32. Romeo #2
Todas las noches intentamos expugnar alguna torre y todas las noches la mayor parte de nosotros acabamos espachurrados en el suelo, incapacitados para movernos, y cuando se producen los Movimientos notamos el temblor de la tierra hasta en las entrañas.
Antes de que llegue el amanecer y nuestras armaduras vuelvan a hacerse ligeras, somos la diversión favorita de las Tropas en las torres.
Les encanta hacer escarnio de nosotros. Y no solo eso.
Estoy bastante convencido de que alguno se me ha meado encima, dado que apesto a carroña.
Cada insulto me ha hecho sentir más pequeño, más indefenso.
Si al inicio montaba en cólera, luego he empezado a creerme lo que decían.
Multo quam ferrum lingua atrocior ferit.
Los latinos eran sabios. Quizá fueron demasiado arrogantes y su presunción los llevó a la derrota, pero casi todos sus proverbios son ciertos.
La Seca no pierde ninguna ocasión para tirarme al suelo, luego se acerca a mi oído y me promete muerte y dolor.
A pesar de que aquí en la Aldea me ha derrotado mil veces, no olvida que la vi huir con el rabo entre las piernas.
Y yo no olvido que ella no es más que una asesina.
La Tropa de Paris avanza sin que nadie pueda detenerla y aplasta a todos los que se interponen en su camino.
Baltasar se topó en el campo con su hermano, que lo dejó fuera de juego con dos estocadas que le alcanzaron ambos brazos, pero no le bastó.
Lo derribó golpeándolo en el pecho. Puede que haya que actuar así para ser los primeros.
Sin tener piedad de nada ni de nadie. Han conquistado otras tres torres, después de la de los Trasladores, derrocando a los que estaban en su interior.
Se ha convertido en su modo de luchar: esperar a que una Tropa resuelva el enigma de una torre y luego correr a asaltarla.
Es de cobardes, pero funciona. Además, ninguno de ellos ha intentado conservar las torres, dividiendo así sus fuerzas.
Muy estratégico y astuto. Las torres que han quedado vacías han sido tomadas por asalto, no por la Pertenencia o la puntuación en la clasificación, sino para tener comida y entrar en calor.
Incluso nosotros lo hemos intentado, pero en eso el fracaso también nos ha estrechado la mano.
Dentro de poco empezarán las clases y los Altos Maestros tendrán claro enseguida qué Tropas son más valerosas y cuáles más débiles, solo hará falta olernos.
El primer día éramos la Tropa más temida, y ahora se ríen de nosotros y de las continuas riñas que protagonizamos; así, hemos pasado de ser la Tropa que vencer a ser la que compadecer.
Ahora ya ni discutimos. Nos hemos rendido, y la moral está por los suelos junto a nosotros, las casas que se caen a trozos y los escombros que hay por doquier.
Nos parecemos un poco a esas ruinas: de nuevo sucios, consumidos, cansados y rotos.
Solo Julieta se pasa todo el día observando las torres.
Da la sensación de que de un momento a otro deban hablarle y darle una respuesta, mientras juega con esa esfera que siempre tiene entre las manos.
Cuenta los Movimientos, dibuja en el suelo las posiciones de las torres, pero cada vez parece que el movimiento es casual.
La oigo renegar mientras con la bota borra de la tierra lo que acaba de dibujar para hacerlo de nuevo.
Yo procuro mantenerme alejado, pues desde que perdimos la torre de los Trasladores está intratable, colérica, furiosa.
Ha conseguido pelearse con todo el mundo, hasta con Teobaldo, que por lo general la venera.
Nadie la mueve de ahí. Creo que se ha echado a la espalda nuestro fracaso.
Pero no es culpa suya. No es culpa de nadie tener una idea, aunque luego se demuestre equivocada.
Me como un pedazo de raíz que está tan dura que temo que me vaya a romper los dientes. No sabe a nada, pero me llena el vientre, como la tierra y el lodo, que no tienen buen sabor, pero cumplen el objetivo. Los insectos tampoco están mal, aunque quizá son un poco viscosos.
A pocos brazos de nosotros está la Tropa de Marina Codalunga.
Son frágiles como las amapolas, el símbolo de su casa, y creo que pronto a ellos también los destruirá una ráfaga de viento.
Uno me mira. Ansía mi pedazo de raíz. Tiene los ojos vidriosos, anegados de lágrimas.
Alargo la mano sucia de tierra hacia él.
Cuando lo entiende, avanza sin alzarse realmente del suelo, lo agarra y luego huye.
Se asegura de que nadie de su Tropa se haya percatado y empieza a masticarlo.
Nosotros, en cambio, lo compartimos todo: ratones, insectos, tubérculos indigestos, agua y lodo.
Mercucio así lo ha exigido. Sigue repitiendo que debemos mantenernos unidos si queremos vencer. Yo me contentaría con sobrevivir.
Me siento en el suelo apoyando la espalda contra una de las ruinas que nos amparan.
Con un palito anoto en la tierra los virajes en las galerías para llegar a Rosalina.
Lo hago y luego lo borro para volver a hacerlo.
