31. Julieta #3
Romeo se muerde el labio. Todos sabemos que Benvolio lleva razón, pero después de lo que Romeo hizo en la gruta, también sé que pensará en esos Iniciados heridos durante días.
Al doblar la esquina, topamos con ella de frente: la torre de las enredaderas.
Pero no estamos solos.
Lo primero que veo es a un Iniciado con el pelo oscuro y la piel olivácea, a mitad de la pared de la torre, inmovilizado por las enredaderas que lo recubren casi por completo. Unos brazos por encima de él, está la única ventana por la que se puede entrar.
Lo reconozco: es Federico Palacordio. Su hermana está quieta en la base de la torre. Intenta averiguar cómo ayudarlo.
Esta es la Tropa de Paris.
El hijo de Escalo, rodeado por sus compañeros, nos da la espalda.
—Podemos lograrlo —susurra Teobaldo.
Incluso Terencio asiente. Se ha recobrado del todo desde que nos hemos alejado de la Torre central.
Pero entonces uno de los soldados de Paris se gira. Lisandra Corvato. Silba, haciendo que los demás también se den la vuelta.
—Me preguntaba qué había sido de vosotros —dice, con su voz ronca—. Esperaba que no yacierais ya en el suelo, así puedo ocuparme yo.
Paris nos pasa revista y su mirada se detiene en Baltasar. Sonríe.
—Lo lamento —dice—, pero esta torre es nuestra.
—Todavía no —le responde Mercucio, y se lleva la espada delante del pecho a modo de saludo para un duelo.
Paris se lo devuelve inclinando la cabeza.
Aprieto la mano alrededor de la empuñadura de mi espada. Rememoro las enseñanzas de Netria. A mi lado, Terencio empuña su hoja a dos manos.
—No es Lumioscura —comenta—, pero me las apañaré.
Romeo tiene la vista clavada en Lisandra.
—Tenemos una cuenta pendiente —dice.
—Saldaré la cuenta con mucho gusto —responde ella, esbozando una sonrisa.
Paris se gira hacia ella.
—No hagas daño a mi hermano.
—No —contesta Lisandra—. A él no mucho.
Y entonces pega un brinco hacia delante, seguida por sus propios compañeros, mientras Paris se queda atrás.
Creí que Lisandra atacaría a Romeo, y en cambio arremete contra Laurela, pero Terencio se interpone y para el golpe.
—Te voy a borrar esa maldita sonrisa —gruñe.
Ella retrocede un paso, usando la misma fuerza de Terencio para desequilibrarlo, y acto seguido contraataca.
No tengo tiempo de seguir sus movimientos, porque un Iniciado intenta un fondo hacia mí.
Lo desvío golpeando la punta de su espada.
—¿Eso pretendía ser un fondo? —digo.
Un escalofrío me recorre el cuerpo, desde la nuca hasta la punta de los dedos. Es la lúcida emoción del combate. Como si se apoderase de mí, como si quisiera actuar por mí.
Mis músculos se mueven instintivamente. Siguen la memoria de solasterios de duelos con Netria.
Coloco la hoja a la altura de mi mejilla, la punta girada hacia el Iniciado, llevo un pie hacia delante y roto el busto imprimiendo fuerza desde el costado y el hombro.
Lo golpeo en el centro del triángulo que tiene en el pectoral y él se desploma con un lamento, asombrado.
—Esto es un fondo —sentencio. Hay arrogancia en mi voz. No lo puedo evitar. Me gusta.
Me giro para mirar a Teobaldo, que controla a dos Iniciados mientras Florencia gira a su alrededor buscando una abertura en su guardia.
Benvolio está luchando contra la hermana Palacordio. Retrocede con cada parada.
Alena voltea, su melena pelirroja se abre a su alrededor como la cola de un pavo real. No está luchando: está bailando. Esquiva los golpes. Es rápida, pero no lo suficiente.
El Iniciado al que se está enfrentando la regatea y le da en el brazo derecho, que se inmoviliza. Se le cae la espada, pero antes de que toque el suelo Alena pirueta sobre sí misma agachándose y la agarra con la mano izquierda. Sonríe y retoma el combate como si no hubiera ocurrido nada.
Amleto ruge. Sigue esquivando los golpes adversarios.
Todavía no ha alzado la espada. No le sirve.
Se agacha, apoya las palmas de las manos en el suelo, rota sobre sí mismo y alarga una pierna, efectuando un barrido, y su adversario se cae al suelo de espaldas.
Solo entonces Amleto toca delicadamente su triángulo con la punta de la espada.
Romeo está retrocediendo frente a dos Iniciados. Logra mantenerlos a raya, pero parece distraído. Amleto se precipita a echarle una mano.
Lisandra debe de haber golpeado a Terencio en la pierna, porque el gigante solo consigue andar a duras penas mientras la Corvato lo supera para atacar a Laurela.
Esta para un golpe. Una parada perfecta: el brazo en línea con la espada, el movimiento recto y no en arco.
—Luchas de manera elegante, Valfiero —dice Lisandra—. Pero la elegancia no está hecha para la guerra.
Le asesta un golpe tras otro. Laurela está agotada, Lisandra es demasiado rápida. Demasiado impetuosa. Demasiado fuerte.
—Ya basta —dice Laurela en un momento dado.
Lisandra se ríe con sarcasmo.
—¿Es una orden, mi señora?
