Romeo y Julieta Untold: La última congregación 27. Julieta #2
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27. Julieta #2

Abandona su roca y me señala con el dedo.

Directo e impertinente, habría querido ser como él de pequeña.

En la mano libre, en cambio, sostiene uno de los sacos de yute que trajinaban las Rápidas.

Está vacío ahora. Lleva un vestido rojo bordado de oro, con decoraciones florales que recorren las mangas, y unas mallas negras que le dejan los pies libres.

—¿Yo? Vagaba y he oído un ruido.

Él se enfada por un batimiento.

—¿Hemos hecho demasiado ruido?

Niego con la cabeza.

—No, es que oigo muy bien.

Él asiente, debo de haberlo convencido. Aprovecho para acercarme un poco y sentarme en una pequeña roca recubierta de musgo, siempre bajo su mirada curiosa.

—Tienes la cara extraña —dice, masticando con la boca abierta—. ¿Eres un hombre?

—No —frunzo el ceño—. ¿Por qué me lo preguntas?

—Porque tienes el pelo igual que yo.

—Bueno, no exactamente: el tuyo es rubio y el mío, en cambio, es pelirrojo.

—Sí, pero el corte de pelo es igual. —Toma un mechón de su pelo de lo más liso y lo estira; no debe de ser más largo que un palmo—. ¿Lo ves? Solo los hombres y los frailes llevan el pelo así. Las mujeres llevan el pelo largo.

—No todas. —Me río.

—No, luego lo llevan rapado y con trenzas, pero solo cuando son mayores… ¿Pero por qué tú lo tienes tan corto? ¿Te han castigado?

Frunzo las cejas. ¿Castigo? ¿De verdad debería ser ese el primer pensamiento de un niño?

—¿Por qué deberían haberme castigado? —digo—.

No, fui yo la que quise cortármelo. —Me parece que fue en otra vida, cuando le pedí a Liliana que contraviniera las Tradiciones de los Capuleto.

Ahora ella está muerta y yo estoy aquí, hablando con un niño del que ninguno de nosotros sospechaba la existencia.

Fue aquel día, durante mi Primer Paso, cuando todo cambió, cuando el agua la quemó y mi madre abandonó la ceremonia.

Y esa noche entendí que era diferente, cuando la bestia se liberó por primera vez.

—Bueno, sea como sea, tienes el pelo de hombre.

—A lo mejor solo los Rápidos tienen esas reglas. —Me río de nuevo. Luego lo entiendo—. ¿Eres un Rápido?

Él niega con la cabeza.

—No, yo soy Pacífico, pero aquí todos me llaman Puck.

No consigo no sonreír de nuevo.

—Me refiero a si eres un ser humano.

Me mira como si acabara de darme un golpe en la cabeza y desvariara.

—Perdona, pero ¿qué es lo que debería ser, un elfo de los bosques?

—No, claro que no… Yo me llamo Julieta.

—Entonces eres de verdad una mujer.

Un niño Rápido…, más bien decenas de niños Rápidos en el interior de la Academia.

—¿Tus padres saben que estás aquí? —Es una pregunta estúpida, pero no sé de qué otra manera puedo preguntárselo.

Puck niega con la cabeza.

—Nunca los he visto —sentencia, y un momento después añade—: Creo, vaya, si los he visto no me acuerdo. Tal vez no los haya visto.

Miro a mi alrededor.

—¿Ninguno de vosotros los ha visto nunca?

—No te van a responder: les da demasiado miedo hacer ruido. Y a mi parecer los de más arriba ni siquiera te entienden.

—¿Por qué lo dices?

Me lanza una mirada que podría competir con las que Benvolio reserva a quien repite una obviedad.

—Porque no hablan, ¿no? Los pequeños están en lo alto, porque son los más valiosos: yo al principio también estaba en lo alto, pero ahora soy de los más viejos. Dentro de poco me haré mayor. —Alza la cabeza, orgulloso.

Noto que se me erizan los pelos de la nuca, y no es por la humedad de este lugar.

—Si hacemos demasiado ruido, vienen a castigarnos: debemos aprender el silencio, dicen. —Me dirige una de sus miradas impertinentes, propia de la gente que siempre quiere salirse con la suya—. Y si te encuentran aquí, te castigarán a ti también.

Me estremezco, pero procuro que no se me note. No quiero tener miedo delante de un niño, aunque de repente sus palabras suenan de lo más adultas.

—¿Y quién podría castigaros?

—Los hombres sin lengua.

—Los servidores… —me digo a mí misma—. No tienen la potestad de castigar. —Pero me basta un batimiento para comprender que las reglas que se nos aplican a nosotros, los Iniciados, no conciernen a estos niños—. ¿Qué hacéis aquí todo el tiempo?

