29. Julieta
Julieta
—¿Qué ocurrirá ahora? —oigo preguntar a Folco.
Creo que no hace mucho que ha amanecido.
Estoy apoyada en el diván de Teobaldo, en su habitación, y estamos todos aquí, todos los Capuleto y Laurela, a quien Florencia ha arrastrado.
Después de lo que Romeo y yo hemos presenciado esta noche, estoy bastante convencida de que preferiría estar en la sala con los demás.
Tengo los ojos cerrados; la verdad es que no he descansado mucho estas últimas cadencias: la visita a mi tía, Puck y luego el encuentro con Romeo me han dado bastante en que pensar.
Todavía tengo entre las manos la esfera que me dio Netria.
Acaricio sus ranuras con las yemas de los dedos; la consistencia lisa y a la vez porosa que solo tienen los huesos.
Mi madre…, me pregunto por qué quiso que yo la tuviera: la Academia es un lugar en el que hacerse adulto, no un sitio donde traer juegos para niños.
—¿Julieta?
Abro los ojos. Folco se ha sentado a mi lado sobre el pavimento.
—No sé qué ocurrirá —respondo. Lo cojo de la mano y al hacerlo oigo que Teobaldo resopla, pero lo ignoro.
—¿Crees que ya se ha acabado? —pregunta Folco.
—No, pero, pase lo que pase, lo afrontaremos juntos.
Somos Capuleto, recuérdalo. —Él baja la mirada, no está convencido—.
Bueno, Ardefrío, ¿eh? —le digo señalando la Marca en su cuello.
Me pregunto si es culpa de mi sangre, pero las líneas sobre la piel parecen pequeñas heridas con el borde irregular—.
Era de esperar. —Intento distraerlo, porque cuando lo volví a ver en la Congregación me di cuenta de que es como si algo en su interior se hubiera roto y el miedo se hubiera instalado en su ánimo.
Sin abandonarlo nunca más. Y sin embargo, ahora que tiene la Marca debería tranquilizarse, pues ha evitado la transformación en Selfiera.
Al menos por algunos latelunas, pero para entonces él ya habrá recibido el Vínculo, no me cabe duda.
Folco esboza una sonrisa.
—Ardefríos, Leviantes, Graves: la espina dorsal del ejército —dice, pero no suena muy convencido.
—Debemos mantenernos alerta —tercia Teobaldo, con los codos apoyados en la mesa en la que nos hemos sentado. Aparta una manzana mordisqueada y echa un vistazo a la puerta, como si Romeo Montesco, su archienemigo, pudiera irrumpir aquí de un momento a otro para agredirlo.
—¿Por qué? —pregunta Laurela. Yo alzo una ceja y ella desvía la mirada mientras un ligero rubor le colora las mejillas.
Por lo que parece, incluso Florencia se percata, porque se muerde el labio en silencio.
Teobaldo, en cambio, no parece sospechar nada de lo que ha sucedido en la habitación con balcón.
—Porque —le responde Teobaldo, sin siquiera desviar la vista— hace centurios que los Montesco traman nuestra destrucción, y me temo que la manera en que los demás Iniciados miran al joven Romeo, junto con su amistad con el sobrino de la Primera Voz, puede provocar que se pongan gallitos. Me pregunto qué nos tienen reservado.
—No seas estúpido —le responde Folco.
—¿Y encima soy estúpido, Folco? —La voz de Teobaldo es la encarnación del sarcasmo—. Después de la que montaste tú, ¿el estúpido soy yo ? Vamos a ver, ¿y eso por qué?
Conozco a Teobaldo demasiado bien para no entender que, desde la primera noche de la Congregación, está llegando a su límite, y esta ristra infinita de vejaciones que estamos sufriendo, y que ha encontrado una minúscula tregua solo en las últimas cadencias, lo está extenuando cada vez más.
Yo sé que no es estúpido ni irreflexivo, pero también veo que hay algo en su interior que se agita y lo atormenta, y me da miedo que antes o después se desate, con terribles consecuencias.
También me da miedo que mis elecciones de los últimos días lo hayan empujado todavía más al abismo.
—El Decano dijo que desde la formación de las Tropas nadie podrá volver a matar, y esta es la Tropa de Mercucio. Él es nuestro Capitán y no creo que quiera problemas.
—Cierto —responde Teobaldo, alzando los ojos al cielo—. Como si la única manera de matar a alguien fuera cortarle la garganta directamente…
—En mi opinión, estás exagerando —se entromete Laurela.
Se está trenzando el pelo con una soltura que yo jamás tendré: es como si sus dedos supieran con exactitud qué movimientos hacer sin que ella deba pensar en ello ni siquiera un batimiento.
Un gesto que lo más seguro es que haya repetido todos los días desde que era una niña, porque ese pelo tan liso, y brillante como la obsidiana, es la Marca de su familia, así como los ojos almendrados, que, percibo sin dificultad, de vez en cuando vigilan la puerta.
Pero no por la misma razón que Teobaldo: desde la sala acaba de llegar, estrepitosa como siempre, la carcajada de Terencio.
Al parecer, también lo advierte Florencia, que en cambio se muerde el labio. Probablemente para impedirse decir algo mezquino y, como siempre, del todo superfluo.
