Romeo y Julieta Untold: La última congregación 29. Julieta #3
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29. Julieta #3

—Tía —digo. Quisiera decir que ha sido culpa mía, que debería castigarme a mí, si quiere echarle la culpa a alguien, pero la voz se me apaga en la garganta.

Porque ella lo sabe, es justamente lo que está haciendo: su sobrina salvó a un Montesco, contravino las Leyes de la familia, la decepcionó.

Y ahora no será la única que pagará el precio.

Netria me lanza una última ojeada, y luego ella también coge una espada. Da un salto adelante, rapidísima. Es casi imposible seguir sus movimientos.

¿Es así como lucha un Extrema Sangre?

Y sin embargo Romeo logra dar un paso atrás y desvía la hoja en el último momento.

—¡Bien hecho! —exclama Terencio, antes de que Benvolio lo haga callar. Pero no es el único: entre los Iniciados, muchos se dejan llevar con gritos y vítores, más de sorpresa que para dar ánimos.

Romeo coge la espada con las dos manos, la sopesa por un batimiento mientras esquiva un golpe y luego contraataca. Es rápido, y hay un solo instante en que se ve que el miedo lo ha abandonado.

Es el mismo instante en el que mi tía titubea. Un ligero temblor de la mano, nada más.

Pero suficiente para permitir a Romeo asestar un golpe.

Yo jamás he logrado tocar a mi tía durante los entrenamientos.

Netria parpadea y se aparta a un lado un batimiento antes de que la hoja de Romeo la roce. Luego sonríe, y el temor que tal vez solo yo haya notado la abandona. A mi tía le encantan los retos, y ahora sabe que no debe contenerse.

Las hojas chocan y su estruendo resuena en el campo de entrenamiento. Unas espadas normales ya se habrían roto, pero estas son armas Edenitas, hechas para resistirlo todo.

Romeo intenta un corte lateral, pero mi tía se agacha y se desliza hacia delante. Golpea a Romeo con el pomo de la espada donde se encuentra el pectoral con el gorjal.

Noto que se le corta la respiración. Él se aparta a un lado e intenta golpearla desde lo alto, pero Netria lo para.

Espada contra espada, se quedan inmóviles por un batimiento; luego mi tía da un paso adelante haciendo resbalar su propia hoja con la de Romeo, abre por el flanco y lo golpea en el brazo derecho, un poco por debajo del hombro.

El llamacero de su armadura se estremece.

Romeo abre los ojos de par en par mientras el brazo de golpe le cuelga, como si estuviera privado de vida.

El sudor le perla la frente. No entiende qué está ocurriendo. Yo tampoco. Ninguno de nosotros lo entiende, ninguno de nosotros habla.

Romeo empuña la espada con la mano izquierda, para un golpe. Pero formaba parte del plan de Netria, porque ahora puede acortar la distancia y usar la fuerza de ambos brazos para hacer rodar la espada de Romeo hasta que la hoja toca el suelo.

Mi tía da otro paso, inmoviliza la punta de la espada adversaria con el pie y acto seguido prepara un ataque desde lo alto. Golpea a Romeo en el brazo izquierdo y de inmediato ese también se queda colgando, inútil. La espada se cae al suelo.

—De rodillas, Montesco —ordena.

Romeo no abre la boca. Tiene la mirada de un animal que preferiría morir antes que rendirse.

—De acuerdo —dice mi tía.

Un golpe en el muslo y la pierna izquierda de Romeo cede. Él intenta mantenerse en pie, pero un segundo golpe, en la otra pierna, hace que se desplome sobre las rodillas.

—¿Lo ves? No era tan difícil.

Mi tía alza la espada con ambas manos. Lo matará.

—¡Basta! —grito. Solo se oye mi voz ahora. Teobaldo se gira hacia mí, así como Laurela y Florencia, Mercucio y los compañeros de Romeo—. Basta.

Mi tía no me escucha. Baja la espada.

Y golpea a Romeo en el pecho, justo donde el triángulo señala la ubicación del corazón.

Con un batacazo, Romeo se cae hacia atrás.

Terencio grita. Benvolio aprieta los dientes. Lisandra vitorea; es el último sonido antes del silencio que contagia a los Iniciados de todas las Tropas.

Mi corazón cesa de latir.

Veo al gigante que quisiera saltar hacia delante, pero mi tía alza la mano, ordenándole que se detenga.

Luego Romeo reniega.

—¿Lo habéis entendido? ¿O queréis otra demostración de las armaduras de entrenamiento?

Por el rabillo del ojo, veo que la expresión de Benvolio se alivia.

—Pues claro… —susurra.

—Golpead una extremidad de vuestro adversario —dice Netria— y la Pertenencia de los Graves, de la que vuestra armadura está impregnada, hará que se vuelva tan pesada que le resultará imposible moverla.

Golpead el corazón, y esto sucederá en la armadura entera.

A los ojos de los Altos Maestros, estaréis muertos hasta el próximo amanecer, y vuestra Tropa pagará el precio por ello a su debido tiempo.

—La luz a su alrededor muta, se vuelve más rosada y dorada, como un sol naciente.

Poco a poco, Romeo se vuelve a poner en pie. Ahora tiene la mirada gacha. Primero pienso que es por el orgullo herido, pero cuando alza la cabeza me percato de que sus ojos queman de determinación.

—Ahora coged todos una espada y reuníos con vuestras Tropas —ordena mi tía—. Os entrenaréis una semana conmigo y luego estaréis preparados —dice.

—¿Para qué? —pregunta un Iniciado de la Tropa de Paris.

—Para la guerra.