Luego desciende la espada sobre el gorjal de Laurela, que abre los ojos como platos, sin respiración. El segundo golpe, directo al corazón, la manda al suelo, paralizándola.
Oigo un grito. Baltasar está en apuros. Me precipito hacia él, pero no llego a tiempo: su adversario lo golpea en las piernas y él se cae.
—¡Hermano! —grita, pero Paris no responde.
Me enfrento al Iniciado. Empuña la espada con las dos manos. Es fuerte. Retrocedo hasta que mi espalda choca con alguien. Me giro para esquivar al nuevo enemigo, pero me encuentro frente a Romeo. Él me mira y asiente. Somos dos contra tres, pero podemos lograrlo.
Mercucio está al lado de Alena. Se ríe mientras lucha.
Busco a mi primo. Florencia se está alejando de la escaramuza, le han dado en ambos brazos. En cambio, Teobaldo se ha librado de sus adversarios.
Benvolio está en el suelo y se lamenta.
Terencio lucha contra Lisandra; ahora su brazo izquierdo pende inerme, pero él parece no darle importancia.
Esquivo un ataque, golpeo a mi enemigo en el estómago y luego hago deslizar la hoja abajo hacia el muslo. Su pierna cede de golpe y él se cae de rodillas. Lanzo una mirada a Romeo. Uno de sus enemigos está en el suelo. Bien.
Y entonces pierdo el equilibrio porque mi pierna derecha se vuelve pesadísima. Maldita sea. Me giro y golpeo en el pecho al adversario que me ha dejado coja. Mejor asegurarme.
Echo un vistazo por encima del hombro. Si Lisandra sigue así, dentro de poco Terencio también caerá.
—Teobaldo —grito—, ¡ayúdalo!
Mi primo dirige una mirada a Terencio y me parece que se encoge de hombros. Le trae sin cuidado.
Mientras Terencio intenta sobrevivir contra Lisandra, Teobaldo alcanza a Florencia. No tiene sentido, ella ya está a salvo.
—¡Tenemos que tomar la torre! —oigo gritar a Mercucio.
El Iniciado que está luchando contra mí se me acerca. Romeo me mira y luego mira a Terencio.
—Ve con él —le digo, y aprieto los dientes.
Romeo hace un gesto de asentimiento.
—¿Estás segura?
Asiento. Luego profiero un rugido: me cuesta moverme por culpa de la pierna bloqueada, pero todavía puedo luchar. El furor de la batalla no me deja sentir el cansancio.
Esta… Esta no soy yo. Está sucediendo de nuevo, como aquella noche. Siento mi cuerpo vibrar, la furia me colma.
Pero hay una parte de mí, escondida detrás del estruendo y del deseo de herir y de derribar enemigos, que me dice que estoy pasando algo por alto.
Paris.
¿Por qué no está luchando junto a sus compañeros?
Todo a mi alrededor está atenuado, mi deseo de luchar devora todas las cosas, todas las voces, todos los movimientos que no estén destinados a aniquilar al enemigo.
—¡Teobaldo! —¿Esa es la voz de Mercucio?—. Ayúdame a subir, todavía podemos lograrlo.
—¿Y hacerte de taburete? —Mi primo se ríe—. Jamás.
¿De qué hablan?
Tanto da. Ataco. Envisto. Vuelvo a atacar. Es como si ni siquiera notara el peso de mi pierna inmovilizada.
Derribo a mi adversario.
—¡Julieta! —Mercucio me está llamando.
Me. Está. Llamando.
Alzo la mirada. Está en la base de la torre; un resplandor azul desaparece en el interior de la ventana. Federico Palacordio está en el suelo. ¿Cómo se ha caído? Las enredaderas se mueven, se agitan. Cortadas.
—Ayúdame —grita Mercucio—. ¡Tenemos que subir!
Teobaldo se está acercando a la torre, pero despacio, como si la estudiase. No quiere quedarse atrapado. Es orgulloso, demasiado.
Romeo está defendiendo a Terencio; él y Lisandra blanden las hojas a la velocidad del rayo, cada golpe es un grito de odio, y lo veo recular, cansado y herido. Lisandra lo desequilibra y un golpe en el pecho lo deja fuera de combate.
Me vuelvo a poner en pie y lucho contra el deseo de ensañarme con el Iniciado que está en el suelo frente a mí. Debería reunirme con Mercucio, defender a Terencio, hacer razonar a mi primo.
Pero ya es demasiado tarde.
Un grito de triunfo se alza por encima de lo que queda de la batalla.
Paris.
Debe de haber trepado y ahora está en la ventana de la torre. Sonríe, triunfante. En la mano sostiene una esfera de bronce.
—La torre es nuestra —proclama, mientras la cumbre de la estructura se ilumina como si decenas de antorchas se hubieran encendido de golpe.
Debajo de él, las enredaderas se abren, revelando una puerta—.
El Fundamento es nuestro —dice, alzando la esfera de modo que todos podamos verla—.
Habéis perdido. Tomad a vuestros caídos e iros, si no queréis acabar como las demás Tropas.
La fría calma de la derrota me cae encima; el furor de la batalla, el deseo de sangre, me abandona.
Miro las cimas de las demás torres. Todas están iluminadas.
Si no hubiese querido ir a la Torre central, si solo hubiésemos llegado antes, lo habríamos logrado.
Y en cambio hemos perdido. Ha sido culpa mía.