31. Julieta #2
Sin embargo, Teobaldo no me escucha. No se detiene. Corre a más velocidad todavía.
Da un salto y sobrevuela la grieta mientras mi corazón se detiene… Pero lo logra, aterriza cerca de mí con una cabriola y me lanza una mirada apenas se vuelve a poner en pie. Retomo la respiración.
Y luego, tal como empezó, el Movimiento termina, pero la tierra bajo nosotros todavía gorgotea mientras la Pertenencia de los Arquitiempos de la que toda la Aldea está impregnada sella los abismos y los barrancos que se han abierto.
Si Teobaldo hubiera caído dentro, lo habríamos perdido para siempre. Él también lo sabe, y sin embargo permanece orgulloso e inmóvil. No quiere mostrar miedo, pero yo siento que su corazón late rápido.
—Si habéis acabado —dice Terencio, sacándose el polvo de los ojos—, tal vez deberíamos encontrar nuestra torre.
Inmediatamente, Teobaldo se aparta de mí.
Miro a mi alrededor: estamos todos vivos, pero el Movimiento nos ha asustado, nos ha dado una muestra de lo que nos espera en las próximas semanas.
Y la Aldea en la que nos encontramos ahora ya no es aquella en la que hemos entrado: el Movimiento ha redistribuido las torres y ha desparramado las ruinas, desbaratando cualquier posible plan.
Pero eso no ha detenido a las demás Tropas, por lo que parece, porque se oyen los primeros ruidos de los combates. Alguien debe de haber empezado a luchar. Imagino que eliminar a los enemigos es una buena manera de asegurarse una torre.
Desafiando al viento, Mercucio se encarama sobre una pared casi íntegra y señala una torre que, si el laberinto de callejones en el que nos encontramos no nos engaña, debería de quedar bastante cerca.
Tiene la estructura espigada, ahusada. En altura, podría casi competir con la Torre central, pero esta, en lo alto, tiene un techo cónico con tejas azules como el cielo de verano.
—Vamos allí —dice.
Apenas acaba de pronunciar la frase, oímos un grito de terror: un Iniciado pasa como una bala en paralelo a la torre, arrojado hacia arriba como si… de repente careciera de peso. Luego ralentiza el vuelo hasta detenerse y empieza a caer.
Así que a eso es a lo que se refería mi tía cuando hablaba de las defensas de las torres.
Oímos otros gritos procedentes de esa torre, y una chica corre la misma suerte que el primer Iniciado, lanzada por los aires. Espero que haya alguien para atraparla al vuelo.
—Vamos para allá —dice Teobaldo—. Estarán demasiado ocupados intentando entrar para reparar en nosotros.
—Pero si logran superar las defensas, solo habremos perdido el tiempo —le responde Benvolio—. Y estaremos a merced de un nuevo Movimiento.
—¿Y entonces qué propones, Alto Maestro? —Lanzo una mirada a Teobaldo, pero él me ignora.
—Sigamos explorando, vayamos a otra torre. —Benvolio señala la que está cubierta de enredaderas—. No me parece que haya nadie allí, por ahora. A lo mejor, si nos damos prisa, logramos ser los primeros. —Empieza a ponerse en marcha.
Un tercer Iniciado sale disparado como una flecha.
—¿Te da miedo luchar? —lo escarnece Teobaldo.
—Esperad —me entrometo.
Los gritos han cesado. Señalo la torre ahusada, mientras las ventanas arqueadas bajo el techo se iluminan.
—La hemos perdido —susurra Romeo.
—Pues vamos a la torre de las enredaderas —continúa Benvolio—. Es la que queda más cerca.
—No. —Todos se vuelven hacia mí.
—¿No? —Benvolio alza una ceja.
—Corremos el riesgo de acabar en la misma situación. A estas alturas, hemos perdido demasiado tiempo. Vamos allí —propongo apuntando con el dedo.
Hacia la Torre central.
—Vosotros, Capuleto, sois todavía más idiotas de lo que creía —dice Terencio—. Es gigantesca, pero desde la colina ni siquiera se veía una entrada.
—No. —Romeo lo hace callar—. Tal vez Julieta tenga razón: aquí todo es un enigma, y quizá la entrada esté escondida. Nadie irá allí porque creen que no hay posibilidad de acceder. Y además… —Romeo tiene la vista clavada en la cima cortada de la torre, negra como la noche más oscura— allí hay algo.
—Oh —comenta Teobaldo—. Allí hay algo. Ahora tendremos que fiarnos del instinto del gran Romeo Montesco, el primer perdedor que ha pisado la tierra de la Academia.
Romeo lo ignora.
—Tú también lo notas, ¿verdad? —me pregunta.
Mercucio ladea la cabeza y nos mira con interés.
Romeo tiene razón: yo también lo noto, como si esa torre me aguardase.
No es una llamada propiamente dicha, sino una sensación, como si ese fuera el lugar correcto en el que estar.
Me pregunto si no se trata de otra ayuda de parte de Netria, como el puñal que me hizo ocultar antes de la Congregación.
Pero entonces ¿por qué Romeo también lo nota? ¿Le hizo algo mientras combatía con él?
Mercucio enarca una ceja, pero luego sonríe.
—Probemos —dice, y se baja de la pared de un salto.
En efecto, cuando alcanzamos la plaza principal de la Aldea, somos los únicos.
La Torre central se recorta frente a nosotros, imponente.
