Romeo y Julieta Untold: La última congregación 28. Romeo
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28. Romeo

Romeo

Unas lechuzas ululan en la oscuridad y un búho responde.

También oigo el croar de unas ranas: es evidente que en alguna parte de la Academia hay un estanque.

Algún ratón desgaja ramitas y las roe. Por lo demás, la noche es silenciosa.

Será entonces por ese motivo por lo que los sonidos provenientes de la habitación llegan con nitidez hasta el balcón donde he trepado tras mi intento fallido de encontrar a Rosalina y en el que ahora estoy atrapado.

Lo que está sucediendo allí dentro es más claro que el agua: risitas, jadeos, gruñidos.

Resoplo resignándome. Conozco a Terencio; no descansará hasta que trine la alondra, suponiendo que llegue a oírla, con todo el jaleo que están armando.

Observo la Osa Mayor en el cielo. Por la diosa.

Todavía faltan al menos cinco cadencias antes de que se haga de día.

Una Valfiero y un Malvecio. Me los habría imaginado ensartándose la espada, y en cambio… Me río socarronamente yo solo de mi chiste verde.

Me tumbo sobre la piedra, con las manos detrás de la cabeza, y cruzo las botas.

La noche es cálida y la luna, solo una pequeña hoz que deja que las estrellas colmen el cielo.

Podría haber estado aquí, tumbado con Rosalina.

La habría consolado. Le habría hablado de los astros Vega y Altair, y de la Reina celosa de su pasión, que creó un río de estrellas para separarlos, obligándolos a vivir en lados opuestos de la bóveda celeste.

Pero una bandada de urracas, compadecidas por su dolor, voló por el firmamento tendiendo un puente para permitirles reunirse una vez al año.

Y esa única noche fue suficiente para su amor.

La habría convencido de que para nosotros sería así, que, aunque estemos en lados opuestos del cielo, yo Iniciado y ella Vestal, encontraremos la manera de reunirnos como esas estrellas, aunque solo sea durante una cadencia, todos los solasterios.

No son más que fábulas. Soy consciente de ello. Pero si no se cree en las fábulas, ¿cómo hace uno para esperar?

Hubo un tiempo en que las consideraba como granos que se pierden en el desierto, y hoy a estos granos me aferraría como si fueran rocas.

Crac. El ruido de una rama rota.

Un batacazo y un improperio.

Dudo que se trate de un ratón, a menos que el roedor sea tan grande como…

… Julieta Capuleto.

La he reconocido enseguida por la voz. Me levanto con cautela y me asomo a la balaustrada del balcón.

Está tratando de escalar la glicina, pero una rama rota la obliga a pegar un brinco que no es capaz de dar, al menos todavía no, siendo solo una Iniciada.

Lo intenta un par de veces o tres y por cada intento fallido se cae al suelo.

El impacto la hace renegar entre dientes.

Reprimo a duras penas una carcajada. La noche aburrida está decididamente a punto de convertirse en placentera.

Y ahí va, lo prueba otra vez, y de nuevo se cae con otra rama en la mano.

Me debato entre seguir mirando cómo fracasa, que es la mar de divertido, o echarle una mano.

Al enésimo trompazo dejo de contenerme y me río de buena gana.

—¿Quién es? —pregunta sin esconder un poco de angustia.

No respondo. Incluso intento respirar flojito—.

¿Quién es? —vuelve a preguntar con voz y preocupación crecientes.

Entonces asomo la cabeza por la balaustrada y me dejo reconocer—.

¿Romeo Montesco…? —Habría preferido a cualquier otro.

Dice mi nombre, resopla y pega un puntapié a una piedra.

—Puedo cambiar de nombre, si no es de vuestro agrado, damisela. —Me río socarronamente.

—Oh, no es únicamente vuestro nombre lo que me resulta hostil, señor. Seríais el mismo aun sin ser un Montesco. La rosa, aunque no se llamara rosa, conservaría intactas sus espinas. —Hace una reverencia fingiendo alzar un vestido que no lleva.

—La rosa también tiene un dulce y delicado perfume, una rara perfección que, resulta evidente, no sabéis apreciar.

Suelta una risa desdeñosa.

—Ni aunque renegaseis de vuestra casa podría hallar tales virtudes en vos.

—Oh, damisela, los muros del patio son difíciles de escalar, y este sitio, considerando quién sois, podría significar la muerte si alguien os descubriera. Si yo estuviera en vuestro lugar, no arrojaría más desprecios sobre el único que puede ayudaros a subir hasta aquí.

—Hay más peligro ahí, con vos, que con miles de ellos empuñando sus espadas.

Me enderezo y cruzo las manos sobre mi pecho.

—¿Yo? ¿Soy yo el peligroso? ¡Has intentado estrangularme hace apenas unas cadencias!

Gruñe, luego cierra la boca y se vuelve a concentrar en escalar la glicina. Y fracasa de nuevo.

—El pie no va ahí —digo.

—Disculpa si no te creo. Me harías caer solo por darte el gusto de reírte de nuevo.

—Julieta, te juro…

—No jures, Romeo. A los dioses no les gustan los perjurios.

—¿Me consideras tan mezquino? Pues buenas noches, querida Julieta. Mil veces buenas noches.

