Romeo y Julieta Untold: La última congregación 33. Romeo #2
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33. Romeo #2

No sé qué hacer, no sé qué decir. Pero una rabia sorda hierve en mi interior.

Nos han enseñado que hay una razón por la que nacemos y una por la que morimos.

Pero no es esa. No perdiendo la cabeza. No atenazados por el hambre.

No devorados por la culpabilidad. Marina decidió conducir a los suyos a la torre, y ahora su castigo es el de ser la única superviviente.

Julieta se sienta a su lado y le toma las manos entre las suyas. Susurra palabras de consuelo, y poco a poco la otra se serena y cierra los ojos, apoyándose en la Capuleto.

Los portales se abren para dejar entrar a los Rápidos, puntuales en su retraso que les permite no tener nunca que asistir a esos crueles juegos.

Empiezan a cargar a los muertos en camillas de madera y encierran a los dementes dentro de jaulas de hierro.

Solo Marina permanece en la Aldea, abrazada a Julieta, que no cesa de consolarla.

Ella es la única que ha quedado de su Tropa.

Uno de los portales vuelve a abrirse. El Decano Lorenzo entra, acompañado por dos Ensiferios.

Ya tienen la espada desenvainada. No está solo, lo siguen cuatro personas.

Dos son Altos Maestros. Los conozco a ambos; el primero es el Valfiero.

Camina con la cabeza alta y el mismo porte que Laurela, el pelo del mismo negro brillante.

El segundo Atador, en cambio, es la Alta Maestra de los Trasladores.

Me pasa por delante fingiendo que no me conoce.

Y sin embargo compartimos un peligroso secreto.

Me llevo la mano al pecho y toco instintivamente el abalorio que me ofreció.

Vuelvo a pensar en la Enfermedad, pero no es este pensamiento el que me provoca un escalofrío: junto a ellos hay un Ensiferio que lleva la larga hoja de verdugo con la que lo vimos ejecutar a veinte Iniciados.

Con la que lo vi ajusticiar a Sansón después de que Julieta decidiera que yo debía vivir en su lugar.

Se acercan a Marina Codalunga. Todavía entre los brazos de Julieta, parece que no se ha dado cuenta de la llegada del Decano ni de lo que está a punto de ocurrir.

Pero yo sí lo sé. Lo percibo. A estas alturas he aprendido a escuchar los pasos de la muerte cuando llega.

El Decano se acerca a ella. Le alza el rostro con una mano. Desde aquí veo sus ojos vacíos. Puede que me haya equivocado. Puede que ella sepa perfectamente lo que está a punto de ocurrir, solo que no le importa.

El Decano suspira. Se gira hacia los otros dos Atadores y niega con la cabeza. Suelta el rostro de Marina, que se refugia de nuevo entre los brazos de Julieta.

Otra señal de Lorenzo es para el Ensiferio, que se acerca a Marina.

Miro a Mercucio y voy derecho hacia él, mientras el Decano habla.

—Conduciendo a su propia Tropa a la muerte, Marina Codalunga ha demostrado ser no apta para mandar.

Permitiendo su destrucción, ha demostrado ser débil.

Sobreviviendo a sus propios compañeros, ha demostrado ser una cobarde —declama Lorenzo.

Su voz llega a todos los rincones de la Aldea, donde los Iniciados aguardan la nueva ejecución—.

Su existencia no sería de ninguna utilidad para Alyaster.

El Ensiferio alza la espada.

—¡Esperad! —grita Mercucio.

El Decano lo mira y esboza una sonrisa que no tiene nada de benévola.

—¿Sí?

Antes de continuar, Mercucio me lanza una mirada.

—¿Seguro? —me susurra.

—Creía que te encantaban las locuras —respondo.

Mercucio asiente despacio.

—Si Marina Codalunga debe morir, es justo que eso suceda a su debido tiempo.

Es el color de Alyaster. Solo han transcurrido dos latelunas desde el inicio de la Academia…

Diez más nos esperan, antes de saber quién merece vivir y quién morir.

—Mercucio respira hondo—. Dejad que Marina Codalunga se una a nuestra Tropa.

El Decano sopesa a Mercucio.

—Muy bien.

Alguien protesta.

—Muchos de nosotros hemos perdido a compañeros. No es justo que ellos se tomen otra ventaja.

—¿Ventaja? Creo que se trata más bien de un acto de caridad.

—Lorenzo me mira sobre todo a mí—. En la guerra, los caritativos mueren.

Pero si esa es vuestra decisión… —El Decano hace una señal al Ensiferio, que aparta la espada.

