Romeo y Julieta Untold: La última congregación 30. Julieta #2
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30. Julieta #2

En el tercer día volvemos a correr, pero esta vez Netria usa sus poderes, y un escalofrío me recorre la espalda al pensar cuántos Rápidos se han sacrificado solo para permitirnos entrenar. Tengo que esforzarme, tenemos que esforzarnos, para que su Tiempo no sea un despilfarro.

Corremos siguiendo el perímetro del campo y Netria evoca a nuestro alrededor sombras que nos asaltan; debemos esquivarlas y evitar que nos den, debemos deslizarnos por debajo de ellas y saltarles por encima.

A quien golpean, quien toca la sombra, regresa a los bloques y salta.

Las sombras son los Incorpóreos, nos explica Netria mientras corremos: luchar es el último recurso; el objetivo es alcanzar la Asonancia.

Es por eso por lo que corremos, supongo.

Por la noche, mientras dejo que el agua de la pila me desentumezca los músculos, lo comprendo.

Nos está empujando al límite y esto sirve para entrenarnos, cierto.

Y nos está instruyendo para luchar y al mismo tiempo nos explica por qué.

Pero por encima de todo nos está transformando en autómatas.

Como aquellos egipcios, de los que se dice que pueden moverse solos y emitir sonidos.

Actuamos porque ella nos lo dice; no tenemos tiempo para pensar, no tenemos tiempo para hablar entre nosotros, no podemos hacer nada más que no sea ser esclavos de nuestro cuerpo.

Y nuestro cuerpo es un arma.

En el cuarto, quinto y sexto día, volvemos a luchar, pero siempre entre nuestra Tropa.

Netria no quiere que nos enfrentemos a los demás, y no entiendo por qué.

A estas alturas podría recitar de memoria los ataques de Alena, sé cómo superar la defensa de Benvolio, intuyo cuándo está Teobaldo a punto de hacer una finta, presiento cuándo Romeo quiere acortar distancias y cuándo la lucha corre el riesgo de volverse más una reyerta que un duelo.

Observo las técnicas desconocidas de Amleto, quien si pudiera ni siquiera usaría la espada, uso la fuerza de Folco contra él para ganar ventaja, esquivo los fondos de Laurela, que es la mejor dando en el corazón.

Y sé que ellos me observan y aprenden cómo lucho. Tal vez esa sea la mejor manera de conocer a una persona: enfrentarse a ella en un duelo. Se comprende quién intenta guiar el juego y quién prefiere quedarse en la defensa, quién se lanza en ataques a bocajarro y quién espera el momento oportuno.

Luchamos durante cadencias, cambiamos de compañeros hasta que nos hemos enfrentado a todos, hasta que Netria decide que es suficiente y que hemos cometido errores, que nos cuestan otras vueltas al campo.

Quiere destrozarnos, porque solo destrozándonos la sangre podrá cantar. No hace más que repetirlo, y después de estos días casi empiezo a creer que no se trata de una crueldad, sino que nos está ofreciendo un regalo.

Y uno tras otro nos desplomamos, extenuados como el primer día, abrazamos la tierra y dejamos caer las espadas, inspiramos el olor húmedo de la hierba, nos quedamos mirando el cielo y ya no sentimos nada.

—Mañana —dice Netria, indiferente a nuestro sufrimiento—. Mañana entraréis en la Aldea y os enfrentaréis a la guerra. Y no saldréis de allí hasta que no se termine.

—¿La guerra? —Su voz se parece más a un lamento, pero solo Benvolio puede tener la energía de pedir explicaciones en este momento.

—Al amanecer, en la vertiente norte del edificio, se os explicará todo. —Netria nos abandona así, un ejército de esqueletos en el campo de instrucción. Me pregunto si la hemos decepcionado, y si nuestros resultados son justo lo que se esperaba.

Esta es, pues, la última noche. Ignoro lo que es la Aldea, ignoro lo que es la guerra, pero sé que ya no puedo aplazarlo más: si quiero cumplir la promesa que le hice a Puck, tengo que ir a verlo hoy. Por lo que hemos vivido, podría ser la última vez.

Aguardo a que sea tarde, a que todos descansen, y no debo esperar mucho.

Aunque lo único que desea mi cuerpo es quedarse tumbado, no puedo permitirlo.

Para no echarme atrás, ni siquiera me quito el uniforme, me quedo exactamente como estaba durante la instrucción.

Me escabullo del claustro y sigo el camino que recorrí para ir a ver a Netria.

Es probable que mi tía no me haya pedido que le devuelva el anillo porque cree que podría usarlo de nuevo para volver a visitarla, pero ¿cómo podría ayudarme?

No tiene respuestas para mí, y durante la instrucción ha hecho de todo para hacerme comprender lo poco que cree en nuestra Tropa.

Puede que ella también piense que nosotros, los Capuleto, deberíamos ocuparnos de nuestros asuntos, pero no es lo que yo pienso.

