Romeo y Julieta Untold: La última congregación 34. Romeo #3
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34. Romeo #3

—Pero en cambio no hay —dice mientras los sollozos rompen sus palabras—.

Ninguna. La más vieja la eligió Titania en la primera Congregación.

Su primera Vestal. Y cuando entró en el templo…

—se detiene. No logra proseguir. No la apremio.

Espero— su primer encargo fue limpiar… —Gime—.

Limpiar la sangre del pavimento. Sola. —Me agarra por la solapa—.

¿De quién era esa sangre, Romeo? ¿De quién era?

Respiro hondo. No le respondo. Lo sabe ella y ahora lo sé yo.

Después de haber visto lo que sucede aquí, sé que esa sangre solo podía ser de las Vestales.

Me viene a la mente mi Primer Paso. Parece que fue hace eras, y sin embargo ocurrió hace poco más de un lateluna.

Entonces, mirando la sangre de mis pies entre las flores, pensé que hay un precio que pagar para defender lo que se ama, pero ahora me pregunto cuánta sangre deberemos derramar antes de saldar la cuenta.

Le tiembla la voz.

—Si la Pertenencia debe juzgarte digno para convertirte en Extrema Sangre, ¿cómo de digna debes ser para ser una Lectora? Yo pertenezco a una casa menor. Jamás seré digna. —Odio esa palabra, que apesta a embuste y a homicidio.

—No creo que el mérito tenga nada que ver con lo que sucede aquí.

Y se lo cuento todo. Y esta vez ella me escucha sin ofrecerme estúpidas mandarinas.

Le hablo de las torres, de los Fundamentos que despiertan la sangre de la Pertenencia en nuestro interior.

Le hablo del hambre y de la otra hambre .

Le hablo de los Iniciados perdidos, ahogados, muertos por motivos fútiles.

Le hablo de las Tropas y de la sangre vertida para formarlas.

Rosalina se queda sentada con las manos hundiéndose en la arena.

Veo que las va apretando a medida que mi relato prosigue.

Cuando termino, ella se alza, se pone bien el vestido sacudiéndose los granos de arena que se han quedado pegados a su túnica, se coloca el pelo detrás de las orejas, se aclara la voz y llama a Agnes.

La pequeña Rosalina se ha esfumado de nuevo.

Ahora hay una Edenita orgullosa. El pecho todavía le tiembla por las lágrimas, pero lo controla con dignidad.

—Nútrelo —le dice cuando llega. Yo doy un paso atrás.

—No es necesario —digo.

—Sí lo es. —Se gira hacia la Rápida—. Por favor.

Agnes hace gestos veloces con las manos.

Rosalina responde con idéntica velocidad.

—Se detendrá —dice con determinación.

Tiene una seguridad de la que yo carezco.

Es verdad que la primera vez resistí, pero se trataba de mi nodriza.

Ahora hace demasiados días que no como nada.

Agnes se quita el bozal. Me recuerda a alguien…

, pero no tengo tiempo de pensar en quién; la beso.

Por primera vez me doy cuenta de cuánto nos nutre su esencia vital de modo completo.

Mi ánimo se apacigua, mi cuerpo se fortalece.

Me cura, pero de una manera distinta que una Trasladora; es algo más profundo, me nutre el alma.

Mientras me ofrece su linfa vital me regala también un mal recuerdo suyo.

La veo de niña, pegada a la que sé que es su hermana.

Llora mientras una mujer, tal vez su madre, las está vendiendo por una miseria a un carretero tan mugriento como los cerdos que transporta.

Las cargan en el carro a su lado, ateridas y asustadas, hasta que llegan a la Academia, donde el hombre recibe mucho más dinero del que se gastó.

Desaparecen tras una puerta mientras el recuerdo se interrumpe porque algo me pincha el brazo.

Me detengo. A duras penas. Pero me detengo.

Agnes me mira mientras se vuelve a poner el bozal.

Ella sabe que vivirá un poco menos por cada vez que nutra a alguien, pero parece no importarle; es más, sonríe.

