32. Romeo #3
Me pone una mano en el hombro y me hace girar.
Alena y Folco han dejado de arrojar piedras y ahora se están entrenando con la espada.
Él es demasiado lento para ella, que con un arma en la mano es una furia.
Es tan buena que logra golpearlo allí donde no hay armadura de modo que no se quede inmovilizado en el suelo pero su orgullo quede herido de todos modos.
Lo desarma y su espada cae al suelo. Alena se la coloca en la mano de nuevo.
—Otra vez —la oigo decir.
Él gruñe y ella echa a reír antes de desarmarlo de nuevo.
Nunca había visto a Alena reírse así. Cuando Folco hace un buen fondo, ella alza la espada en señal de victoria.
Y luego vuelven a entrenarse. Ella está cerca de él, le toma el brazo desde detrás y le enseña cómo ajustar la postura.
Folco le dice algo y Alena le da un empujón, pero están jugando.
—¿Alena y Folco? —Me he quedado pasmado—. El mundo gira al revés. ¿O quizá es el amor?
Mercucio niega con la cabeza.
—El amor no tiene sentido en este lugar. Te distrae. Además, Rosalina es una Vestal. Debes olvidarla —me dice apoyando la mano sobre mi muslo, en un patético intento de consolarme.
—¿Precisamente tú me dices esto? Que hablas de sueños a pesar de no dormir.
Que te metes en trifulcas para ayudar a desconocidos.
Que intentas que se hagan amigos los que se han ensuciado las manos con la sangre del otro.
¿Y precisamente tú me exhortas a la resignación?
En el amor no hay solo posesión, dolor y agonía; también hay pasión, deseo, felicidad, euforia, satisfacción.
—He visto a mi madre raramente en compañía de los últimos, mientras que a menudo he presenciado cuando los primeros iban a encontrarla.
—Se le ensombrece el rostro. Yo guardo silencio, pues no quiero hacer aflorar recuerdos dolorosos, pero él prosigue—.
Mi madre viene de una familia con una fuerte Pertenencia.
A menudo los matrimonios son políticos y se celebran para crear líneas de sangre poderosas.
La casa de los Volterra era perfecta para la unión.
Nacieron hijos vigorosos, como mi hermano Valentino: un Esencial de los Leviantes, además de Almanario.
Pero eso no es suficiente para construir un buen matrimonio.
En una unión se necesita equilibrio: Petrucio Volterra se enamoró de ella, pero mi madre no le correspondió, y eso le hizo perder el juicio.
—Noto que no lo ha llamado «padre»; no lo interrumpo y él sigue enrollando los rizos de su pelo, como siempre que está nervioso—.
Ella y mi padre se conocieron en el campo de batalla.
Se enamoraron. Él murió poco después, tal vez por culpa de los Incorpóreos…
, y ella volvió con Petrucio con una verdad incómoda que explicar y que llevaba en el vientre: yo.
Petrucio me adoptó, pero mi madre lo pagó todos los días de su vida.
Hasta que no pudo más. Cuando ella se fue me quedé solo durante mucho tiempo.
Luego él se volvió a casar con la hermana de Escalo.
Ha sido una buena madre, a pesar de que no tenemos la misma sangre.
Pero no es mi madre, y Escalo en realidad no es mi tío.
Yo no era más que un niño de siete solasterios cuando ella se fue.
Me dejó algún recuerdo rasgado y triste, pero una gran enseñanza: no puedes desear lo que no puedes tener.
Créeme, Romeo, te llevará a la muerte, y yo no quiero estar allí cuando eso suceda.
Oímos la carcajada de la Valfiero, que se mece en el viento que llega hasta nosotros.
Mercucio la señala con la cabeza.
—¿Comprendes lo que quiero decir? Mira a Laurela: creíamos que tenía el corazón de piedra, y Terencio ha logrado esculpirlo. Y ahora ella lo ama y nunca lo podrá tener.
—No me gusta la Valfiero y, desde luego, no me gusta que esté con mi amigo, que en cambio tiene el corazón friable como el lodo seco. Bastará poco para que se desmigaje. Él está más acostumbrado al sexo que al amor.
Sonríe con benevolencia.
—Mi querido Romeo, a veces estás realmente ciego.
Apoya la cabeza contra la pared y nos quedamos en silencio por un batimiento.
Observo a Terencio y trato de comprender a qué se refiere Mercucio, pero lo veo alegre y despreocupado, no distinto de todos los días.
Y Laurela lo escucha embelesada. Me dan una pizca de envidia.
Del mismo modo en que envidio a Alena y Folco.
En este lugar, encontrar a alguien con quien compartir el miedo y olvidarlo no tiene precio…
Sin quererlo, mi mirada se dirige a Julieta.