Se van sin decir nada más, y la tierra vuelve a temblar.

Veo que la Tropa de Paris se confabula. Alguien sufrirá un ataque esta noche.

Benvolio viene a mi lado.

—¿Sabes, verdad, que ella no habría hecho lo mismo?

—Soy consciente de ello, pero no…

—Pero no podías perder la ocasión de hacer de héroe una vez más, ¿no?

Dices que estás listo para morir, pero yo creo que estás listo para vivir, y que te gusta ir de caballero.

Perdonas a los enemigos, acoges a desconocidos confundiéndolos con tus amigos y te olvidas de los amigos que siempre han estado ahí.

Creía que te conocía. Me equivocaba. —Se va; quisiera no ir detrás de él, pero mi cuerpo se mueve solo. Una mano me detiene: Alena.

—Déjalo a solas un rato.

—Es mi primo, nos hemos criado juntos.

—Exacto. Y ahora debe alejarse de ti. Compartíais un odio común y se ha quedado él solo odiando, junto con el obtuso de Teobaldo.

—Se encoge de hombros—. A Florencia ni siquiera la tomo en consideración.

El odio es un sentimiento muy respetable, se transforma fácilmente en amor, pero el rencor…

mmm, mala cosa. El rencor, cuya única metamorfosis es la traición.

—¿Qué me aconsejas con Benvolio?

—Hazle recordar lo que os une.

Rumio eso.

—Los amigos cuya amistad has puesto a prueba se aferran a tu alma como garfios de acero. —Amleto se ha acercado a nosotros—. Y los demás…

—Benvolio habría dado su vida por mí.

—Habría… ¿Y ahora? Pero, sobre todo, ¿lo harías tú? —La pregunta de Amleto me toma por sorpresa.

—¡Por supuesto! —respondo con seguridad.

—Puede que ahora él no esté tan seguro —rebate Alena—.

Tenía certezas. Aquí las ha perdido. Y no solo sobre la amistad, sino también sobre sus dogmas.

Creía en la Academia y se siente traicionado.

Solo necesita ver que sigues ahí, que en un momento donde todo rota, y no me refiero solo a los anillos, tú eres su punto fijo…

Le tomo el rostro entre las manos.

—Gracias, Alena. Gracias. Te besaría. Soy un idiota.

—Entonces dentro de poco querrás hacer mucho más que solo darme un beso… —Mercucio se acerca—. Tengo algo para ti. —Alarga la mano y en la palma tiene un pedazo de llamacero. Me lo mete entre los dedos.

—Ve —me susurra—. Ahora. Ve a ver a Rosalina. Nunca más se te presentará una ocasión como esta.

—¿De dónde lo has sacado? —pregunto.

—De alguien que ya no lo usará. Estaba muerto y tieso. Está impregnado de Pertenencia. Ahora ve. En marcha.

Mercucio pasa un brazo sobre los hombros de Alena, que me guiña su ojo sano.

Sé lo que me harán si me llegaran a encontrar, pero necesito ver a Rosalina, saber que está bien y saber si ella también tiene conocimiento de lo que sucede aquí dentro.

Miro hacia Benvolio, que todavía se hace el ofendido.

Tengo ganas de hablar con él. Alena tiene razón, necesita un punto fijo.

El llamacero me quema en la mano. Debo elegir.

Pero no tendré otra ocasión de hablar con Rosalina, mientras que con Benvolio sí habrá manera.

Estrecho el pedazo de llamacero entre las manos. Alcanzo raudo la pared que Mercucio me ha aconsejado. Después de la escena de la Tropa de Marina, todo el mundo está encerrado en sus torres. No habrá un momento mejor.

Cuando llego al punto exacto, veo que mi amigo llevaba razón.

Hay entrantes entre una piedra y otra. Supongo que en el pasado otros Iniciados intentaron escalar, quizá como yo para ir a ver a una enamorada o tal vez hartos de la desesperación y el hambre.

Mientras empiezo el ascenso veo que un Iniciado junto a una pared me mira.

Me quedo quieto rezando para que no dé la voz de alarma, pero no abre la boca.

Se queda mirándome. Tal vez quisiera tener mi valor o mi desesperación para salir de aquí.

En un abrir y cerrar de ojos estoy en la colina previa a la entrada de la Aldea. Aquí afuera la temperatura es agradable. Camino veloz hasta la trampilla y me adentro en las galerías, mientras el ruido de un nuevo Movimiento es el preludio de la tierra que tiembla.