Parece una hoja negra clavada en la tierra: ahora me doy cuenta de que está ligeramente inclinada.
No es vertical, es diferente de cualquier construcción que yo haya visto jamás.
Romeo está concentrado observándola, completamente abducido.
Como ya anunció Terencio, no hay ventanas ni portales. Un bloque perfecto de piedra negra.
—¿Y ahora? —pregunta Benvolio.
—Ahora entramos —digo.
Me acerco. Empiezo a recorrer el perímetro de la plaza, pero en ninguna parte logro vislumbrar una abertura en la torre. ¿Y si me he equivocado?
Desde esta distancia, ni siquiera parece una torre de verdad. Se asemeja más a una estribación de roca.
Mientras tanto, la cumbre de otra torre al Oeste —debe de ser la del centro del lago— se ilumina. Ha sido conquistada.
—¿Y bien? —pregunta Laurela—. ¿Has encontrado algo? ¿O solo nos has hecho derrochar unos valiosos esimios?
Niego con la cabeza y doy un paso sobre la base.
Solo uno, porque se me corta la respiración, se me retuerce el estómago y una náusea me golpea como un puñetazo. Luego llega el dolor.
No físico, sino en mi interior. Como agujas desesperadas que me traspasan y me dicen que todo es inútil y que moriremos y yaceremos en el barro, cadáveres a merced del viento y de la arena, y todo lo que quedará de nosotros será el recuerdo de un sufrimiento.
Abro la boca, pero no logro gritar.
—Por la diosa, Julieta —dice Laurela—. Si te vas a quedar ahí embobada, ya voy yo.
Ella no lo sabe, no ha visto nada, no ha notado nada.
Laurela se encamina hacia la torre y entra en la plaza.
Y entonces grita y se deja caer al suelo, con lágrimas surcándole el rostro. Hunde los dedos como si quisiera escarbar en la piedra y veo claramente cómo se le rompen las uñas, las manos entumecidas, el rostro deformado por la desesperación.
Como en el banquete.
Se cubre los ojos con tanta fuerza que temo que se romperá los huesos y se araña la cara. Grita como si la garganta fuera a desgarrársele y se muerde los labios hasta que sangran.
Eso es lo que me estremece. Eso es lo que me empuja a agarrarla, aunque Teobaldo intenta impedírmelo.
Grito ahora, y ni siquiera me parece mi voz, como si estuviera fuera de mi cuerpo, pero lo consigo, la agarro.
La alzo a fuerza de brazos y ella se aferra a mí como una niña presa de una pesadilla sin fin. Esconde el rostro en mi cuello.
—No quiero pudrirme —chilla.
Hasta que Teobaldo nos saca a ambas de la plaza a rastras.
Y entonces volvemos a respirar, Laurela cesa de gritar y ambas nos quedamos así durante lo que parece una eternidad, con la mirada perdida en el vacío, mientras Teobaldo me rodea con los brazos y me grita que me he arriesgado y que no debería haberlo hecho, hasta que me recupero.
Miro a Romeo. Está inmóvil, como si ni siquiera respirase. Tiene los ojos cerrados, así como los labios. El pelo le enmarca la cara y la torre proyecta sombras en su rostro como haría el sol.
—¿Qué ha ocurrido? —susurra Florencia. Se mantiene bien alejada de la base que rodea la torre, pero incluso eso es suficiente para hacerla temblar.
—Este lugar está maldito —dice Benvolio. No le está respondiendo a ella. Afirma lo que todos tememos. Él tampoco tiene ninguna intención de acercarse.
—Debemos irnos —dice Amleto—. Aquí no hay nada para nosotros.
Me he equivocado. No seremos nosotros los que entremos en la Torre central. Mi tía no me ha ayudado. He hecho perder el tiempo a mi Tropa. Agacho la cabeza.
—Lo siento —digo.
—¿Ahora queréis escucharme? —pregunta Benvolio.
Seguimos a Benvolio por los callejones, hacia la torre con las enredaderas.
Solo debemos esperar que ahora no se verifique un Movimiento.
Doblamos a la derecha y luego a la izquierda y nos encontramos frente a un callejón sin salida, una pared de ladrillos unidos con barro, de la misma altura que las casas a lado y lado.
—Qué extraño —dice Benvolio—. Habría jurado que este era el camino.
—Quizá no eres tan listo como crees, a fin de cuentas —comenta Teobaldo.
—Volvamos sobre nuestros pasos —ordena Mercucio—. Busquemos otro camino.
Y es ahí donde encontramos los cuerpos. Trece Iniciados yacen inmóviles sobre el empedrado; algunos han perdido el conocimiento, otros se lamentan por el dolor.
Los triángulos grabados en sus armaduras relucen débilmente.
Uno de los Iniciados tiene el rostro reducido a una máscara de carne y la sangre se esparce debajo de él.
Laurela aparta la mirada y yo compruebo que todavía respira.
—No podemos matarnos —dice Baltasar—. Pero eso no significa que no podamos sufrir.
Veo que Romeo se entretiene; puede que quiera ayudarlos.
—No forman parte de nuestra Tropa —dice Benvolio—. Sigamos adelante.
—Benvolio —lo llama Romeo.
—Ya hemos perdido bastante tiempo y no podemos socorrerlos. Ahora no, Romeo.
Este lo mira de hito en hito.
—No hay nada que podamos hacer por ellos, con el próximo Movimiento que se avecina.