Romeo y Julieta Untold: La última congregación 32. Romeo
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32. Romeo

Romeo

Hace veinte días que no comemos. Bebemos agua de lluvia y descansamos al sereno en una casa derruida, sin techo. Cada vez que los anillos de piedra rotan junto con las torres, un ruido sordo irrumpe en el valle, precedido del tañido de una campana más grave y fuerte de la que anuncia el alba.

Hemos intentado entender cómo funcionan los Movimientos, si detrás de esas rotaciones casuales en realidad hay un patrón, pero no lo hemos encontrado. Seguimos cavilando, Julieta la que más, pero hemos recopilado pocas ideas y ni siquiera son válidas.

Lo único cierto es que siempre que se produce un Movimiento, la tierra se mueve y tiembla, y la Aldea se desmorona cada vez más.

Techos y paredes han aplastado a algunos Iniciados, que los Trasladores se han llevado, y varios de ellos no han regresado.

Algunas Tropas se han reducido a diez miembros, o incluso a nueve.

Sus posibilidades disminuyen junto con el número de compañeros.

Por eso nuestra casa tiene el cielo sobre la cabeza; esperemos que ese no nos caiga también encima en el momento menos pensado.

Las torres se tambalean, pero permanecen íntegras, impregnadas con toda probabilidad de la Pertenencia de los Arquitiempos, que las devuelven continuamente a su estado inicial.

En nuestro segundo día vi derrumbarse una parte de la torre de los Aeterianos, pero fue un batimiento y enseguida se recompuso delante de nuestros ojos.

No fue así para los dos Iniciados de la Tropa que la ocupaba, que se desplomaron en el suelo.

Uno se salvó. El otro no. Me di cuenta de que ni siquiera sabía cómo se llamaban.

Desde entonces hemos entendido para qué sirve el repiqueteo de la campana antes de cada Movimiento: nos avisa para que salgamos corriendo y nos pongamos a salvo, en especial los que se encuentran en el interior de las torres.

Mi mente no está tan concentrada en las torres como sí lo está, en cambio, en Rosalina.

No puedo dejar de pensar en ella. La idea de que esté convencida de que ya no me importa ha tomado la mitad de mis pensamientos.

El temor de que yo pueda tener la Enfermedad, la otra mitad.

El ansia por ambas situaciones me devora más que el hambre.

Hace solo unos días los Ensiferios entraron y se llevaron a rastras a un Iniciado.

Forcejeaba dando coces, gritaba e imploraba piedad.

Baltasar, que sabe casi todo lo que sucede en la Aldea, me dijo que tenía la Enfermedad.

Hace amistades con facilidad, tal vez porque nadie lo considera un peligro, dada su discapacidad.

Así, a menudo nos trae noticias sobre lo que ocurre.

Temblé durante casi dos días, aterrorizado por si me dormía delante de todos.

No ha ocurrido, pero sé que ocurrirá. Cuando me tumbo e intento descansar, mis manos se aferran al abalorio.

He buscado una manera de salir de la Aldea.

Las piedras de la muralla son demasiado lisas y carecen de agarraderos, aparte de los hoyos a unos tres brazos de altura que recorren todo el perímetro de las fortificaciones.

Siempre que puedo, intento recorrer la pared buscando un lugar para escalar.

Pero no he tenido suerte. A menudo, los de las demás Tropas me encuentran solo y me tiran al suelo solo por el placer de hacerlo.

En cualquier caso, sin el anillo no sabría cómo abrir la Trampilla.

Las ruinas nos resguardan del viento que nos hiela la cara.

Elegimos unos escombros en el anillo más externo, como hicieron muchos otros.

Solo que, a diferencia de ellos, establecimos nuestra base en el interior de una casa semiderruida.

Está lo suficientemente destruida para no caernos encima, pero lo suficientemente íntegra para brindarnos refugio, y además el último anillo queda protegido por la muralla.

No somos los únicos que escogimos una guarida en la que refugiarnos.

Hacemos turnos de guardia, luchamos por este emplazamiento y ahora lo defendemos como si fuese una torre.

Las demás Tropas que como nosotros han fracasado merodean con cautela por la Aldea, por miedo a sufrir igualmente un ataque.

El hilo que unió a todos los Iniciados frente a los cadáveres en la Gruta de la Muerte —como ha sido rebautizada— ha sido cortado por la voluntad de supervivencia, el frenesí del poder, la desesperación.

El sol es una pálida sombra gris y está cubierto por un cielo hecho de un manto de arena que, a pesar del viento, nunca desaparece.

Hay una espesa cerrazón que ni siquiera la lluvia es capaz de limpiar y que nos recubre como si fuera ceniza.

