34. Romeo #2
Pero las diosas no miran a los moribundos, solo escuchan sus plegarias sin nunca salvarlos, porque las diosas aman las súplicas y quieren observarlos morir con su nombre en los labios.
En el fondo no hay acto de amor más sublime.
Y es entonces cuando entiendo con claridad que jamás ha estado enamorada de mí, sino que a través de mis palabras se enamoraba cada vez más de sí misma.
Todavía no me ha preguntado si estoy bien o mal.
O por qué parece que vaya a palmarla de un momento a otro, o por qué apesto como un cabro.
No se interesa por mí; en cambio, me habla de la conexión con las que llama sus hermanas, las demás Vestales.
Que, francamente, no me importan en absoluto.
Pero ella sigue hablándome de ese «Acuerdo», que sería su prueba suprema, una especie de meditación que las hace sentir en conjunción unas con otras.
Si la conexión es un acuerdo, ella y yo somos dos notas desentonadas en una partitura que creíamos que era perfecta.
Continúa riéndose con sus historias, molestamente alegre, y me parece que esté rayando cristal sobre piedra.
Por fin se despierta de un espectáculo en el que era la única actriz y cae en la cuenta de que estoy aquí.
—Soy una maleducada. Ni siquiera te he ofrecido nada.
¿Quieres algo de beber? ¿O de comer, tal vez?
Aquí puedes tener todo lo que desees. —Rosalina llama a Agnes y le pide agua, fruta y un zumo de arándanos que parece que a ella le gusta en particular.
Simplemente pide lo que nosotros, en cambio, tratamos de conquistar con la sangre.
Empieza a mordisquear unas uvas, y cuando ve que no me acerco a la comida se pone una mano en la frente.
—Quizá tengas la otra hambre. No caigo nunca porque yo todavía no la he sentido.
Me pica mucho la curiosidad saber cuándo la voy a sentir yo también, pero mis compañeras me han contado que a vosotros ya os ha ocurrido.
—Se inclina hacia mí y ahoga una risita.
Tiene la frivolidad de quien podría hablarme de un vino apreciado en una taberna.
No de los Rápidos. De personas racionales.
Con familia. Deseos. Dolores. Se pone una mano en los labios, como una niña traviesa, y yo quisiera arrancársela de la boca—.
Me muero de ganas de probarlo. ¿Y tú? ¿Ya te has nutrido?
¿Cómo es? ¿Embriagante? —Vuelve a ahogar una risita.
Ella está tan lejos de mí como la estrella más lejana y quizá, al igual que esa estrella, ya está muerta.
No somos Vega y Altair. No somos nada. Y no bastará toda una bandada de urracas para acercarnos, ni siquiera bastará el castigo de una diosa para separarnos.
Ya lo estamos. Mi Rosalina ya no está. ¡Qué estúpido soy!
Creía que debía venir a salvarla de quién sabe qué funesto destino, y en cambio todo ese tiempo en el que yo luchaba para sobrevivir ella murió, transformándose en otra cosa.
Podría reír, si no estuviera seguro de que cualquier sonido que yo emita me haría estallar como el trueno de un temporal.
La Rápida regresa con lo que le han pedido. Rosalina pela una mandarina y su fragancia me duele en el estómago. Se come la mitad y entonces me la ofrece. Me quedo con los gajos entre las manos, sin saber muy bien qué hacer. Intento llevármelos a la boca, pero antes de comérmelos me detengo.
—Nos estamos muriendo, Rosalina. No nos están entrenando, nos están matando. La Academia es una masacre.
Sé que ella no tiene nada que ver con eso y que hasta hace pocos latelunas me habría reído de su ligereza y de su alegre cháchara, pero ahora el sonido de su voz me desgarra, mientras los gritos de los Iniciados todavía reverberan en mí.
No puede ser la misma Academia donde uno come y se sumerge en baños calientes y a pocos pasos, en la misma agua, muere ahogado.
—Cómete una mandarina. Están riquísimas. —Me alarga la fruta y me sonríe con los labios dibujados en una muñeca de cerámica, como si yo no hubiese hablado.
—¿Has escuchado lo que he dicho? —Me levanto bruscamente volcando la cesta de fruta sobre la arena y lanzando la mandarina a la oscuridad.
Ella mira la fruta por el suelo, se levanta y se pone a recogerla como si fuesen flores en un jardín y lo recoloca todo en la cesta, reduciendo su voz a un murmullo hastiado.
—Oigo cosas. Chismes, a lo sumo. Las Rápidas, aunque no tengan lengua, son las que más cotillean. Nos cuentan lo que ocurre fuera del templo. Parecen serviciales, pero nos odian. Solo cuentan mentiras. La diosa jamás se privaría de sus hijos sin una buena razón. —Me mira serena y obtusa.
La agarro por los hombros y pruebo a zarandearla.
—Tu diosa ama el horror y forma parte de él.
Ella se libera de un tirón.
—No blasfemes, Romeo. No aquí, en su casa. Te recuerdo que también es tu diosa. —Me apunta con el dedo.
