Romeo y Julieta Untold: La última congregación 28. Romeo #3
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28. Romeo #3

Se estremece y se ruboriza de fervor. Se percata y con la mano hace ademán de colocarse el pelo detrás de las orejas, pero lo tiene demasiado corto.

Ese gesto me hace entender que no siempre lo ha llevado así, que quizá antes era largo y brillante.

Y sin embargo no logro imaginármela si no es así, con los mechones de cobre mal cortados, las pequitas por todas partes, la nariz ligeramente torcida y algo alargada y la boca…

Me detengo. ¿Qué estoy haciendo? Me levanto y me apoyo en la balaustrada poniendo un utilísimo espacio entre nosotros.

—Te oí gritar cuando la eligieron. Para su familia es un honor. —Julieta vuelve a Rosalina, como si ese momento en el que ha revelado sus deseos no hubiera existido. La entiendo. Hablar de amor aquí no tiene mucho sentido.

—No quería convertirse en una Vestal —respondo—. Y no quiere a su familia. —Me sale una voz un poco ronca y recalco bien las últimas palabras—. Rosalina no es una Corvato. Es solo Rosalina.

—Entiendo. ¿Así que podemos liberarnos de nuestras familias?

Estaría muy bien. —Veo que su expresión se pierde un poco en un pasado ignoto para mí—.

Sí, estaría la mar de bien —dice, cuando sus pensamientos regresan al balcón—.

Estaría bien que nuestra herencia fuese de objetos que pueden tocarse y no de sentimientos que seguimos manipulando según sus deseos.

Estaría bien no amar por la sangre y no odiar por la misma razón.

También poder escoger qué ser. En quién convertirse.

Pero es la familia la que nos ha hecho crecer, de ella hemos recibido nuestra primera Marca, de la sangre de nuestras…

—se interrumpe y se le humedecen los ojos con algo de dolor— madres…

—Se vuelve a detener. Traga saliva. Ha dicho la palabra «madres» como podría decirla yo, con soledad y mucho pesar, tal vez vergüenza, porque se ruboriza ligeramente.

Hace esfuerzos para reprimir las lágrimas.

Me pregunto qué la ha herido tan profundamente.

Traga saliva. Se sienta cruzando las piernas.

Respira rápido y veo que se le contrae la mandíbula—.

Cada antecesor nuestro ha creado un nudo tan pequeño que es invisible y tan duro que resulta indestructible, y cada nudo se ha unido al sucesivo en una trama muy similar a una red de pesca.

Y NOSOTROS somos los peces, enjaulados dentro del mar.

Convencidos de que podemos nadar, pero obligados a permanecer prisioneros.

—Respira hondo para sosegarse, pero no creo que la respiración haya surtido el efecto esperado, porque continúa hablando más furiosa que antes—.

No quiero ser ni mi padre, ni mi madre, ni aquellos que vienen antes o después de mí, quiero ser solo Julieta.

—Aprieta los puños—. Querría ser solo Julieta, pero ni siquiera nuestros poderes son nuestros.

Ni siquiera esos podemos elegir. La sangre canta la canción que ella quiere.

Yo quiero cantar mi canción. No la de los demás.

Quiero tomar mis decisiones. No las del Coro, ni del Libro, ni de la diosa, ni de mi padre.

Quiero un poder que sea mío, no una Pertenencia cuyo dueño no se sabe quién es.

Pertenencia porque te «pertenece» a ti. ¿O porque es de la diosa?

¿O bien significa que nosotros le pertenecemos a ella?

¿O, todavía peor, y si yo no quisiera todo ese poder?

¿Y si no quisiera continuar viendo a Iniciados muriendo a mi alrededor?

¿O encontrar a niños encerrados dentro de capullos a la espera de que les corten la lengua para convertirse en nuestro alimento?

¿Y si no quisiera «pertenecer» a ninguna maldita raza o Estirpe? ¡¿Y si solo quisiera ser LIbrE?!

Y luego grita. Una ráfaga de viento sale despedida de ella, impetuosa, destructiva, fría como el hielo. Me empuja al fondo del balcón. Ella se alza del pavimento de manera imperceptible, pero veo claramente que no está encima de la piedra, porque cuando vuelve a caer oigo el ruido.

¿Qué. Ha. Sucedido?

Se lleva una mano al pecho. Veo que jadea.

Me mira con los ojos muy abiertos y ya no reprime las lágrimas.

Llora haciendo espasmos con los hombros.

Y grita. Y vuelve a llorar. No sé qué hacer.

Entonces mi cuerpo se mueve sin que la razón lo gobierne y corro a abrazarla.

La estrecho, la mezo como hacía mi nodriza conmigo.

Ella se me aferra. Con fuerza. Nos quedamos quietos, con el frío viento que sigue dando vueltas a nuestro alrededor.

Cerrándonos en un capullo. Y por un batimiento somos libres.

—¿Habéis acabado de armar todo ese jaleo ahí fuera? —grita Terencio desde la habitación.

Nos desternillamos de la risa. Y reímos. Y reímos.

¿Ahora somos nosotros los que armamos jaleo? ¿No él, que lleva cadencias gruñendo y aullando?

Y nosotros reímos. Y reímos. Y reímos. Sin poder parar.

La temperatura vuelve a ser templada. Los sonidos reverberan en el aire, tanto los de la noche como los de la habitación.

Nos tumbamos de nuevo uno al lado del otro y seguimos mirándonos, mientras una extraña vergüenza se instala entre nosotros.

Y entonces volvemos a observar las estrellas.

Y yo tengo la impresión de que no he dejado de mirarla.