Hago ver que entro, pero en realidad me acomodo mejor en la oscuridad.

—Espera.

—¿Sí?

Sé que le cuesta pedirme ayuda, pero quedarse en el jardín es de veras demasiado peligroso.

Bajo por la glicina a toda velocidad. Las últimas ramas se han desgajado. Alargo una mano hacia ella sujetándome al tronco más grueso con la otra. Julieta pega un brinco y la aferra.

—¿No estaremos cogiendo el mal hábito de balancearnos uno con el otro colgando? —digo tirando de ella hacia mí.

Le rodeo la cintura con el brazo. Es de noche y no lo veo, pero me imagino que un ligero rubor le está colorando el rostro.

Pero no de vergüenza, sino de rabia. No le gusta que la ayuden, ni tener que dar las gracias a nadie.

Nos quedamos quietos así más de lo necesario.

Su respiración contra la mía, los corazones demasiado cerca.

Ella se escabulle y sube ágil como un gato hasta el balcón. Me dice un «gracias» con la boca pequeña, aunque no estoy seguro; también podría ser un improperio.

Se acerca a la ventana, pero los ruidos en la habitación la detienen. Gira la cabeza hacia mí.

—¿Terencio?

Asiento con la cabeza.

—Y la Valfiero.

Abre los ojos como platos.

—ESTÁS… —Baja la voz—. Estás de broma, ¿verdad?

Niego con la cabeza.

—¿No reparaste en cómo se comportaban en la gruta?

—No me fijo en esas cosas. —Se queda un momento escuchando. La Valfiero gime, jadea. Julieta se ruboriza y esta vez no tengo que imaginármelo. Enseguida se quita de encima la vergüenza—. ¿Cuánto nos tocará esperar atrapados aquí fuera? —pregunta, cruzándose de brazos.

Me siento en el suelo acomodando la espalda a la balaustrada. Me encojo de hombros.

—Creo que algunas cadencias.

Se apoya en la pared y se deja resbalar, resoplando. Murmura un «increíble» y luego se pone a mirar el cielo.

Nos quedamos así. Cerca, pero a la vez lejanos como las estrellas.

Un gruñido un poco demasiado fuerte y algunas palabras nos arrancan una carcajada. Terencio no habla la lengua de los Rápidos, pero creo que la calle Cappello le ha enseñado alguna que otra frase para la ocasión y ahora está haciendo alarde de ellas con la Valfiero.

—¿Qué ha dicho? —pregunta Julieta, con curiosidad.

—Es mejor que no lo sepas.

Otros gruñidos y algún que otro aullido. Nos tronchamos de risa. Puede que sea la primera vez que nos reímos juntos. No creía que una Capuleto y un Montesco pudieran compartir estas emociones. Creo que ella ha pensado lo mismo. Aprieta los labios para dejar de reír, pero sus ojos siguen divertidos.

Pasan algunos esimios antes de que Julieta vuelva a hablar.

—¿Hace mucho que os conocéis Terencio y tú?

—Nos hemos criado juntos. Benvolio, él y yo. En la gruta solo pensaba en ellos. Perderlos sería… —No digo más. No encuentro la palabra. No quiero encontrarla.

—Sois muy diferentes.

—Hace nada que nos conoces ¿y ya crees que puedes expresar una opinión? —No quiero ser antipático, pero el tono lo ha sido un poco. Ella se ha percatado, pero hace como si nada.

—Terencio se escuda siendo un deslenguado y andando con chulería —me dice—.

Hace ver que nada puede herirlo de verdad, pero si sabes dónde dar, lo hundes.

Y no hablo del físico. Benvolio es inteligente.

Mucho. Dedicado al sacrificio. Orgulloso de ser un Edenita.

Tras la piel blanca y las ojeras hundidas, hay un estratega.

No es fuerte como Terencio, pero es mucho más peligroso. Y tú…

—¿Y yo?

—Tú eres un Montesco.

—¿Y eso es suficiente para definirme?

—¿Ser una Capuleto me define?

La respuesta a su pregunta llega de inmediato: sí.

Ser una Capuleto la define. Y sin embargo me doy cuenta de que no debería.

No era una Capuleto cuando, abrazados, nos arrojaron al agua, no lo era cuando estuvimos encadenados intentando nadar para salvar el pellejo.

Y no lo era mientras la sujetaba con firmeza en el vacío, al tiempo que ella tiraba de la palanca para salvarnos a todos.

Conmigo no había una Capuleto, sino que solo estaba Julieta.

Y ese es el problema. Ella confunde mi odio, desmiembra mi rencor, me hace plantearme preguntas a las que no quiero dar respuesta.

Me da miedo esa respuesta. Hace apenas unos días me aferraba a aquel odio y lo alimentaba; ahora se está volviendo como la glicina que llega hasta el balcón, desgajadas las ramas a las que agarrarse.

Si buscara bien en mi interior, estoy seguro de que encontraría motivos válidos que me tenderían una mano para izarme de nuevo en el furor. ¿Pero es lo que quiero de veras?

—¿Tú sabes cómo estalló la guerra familiar? Entre Montescos y Capuletos, me refiero —le pregunto—. Cómo empezó todo.

Niega con la cabeza.