30. Julieta
Julieta
Moverse y luchar con la armadura puesta no es difícil.
Me doy cuenta de ello el primer día de entrenamiento, cuando esquivo la hoja de Terencio.
Empuña la espada con las dos manos y la desciende con fuerza sobre mí, pero en el último momento cambia de dirección, la retira e intenta un fondo.
Solo necesito una rotación para esquivarlo.
Él sonríe.
—Bien hecho, Pelirroja.
Curvo la comisura de los labios.
—¿Qué te había dicho? —Salto hacia delante, aparto su arma con la empuñadura de la mía y trazo un tajo de abajo arriba, intentando darle en el costado—. No me llames Pelirroja.
Netria detiene mi espada con la suya. Está a nuestro lado y ni siquiera me había percatado. Es velocísima, como todos los Extrema Sangre.
—Golpearlo en el costado le hará daño, Julieta, pero deberías haber atacado por la dirección contraria. Con la ocasión que tenías, habría sido mejor apuntar al corazón. Es la mejor manera para enviar a un Incorpóreo al infierno de donde ha venido.
—He actuado por instinto —respondo.
—Quizá ese sea el problema.
Desde que fui a hablar con ella, desde que descubrí que la Academia esconde todavía más secretos de los que pensaba, y desde que decidió demostrar su propia fuerza con Romeo, siento que nuestra relación es distinta. No sé si ella me ha decepcionado a mí, o yo a ella.
—Y, de todos modos —añade en voz alta—, no estáis aquí para bromear, sino para entrenaros.
Esta mañana los Rápidos han ido a llamarnos al amanecer para traernos al campo de entrenamiento.
Las veinte Tropas al completo, todos los Iniciados supervivientes. Nos escrutábamos de lejos, intentábamos averiguar quiénes eran los más fuertes. La respuesta, la única posible, es que no éramos nosotros.
En sus uniformes color zafiro, los compañeros de Paris parecían listos para enfrentarse a una armada de Incorpóreos.
Incluso Lisandra se mostraba orgullosa y resultaba casi envidiable.
Al menos hasta que le ha dado un empujón a Federico Palacordio porque, según ella, la privaba del dulce sol de la mañana.
La orden de Netria ha sido sencilla: correr.
Correr alrededor del campo de entrenamiento hasta que las piernas fueran capaces de sostenernos.
Y así hemos empezado, y durante las primeras vueltas a la valla de madera y alrededor de los bloques de piedra que dan a la hierba la apariencia de un enorme tablero, incluso ha parecido simple.
Luego el sudor ha empezado a resbalar por nuestras espaldas. A cada vuelta, oía a Terencio renegar en voz baja, y a cada reniego lo seguía una risita de Laurela y, por lo tanto, un mohín de Florencia.
Pero, cadencia tras cadencia, también los reniegos han ido menguando hasta que se han apagado.
Me quemaban los muslos, temía que mis rodillas cedieran a la siguiente curva, el sudor en los ojos me impedía ver bien, notaba sabor a hierro en la boca, tenía ganas de vomitar.
Pero Netria no nos ha dado tregua.
—¡Continuad! —ha gritado—. ¡Corred como si vuestra vida dependiera de ello!
Baltasar se ha caído, no podía más, las venas de su frente parecían a punto de estallar, y Netria no ha movido un dedo.
Sin embargo, Folco no ha dudado: a pesar de la mirada de Teobaldo, que se ha dignado a echar un vistazo atrás por un batimiento al oír el batacazo y el estertor del joven Aguaviva, Folco se ha agachado, lo ha ayudado a levantarse, se ha colocado el brazo de Baltasar en los hombros y ha retomado la carrera, con más lentitud que antes.
Al cabo de un batimiento, a su lado también estaba Alena, que lo espoleaba a seguir.
—Tienes dos piernas, Baltasar, úsalas —ha dicho. Pero no con malicia, al contrario.
Han continuado corriendo juntos, los tres, despacio pero sin detenerse. Los lisiados, los últimos de entre todos los Iniciados. Y sin embargo, por un batimiento, me han parecido los más fuertes.
Al menos hasta que Benvolio les ha sacado una vuelta y los ha adelantado, con la mirada fija al frente como si ni siquiera existiesen.
Su espíritu de abnegación raya la locura: es como si quisiera llevar a cabo cualquier deber lo mejor posible. Como si la meta fuese lo más importante, aun a costa de correr solo.
Al terminar, me he desplomado en el suelo, con las palmas de las manos sobre las briznas de hierba que me punzaban la piel como pequeños cuchillos.
Por un batimiento, todo se ha vuelto oscuro mientras mis músculos aullaban de dolor.
Un espasmo en el estómago me ha hecho doblarme en dos y he tosido.
Si hubiera comido algo, lo habría devuelto, pero solo he sentido arcadas sordas.
Y una mano que se ha apoyado en mi hombro.
He alzado la mirada. Por costumbre, he pensado que vería a Netria. En cambio, era Romeo.
—Al menos no nos han hecho correr justo después del banquete —ha dicho. Él también tenía un color cetrino, pero se esforzaba por sonreír.
He aceptado su mano y me ha ayudado a volver a ponerme en pie.
