llamacero. Retiro lo dicho.

Las esferas luminosas en el techo siguen rotando y proyectando nuestras siluetas sobre la pared y transformándolas en un teatro de sombras.

Pero no hay titiriteros para crear formas que tomen vida en la luz; estamos nosotros, y nuestras sombras ya están luchando.

¿Acaso es posible? Pago mi distracción y veo llegar el golpe de la Seca demasiado tarde.

Lo paro, lo desvío, pero me corta el uniforme, así como la piel de debajo.

—¿Nos hemos hecho daño, Romeo? —Lisandra Corvato me provoca.

Yo no debería caer en una estrategia tan pueril, pero ella es la Seca y monto en cólera.

Quisiera arrancarle el alma y dársela de comer a los perros.

Recuerdo la voz de Rosalina y su alivio al saber que su hermana estaba viva, pero hoy solo quisiera liquidarla.

La pared vuelve a captar mi atención. La sombra de Paris pega un brinco hacia delante para arremeter contra Julieta.

—Ojo —digo—, a tu izquierda.

—¿Qué…? —La voz de Julieta se interrumpe con el ataque de Paris, que ella consigue parar. Y ambos empiezan a batirse en duelo.

Yo me vuelvo a concentrar en la Corvato, que intenta una incisión para dejarme cojo. Trato de recobrar fuerzas para saltar hacia atrás y lo logro a duras penas.

En la pared veo a la Seca tomar la espada con ambas manos y pegar un brinco hacia delante empujando la hoja hacia el centro.

Pero frente a mí, ella está girando. No lo comprendo enseguida.

Necesito ver ambas manos en la empuñadura, necesito ver el cambio de peso de una pierna a la otra, para entender que las sombras están despegadas en el tiempo respecto a nosotros.

Esas sombras me están contando el futuro.

Lisandra ejecuta su fondo, pero yo ya lo he visto en la pared y me aparto con soltura. Prueba un par de fintas, pero esas también me las han contado ya las sombras y no me dejo engañar.

Le explico a Julieta lo que he descubierto; por un esimio no lo entiende, hasta que cae en la cuenta, y entonces nos volvemos imbatibles. Paramos y golpeamos. Si tuviéramos espadas de verdad ya los habríamos derrotado, pero nuestros golpes no los hieren. Les duelen, pero no los detienen.

Y entonces la campana vuelve a tañer. Diez batimientos para el próximo Movimiento. Diez batimientos para encontrar el modo de salvarnos.

En la pared, la sombra de la Corvato se aparta hacia la derecha y…

… ensarta a Julieta.

Mi reacción es instintiva. Me giro y la aparto a un lado.

La tierra tiembla.

La Seca pierde el equilibrio, pero igualmente logra tocarme. La espada entra en mi carne y la desgarra al salir, resplandeciendo con mi sangre.

Lisandra se ríe. Gira la hoja como si fuera un palo que clavar en la tierra. Alza los brazos para hundirme el hierro…

Julieta grita.

Yo noto que me arrancan del cuerpo.

Y las tinieblas me besan en la boca.

Cuando vuelvo a abrir los ojos estoy luchando.

Mi ira está al rojo vivo. Nunca había sentido semejante odio.

Se me mete en la carne, me ataca los huesos y me corre por la sangre.

Tengo ganas de matar. Y bajo la furia advierto un dolor ciego.

Un desgarro. Sufro y lloro. Y grito. Y odio.

Entre mis manos ya no hay una espada de entrenamiento, sino la de Paris, que yace en el suelo, con la sangre derramándose de su pierna.

¿Cuándo le he cambiado la espada? ¿Cuándo he derrotado a Paris?

Tengo la cabeza confusa, pero mis movimientos son precisos. Lucho contra la Seca, que a duras penas logra detener mis golpes.

La tierra tiembla.

Y entonces veo…

… mi cuerpo en el suelo.

La sangre me sale del costado.

Paris está herido a mi lado.

No, no a mi lado, al lado de mi cuerpo.

¡Yo no estoy en mi cuerpo!

Yo estoy en…

Yo soy…

—Julieta, por favor. —El tono de la voz de Paris es de puro terror—. Julieta, por favor, vuelve en ti.

Yo. Estoy. En. El. Cuerpo. De. Julieta.

La revelación me arrolla y me deja helado.

Mi mente encuentra una razón. Y la explicación es tan sencilla, tan diáfana, que me parece imposible.

¡Julieta es una Almanaria!

No sé cuándo ni de qué manera ha tomado mi alma. Ni siquiera sé si se ha dado cuenta.

Pero estoy dentro de ella.

Y percibo algo oscuro.

Su ira es avasalladora. Incontrolable.

Su dolor es infinito.

Son sus emociones. Siempre han sido sus emociones. Tan arrolladoras que me aturden.

Es un universo de planetas que se estrellan unos contra otros provocando nada más que Catástrofes.

Paris le está suplicando, pero ella ha tirado a la Seca al suelo y se le echa encima.

La matará.

La mataremos.

No sé si el deseo de muerte y de venganza es el mío o el suyo. Se mezclan y hacen de nosotros dos asesinos.

Julieta alza la espada y la hunde.

Pero el destino tiene otros planes.

La tierra se abre debajo de ella.

Se cae.

Nos caemos.

Veo que mi cuerpo se precipita con nosotros.

Nos escurrimos en el abismo.

Y la tierra sobre nosotros vuelve a cerrarse.