La temperatura es fría, y el castañeteo de los dientes es la música que acompaña nuestras cadencias.

Tenemos el pelo enfangado; los labios, agrietados y cortados por las corrientes glaciales; y nos cuesta trabajo mantener los ojos abiertos.

Las bufandas nos envuelven el rostro, pero no siempre son suficientes para detener la arena, que se nos mete por todas partes.

Si la gruta era húmeda y calurosa, aquí hay hielo y escalofríos.

Solo el hambre es igual. A menudo también llega la otra , sigilosa, nos sube a la garganta hasta que se abre, pero no recibe nutrimiento.

La mantenemos a raya. Cuando vislumbramos a los Rápidos al servicio en las torres, el afán aumenta, pero ninguno de nosotros se atreve a acercarse.

Estamos escondidos como ratones olisqueando queso ajeno.

Hemos perdido peso, y la debilidad es lo único que nos llena el estómago.

Pero el Decano tenía razón: seguimos vivos gracias a la última co mida .

Debe de habernos dado un poco de energía, que consumimos cadencia tras cadencia.

Lo veo en los rostros de mis compañeros, en sus ojeras, en sus miradas cansadas y en el hedor a moho que todos llevamos encima; somos más viejos, de algún modo.

Las torres han sido todas tomadas, salvo claramente la del centro.

Nadie se acerca, todos lo han intentado y, como nosotros, han sentido el terror insinuándose bajo la piel.

No sabemos lo que esconde esa torre, pero la única sensación que tenemos es de muerte.

Así que permanece allí, erecta, orgullosa, inviolada.

Parece aguardarnos, pero sabemos perfectamente que es solo una trampa para succionarnos de nuevo un poco de cordura.

Nos hemos preguntado qué tipo de Pertenencia puede ser, y no hemos logrado desentrañarlo.

Pero hasta que no se viole la última torre, esta agonía no tendrá fin.

De vez en cuando nos examinamos para ver si la Marca del Alma está progresando en nuestro cuerpo.

Obviamente no. Por lo demás, ¿qué podría contar sino que somos unos fracasados, irascibles e inmaduros?

Es más, a todos nos parece que la Marca se ha atenuado.

Tememos que se desvanezca para siempre, y nosotros con ella.

En cambio, las Tropas en el interior de las torres se pasean altaneras mostrando el cuello, para exhibir de qué modo su Marca se está volviendo cada vez más nítida.

Los Fundamentos encontrados incluso han obsequiado a algunos con una muestra de lo que podrá ser su Pertenencia, una vez la Lectora los haya Vinculado al poder.

Los hermanos Palacordio han empezado a probar qué significa ser un Ardefrío, después de que la Tropa de Paris haya tomado el Fundamento tanto de la torre del lago helado como el de la que está circundada por arena del desierto.

Es una Pertenencia primaria, recién nacida, que todavía no sabe andar sobre sus piernas, y sin duda los Palacordio no son capaces de enseñárselo.

Por lo tanto, se les da fatal. A veces se concentran durante cadencias y todo lo que sacan es una bocanada de humo; otras veces, por poco no incendian a sus compañeros, motivo por el que Paris los tiene en el exterior de la torre de los Trasladores, donde han emplazado su base estratégica.

Sospecho que esa torre también cuenta con un poder curativo para remediar sus errores.

No cabe duda de que la Tropa de Paris es la más fuerte: no tienen ni siquiera un rasguño, incluso después de los asaltos a las torres o de las batallas de defensa, en las que deberían de haber coleccionado algunos moratones.

Todos los que han conquistado las torres han empezado a evolucionar, volviéndose más y más parecidos a los Extrema Sangre.

Todavía hará falta tiempo, desde luego, y hasta que la Lectora no apruebe su poder no serán completos, pero por lo que nos atañe, ya nos parecen demasiado grandes y ágiles. Será difícil vencerlos.

Un chiquillo alto como una tina y seco como una escoba, que recuerdo haber sacado del agua en la gruta tembloroso y asustado, ahora es más alto que yo.

Creo que se llama Máximo Malacarne; está en la Tropa de la Palavicino.

Tomaron la torre de los Graves a mediados de lateluna.

Sus músculos son fuertes y la mirada desconcertada que tenía ha dejado paso a la confianza y la seguridad en sí mismo.

Cuando hace tres días me abatió con un golpe en pleno pecho —golpe que si hubiera estado en forma habría parado con facilidad— se disculpó.

Sé que lo hizo sin arrogancia, pero yo me sentí herido igualmente.

Solo un lateluna antes de entrar aquí dentro, ni siquiera hubiera tenido el valor de enfrentarse a mí.