Romeo y Julieta Untold: La última congregación 34. Romeo
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34. Romeo

Romeo

Ahora que estoy efectivamente recorriendo el camino para llegar a Rosalina, comprendo que no hubiera podido olvidarlo. Tiene algo de cotidiano, como el camino para regresar a casa, o las calles más célebres de Verona. Incluso los olores me resultan familiares.

Una nueva lección sobre cuánto absorbemos de los Rápidos: algunos recuerdos se vuelven nuestros, en el verdadero sentido de la palabra.

Recorro diversas galerías y abro varios pasajes con el fragmento de llamacero impregnado del poder de los Graves.

Por fin llego a la plaza donde debería aguardarme Rosalina.

Pero no está.

He esperado demasiado.

Me maldigo por ello. Me la imagino aguardando todas las noches y luego yéndose, decepcionada.

Yo la he decepcionado.

El ruido de un correteo hace que coloque la mano en la empuñadura de mi espada.

Me apaciguo solo cuando veo llegar a la misma Rápida que me nutrió, aunque tenerla tan cerca me hace aumentar el hambre.

Ella se da cuenta y retrocede un paso. Se señala el bozal.

No tiene miedo, solo me está recordando una Ley: no nos nutrimos de los Rápidos de la Academia sin su consentimiento.

Lo sé perfectamente. Abro las manos en señal de rendición.

Entre los dedos sostiene una cinta de piel negra.

Me hace señales para que me vende los ojos.

—Ya te puedes ir olvidando. No me voy a poner eso.

Ella se encoge de hombros y hace ademán de irse.

—Espera. —La detengo. Se gira, pero le fastidia mi comportamiento; tiene la misma actitud que Rufina cuando la desobedecía: entre tolerante y exasperada. Hace vibrar los labios con un resoplo. Vuelve a alzar la venda hacia mí.

—¿Sabes que nos matan con la misma ligereza con la que se aplastan los insectos? ¿Por qué debería fiarme?

Ella empieza a mover las manos, a toda velocidad.

No entiendo qué me dice, pero seguramente le molesta la poca confianza que tengo en ella.

Se golpea el pecho tres veces y me señala.

Está furiosa, exasperada. Está bien. Quizá está arriesgando su vida por mí y yo estoy siendo caprichoso.

En cualquier caso, no tengo mucho donde elegir, así que debo fiarme.

Asiento, tomo la venda y me cubro los ojos.

Al acto, el perfume de Rosalina me embriaga.

Me relajo y dejo que los recuerdos me atraviesen.

Tengo ganas de verla. Este deseo me infunde ánimos.

Me siento como un borracho que encuentra la puerta de su casa en medio de los callejones después de una trompa.

La Rápida me coge de la mano y nos adentramos en nuevas galerías.

Ella va delante y avanza a paso ligero y yo detrás, torpe y reticente, con un brazo tendido hacia delante para localizar los obstáculos.

Farfulla y resopla otra vez. La estoy retrasando.

¿Qué pretende de mí, a oscuras y totalmente indefenso?

¿Que eche a correr? Me tropiezo un par de veces o tres.

La última de ellas, se me acerca y me da unos golpecitos en la cabeza.

—Estoy concentrado. Prueba tú a no ver nada —respondo.

Emite una especie de carcajada sarcástica y entonces retoma la marcha. Más rápida. Obviamente.

Las fragancias a mi alrededor cambian en el último viraje.

Una es más intensa que las demás: dulce, muy aromática.

Huele un poco a leche y a azúcar quemado.

Es envolvente y placentera. A lo lejos suena una música ligera, hecha de repiqueteos de campanitas.

Bajo mis pies no hay tierra, mis botas se hunden; creo que es arena.

Estamos bajo tierra, y sin embargo, percibo el aire fresco de la noche.

La Rápida se detiene y me suelta la mano.

—¿Dónde estamos? —pregunto. En respuesta, el sonido de sus pasos se aleja de mí mientras alguien me quita con delicadeza la venda de los ojos.

Frente a mí tengo a Rosalina. Cuánto he esperado este momento. Es la primera vez que estamos realmente a solas.

—Estás… cambiado… —me dice.

Ella también está cambiada. Ya no parece la tímida Rosalina a quien escribía poesías de amor, sintiéndome un poco ridículo y un poco amante temerario.

Ya no existe la niñez que le ruborizaba las mejillas cuando nos rozábamos en las ceremonias y buscábamos lugares apartados en los que intercambiarnos miradas prohibidas en medio de la gente.

Y no solo por la melena, que ahora le cae por la espalda, libre de horquillas, ni por el vestido de seda blanca, que no oculta sus formas y se recrea en una seductora transparencia.

Son sus ojos, que ya no brillan, y también su voz ha perdido aquel dulce matiz de ingenuidad de quien observa el mundo al verlo por primera vez.

