35. Romeo
Romeo
En los últimos días la temperatura ha descendido aún más.
La comida que traje tras el encuentro con Rosalina se digirió rápidamente y ya está olvidada.
Pero el gesto que mi Tropa hizo no. Desde ese momento nadie ha vuelto a intentar atacarnos, al menos por lo que se refiere a las Tropas sin torres, y cuando nuestras miradas se encuentran distingo leves sonrisas.
He estado reflexionando sobre qué ocurriría si todos intentásemos colaborar, si no escuchásemos las duras leyes de esta Academia y en lugar de intentar destruirnos los unos a los otros nos dividiésemos las torres, las ideas, la comida y los Fundamentos.
¿No sería más lógico? Todos deberíamos tener la posibilidad de sobrevivir al Vínculo.
Sé que muchos de mi Tropa lo verían de la misma manera, pero ¿y los demás?
Sin duda, el grupo de Paris preferiría que los mataran antes que compartir los Fundamentos.
Pero a lo mejor todos juntos podríamos quitárselos.
Julieta se ha sumido en el silencio y se pasa todo el día sentada, apartada de los demás.
Cada vez que se produce un Movimiento, ella anota la duración y la posición con una piedra afilada en los macizos de nuestro refugio.
Ha obtenido una larga retahíla de números y ubicaciones distintas, pero ninguna solución.
El sabor de la mandarina que compartimos me vuelve de vez en cuando a la boca.
Creo que son reminiscencias de mi cerebro enfermo, que no deja de pensar en ella.
Comparto una mandarina con Julieta y se me agolpan ideas de nosotros dos decididamente prohibidas… ¿Pero qué estúpido puedo llegar a ser?
El último Movimiento, que se ha producido hace solo algunas cadencias, ha derrumbado parte de nuestro refugio.
Del mismo modo que el clima se ha vuelto más riguroso, la tierra también tiembla con mayor intensidad.
Si antes bastaba con agarrarse a la tierra y acompañar al temblor, ahora cada vez corremos el riesgo de que algo nos aplaste.
He visto una larga grieta abrirse a lo largo de los anillos y transformarse en un barranco, para volver a cerrarse de inmediato.
Por un golpe de suerte, inaudito aquí en la Academia, nadie se ha caído dentro; de lo contrario, no habría tenido un buen final.
El fenómeno se repitió dos veces antes de que comprendiésemos que quedarnos acurrucados en los anillos no bastaría para salvarnos.
De modo que encontramos un sistema no muy científico, pero que funciona.
La idea se le ocurrió a Teobaldo y cuando se la comentó a Amleto este se burló de él, cosa que lo ofendió una barbaridad.
Estalló una pelea que Mercucio sofocó al sonido de patadas en el culo.
Teobaldo es susceptible y colérico como pocos, pero tenía razón.
Es el único que había entendido para qué sirven las hendiduras a tres brazos de altura entre piedra y piedra: para las espadas, pues encajan a la perfección.
Están posicionadas a una distancia suficiente para permitirnos elevarnos del suelo.
A menudo nos hemos quejado de lo pesadas que son las espadas, pero ahora comprendemos el motivo.
Son lo suficientemente robustas para soportar nuestro peso.
Y, mira por donde, la muralla no se resiente lo más mínimo por el temblor de los anillos de piedra.
Parecemos faisanes colgados esperando a estar en su punto, pero salvamos el pellejo, y eso es lo único que cuenta.
Los demás al principio se rieron de nosotros, pero luego, cuando las grietas aumentaron y al fin una Iniciada se cayó dentro, nos imitaron.
Me supo mal por ella. Era una chica alta y corpulenta de pocas palabras.
Ni siquiera recuerdo su nombre, pero rememoro la gruta y cuánto se afanó para salvar a todos los Iniciados que pudo. No se merecía esa muerte.
La Congregación sigue planteando enigmas, y antes de dar con la solución siempre pagamos con la vida de alguien.
Ahora, al tañido de la campana, vienen todos a colgarse.
Y eso significa que las torres se quedan vacías durante las rotaciones, y cuando el Movimiento termina, todos se precipitan hacia la Aldea esperando llegar a tiempo para robar una.
Así sucede que las espadas se quedan en la muralla y peleamos cuerpo a cuerpo.
Pero los que han tomado los Fundamentos son demasiado fuertes, por músculos, descanso y alimento. Derrotarlos es imposible.
Con este sistema, la Tropa de Paris ha tomado una nueva torre, mientras que la de la Palavicino, que había conquistado el Fundamento de los Graves, ahora la ha perdido.
Fueron los primeros que ocuparon una torre y nunca han probado qué significa vivir en la Aldea.
Están físicamente mejor que nosotros, pero no están acostumbrados al frío ni al hambre.
Después de cuatro días, los oí lloriquear.
Mandaron a Máximo Malacarne, el chiquillo que me derrotó y luego me pidió perdón, a interceder por ellos.
Tenía el labio abierto y dos dedos de la mano izquierda negros.
Nos pidieron ayuda, información, consejo, refugio.
