31. Julieta
Julieta
Estamos todos reunidos delante del portal septentrional del edificio y Netria señala la Aldea que nos queda debajo, encerrada dentro de una alta muralla construida formando un círculo perfecto:
—En la Aldea hay trece torres, dedicadas a los poderes de las diversas Pertenencias, y cada una cuenta con un Fundamento y está defendida por la propia Pertenencia.
Aguzamos la vista para observar lo que está señalando.
En el centro de la Aldea, en una plaza, se eleva una torre completamente negra.
Es la más alta de todas; sus paredes parecen talladas en obsidiana, por cómo reflejan los rayos del sol, y su cumbre es lisa y oblicua, como si una espada titánica la hubiera cortado de un plumazo.
No tiene ventanas, y no consigo ver ni siquiera una entrada.
Las demás torres, en cambio, despuntan entre los edificios en ruinas que abarrotan la Aldea.
Una está completamente recubierta de enredaderas; otra nace en el centro de un espacio arenoso; otra más, al otro extremo de la Aldea, surge, en cambio, de un lago helado…
Mientras mi mirada vuelve a la Torre central, me parece ver unas calles circulares que se alejan de esta como los círculos que deja un guijarro en un lago, poco más que callejuelas estrechas que separan los edificios entre las torres.
De repente, nos sobresalta un estruendo sordo que se hace cada vez más fuerte. Miramos a nuestro alrededor, no entendemos de dónde procede.
De la Aldea.
Me quedo boquiabierta.
Las torres se mueven, excepto la Torre central, aquel monolito negro, que permanece inmóvil.
Las torres giran a su alrededor y con ellas los edificios, y las piedras y las paredes se derrumban y los ladrillos se desprenden de las torres.
Entorno los ojos: si los edificios siguen a las torres en su movimiento, entonces debe de haber una estructura subyacente, como…
—Anillos —susurra Benvolio.
Lo miro con una leve sonrisa: sabía que él también lo habría averiguado antes que los demás.
Sobre el anillo más exterior, el que bordea la muralla, hay dos torres, una frente a la otra, y rotan en el sentido de las agujas del reloj.
Si nos alejamos de la muralla, en el segundo anillo, seis torres se mueven en sentido antihorario, pero no logro entender con qué criterio están posicionadas. Eso si hay alguno.
El tercero y el cuarto, los más cercanos a la torre inmóvil, cuentan cada uno con dos torres situadas una enfrente de la otra. El tercero rota en sentido horario; el cuarto, en la dirección contraria.
Entonces, lo que he confundido con calles estrechas no pueden ser sino puntos en los que…
—Los anillos se rozan. —Benvolio da voz a mis pensamientos.
Esta vez echo a reír.
—¿Qué pasa? —me pregunta él, un poco mosca.
—Por eso los edificios se derrumban: es como un terremoto —le digo.
—Lo sé.
—Sé que lo sabes.
Esta vez me sonríe él, pero solo por un batimiento. Luego se acuerda de que somos enemigos, aunque a estas alturas espero que únicamente lo crea él.
Después de un esimio, las torres se detienen: su disposición y la de los edificios es completamente distinta que antes. Debe de ser casi imposible orientarse en la Aldea, pues el único punto de referencia fijo es la Torre central.
Poco a poco, todos los Iniciados caen en la cuenta de lo que ha ocurrido y, por primera vez, Netria muestra una expresión satisfecha.
—Será vuestra instrucción para las Catástrofes: al verificarse los Movimientos, los anillos rotan y la tierra tiembla, y las torres aguardan a sus dueños.
Dentro de poco, los Rápidos os conducirán a las veinte entradas de la Aldea, una para cada Tropa.
Al tañido de la campana entraréis y conquistaréis vuestra torre.
Allí tendréis comida y un lugar para descansar: será vuestra fortaleza y vuestro hogar.
Benvolio alza la mano, como un colegial. Tiene la mirada dudosa.
—Somos veinte Tropas, pero habéis dicho que hay trece torres… —comenta.
En su voz está la pregunta que todos nos estamos haciendo, pero me temo que ya conozco la respuesta.
—Deberéis ganaros el derecho a vuestra torre dando prueba de vuestro valor: las Tropas más merecedoras serán las que triunfarán por encima de las adversarias y las que lograrán obtener el Fundamento, la piedra que controla la Pertenencia y que os permitirá despertarla en vuestra sangre.
Cuantos más Fundamentos conquistéis, mayor será vuestra gloria…
Y sí, Benvolio Montesco, para anticiparme a tu siguiente pregunta: aun en el caso de que hayáis conquistado un Fundamento, eso no impedirá a las demás Tropas sustraéroslo.
Solo cuando todas las torres estén conquistadas, la rotación se detendrá, y la Tropa que haya conquistado más Fundamentos será elegida vencedora.
Hasta ese momento, ninguno de vosotros podrá abandonar la Aldea.
—Pero… ¿por qué? —murmura Baltasar. Lo miro: con el brazo que tiene, la idea de acabar en medio de un combate debe de aterrorizarlo. Su hermano Paris también debe de pensar lo mismo, porque veo aprensión en su rostro. Pero ahora pertenecen a Tropas distintas, son rivales.
—Nada, en la Academia, carece de objetivo —dice Netria.