—Me sabe mal que mi tía te agrediera ayer.
—Estoy acostumbrado.
—Igualmente, me sabe mal.
En ese momento, Florencia se ha arriesgado a pedir agua, y a su petición han seguido otras. Ninguno de nosotros bebía desde el día anterior, y es probable que hubiéramos sudado lo suficiente como para dar envidia al Adigio.
Netria se ha reído:
—¿Creéis que podréis pedir agua durante una Catástrofe?
—Durante un tifón, a lo mejor —ha comentado Mercucio.
A veces nuestro Capitán es totalmente incapaz de mantener la boca cerrada.
Se ha ganado una mirada de Netria, pero nada más: Mercucio puede estar un poco como una cabra, pero nadie, ni siquiera una Alta Maestra, pondría en duda su preparación ni sus dotes.
—Nada de pausas, tomad la espada —ha concluido Netria, cortando de raíz cualquier posibilidad de reposo.
Y así nos ha puesto uno contra otro, y yo he acabado contra Terencio, a batirnos en duelo hasta que el sol ha llegado a lo alto encima de nosotros.
Después de haberme reprendido delante de todos, Netria da una palmada, una vez, y todos nos detenemos.
—Os he observado —dice, negando con la cabeza—. Ninguno de vosotros duraría ni un esimio contra un Incorpóreo.
Pasamos lo que queda de tarde repitiendo los movimientos que Netria ejecuta frente a nosotros.
Por un batimiento, me parece que he regresado al Palacio de los Capuleto, a cuando ella me daba lecciones de esgrima.
Pero en casa jamás me pasé seis cadencias ensayando cortes con un cambio de dirección un momento antes de golpear y fondos capaces de atravesar el corazón sin posibilidad de error, o haciendo cabriolas al caer hacia atrás para poder volver a ponernos en pie y atacar sin herirnos solos, o aun pasarnos la espada de una mano a la otra usando la hoja como una segunda empuñadura, todo con un juego de piernas que culmina en un puntapié.
Cuando al fin llega el atardecer, ya no somos Iniciados: somos encarnaciones de músculos desgarrados y costillas resquebrajadas, moratones y arañazos y rasguños que arrastran los pies hacia los claustros de las respectivas Tropas.
Al ver la glicina, la mera idea de que dos noches atrás pude treparla hace que me duelan los huesos, desde los dedos de las manos hasta los de los pies, y cuando alcanzo la sala principal de nuestros aposentos, solo logro tomar una manzana antes de llegar trastabillando a mi habitación.
Me imagino que, si fuera una Rápida, en este instante me quedaría frita, pero no lo soy. Solo puedo tumbarme y reflexionar, rememorar lo que ha sucedido hoy, intentar vaciar la mente. Sin embargo, el pensamiento de los Rápidos no me deja: debería volver a ver a Puck, se lo prometí.
Pero no esta noche; si intento alzarme, mi cuerpo me implora que no lo haga.
Me quedo así, en mi diván, esperando que los músculos se fortalezcan y que los moratones pierdan color, y solo a altas horas esbozo una sonrisa, cuando oigo a Laurela y a Terencio, que procuran no hacer ruido.
Pero no sonrío por ellos, por más que sea increíble de dónde sacan la energía a pesar de la jornada.
Sonrío por lo que ocurrió en el balcón, mientras ellos estaban dentro.
En el segundo día, Netria no nos hace correr toda la mañana: nos pide que saltemos por encima de los bloques de piedra, altos como nosotros. No podemos tomar impulso ni podemos usar las manos para trepar. Podemos solo concedernos doblar un poco las rodillas antes de pegar el brinco.
Quien no lo logra debe ponerse a correr, quien falla un salto debe ponerse a correr, quien cae debe ponerse a correr, quien se queja debe ponerse a correr.
Estoy tan sumamente cansada que no logro ni siquiera enfadarme, como si la bestia en mi interior estuviese dormida.
Todo mi cuerpo está concentrado en el pequeño movimiento de las piernas, en el desplazamiento repentino del peso, en el golpe de riñones necesario para alzarme por los aires y caer con los pies firmes sobre la roca.
Y funciona: consigo saltar la primera vez y también la segunda, mientras oigo que Alena reniega y Amleto gruñe; supongo que es lo más similar a un grito de alegría que podemos esperar de él.
Teobaldo sigue saltando como si el resto del mundo no existiera.
Se ha colocado junto a Mercucio y está librando una competición que ve solo él.
Florencia, en cambio, ya ha empezado a correr, con la cara roja más por la vergüenza que por el esfuerzo, y pronto la sigue Baltasar.
El único que no parece tener problemas es Folco.
No sé si es porque su cuerpo está más desarrollado o por otra razón, pero para él parece pan comido: cuatro cadencias más tarde, todos estamos corriendo alrededor del campo de entrenamiento, y él es el único que ha quedado saltando esos malditos bloques.
Mi mente está tan agotada y rendida que no sé si tenemos más suerte nosotros, que debemos correr, o él, que debe saltar.
Estoy tan al límite que cuando Netria vuelve a hacernos ejercitar con las espadas, me tomo esas cadencias como una bendición.