Lo sometimos a votación y los acogimos en el refugio, que de todos modos no es más que un batiburrillo de paredes que se caen a trozos.
Por descontado, Florencia votó en contra.
Les cedimos una parte del refugio pegado a la muralla.
No podemos compartir nada más con ellos, salvo el frío y el desánimo.
Además, hoy llueve. El lado positivo es que bebemos, el negativo es que pasamos todavía más frío.
Sin un techo sobre la cabeza, estamos empapados y ateridos.
Acurrucados para no pasar frío, uno arrimado al otro como balas de heno en un pajar.
Julieta, en cambio, permanece inmóvil, sentada en un pedrusco observando las malditas torres.
Me aparto de los demás y me acerco a ella, que me advierte, pero no se gira.
—Hay algo que no encaja en las torres —dice. Parece que ni siquiera note el frío.
—Explícate —tartamudeo, con los brazos cruzados para calentarme un poco.
—No lo sé. Pero la central no se mueve. ¿Por qué no se mueve?
No tengo respuesta.
—Creo que falta una torre. —Se queda mirándolas, hablando casi más para sí misma que para mí—. Mi t… la Alta Maestra dijo que hay trece torres. ¿Cuántas ves?
Las vuelvo a contar rápidamente, pero conozco el número.
—Trece.
—No —afirma ella—. Son doce más la central. Que, sin embargo, no se comporta del mismo modo que las demás. Está en medio, parece la más importante. Pero ¿qué Pertenencia es más importante que las demás?
—Diría Esenciales, o Almanarios. En realidad, creo que todas son útiles, pero dudo que la Academia sea del mismo parecer.
—Cada torre representa un poder. Los Esenciales valen el doble. Por lo tanto, los Ardefríos cuentan con dos torres. Así como los Graves. Con los Leviantes suman seis. Luego está la torre de los Trasladores. Y la de los Arquitiempos. Tenemos ocho. Almanarios, nueve. Eternantes, diez.
—Falta la de los Aeterianos.
—Exacto. Pero esa Pertenencia tiene dos poderes…
Capto al vuelo adónde quiere llegar.
—Revelar y… ocultar. ¡Maldita sea! Hay una torre que no se ve.
Julieta sonríe.
—Debemos decírselo a los demás.
Me detiene.
—No. Ya metí la pata una vez, no quiero que vuelva a ocurrir. Tengo que asegurarme y averiguar dónde se esconde. —Me agarra el brazo y me da un calambre—. Prométeme que no se lo dirás a nadie.
Se lo prometo. A pesar de que creo que su idea es decididamente buena y merecería que todos la estudiáramos más a fondo. Intento decírselo, pero ella está de nuevo concentrada en las torres y ya no me escucha. Regreso a acurrucarme con los demás.
—Si no encontramos una solución, no resistiremos otra n-noche —tartamudea Mercucio, tiritando. Tiene razón. Estamos extenuados. Estoy hecho un ovillo contra la pared, abrazándome las piernas, procurando hacerme lo más pequeño que puedo.
—Os lo dije: allí en el Norte, en los días fríos nos desnudamos y nos apretujamos unos contra otros. Nos calentamos con el calor de nuestros cuerpos, bajo las pieles de los animales. —Amleto es el único que no tartamudea; creo que tiene la piel más gruesa que la de un oso.
—Yo ya os he dicho que me muero de frío antes que ab-brazar a un Montesco —espeta Teobaldo. Intenta calentarse con el odio, pero no resulta muy creíble.
—No te preocupes, que dentro de poco te complacerán y morirás congelado —rebate Amleto.
—Sea como sea, no disponemos de ninguna piel de a-a-nimal. —Baltasar trata de bromear y es el que tirita más de todos nosotros.
—Siempre p-p-puedo despellejar a Teobaldo. —Alena se ríe, y nosotros también, pero nos arrepentimos enseguida, porque nos duelen los labios, agrietados por el viento.
—¿Qué propones? —pregunto a Mercucio, mientras los escalofríos me recorren los músculos.
—Torre —me dice señalando la que está ubicada en el tercer anillo.
Es la torre de los Almanarios. Tiene las paredes de piedra negra y lisa y parece esculpida de un único bloque de roca, tan densa que absorbe la luz.
Encima del portal hay diez surcos en forma de espiral.
Las ventanas son largas y finas. Tan finas que me pregunto de qué manera puede colarse el aire, así que se me antoja un lugar calentito y acogedor.
Está enfrente de nosotros. Y después de la siguiente rotación debería posicionarse exactamente en el centro, sin ningún obstáculo delante, ni escombros ni otras torres, solo un pasillo libre en el que precipitarse a todo correr.
—¡Almanarios! ¿A quién le será útil? Nin-nin-guno de nosotros lo es ni lo será —dice Florencia.
Mercucio niega con la cabeza.
—Pero todos tenemos hambre y f-f-río.
—Co-co-rramos más rápido y cerremos la puerta. —La propuesta de Folco nos arranca otra carcajada.
Julieta se gira hacia mí abandonando sus torres por un batimiento.