Romeo y Julieta Untold: La última congregación 33. Romeo
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33. Romeo

Romeo

Las demás Tropas también han abandonado los escombros de la Aldea y observan entre curiosas y estupefactas el suicidio de Codalunga y de sus compañeros. Incluso los que permanecían protegidos en las torres salen para asistir al triste espectáculo.

Y los incitan.

Los espolean a seguir adelante.

Solo nosotros les estamos rogamos que den media vuelta. Pero cuando ya no tienes nada que perder, incluso la muerte puede ser una victoria. Sus vientres están llenos de desesperación y su orgullo sangra más que las heridas. No darán media vuelta.

Cuando entran en el perímetro de la torre, hecho de losas de piedra caliza, lo sabemos de inmediato, porque un extraño silencio se instala en la Aldea.

Se queda allí quieto, como un colibrí.

Uno, dos, tres, cuatro batimientos, y al quinto llega la locura.

Marina se coge la cabeza entre las manos.

Rompe a llorar tan fuerte que su dolor me embadurna la cabeza y me confunde.

Algunos se desploman en el suelo y se revuelcan en su desesperación.

Dos Iniciados tan flacos que parecen vacas en época de hambruna intentan salir del perímetro empujándose uno al otro, metiendo los dedos en la piedra y avanzando.

Pero la torre es el canto de las sirenas de Ulises; por más que hagas, ella te llamará siempre a ti.

Y canta palabras de muerte. Los Iniciados que se arrastran por el suelo tienden las manos hacia nosotros suplicándonos ayuda.

Me recuerdan a los artesones de Puerta Imperia.

Pero como aquellas esculturas, ellos también permanecerán prisioneros en sus plegarias.

Nadie irá a socorrerlos. Nadie está tan chiflado como para acercarse a la torre.

Están rodeados por un lodo negro, espeso y viscoso.

Advierto su hedor, que me sube por los orificios nasales provocándome náuseas.

Intento averiguar de dónde proviene y me doy cuenta de que es la propia torre la que lo genera.

Unta sus paredes, las losas de piedra, y envuelve los cuerpos de la Tropa de Codalunga, que se están ahogando en ese mar negro y se vuelven parte de él.

Lo beben y luego lo sudan por la piel, les sale por la boca, por los ojos. Es un espectáculo espantoso.

—El lodo los está ahogando. Debemos sacarlos de ahí —le digo a Alena, que ha venido a mi lado.

—¿De qué hablas? —me pregunta, perpleja.

—Del lodo. El que resbala por las paredes —explico alzando el brazo hacia la torre.

Alena no responde, y cuando me giro para mirarla veo que está dudosa.

—Tú no lo ves, ¿verdad? —pregunto despacio.

Ella niega con la cabeza.

—¿Va todo bien, Romeo?

—No. —No estoy bien. No sé si mi vista me engaña o si en cambio veo una verdad que solo se me revela a mí.

Un Iniciado tan grande como Terencio llega hasta la torre, la toca y empieza a darse cabezazos contra la piedra. Al tercer golpe, la sangre salpica por doquier, pero él no se detiene hasta que ya no queda nada que picar contra la roca y se desploma en el suelo.

No puedo seguir mirando, tengo que sacarlos de ahí.

Salto hacia delante, con las pocas fuerzas que me quedan. El terror que sentí la última vez que estuve aquí cerca es tan palpable que creo que puedo tocarlo. Me detengo poco antes del perímetro y me doy cuenta de que no estoy solo.

—Y bien, ¿cómo los salvamos? —Julieta está a mi lado, con las manos en las caderas y la mirada hacia la torre. Ella también jadea.

—Tengo una teoría. Quiero averiguar si es cierta o no —respondo.

Me armo de valor y coloco una mano sobre una piedra del perímetro: limpia, blanca.

No sucede nada, pero el lodo me advierte.

Detiene su recorrido y cambia de dirección dirigiéndose hacia mí.

Dejo que se acerque y saco la mano en el último momento.

Se queda allí, suspendido. Se yergue un poco, parece que me olisquee.

Lo acaricio con un dedo. El dolor llega.

Se me pega encima. No es el dolor de un corte o un hueso roto.

Es algo más siniestro. Lo percibo en cada fibra de mi ser.

Se sienta en mi cerebro e intenta excavarse un trono.

Reúno todas las fuerzas que tengo, pruebo a apartar mi mano del lodo, y entonces él se retira.

Se contorsiona y se aleja de mí, como si hubiera sido yo quien le ha hecho daño. Y si…

Pruebo de colocar de nuevo la mano en la losa y esta vez el líquido se aleja. Miro a los Iniciados y pienso qué deben de estar experimentando inmersos en esa podredumbre. Mi teoría era que el lodo fuese en realidad el dolor, pero no que me temiera a mí.

—¿Qué ocurre? —me pregunta Julieta.

—Creo que sé cómo sacarlos de ahí. Necesito que alguien me sostenga. Si me ves gritar, sácame de un tirón.

Ella le da vueltas.

—No me preguntes nada más. No sabría explicarlo. Y no tenemos tiempo —me anticipo.

—Está bien.

—No me sueltes, ¿eh?

