35. Romeo #2
—La Tropa de Electra Claromonte es fuerte.
Muy fuerte. No nos dejarán tomar la t-t-orre con facilidad.
Tenemos que encontrar una manera para correr más rápido que ellos y cerrar la p-p-uerta.
—Está congelada. Intenta disimularlo, pero el castañeteo de sus dientes y las palabras entrecortadas la delatan.
—No nos queda otra. Cuando termine el próximo Movimiento, co-co-rremos. —Mercucio zanja la discusión. A todos nos parece una idea estúpida. Pero no tenemos alternativas. Podría hablarles de la teoría de Julieta, pero creo que se pondría furiosa. Nunca es agradable cuando se pone furiosa.
Mi cerebro valora todas las demás posibilidades y se detiene en la más disparatada. Sé que si la expusiera en voz alta me impedirían intentarlo, así que me la guardo para mí.
La campana repica algunas cadencias después.
Es el atardecer. Nunca vemos el sol a causa del espeso manto de arena, pero cuando se va nos damos cuenta por el frío que aumenta y la luz que disminuye.
Todos se cuelgan de la muralla, yo no. Julieta me observa.
Niega con la cabeza. Lo ha entendido. Yo me encojo de hombros y apenas acaban los diez batimientos, antes incluso de que el Movimiento se ponga en marcha, empuño la espada y me preparo.
—Pero qué c… —Mercucio reniega mientras yo me precipito hacia delante.
Corro a más no poder.
La tierra tiembla con renovada intensidad.
Lo percibo en el vientre. En los huesos.
Pierdo el equilibrio y me caigo. Me vuelvo a levantar y me caigo.
En la muralla, los Iniciados gritan, me incitan, se ríen.
Algunos me insultan: creo que es la Tropa de Jacobo Borromeo; desde el primer día era considerada la que iba a perder, y en cambio tomaron la torre de los Almanarios, cuando muchos fracasaron.
Han entendido que me estoy dirigiendo hacia allí y no se alegran.
Yo no los escucho, pero mi nombre pasa de nuevo de boca en boca, como en la Gruta de la Muerte.
Los anillos de piedra no me quieren aquí.
Vibran más que nunca. Debo ponerme en pie, pero no lo logro.
El temblor me lo impide; procuro resistirme volviéndome a levantar y él me vuelve a tirar al suelo.
Dentro de poco se abrirá una grieta y yo moriré tratando de hacer lo que menos sé hacer: el héroe.
Algo ancestral y lejano susurra en mi interior.
No es la voz de un fantasma ni un conjuro, sino mi cuerpo, que me habla.
«Nosotros somos fruto de nuestro pasado», decía mi abuelo, «todo lo que conocemos y sabemos está escrito en la sangre, en la carne».
Creo que ahora el pasado me está hablando, porque sé lo que debo hacer.
Respiro y dejo de luchar contra los temblores.
Los acojo.
Los dejo entrar en mi interior.
Mi cuerpo se adapta al movimiento, vibra con él, y permito que me recorra por todas las fibras de mi ser.
Me pongo en pie.
Ya no me caigo.
Echo a correr. Me duelen las piernas, pero el dolor me acucia a acelerar. Es así como los Extrema Sangre logran luchar durante las Catástrofes. Se alinean con el movimiento. Lo acogen en lugar de resistirse. Otra lección que la Academia nos ha impartido.
Los escalofríos y el frío se han desvanecido y han sido sustituidos por el frenesí, la tensión y también el miedo.
Esto me infunde renovada fuerza, y aumento el ritmo.
Un ruido de pasos.
Me giro arriesgándome a perder el equilibrio una vez más y veo a Julieta correr tras de mí.
Y detrás de ella, la Seca. Lisandra Corvato va como una bala a la velocidad de los gritos que profiere mientras intenta alcanzarnos.
Hay que fastidiarse. ¿Por qué demonios me ha seguido la Capuleto? Esta era una partida contra la muerte que tenía que jugar yo solo.
No con ella.
No con mi cabeza preocupada por alcanzar la torre y a la vez deseosa de dar media vuelta y protegerla de la Seca.
Maldita sea. Maldita sea. Maldita sea. La razón me está diciendo que siga adelante, pero ¿quién se ha valido jamás de la razón para tomar decisiones impulsivas?
Me detengo y me doy la vuelta empuñando la espada.
—Corre. ¡Corre! —me grita Julieta.
—Tienes a la Seca detrás —le respondo a voz en cuello.
—Lo sé. Me ocupo yo. ¡Corre! —Conociéndola, ya habrá puesto los ojos en blanco.
Varios Iniciados se han descolgado de la muralla y se están enfrentando al terremoto.
Algunos se caen, pero otros han intuido, igual que yo, la manera de resistirse y se están dirigiendo hacia las diversas torres.
Vislumbro a mi Tropa, que avanza como un rayo en medio de los demás en nuestra dirección, con Alena a la cabeza junto a Folco, que intenta usar la espada para tirar al suelo a los que todavía no se han caído por el terremoto.
Me doy la vuelta y retomo la carrera.
Pero la tierra se abre.
El ruido de un trueno parte un anillo. Alguien chilla.