Parece falsa. Decido guardarme para mí que yo también la veo cambiada.

—¿Estás bien? —le pregunto, en cambio.

Asiente con la cabeza.

—Me tratan bien. La Lectora es muy amable, aunque no la vemos muy a menudo. —Hay algo que no encaja, que ya debería haber notado, y cuando miro a mi alrededor comprendo lo que es: la belleza del lugar casi hace que me caiga, cuando pienso dónde vivimos nosotros.

El entramado de galerías me ha llevado a una cavidad natural excavada en la roca color rojo tostado.

Un conducto vertical similar a un largo pozo se abre hacia lo alto.

No es natural, alguien lo ha esculpido. La tenue luz de la luna que se desliza desde allí hasta nosotros no sería suficiente, desde luego, para iluminar la gruta, pero desde esta galería hacia el cielo, impregnada del poder de los Aeterianos, llega mucha más luz.

Suficiente, al menos, para dejar una parte de la cueva a oscuras e iluminar en cambio la que alberga un lago verde tornasolado.

La pequeña cascada que se vierte crea un sonido relajante.

Alrededor hay asientos excavados en la piedra, adornados con cojines de terciopelo bordados de oro.

Cuando vuelvo a mirar a Rosalina me percato de que su mirada se entretiene en mí.

En mi cara consumida, en el uniforme que me ha quedado grande, en las magulladuras, el pelo sucio, los labios agrietados.

Me siento todavía más mugriento en este lugar.

Yo soy las huellas de lodo que ensucian los pavimentos de mármol blanco.

Pero no bastará un trapo para limpiar la suciedad.

Rosalina malinterpreta mi incomodidad.

—No te preocupes, aquí no vendrá nadie. Es donde pasamos el tiempo las mañanas.

El agua está siempre caliente, a cualquier hora del día.

Incluso ahora. Pero en este momento todas descansan, la Lectora está en el templo y Agnes, mi doncella, la que te ha conducido hasta aquí, está vigilando la puerta; si llegara alguien, me avisaría.

Y, además, este sitio es tan inmenso que a veces pasan cadencias antes de toparte con cualquiera.

—Me coge de la mano. Su tacto es suave. Se estremece al estrechar mis dedos ásperos y cortados por el frío—.

Ven a sentarte aquí conmigo. —Todavía no le he contado nada.

Me dejo llevar hacia uno de los asientos y cuando me acomodo sobre los cojines me duele lo blandos que son.

No hablamos. Nos quedamos en vilo, como equilibristas en sus primeros pasos sobre el fino hilo de la nostalgia, con el abismo de este encuentro del todo equivocado bajo nuestros pies.

—Has adelgazado. ¿Estás comiendo lo suficiente?

¿Has empezado ya a desarrollar un poder?

Aquí damos clase todos los días. Nos enseñan matemáticas, literatura, poesía.

He descubierto un poeta que te gustaría mucho.

—Su voz falsamente alegre me chirría en los oídos.

Me habla de sus compañeras, de las cadencias que pasa en la biblioteca, del Libro Oudemya que en efecto está hecho de páginas en blanco, al menos para ellas.

Me confiesa que lo abrieron y que las castigaron por ello.

La Lectora lo notó en el mismo instante en que lo tocaron.

Con una gran sonrisa me echa en cara su felicidad por haber rozado con la mano la conexión entre Alyaster y el Libro, aunque les hubiera costado un día entero sin comida.

¿Un día entero? ¿Solo un maldito día entero?

Intento encontrar un sentido a lo que estoy viviendo.

No lo logro. El hilo sobre el que estamos andando se balancea cada vez más.

Rosalina no me ve, no se da cuenta de lo mucho que sus historias me están extrañando y sigue saltando de un tema a otro sin parar. Me vuelven las palabras de Mercucio: «El amor es un engaño enamorado de sí mismo».

La miro mientras habla y apenas comprendo lo que me dice.

Se ríe de ocurrencias que no he oído o se emociona por miradas que no ha habido.

Vive un encuentro que no existe, que ha creado en su mente, y ahora lo recrea sin ver que no es la realidad.

Entonces se pone a mover las manos de un modo singular, y esta extrañeza me devuelve a ella.

—¿… has visto? También nos enseñan su lenguaje. Dicen que nos servirá cuando completemos el Acuerdo.

Mueve de nuevo las manos, se ríe socarronamente y finge timidez, pero su rostro no se ruboriza.

—No te revelo lo que te he dicho —susurra.

Quiero irme de aquí. Pero al mismo tiempo no logro moverme. Ella es la razón por la que intentaba vivir. Si la pierdo, ¿qué me queda? Ella es mi hogar. Soy de nuevo el borracho buscando su puerta.

Sigue hablándome con esa voz aguda y esos gestitos de dama de corte, como si estuviésemos en una fiesta de máscaras y yo hubiera elegido vestirme de moribundo y ella de diosa.