Laurela, por otro lado, la ignora y prosigue:
—A mí me da la sensación de que se están comportando bien y que no tienen ninguna intención de hacer daño a nadie. Más bien… diría que están poniendo todo su empeño para ayudarnos a cada uno de nosotros.
—Y luego soy yo el estúpido… —masculla Teobaldo—. Tramar está en su naturaleza, siempre ha sido así. Tal vez para ti sea distinto, Laurela, pero nuestra familia ha padecido sus maquinaciones durante centurios.
—Bueno… —Laurela alza los hombros—. Si tuvieras razón, Teobaldo, de todos modos, no tendríamos nada que temer: Capuleto y Valfiero unidos pueden resistir cualquier ataque.
—Desde fuera, sin duda —dice mi primo—. ¿Pero desde dentro? —Y entonces me clava los ojos.
Siento una opresión en el pecho. Sabía que este momento iba a llegar. Intento armarme de valor.
—Si tienes que decirme algo, dilo en voz alta —le respondo, procurando mantener la voz firme.
—Habrías podido hacerlo matar y en cambio preferiste condenar a Sansón. Tu primo.
Y ahora nos envuelve el frío. Noto sobre mí la mirada de Florencia y la de Folco.
La espera de una respuesta por mi parte flota en el aire y sé que no puedo decir la verdad.
No puedo hablar de los sentimientos que dieron vida a mi corazón en el momento de la elección, porque todavía no estoy segura de que esos sentimientos me pertenezcan.
Y porque me parecen algo que, por ahora, debe mantenerse custodiado como un valioso secreto.
En cambio, tengo que dar prueba de racionalidad y estrategia, como un auténtico Extrema Sangre. Como mi padre.
—Es simple —respondo entonces—. Romeo me salvó la vida, y la de todos vosotros.
Bien mirado, si no hubiese sido por nosotros dos, habríais muerto todos en aquella sepultura de agua, por no hablar de que fue él quien eligió a Folco, cuando todos los demás ya lo daban por muerto.
Sansón, en cambio, era inestable. Era estúpido; ahora lo podemos decir en voz alta…
—No sé qué me está dando. Quería mantener la calma, quería mostrar autoridad, pero en lugar de eso, a medida que hablo me doy cuenta de que me invade la rabia.
Como un fuego que parte del estómago, me quema por dentro y desea salir—.
Era un idiota que nos habría podido condenar a todos solo para sentirse poderoso por un batimiento.
Ni siquiera se merecía llamarse Capuleto.
—¡Pero era uno! —prorrumpe Teobaldo, con un rugido que, en cualquier otro momento, me habría hecho recular.
Y en cambio ahora, cuando él se levanta de un salto, yo hago lo mismo.
Nos miramos a los ojos—. Era sangre de tu sangre —continúa, y abre y cierra los dedos de la mano como si tratase de empuñar un arma imaginaria.
—Era un idiota que también me habría matado —digo entre dientes—. ¿Te habría convenido, Teobaldo? ¿Es esto lo que tratas de decir? —Su rostro está a un palmo del mío, pero no me muevo—. ¿Lo habrías aceptado sin problemas, y quizá incluso lo habrías felicitado?
—Me habría ocupado yo a su debido tiempo. Te lo prometí —susurra él.
—Soy yo la hija de Reinaldo Capuleto, Teobaldo. No tú. Recuérdalo —le ordeno—. Puedo ocuparme de lo que me atañe.
—Serás su hija, Julieta, pero no sabes nada —me contesta él, escupiéndome estas palabras—. No sabes qué significa hacerlo todo por esta familia.
Quería sonar altivo, pero en su voz hay tristeza, y ahora me avergüenzo de mí misma. Me siento sucia. Sé que tengo razón, sé que hice la elección correcta, pero también sé que no quería herir a mi primo. No quería.
Pero antes de que pueda hacer algo para remediarlo, la puerta de la habitación se abre.
—A ver, me haríais un grandísimo favor si no os matarais entre vosotros. —Mercucio sonríe desde el umbral—. Creía que los Capuleto estabais todos unidos, y en cambio me parece asistir a una pelea de gallos… Sin ofender, Julieta.
—¿Qué quieres? —le gruñe Teobaldo.
—Tenéis que venir a ver una cosa. —Mercucio se hace el misterioso, pero enseguida comprende que no es el momento—. Los Rápidos están aquí. Amleto dice que nos piden que bajemos.
Lanzo una mirada a Teobaldo y luego sigo a Mercucio. Detrás de mí, oigo venir a los demás, Folco y Teobaldo los últimos. Hermanos, y sin embargo tan distintos.
Cuando descendemos del claustro, nuestra Tropa está al completo.
Nos miramos entre nosotros. No sabemos qué está a punto de ocurrir y entonces, como una procesión, los Rápidos empiezan a entrar.
Debe de haber uno para cada uno de nosotros.
Tienen los músculos contraídos y las frentes empapadas de sudor por el esfuerzo: cada uno transporta un cofre de madera y metal tan grande como los hombros de Terencio, taraceados con decoraciones de plata y oro. Pero ninguno de ellos flaquea.
Un Rápido se detiene frente a mí. Deposita el cofre y abre la tapa, revelando su contenido.
—No necesito ninguna armadura —oigo exclamar a Terencio.
—¿Qué clase de diablura es esta? —pregunta Folco.
Como si los Rápidos pudieran respondernos.