—Tú no lo hiciste en la gruta conmigo. Yo tampoco lo haré. —Me tiende la mano. Yo la aferro. Y vuelvo a encontrar ese acuerdo, ese pacto tácito. Y me siento menos solo.

—¿Siempre tenemos que hacer de héroes? De vez en cuando me gustaría pensar solo en mi propia persona.

—Alena se ha colocado al lado de Julieta.

Detrás de ella está Mercucio, y luego Terencio, y Benvolio, y todos los demás de la Tropa.

Nos cogemos de la mano formando una larga cadena.

Incluso los Capuleto se unen al equipo. Solo Florencia se refugia entre las ruinas; parece un cuervo sobre las lápidas de los cementerios.

—Muy bien, Montesco. Ve a encontrar a la muerte.

—La voz de la Seca me llega clara desde la torre de los Trasladores.

La siguen unas carcajadas. Alzo la mirada hasta el balcón más alto.

Paris es el único que no se ríe; nos mira con severidad.

Su hermano está en la fila junto a nosotros.

Nos observa por un batimiento y luego vuelve a entrar en la torre.

Yo pongo el primer pie en el perímetro. El lodo me advierte.

Repta cerca de mí, pero no me toca. Julieta me estrecha la mano.

Le correspondo con el mismo gesto para decirle que todo va bien, pero no es así.

Estoy aterrorizado. Pero cuando doy el primer paso, la podredumbre se aparta.

¿Nuestro contacto de antes nos ha inquietado a ambos? No tengo tiempo para respuestas.

Bailo saltando de una piedra a otra intentando que no me pille, pero parece que se debate entre atacarme o no.

Quiero darme prisa antes de que tome una decisión.

Antes de que entienda que en realidad no tengo armas contra él.

Alcanzo al primer Iniciado que tengo cerca.

Está tumbado en el suelo, torturado. Vomita lodo.

Alargo el brazo, procurando que Julieta no entre en el perímetro.

Lo agarro por el cogote y reculo arrastrándolo fuera del perímetro…

Lo dejo en el suelo y me lanzo de nuevo hacia el dolor.

Esta vez a quien debemos salvar está un poco más lejos. Me giro hacia Julieta.

—Pon los pies donde los ponga yo. No te equivoques, o el dolor te encontrará.

Ella respira hondo.

—El dolor siempre me encuentra, Montesco.

Sé a qué se refiere. Siento un extraño instinto de abrazarla que ahuyento enseguida.

No le respondo y me lanzo a coger a otro Iniciado.

Saltamos uno detrás de otro, desplazándonos con movimientos muy precisos, sabiendo que, de equivocarnos, seremos engullidos.

Detrás de nosotros, nuestra Tropa se ve obligada a entrar en el perímetro, pero todos ponen los pies donde los coloco yo, jugamos al escondite con el dolor y, por primera vez en mi vida, gano yo.

Tardamos casi una cadencia en sacarlos a todos.

Cuando me llevo al último Iniciado, el lodo converge en el centro, hierve, se une, se alza hacia el cielo, y oigo un grito de rabia.

Entonces se desvanece tal como apareció.

Al acabar contemplamos nuestro trabajo y nos resulta bastante claro que nos hemos arriesgado para nada.

Algunos de ellos ya no respiran. Se han ido de puntillas, su corazón ha cesado de latir. Creo que Mercucio tiene razón: el amor no mana de aquí, sino que seguramente se encuentre donde no es posible soportar tanta pesadumbre.

Los que no han muerto han perdido el juicio. Conozco la enfermedad de los Rápidos que agrede su mente, dejándola tan trastornada que ya no halla la cordura.

Yo me paseo entre ellos intentando encontrar al menos a uno vivo, o que pueda decir aunque sea una frase sensata.

Quiero un motivo por el que he puesto en peligro mi vida y la de mis compañeros.

Pero no hay. Parece que nadie de la Tropa de Marina Codalunga se ha salvado.

Julieta también ronda entre ellos, los mira y niega con la cabeza.

Las demás Tropas han regresado como cucarachas a sus guaridas: el espectáculo ha terminado. Estamos solos con nuestro fracaso.

—Lo siento —digo.

Una mano, al improviso, me agarra la bota. Es Marina Codalunga. Tiene la voz ronca. Afónica.

—¿Cuántos? —me pregunta—. ¿Cuántos se han… ido?

Abro la boca, pero la cierro de inmediato. No sé qué decirle.

—¿Cuántos? —me grita.

—Todos. —Escupo la verdad.

Abre la boca pero no grita, porque se le ha cortado la respiración, el dolor se la ha tragado.

Veo que el pecho se le mueve animado por continuos espasmos.

Me acerco, la sacudo, la llamo. Pero su respiración está prisionera del impacto que la noticia ha tenido en ella.

Sé lo que está pensando: «Es culpa mía».

Y esas palabras la perseguirán, recordándole ese momento en cada carcajada suya, en cada momento feliz, en cada instante de serenidad; ellos estarán allí para susurrarle que no tiene derecho a la alegría, porque condenó a toda una Tropa.

La recuerdo en la selección, cuando abrazó a un amigo suyo.

Quizá algo más que un amigo. Y ahora él también está perdido dentro de su mente, que jamás volverá a ser lúcida.

Luego al fin llora. Flojito. De puntillas. No cree tener derecho a ello.