Las manos en las caderas, los ojos hacia las torres.
En la Gruta de la Muerte nació un acuerdo entre nosotros.
Un acuerdo tácito. Una suerte de tregua.
Ella se hizo cargo de mi miedo y yo hice lo mismo.
Hicimos buenas migas. A veces incluso demasiadas, en opinión de los demás.
Y quizá tenían razón. Incluso me sentí culpable, pero no por ellos, sino por Rosalina.
No obstante, verla tan lejana y distante hace que me sienta condenadamente solo.
Resoplo y desvío la mirada, y sobre todo mis pensamientos, y me concentro en Rosalina.
Recopilo las ideas. Para salir de aquí me vendría bien algo de ayuda.
—Rosalina me envió un mensaje.
—¿Un mensaje? ¿De qué manera? —pregunta Mercucio abriendo mucho los ojos.
—De una manera que jamás imaginarías. A través de los Rápidos.
De sus recuerdos. —Niego con la cabeza, todavía sorprendido por la genialidad—.
Es un sistema de comunicación realmente óptimo.
En especial para los chivatos. Son mensajeros perfectos.
—Ahora que he captado su atención, continúo—: Cuando nos nutrimos, empezamos a absorber sus emociones y también sus recuerdos, ¿verdad?
Lo sentimos en nuestra piel. —Se ensombrece; rememorar ese momento es doloroso para todos—.
A medida que nos alimentamos, los Rápidos olvidan.
Pierden aquella pequeña parte que hemos absorbido y la adquirimos nosotros.
Por lo tanto, basta con meter un mensaje dentro de su cabeza y que te nutras del mensajero.
Tú tendrás la información y él olvidará que te la ha dado.
Le doy vueltas.
—Ni siquiera se les puede interrogar sobre eso.
—Exacto, porque ese recuerdo se borra.
Se rasca la barbilla.
—Cuando yo… —le cuesta trabajo decirlo y juguetea con la cinta roja de su Rápido, que ahora lleva atada a la muñeca— absorbí… en el banquete… los recuerdos me llegaron confusos, mezclados, sin un orden preciso. ¿A ti no?
No respondo. No me apetece preguntarme sobre otro problema que surgió en la Academia. No me apetece volver a pensar en mi nodriza y en el secreto que trajo consigo.
—¿Quién era? —pregunto mirando la cinta roja.
—Solo un chico que tuvo la mala suerte de ser mi amigo.
Petrucio favoreció nuestro vínculo. —Aprieta la mandíbula—.
Él tiene los mismos sentimientos que Benvolio, los tolera y a veces los usa.
Con Lucio era… permisivo. Yo no entendía la razón.
Ahora la sé. Le servía que me aficionase a uno de ellos.
—Has conservado la cinta roja…
—Míranos. Míranos a todos, no solo a nuestra Tropa.
Todos y cada uno de nosotros hemos perdido a alguien, y todos hemos visto morir a nuestros compañeros.
Quizá no los considerábamos así, pero lo eran.
Muchachos como nosotros, instruidos para la muerte, pero llenos de esperanza.
Todo eso ocurrió hace unos días. Pero la compasión la olvidamos en medio de los muertos. Yo no quiero olvidar.
Le pongo una mano en el hombro. Él alarga los labios para esbozar lo que debería parecerse a una sonrisa.
—Te ayudaré con Rosalina. Si tenemos que morir, más vale que elijamos nosotros cuándo y de qué manera. Si quieres hacerlo por amor, te echaré una mano.
La alegría debe de haberme iluminado el rostro, porque mi amigo niega con la cabeza.
—Sí que te ha dado fuerte. Está bien. En la muralla de más al Oeste, detrás de la torre de los Leviantes, hay piedras donde el ascenso podría ser más fácil. Hay espacios entre un pedrusco y el otro. De noche podrías conseguirlo. Solo debes estar ojo avizor a que nadie te vea bajar por el otro lado.
Estoy a punto de darle las gracias cuando unos gritos interrumpen nuestra charla.
Nos ponemos en pie a pesar del cansancio y nos giramos hacia el vocerío.
La Tropa de Marina Codalunga ha echado a correr hacia la Torre central. Ella se arrastra más que corre, pero está guiando a su grupo hacia su ruina. No creo que cuenten con un plan concreto más allá de estar desesperados, aunque eso no es ningún plan, es un hecho.
—¡Quietos! —grito todo lo que mis pulmones y el cansancio me permiten—. Quietos.
Nosotros ya fuimos. Sabemos lo que se siente.
No me escuchan.
Se dirigen a trompicones hacia la torre.