—No estoy tan seguro, así como no estoy seguro de que tú seas la misma Rosalina. Venir aquí ha sido una estupidez. Me voy.
Rápidamente se coloca frente a mí. Me apoya las manos en el pecho.
—No te vayas. —En sus ojos, un ligero brillo la traiciona. Basta eso para detenerme.
—¿Por qué debería quedarme? —pregunto, vacilante.
—Porque hace muchísimo tiempo que esperaba este momento.
Porque quiero tumbarme a tu lado e imaginarme que estamos en otra parte.
—Se muerde el labio, quizá para impedir que aquel brillo que he vislumbrado en sus ojos se convierta en lágrimas.
Niego con la cabeza y hago ademán de partir de nuevo.
Ella me detiene una vez más. Su voz es dulce.
Perdida en el pasado—. En el Garda… en el castillo de Lazise.
Me encantaba cuando mi padre nos llevaba allí, los días en que era bueno con nosotras.
Fantaseaba en los jardines y soñaba que un día un chico guapísimo me perseguiría y yo me escaparía al laberinto, pero él sabría encontrarme, porque estaríamos conectados y los obstáculos de un estúpido juego no irían a separarnos.
Y cuando nos encontráramos en el centro, yo posaría mis labios en los suyos y entendería que sería irremediablemente suya.
Para siempre. —Se aferra a mí con toda la fuerza que tiene, pero sé que no es a mí a quien quiere, sino a su maldita fábula—.
¿Tan malo es querer un momento de alegría?
—me pregunta con una voz que se rompe a cada palabra cada vez más—.
¿Querer un beso ansiado, deseado, soñado?
¿Es malo querer fingir que todo puede ser maravilloso, aunque sea por una sola noche, por una sola cadencia?
¿No te bastaría una sola cadencia para nosotros?
—No. No me bastaría. —Ahora me doy cuenta. Julieta tiene razón, no basta una cadencia para decir amor. Miro su mano, que todavía me retiene—. Déjame ir, Rosalina.
No lo hace. Su mirada se vuelve de madera, también su voz.
—No quiero hablar de muerte. Yo quiero vivir. ¿Lo entiendes? Vivir.
Me encojo de hombros, quitándome la rabia de encima; no merece la pena.
—Me parece que lo estás haciendo entre aceites perfumados y jugosas mandarinas. Ahora si no te importa, yo regreso al barro, que puede que apeste, pero al menos cuando lo veo sé exactamente de qué se trata y no pretende ser nada más.
Por enésima vez intento llegar a la salida, aunque sé que sin guía me perdería, pero no quiero quedarme ni un momento más en este lugar.
Y por enésima vez ella se detiene frente a mí.
No sé cuántas máscaras tiene, no sé si es la bella Vestal que me ha acogido, o la melancólica Rosalina que ha intentado detenerme, o si es esta mujer que me observa con el ceño fruncido y las palabras mordaces. Pero ha vuelto a cambiar de forma.
—¿Y tú? —espeta Rosalina—. Cuando me escribías cartas de amor y me hablabas de futuro, ¿no estabas quizá alterando la verdad? ¿Tú que desde siempre consideraste la Academia tu tumba?
Me río con amargura.
—Fíjate, en cambio es aquí donde he encontrado las ganas de vivir, por mis compañeros, por todos los que se han ido. Había encontrado las ganas de vivir por ti.
—¿Y qué pensabas hacer? ¿Un bonito matrimonio y un montón de hijos, ahora que has encontrado en el cieno las ganas de vivir?
Mírame, Romeo, mírame de verdad, sin ese tono despectivo de quien se siente digno porque arriesga su propia vida.
Tú, si sobrevives, saldrás de aquí. Tendrás un mundo a tu disposición y elecciones que hacer.
Yo no. Yo me quedaré aquí atiborrándome y tomando estúpidos baños en agua perfumada hasta que muera virgen entre estas paredes.
¿Sabes por qué atiborran a las ocas? Para que su estómago engorde hasta reventar.
Y ellas mueren. Pero el hígado sigue siendo un manjar.
Las sacrifican por ese pedazo de carne. Eso es lo que nos sucederá a nosotras.
—Su rostro se deforma, las máscaras que había defendido con tanto afán hasta ahora se caen al suelo junto con ella mientras rompe a llorar.
La ternura por ella me invade de nuevo. Esas sutiles atenciones que siempre me despiertan el deseo de protegerla.
Me agacho y le acaricio la cabeza. Ella se me lanza entre los brazos, me estrecha y no para de sollozar. Pasa un rato hasta que hablo.
—¿Qué está ocurriendo? —pregunto en voz baja.
Se seca el rostro con el dorso de la mano.
—Hace cinco centurios que Titania es Lectora.
Solo cinco. Debería haber doncellas que hayan asistido a la Encarnación de Titania.
—Se retuerce las manos. Alza los ojos hacia mí.
Todavía brillan, asustados. Se me aferra buscando consuelo, protección.
En esa mirada vuelvo a encontrar a la pequeña y dulce Rosalina que… tal vez amé.