Me da miedo olvidarme del camino. A la décima vez se me desenfoca la vista.
Mis párpados están cansados, me pesan. Una ligera pereza me hace cosquillas en la mente.
Tengo ganas de abandonarme. De dejarme ir siempre más abajo.
Dejo caer la cabeza a un lado. Es placentero, como cuando placas la sed, o el hambre. Resulta gratificante.
De golpe abro los ojos de par en par, con el corazón a mil.
Me giro para ver si por casualidad me ha visto alguien.
Pero no es así. Terencio cuchichea con la Valfiero.
Le está contando algo que la hace reír, a pesar del hambre.
Benvolio, Amleto y Baltasar tratan de trazar un plan para asaltar la enésima torre y dibujan hipótesis sobre la tierra con un palito.
Desde que su hermano lo humilló, está decidido más que nunca a conquistar una torre y vencerlo.
Teobaldo y Florencia me dan la espalda y se confabulan para quién sabe qué.
Julieta, como siempre, vigila las torres.
Busco a Mercucio. No lo veo, tampoco está con Folco, que en cambio juega a tirar piedras contra la pared con Alena.
Mi corazón no para de latirme desbocado. Sé que estaba a punto de dormirme.
—¿Qué es lo que te tormenta? —Mercucio se desliza a mi lado sobre el suelo, con la espalda apoyada contra la ruina—. Además del hambre, el cansancio, la náusea y las ganas de sorber a una Rápida hasta la médula. Metafóricamente hablando, claro.
—Nada —digo sin mirarlo. Tomo aire e intento calmarme. ¿Dónde estaba? ¿Me ha visto?
—El dolor que no habla susurra al corazón sobrecargado y le ordena que se rompa, recuérdalo. —Este es mi amigo poeta.
—No corro ese riesgo, Mercucio, mi corazón ya está roto en varios pedazos, tantos que no estoy seguro de que siga latiendo.
—Yo también he pensado muchas veces que en realidad estamos muertos y que todo esto no es más que un sueño de los Rápidos.
—Si esos son sus sueños, afortunados nosotros, que no dormimos. —Me sale una risita nerviosa un poco ahogada, mientras me pregunto si hablar de sueños ahora es una mera casualidad. Me trago el miedo y el ansia, pero vuelven a remontar.
—Me han hablado del mundo al que van, cuando se duermen…
Un mundo donde se anda por el humo, las aventuras se fragmentan tanto que parecen de cerámica, son mosaicos que se mezclan, y los despertares se convierten en vientos que escapan a la comprensión.
Pero la percepción de lo que se ha soñado permanece como un rastro que seguir.
Aventura en la aventura. Soñar debe de ser bonito.
Por un batimiento estoy tentado de explicarle lo que me acaba de ocurrir.
Pero enseguida ahuyento este deseo, como podría hacer con una mosca.
Quisiera fiarme de Mercucio, de veras. Ha demostrado ser un excelente amigo y un magnífico Capitán.
Pero la Enfermedad es la Enfermedad. Si no me denunciase, correría el riesgo de que lo condenaran a él también.
Así que cierro la boca. Apoyo la cabeza sobre la piedra.
A lo mejor me he equivocado y no estaba a punto de dormirme.
—¿Qué dibujas? —me pregunta mi amigo mirando el borrón que he hecho sobre la tierra.
—Es un mapa del edificio. Tengo que ver a Rosalina. —Pronunciar su nombre en voz alta me duele.
—¿Rosalina?
—La hermana de la Seca.
Abre mucho los ojos.
—¿Una Corvato?
—Ella es distinta.
—No. Todos somos ni más ni menos que lo que somos. Solo que, a veces, nos comportamos de manera diferente. Pero nuestra naturaleza está ahí, para recordarnos de dónde venimos.
—Yo la amo.
—No te dejes embaucar por el amor, amigo mío.
El amor es un engaño enamorado de sí mismo.
Galopa en tu cerebro llevándote a desear, anhelar besos y caricias.
Te da la ilusión de regocijo, pero ya empieza a tejer decepción y dolor, porque se divierte haciéndote creer que existe, y cuando ya no lo encuentras te percatas de que nunca estuvo.
El amor es similar a los sueños de los Rápidos: oyes su eco, pero no su voz.
—Solo habla así quien ha sufrido por amor.
—O quien ha descubierto su truco. Creemos que el amor se encuentra aquí, donde está el corazón, porque es donde albergamos la Pertenencia.
Pero el amor es un ladrón. De por sí no tiene poder, y por lo tanto quiere el tuyo, quiere convertirte en su esclavo para que tú puedas luchar en su nombre.
Sin darte cuenta, siempre saldrás perdiendo y al final hallarás la muerte.
—Te da miedo…
—Desde luego que me da miedo. Pero no tanto él como sus hermanos: posesión, celos, envidia, agonía, cólera, rabia, muerte. ¿Por qué querría yo entrar en una familia así?
—¿Y Alena, entonces?
Niega con la cabeza.
—Alena y yo somos amigos. Nada más que amigos. Tú estás muy ciego. No está interesada en mí.