—¿Ni siquiera los muertos? —pregunto. «¿Y ni siquiera los niños sepultados en el corazón de la roca?», pienso, pero me lo guardo para mí.
—Ni siquiera los muertos —me responde, fría—. Quien tenga más Fundamentos en su posesión —continúa como si no hubiera habido ninguna interrupción— sabrá que cuenta con ventaja en el Vínculo que decretará quién se convertirá en Extrema Sangre y quién deberá ofrecer su sangre a Alyaster.
El silencio se abate sobre nosotros: muerte, muerte y solo muerte. Eso trae la Academia. Y luego Netria pronuncia las últimas palabras:
—Ahora id: no dejaréis la Aldea hasta que las torres estén conquistadas.
—Así que debemos luchar contra nuestros compañeros —dice Baltasar unos esimios más tarde.
Los Rápidos nos han acompañado frente a un portal de piedra que se abre en la muralla de la Aldea. Ahora que estamos cerca, advierto que los demás edificios no son más que ruinas, como si el pueblo hubiera sido devastado por una Catástrofe.
—Ya no son nuestros compañeros —dice Teobaldo—. Debes entenderlo, si no quieres acabar mal: son nuestros enemigos, todos.
—Cuánto hablas —comenta Terencio—. Creía que el Capitán de nuestra Tropa era Mercucio Volterra, no Teobaldo Capuleto.
—Al menos, cuando yo hablo no lo hago a través de mi pene.
—¿Tienes envidia? —responde Terencio, antes de soltar una carcajada.
Pongo una mano en el brazo de Teobaldo.
—No podemos permitirnos matarnos entre nosotros —digo—, no antes de haber conquistado una torre.
Mi mirada se dirige a la Torre central. Es tan imponente que debe de ser visible desde todos los rincones de la Aldea.
—Basta, Terencio —dice Romeo. Sujeta su espada con fuerza, tan fuerte que los nudillos se le han vuelto blancos. La humillación sufrida por culpa de Netria todavía debe de escocerle. Ahora, Terencio guarda silencio.
—Por fin —interviene Alena—. Abrazaos y dejadlo ya, si queremos tener una posibilidad.
Mercucio asiente.
—Debemos actuar como una Tropa unida, ¿lo habéis entendido? —Su mirada nos pasa revista.
—Los lobos siguen a su líder —asiente Amleto. Empuña su espada del revés, como no he visto nunca hacer a nadie, si no es para jugar. Me pregunto qué entrenamientos siguen en el Norte.
—Las torres son todas distintas —dice Benvolio—. Tenemos que averiguar cuál es más útil conquistar.
—Y debemos ser rápidos —responde Mercucio. El sol hace resplandecer su melena rubia. Frente al portal de piedra, parece un héroe de las leyendas.
Y entonces el portal se abre, y nosotros trece irrumpimos en la Aldea.
Corremos a lo largo de la calle principal, con la grava bajo nuestras botas.
Un viento gélido nos azota la piel, arremolina arena a nuestro alrededor y nos hiere los ojos.
Grita y ruge como una bestia feroz, nos enviste con su odio.
Nos arrimamos a las paredes para protegernos, como si la Aldea quisiera rechazarnos, pero el portal detrás de nosotros ya está cerrado a cal y canto.
Me estremezco al darme cuenta de que si no encontramos un lugar seguro cuanto antes, nos quedaremos a merced de las inclemencias del tiempo.
De un momento a otro podría ponerse a llover, o podría desatarse una tormenta.
Baltasar está acurrucado contra una columna derrumbada, se aguanta el brazo pegado al cuerpo y se agacha en el último instante, cuando una tabla de madera, a estas alturas podrida, pasa como una bala por encima de él arrastrada por el viento.
Si hubiera llegado a golpearlo, tal vez estaría muerto.
Alena hace ademán de alcanzarlo, pero Folco está más cerca.
Mi primo rodea los hombros del joven Aguaviva y lo protege con su propio cuerpo.
—No podemos quedarnos aquí —gruñe Amleto.
—¿Adónde vamos? —grita Laurela, que intenta hacerse oír por encima del viento.
A derecha y a izquierda se extienden callejones y ramales; tenemos que averiguar cómo llegar a una torre antes que las demás Tropas. Entonces, de alguna parte, un pájaro lanza su aviso de advertencia y una bandada alza el vuelo, asustada por algo más tremendo que la tormenta.
El repiqueteo de una campana.
Un batimiento más tarde, la tierra a nuestros pies tiembla, retumba y se mueve. Ha empezado un Movimiento.
La rotación nos hace perder el equilibrio y nos caemos al suelo. Los anillos chirrían unos contra otros, como si toda la Aldea chillase de dolor, un gigante herido que intenta en vano volver a ponerse en pie.
Allí donde los anillos se rozan, las paredes se derrumban. Al rotar, las estrechas calles dejan de existir y nacen nuevos callejones. Veo a Teobaldo esfumarse delante de mí cuando el anillo en el que me encuentro se mueve en una dirección y el suyo se desliza en la opuesta.
Mi primo corre hacia mí, pero la tierra frente a él se parte por la mitad, revelando un barranco negro dispuesto a engullirlo.
—¡Quédate ahí! —grito.