Si la Aldea es dura, como nos ha dado a entender, no tengo ninguna intención de transformar a mis compañeros en enemigos, a pesar de que se supone que lo son desde antes de que yo naciera.

No, usaré el anillo para saludar a un amigo.

Abro el pasaje hacia las escaleras y luego procedo hasta la cuarta planta, me detengo frente a la pared y trazo el círculo.

La roca obedece a las órdenes y me encuentro en la gruta. Como la primera vez, parece deshabitada. Solo me acoge la estatua de la Lectora, y casi me gusta pensar que se alegra de mi presencia aquí.

Doy el primer paso sobre el musgo mientras detrás de mí la puerta de piedra se vuelve a cerrar.

—Soy yo —susurro, y mi voz reverbera contra la bóveda y se propaga por las alcobas.

Puck asoma la cabeza desde una de las que están más abajo.

—¡Sabía que eras tú! —Intenta hablar en voz baja, pero no logra contener la emoción.

—¡Sssh! —espeta una voz desde una de las alcobas a media altura. Cuando alzo la mirada, veo que es una niñita que no debe de tener más de ocho o nueve solasterios, con el pelo castaño pegado a la frente—. Aquí no queremos problemas —dice.

No puedo evitar sonreír.

—Ya hablas como una adulta —le digo.

—Los adultos no hablan —sentencia ella, antes de desaparecer detrás del pequeño parapeto de piedra.

—Has tardado mucho —me dice Puck, cuando al fin me alcanza—. Ya creía que no volverías.

—Te lo había prometido, perdóname, pero esta semana nos han instruido mucho. Y a partir de mañana será peor: no sé qué quieren hacernos, pero parece peligroso. —Señalo las manchas de hierba y barro que se notan a pesar del color vino de mi uniforme, pero Puck no me escucha.

Su mirada está completamente absorta en algo. Ay, es verdad…

Me desabrocho la espada del costado y la deposito frente a mí.

—¿Quieres verla?

El niño asiente con la cabeza y se acerca más.

Casi puedo oír cómo los otros contienen la respiración mientras él acorta la distancia.

Acaricia la empuñadura y la vaina, intenta alzarla, pero pesa demasiado para él.

Debe ayudarse de ambas manos para desenvainarla, porque todavía es demasiado larga para sus brazos.

Pone todo su empeño y al fin lo logra. Su rostro muestra una sonrisa triunfante.

Saborea la gloria; casi veo los sueños que se perfilan en sus ojos mientras sujeta con fuerza la espada.

Por un momento, me recuerda a Teobaldo de pequeño, cuando mi padre insistió para que empezara a instruirse. Fue el mejor día de su vida, cuando recibió su primera arma.

Dale una espada a un niño y será feliz. Tanto da si en realidad es un prisionero —en una gruta o en la telaraña de su familia—, cuando sostenga la empuñadura, tendrá la sensación de ser capaz de derrotar a cualquier enemigo.

—¿Es tuya? —me pregunta.

Asiento con la cabeza.

—¿Pero tuya de verdad?

—Es una espada de instrucción, así aprendemos a luchar.

Él continúa observando el arma. El llamacero del que está hecha refleja el falso cielo estrellado por encima de nosotros.

—¿Crees que yo también podría aprender?

Se me cierra el estómago mientras le alboroto el pelo.

—Claro —digo.

No sé si es por mi tono de voz o porque Puck ya sabe demasiadas cosas para su edad, pero su mirada me hace mucho más daño que cualquier tortura a la que nos haya sometido Netria estos días.

—He dicho una tontería, ¿verdad? —me dice. No espera a mi respuesta—. Nunca podré aprender a luchar ni a vivir aventuras. No estoy aquí para eso: me cortarán la lengua y me raparán el pelo. Solo de esa manera me iré de esta gruta. Así será para mí y para todos los dem…

No acaba la frase, porque lo abrazo. Lo estrecho contra mi cuerpo como nadie hizo conmigo y mantengo mi mano en su pelo. No quiero que vea la lágrima que me resbala mejilla abajo. La primera, pero no la última.

Nos quedamos así durante un esimio y siento la respiración de Puck, que se adapta al ritmo de la mía. Se sorbe la nariz; no soy la única que llora.

—Pero al menos así ya no estaré obligado a quedarme aquí dentro: los niños pequeños son una lata —dice cuando se aparta de mí.

Se limpia la nariz con la manga y esboza una sonrisa.

—Nacimos para servir, siempre lo he sabido —continúa—. Y es mejor esto que lo que habría sucedido si me hubiera quedado fuera de aquí. Tengo comida, puedo ver las estrellas y tengo amigos —dice—. Te tengo a ti.

Me dejo caer sobre una roca como si el mundo se derrumbara sobre mí, un peso que no tiene nada que ver con los entrenamientos de estos días.

Puck apoya su mano sobre la mía. Alzo la mirada.

El niño me tiende la espada.

—Si mañana es tan peligroso como dices, no te mueras. Por favor.