28. Romeo #2
—No, no lo sé. Pero puede que no tenga mucha importancia.
No hay motivo para el odio. Crece como una mala hierba: cuanto más intentas desarraigarla, más se propaga, y al final, cuando ocupa más que las flores, más que las plantas, la miras y piensas que aquello es lo que decora tu jardín, lo que hace que sea esplendoroso.
—Se levanta dándome la espalda—. Mi padre explica a menudo cómo los Montesco lo convirtieron en huérfano.
Él no era más que un niño, pero los vio luchar por las calles de Verona.
Se escondió detrás de un carro. Tembloroso.
Asustado. Cuando lo encontraron estaba tan mugriento que tenía el rostro irreconocible.
Estuvo escondido allí debajo casi toda una noche, empapado en la sangre de sus padres, que habían corrido hasta él, sumiéndolo en un horror que me cuesta trabajo imaginar.
Escalo promulgó leyes duras, y la mayor parte se dictaron por nuestra guerra familiar.
Fue el último homicidio entre nuestras casas.
Mi padre os odia por aquello; yo os odio porque así me lo enseñaron.
—Hace una pausa y se vuelve hacia mí—. ¿Y tú por qué nos odias?
Trago saliva. El relato de Julieta no debería afectarme.
Y sin embargo lo ha hecho. Pero aquel niño que llora, empapado en sangre, no es Reinaldo Capuleto.
O mejor dicho, ya no lo es. Tal vez desapareció esa noche, tal vez fuimos nosotros los que generamos el monstruo que es ahora, pero de aquel niño no quedó nada, solo el Extrema Sangre que mató a mi hermano Bastiano.
—No, Julieta, te equivocas. No fue el último homicidio. —Y mientras lo digo no pienso solo en mi hermano, pienso en el Valfiero; también él ha sido víctima de nuestra guerra familiar.
Veo que querría pedirme explicaciones, pero ahora no quiero hablar de mi hermano, no quiero alimentar mi odio con los recuerdos y el resquemor. No esta noche, y no con ella. Mañana, tal vez…
Me tumbo de nuevo para observar las estrellas mientras ella me observa a mí. Finjo que no me doy cuenta y no dirijo la mirada hacia ella. Ni siquiera cuando se tumba a mi lado. Pero hay una pregunta que sigue paseándose por mi cabeza y al fin resbala hasta mi boca:
—¿Por qué me elegiste? Estaba tu primo. ¿Por qué me elegiste a mí? ¿Un Montesco? —Arrojo la pregunta en medio de nosotros sin preocuparme por las consecuencias.
Ella continúa con los ojos puestos en el cielo.
—No elegí salvarte, elegí matar a Sansón.
La frialdad de su respuesta me coge por sorpresa.
—Si hubiera sido Teobaldo…
—Estarías muerto.
—Exacto.
Me pregunto si ha dicho la verdad. ¿Es solo por eso por lo que me salvó?
¿Porque yo era la alternativa respecto a alguien a quien ella quería matar?
Julieta es un misterio para mí. Yo, que deambulo continuamente entre las emociones de los demás, aunque no lo quiera, con ella me tropiezo.
No veo. No percibo. Julieta es indescifrable.
Puedo lanzar hipótesis, como cualquier otra persona que conozca la empatía, pero no hay colores.
No hay fragancias, paisajes, materiales, sonidos que me puedan indicar qué siente.
Solo está ella. A veces indefensa, a veces furiosa, a veces rabiosa, sarcástica, graciosa, aguda, descontrolada.
Vuelvo el rostro en su dirección e intento ver, vislumbrar, aunque sea una sola onda en el aire a su alrededor que me revele sus emociones. Pero el aire no se mueve ni una pizca.
Ahora le toca a ella percatarse de que la estoy mirando. Pero cómo se hace la loca. Continúa observando la noche.
—¿Y tú por qué elegiste a Folco?
¿Cómo puedo responder a esta pregunta? La verdad es confusa. Y ella, estando tumbada a mi lado, me confunde todavía más. Digo una media mentira.
—No me gusta tener deudas con mis enemigos. —Cosa que es verdad, pero no es ese el motivo por el que Folco está vivo.
—Exacto —dice, respondiendo lo mismo que yo, y también se coloca las manos detrás de la cabeza.
—¿Dónde has estado? —pregunto. Me pica la curiosidad. Y tampoco soporto el silencio entre nosotros. Me vienen ganas de llenarlo con pensamientos inadecuados.
Se debate entre mentirme o no.
—¿Sabías que aquí hay niños?
—¿Niños? —Creo que la he entendido mal.
—Niños. Pequeños Rápidos. Viven en una especie de cueva similar a una colmena, dentro de cobijos cual capullos de oruga.
No es normal que en un lugar como este haya criaturas tan indefensas.
Por lo que he entendido, serán los futuros servidores de la Academia.
He sentido una gran tristeza por ellos. Están obligados a vivir una vida que otros han decidido. Sin poder elegir.
—¿Acaso crees que para nosotros es distinto? Mira a Baltasar, constreñido a llevar en el cuerpo la culpa de su familia, o a Amleto, que vive en un lugar donde te enseñan a cazar Iniciados que solo tenían demasiado miedo de acabar aquí dentro, o…
—O a los Montesco y a los Capuleto, constreñidos a odiarse, o a las Corvato, forzadas a convertirse en una Vestal y una asesina.
Creo que no ha mencionado ese nombre al azar.
—¿La amas? —Me lo pregunta con sencillez, como si realmente lo quisiera saber.
Y en este momento me doy cuenta de que nadie me lo había preguntado antes.
Benvolio se mete conmigo, Terencio chismorrea, pero nunca nadie me ha mirado a los ojos para saber qué siento en realidad.
Y sin embargo no respondo enseguida—. Lo he oído cuando se lo decías a Terencio.
Me he preguntado qué sentías ahora que es una Vestal.
—Estar separados no significa dejar de amarse.
—Jamás podría estar separada de mi amor; creo que me consumiría. Mejor la muerte. Mejor el olvido.
Le pregunto si conoce la historia de Vega y Altair. Y como ella dice que no, le cuento la leyenda. Escucha absorta. Cuando concluyo el relato, ella se queda rumiando. Luego niega vehementemente con la cabeza.
—Si amara, no tendría suficiente con una cadencia cada solasterio —sentencia—.
Ese es el amor de los poetas, tan conmovedor como efímero.
Es un amor precipitado, imprevisto, repentino, similar al relámpago que ya ha desaparecido antes de que alguien haya tenido tiempo de decir que relampaguea.
El amor necesita crecer, como el odio. Pero no es una mala hierba, es un capullo que aguarda para convertirse en una espléndida flor.
Sonríe, un tanto avergonzada por su ardor.
—¿Tú amas, Julieta?
—¡No! —dice decidida, quizá con demasiado apremio.
No me la creo del todo—. No —repite—. Pero he leído mucho.
En mi palacio disponía de mucho tiempo para mí sola.
Y ese amor sublimado me parece un poco bobo.
¿Sabes que Dante escribió poesías y poesías sobre una chica con la que ni siquiera habló?
El fuego que prende enseguida se apaga con facilidad, porque la leña no está lo suficientemente ardiente.
En cambio, cuando los cepos arden, su llama es infinita.
Eso es, quisiera que mi amor fuera así. Infinito.
Quisiera que mi corazón fuera tan grande como el mar, sin límites, y cuanto más amor conceda más tendrá, porque tanto él como mi deseo serán infinitos.