Me estremezco con la idea de que uno de los míos se haya caído.
Y el primer pensamiento es para Julieta.
Quisiera rogar a la diosa que le perdone la vida, pero estoy demasiado enfadado con ella, he perdido la fe en quien debería idolatrar, así que ruego solo al destino que por una vez sea magnánimo y no se lleve a mi enemiga.
Me giro y la veo saltar la hendidura con el impulso que podría tener Pegaso en una leyenda. El alivio me impulsa a correr de nuevo.
La tierra sigue rugiendo, se parte, se abre delante de mí, dispuesta a engullirme.
No pienso y salto.
Salto más de lo que pensaba que fuese posible.
Al aterrizar ruedo. Una. Dos veces. Alguien me alza por la solapa de la chaqueta. Es Julieta, que me ha alcanzado…
—Vamos. ¡Estás loco de atar!
El consuelo de tenerla cerca me espolea de nuevo.
Retomamos la carrera. La torre se encuentra a pocos brazos.
Dejamos atrás una casa que se desmorona a nuestro paso. Esquivamos los escombros y continuamos.
El estruendo nos acompaña.
Detrás de nosotros, deben de haberse detenido por culpa del barranco. No oigo a casi nadie más que nos persiga.
Digo «casi» porque cuando entramos en la torre, con nosotros está Lisandra, que cierra la puerta con cerrojo. No está sola. Paris está a su lado.
Desenvainamos las espadas y nos ponemos en guardia.
La tierra ha dejado de temblar. El polvo desciende de lo alto, donde esferas de luces iluminan la estancia en la que nos encontramos.
Proyectan sombras oblicuas sobre las paredes.
El aire es escaso, enrarecido, como si le faltase la consistencia necesaria para llenar los pulmones.
Debe de ser la torre. Percibo una extraña sensación de desapego de la realidad.
La cabeza me da vueltas. Veo que Lisandra y Paris también están desorientados; de lo contrario, ya nos habrían atacado.
La Seca es una Aeteriana. Su Marca es definida y clara.
El Fundamento ya está en sus manos. No dominará del todo la Pertenencia, pero seguro que cuenta con una buena ventaja.
Paris, en cambio, tiene una línea similar a la mía.
Me muerdo el labio para no sonreír, aunque se lo merecería.
Él, siempre tan presumido, el hijo de la Primera Voz, es un Eternante igual que un Montesco cualquiera.
—Hagámoslo así: vosotros os rendís y lo dejamos aquí. Por respeto a mi hermano. —Paris habla con una ligera ansiedad. La Seca hace una mueca de reprobación. Apuesto a que preferiría ensartarme.
—Si hubieras mostrado respeto por tu hermano, no lo habrías humillado de la manera en que lo hiciste —espeta Julieta. Últimamente está más unida a Baltasar que nadie más.
—No escatimo nada a nadie. Es aquí, en esta Academia, donde nuestro destino quedará sellado.
Mi familia tiene un legado que mantener vivo.
Yo debo escribir mi propia historia y no puede ser menor que la de mis antepasados.
—Paris hincha el pecho para mostrarse orgulloso.
A mí no me parece más que un engreído. ¿Solo han bastado menos de dos latelunas con su Tropa para cambiarlo hasta ese punto?
Luego miro a Julieta, a mi lado, ambos preparados para luchar juntos y pienso que sí, que la Congregación te pone a prueba todos los días y te empuja a sacar tu verdadera naturaleza, a escribir tu historia; en eso Paris tiene razón.
Y quizá la mía y la de Julieta no es la de odiarnos.
La Seca voltea su espada entre las manos y advierto con consternación que no tiene la punta embotada ni la hoja sin filo. Es más, el corte no es perfecto, pero sí afilado, lo suficiente para infligir daño. No me cuesta imaginar quién ha modificado las armas. Su Tropa cuenta con dos Ardefríos.
—Paris también —me susurra Julieta—, él también tiene el filo de la espada cortante. —Ella, al igual que yo, ha percibido enseguida que las armas han sido trabajadas.
—Capuleto, vete, ya me encargo yo del Montesco. Ni siquiera debes darme las gracias, ni pagarme. Me lo cargo con mucho placer. —Lisandra sonríe con ese gesto sarcástico que le alarga la boca partiéndole la cara en dos. Es la única que conozco que con una sonrisa te provoca escalofríos.
—Esta espada no es reglamentaria, Lisandra.
Guárdala. —Julieta está hecha una furia.
Se contiene, pero aprieta la mandíbula. Le señala a Paris las hojas cortantes—.
¿Es así como quieres mantener el legado de tu casa, Paris?
¿Es esa la historia que quieres escribir?
¿La de un tramposo asesino? —Julieta se me ha acercado.
Lisandra niega con la cabeza y silba.
—Uh, uh, ¡un Montesco y una Capuleto! ¿Quién lo hubiera dicho? —me insulta insolente.
—Necesitamos este Fundamento. Es la torre de los Almanarios. Iros, por favor. —El tono es de quien se avergüenza de lo que va a hacer. Es el tono de los cobardes. No creía que Paris fuera uno de ellos.
Doy un paso adelante y me acerco a Julieta todavía más.