—Eras una niña cuando llegaste aquí —le digo. Agnes frunce el ceño buscando en su memoria algo que obviamente ya no está. Gesticula en dirección a Rosalina. Ella responde. Agnes asiente con la cabeza, luego da media vuelta y se va.

—Dice que no recuerda cómo llegó aquí. Y que si tú lo recuerdas, ella no quiere saberlo.

Me pregunto si los Rápidos han aprendido a ceder los recuerdos que quieren. Luego me digo que no es posible, pero me queda la sensación de que Agnes lo ha hecho adrede.

—Ella y su hermana vinieron aquí de pequeñas. A Agnes le cortaron la lengua, a Selina no. Ella es sorda —me explica Rosalina.

Selina. Es a ella a quien se parece: a la Rápida con la mancha en el rostro, maltratada por Florencia.

—¿Te fías de ella? —le pregunto.

—Por supuesto. Estamos muy unidas desde que llegué aquí.

—Me han dicho que no lo haga. Que los Rápidos son peligrosos y están dispuestos a venderse. Estate atenta.

Asiente con la cabeza.

—Me fío. Pero estaré atenta.

Le acaricio el rostro. Ella siente que mucho de mi amor ha partido esta noche, pero retiene mi mano en su rostro.

—Lo siento —me dice.

—Lo sé. Tengo que irme… Hace demasiado tiempo que estoy fuera. —Le sonrío. La abrazo. Sé que tiene miedo. Todos tenemos. Pero en este momento no puedo ayudarla.

Agnes ha vuelto con un saco lleno de comida para mí y mis compañeros. Le doy las gracias a Rosalina con un gesto de la cabeza.

La Rápida y yo alcanzamos la salida, pero mientras nos adentramos en la primera galería, la voz de Rosalina me detiene.

—¿Mi hermana está viva?

Percibo un sutil velo de esperanza. Increíble, pero alguien quiere a la Seca.

Me giro y asiento con la cabeza.

—Estate atento, ella es…

—Una asesina. Lo sé.

Se muerde el labio.

—La criaron para serlo. No era sí cuando éramos niñas.

Hago un esfuerzo, pero no logro ver a Lisandra con un vestido de niña inocente y mofletuda, o más bien la veo, pero con un cuchillo en la mano.

—No cuenta lo que fuiste, sino lo que eres ahora. Para bien o para mal.

—¿Vale también para nosotros? —Parece más una súplica que una pregunta. Quisiera decirle una mentira, pero no se lo merece.

—No lo sé. No sé lo que somos. Antes éramos una ilusión creada por los poetas. Ya veremos en qué nos convertimos con algo creado por nosotros.

Estoy a punto de irme, pero esta vez soy yo el que tiene una pregunta.

—La noche de la Congregación, ¿por qué no fuiste a la cita?

La veo titubear y su sonrisa se dibuja de nuevo sobre una muñeca de cerámica.

—Mi madre se percató de que estaba saliendo y me encerró.

Cuando regreso a la Aldea, apenas está despuntando el amanecer.

Nadie repara en mí. En esta Academia la orden de no salir vale tanto como una hilera de Ensiferios dispuestos a ensartarte.

Solo yo estoy lo suficientemente loco para que no me haya importado.

He ofrecido la comida no solo a mi Tropa, sino también a las que hacía días que no se llevaban nada a la boca.

Nadie se ha llenado la barriga, pero todos han placado un poco el dolor.

Florencia se ha quejado, como no podía ser de otra manera, pero no me interesa lo que piensen los Capuleto; yo he traído el saco, yo decido.

Para mí solo me he quedado una mandarina.

Me gusta verlos reír e hincar el diente a algo.

Nadie me ha preguntado de dónde he sacado la comida, no les interesaba; se la han zampado pensando que era un regalo del cielo.

Alena me ha robado la cinta de piel que todavía estrechaba en la mano.

Se la ha puesto de través en la cara y se ha tapado el ojo antes de morder una manzana.

Julieta se mantiene aparte, siempre concentrada observando las torres. Me acerco y le ofrezco la mandarina. Ella me mira sin decir nada, la pela y luego la parte en dos. Me pasa una mitad. Algo en mi estómago se calienta. La tomo y le hinco el diente. Jamás nada me ha sabido tan bien.