29. Julieta #2
En el interior del cofre hay, en efecto, una armadura, pero mientras el Rápido frente a mí la extrae con reverencia, advierto que es distinta de todas las que he visto.
Parece de llamacero, como la de mi padre, pero cada parte está unida a las demás por cadenas de oro de anillos tan minúsculos que parecen hilos. En las grebas y los antebrazos, justo en el centro, se recorta un triángulo de oro, lleno. No… Entorno los ojos.
El triángulo no está lleno: en su interior hay diseñados otros triángulos, cada vez más pequeños, en una estructura que se repite hasta el infinito. De los vértices del triángulo, como las nervaduras de una hoja, se extienden otros hilos dorados que se unen a las cadenas.
Otro triángulo, igual que los demás, pero inscrito en un círculo negro como la obsidiana, resalta en el pectoral, justo a la altura del corazón. Es allí donde todas las nervaduras de oro conducen.
Aguanto la respiración: puede que sea solo una impresión mía, pero es como si de la armadura proviniese una suerte de respiración, de fondo, casi inexistente, un latido.
Pertenencia. Miro a mi alrededor, pero no parece que nadie más lo haya advertido.
Echo un vistazo a Romeo y veo que su Rápido lo está vistiendo.
Él está inmóvil, con los ojos cerrados. No sé si está resignado o concentrado.
Por cómo lo he visto comportarse, podrían ser ambas cosas.
Tiene razón: no podemos hacer más que dejar que los Rápidos cumplan su deber.
El que está frente a mí me tiende la greba derecha.
No tiene correas, sino una bisagra y un cierre a presión en el lado opuesto.
Está hecho para envolverme la pantorrilla.
Al cerrarse, me doy cuenta de que se adapta a mi cuerpo a la perfección, como si la hubieran confeccionado exclusivamente para mí.
El Rápido abrocha la segunda greba y luego el pectoral. Las cadenas de oro se adhieren a mis muslos, como si formaran parte del uniforme. Después llega el momento de los antebrazos y al fin del gorjal de metal, plano y lo suficientemente delgado para dejar al descubierto la Marca de mi Pertenencia.
Cuando está cerrada hasta la última bisagra, siento todo el peso del llamacero. No estoy acostumbrada: ahora entiendo el esfuerzo que debe hacer todo aquel que no sea un Grave cuando va a la batalla para enfrentarse a la Disonancia.
Pero es solo un batimiento, porque enseguida el peso desaparece. Es como si llevara puesto un vestido de seda. Una seda capaz de soportar cualquier ataque.
A mi lado, Teobaldo alza la cabeza, orgulloso. Me da una sensación extraña con la armadura, como si en su mirada viera la de mi padre. Casi como si quisiera demostrarme que hace poco me he equivocado.
No quiero verlo: centro mi atención en los demás.
Folco se comprueba las partes de la armadura, como si quisiera asegurarse de que no se desacoplarán de golpe y porrazo; Florencia y Laurela están una frente a la otra y ejecutan despacio los pasos en una danza silenciosa de la que es su secuencia de entrenamiento.
Mis ojos vagan hasta que encuentro a Romeo, con el pelo rozándole el gorjal de la armadura, y el llamacero que resalta su piel. Él me dirige una señal de entendimiento. Nos miramos así, distantes, por lo que parece una cadencia.
Entonces Terencio le da una palmada en el hombro que hace que se tambalee hacia delante.
—Mírate —le dice con su voz estentórea—. Ahora sí que estás de veras listo para morir, amigo mío.
Intento contener una carcajada, pero no lo logro por completo, porque Romeo se percata. Y se percata también Teobaldo.
Mi primo aprieta los labios.
—Incivilizados —dice.
—Venga ya, Teobaldo, ¿no estás siquiera un pelín contento?
—le pregunta Mercucio. Con los rizos rubios que destacan sobre el uniforme color vino y que parecen casi de la misma tonalidad que las cadenas de oro de la armadura, es lo más cercano a un caballero que se pueda imaginar.
Si esta fuese su leyenda, estaría preparado para matar a un dragón y salvar a una doncella.
Los Rápidos esperan a que estemos vestidos del todo y luego nos conducen al exterior del edificio de la Academia, a la luz de la mañana, a lo largo de una senda marcada por antorchas que atraviesa el destacamento del segundo recinto, hasta el campo de entrenamiento.
—No veía la hora de escupir un poco de sangre sobre estas bonitas margaritas —oigo que dice Alena.
Ahora entiendo por qué la primera vez que lo vimos nos pareció un tablero gigantesco: es enorme, sembrado de bloques de roca cuadrados tras los que poder esconderse o por los que poder trepar, cercado por una valla de madera que debe de haber sido construida doblando troncos de árboles gracias a los Arquitiempos.
El campo está abarrotado. Todas las Tropas están aquí, con sus uniformes zafiro o esmeralda, color ámbar o amatista, y todos los Iniciados tienen nuestra misma reacción.
Porque en la tierra del campo de entrenamiento hay clavadas decenas de espadas, como lápidas que pueblan un cementerio. ¿Qué significa?
¿Tendremos que combatir entre nosotros? ¿Matarnos? ¿Quizá lo que el Decano quería decir era que podríamos estar tranquilos solo mientras nos curaban?
No tenemos tiempo de hacer conjeturas, porque una ola de murmullos anuncia la llegada de alguien. Miro a mi alrededor, más allá de las cabezas de los Iniciados, en balde.
Las Tropas se alargan para abrirle paso a mi tía Netria.
No, la Alta Maestra Netria viene a nuestro encuentro. Lleva puesta una armadura como las nuestras.
Oigo que un Iniciado susurra:
—Esta es la hermana de la Lectora.
—Y también es una Capuleto.
Amleto me mira con sus ojos rojos. Me imagino que ahora él también ha comprendido que somos una de las familias favoritas de Alyaster.
—La Lectora ya no es una Capuleto —le explico.
—Lo sé —responde él—. Ella es… otra cosa.
—Silencio —ordena Netria. Su voz nos constriñe a todos a observarla; las sombras que arrojan las antorchas se inmovilizan a su alrededor, como si su luz se comportase de un modo distinto en su presencia.
Debe de ser un truquito de poca monta para mi tía, pero es suficiente para captar la atención de todo el mundo.
En el silencio, resuena solo su voz:
—Romeo Montesco. —Pero advierto que, al llamarlo, mi tía me está mirando a mí. De la mirada comprensiva a la que estaba acostumbrada no queda ni rastro.
Romeo alza la cabeza enseguida, con los ojos fijos en ella.
—Coge una espada —dice mi tía.
—Por fin —oigo murmurar a Teobaldo.
Mi corazón late a más velocidad mientras Romeo, en silencio, se aparta de nuestro grupo, los Iniciados, y camina hacia mi tía.
—¿Tienes miedo, Montesco? —dice una voz. Miro a mi alrededor: es Lisandra. La sonrisa que tiene estampada en el rostro es todavía más inquietante por la locura que le aviva la mirada. Esa mujer vive para ver derramar la sangre—. Te la hará pagar —dice.
¿Es posible? ¿Es eso lo que está a punto de ocurrir?
—Coge una espada, Montesco —ordena Netria.
Sin que deban repetírselo, Romeo extrae una hoja de la tierra. Desde la empuñadura hasta la punta, la recorre una serie de triángulos dorados que se sobreponen como los anillos de una cadena.
—Bien —dice mi tía—. Veo que no te falta coraje. Ahora veremos si te mereces esta vida que te han ofrecido.
Es por la muerte de Sansón. Está a punto de castigarlo.