—Crecemos y esperamos, y a veces jugamos en voz baja. Solo cuando estamos solos o cuando está la mujer sin lengua con la cara roja. Ella nos hace sombras con las manos de vez en cuando. Pero hace mucho que no viene, así que nos aburrimos.

Selina, me digo. Una de las Rápidas que se ocupan de nosotros. Procuro tomar nota: ella conoce este lugar.

—¿Y nunca salís? —pregunto.

—No se puede salir. —Acaricia la vaina de la espada, con la mirada perdida—. Solo cuando nos hacemos mayores. Nosotros por ahora esperamos. —Luego me mira de nuevo—. ¿Tú sabes hacer sombras con las manos?

A pesar de que intentan mantenerse en silencio, oigo un murmullo que proviene de las alcobas.

Niego con la cabeza y Puck me mira decepcionado durante al menos dos batimientos.

—Bueno —dice—, pero tú vienes de fuera, algo habrá que sepas hacer, ¿no?

Cavilo durante lo que parece una eternidad, con los ojos de todos los niños sobre mí.

—A lo mejor sí —digo—, dame el pan.

—Es mío —protesta, abrazando el mendrugo contra el pecho.

—Confía en mí —insisto.

Ni siquiera intenta esconder la desconfianza, pero acaba cediendo y alarga la mano. Tomo el mísero trozo de pan; por la consistencia, ya sé que es viejo y que ha absorbido la humedad de la cueva. No tiene nada que ver con la comida que nos han servido a nosotros.

Cierro los ojos. Pienso en el jardín de mi palacio, en los árboles siempre cargados de fruta, en mi melocotonero. En los Arquitiempos que lateluna tras lateluna acuden para hacerla madurar, pienso en el puñal que mi tía me ofreció.

Intento imaginar la hogaza recién horneada, su corteza crujiente, la miga todavía caliente, el vapor que se eleva, el calor del fuego.

Voy todavía más atrás en el tiempo. Busco la harina y el agua, la levadura. Pienso en la masa en reposo. «Retrocede», pienso, «retrocede».

Si es cierto que soy una Arquitiempo. Si es cierto que esa es mi Pertenencia. Si es cierto que hay algo dentro de mí capaz de asombrar a una Alta Maestra…

Si es cierto que esto es solo un mendrugo de pan, que es el más simple de entre los alimentos de los Rápidos…

Entonces ¿por qué no está funcionando?

¿Por qué soy capaz de romper huesos de un puñetazo pero no logro dar de comer a un niño?

—¿Julieta? —Es la voz de Puck.

—Silencio —susurro. Noto un movimiento; es él, que recula. Mi voz lo ha asustado. Tanto da.

Aprieto el trozo de pan entre los dedos y la corteza húmeda cede bajo mi presión.

«Retrocede», pienso.

Son niños prisioneros, castigados por cualquier cosa, que no ven la luz del sol. Noto que mi Marca quema, y una lágrima que se asoma entre mis párpados, y un dolor en el pecho, allí donde se alberga el corazón de la diosa.

Esa es mi Pertenencia, esa que no debería existir, no de esta manera, no para todos. Pero aquí todo es más poderoso, es como si sintiera la respiración de toda la Academia.

No de las personas que viven en ella, sino de la roca y del agua, de las plantas y de los insectos y de la comida horneada por los Rápidos y de lo que sea que anide en las profundidades debajo de mí y respira y me llama y me dice que pertenezco a este mundo. Que, sea como sea, yo soy este mundo.

Esa es mi Pertenencia.

La siento fluir bajo la piel, recorrerme las yemas de los dedos; mi corazón de la diosa se pone a latir, la Marca se calienta, quema, entrecierro los labios para soltar un soplo que significa «vuelve a ser como antes, el Tiempo no significa nada para ti», y mientras lo hago siento los días que me abandonan y un nuevo cansancio me cae encima, como una pila de piedras sobre mis huesos, como una fiebre invernal, como si me fuera a desmayar para no despertarme nunca más.

Pero vale la pena: cuando vuelvo a abrir los ojos, entre las manos sostengo una hogaza entera, y su olor se esparce como si estuviera recién horneada.

Puck abre los ojos como platos.

—¡Increíble! —exclama, y su voz resuena hasta el techo de la sala. Ya se ha olvidado del miedo.

Me arrebata la hogaza de las manos y se la lleva a la boca. Antes de hincarle el diente, la huele profundamente.

Pero entonces todos los demás niños empiezan a tamborilear sobre sus parapetos de roca, un ritmo sigiloso que me obliga a mirar a mi alrededor.

—¿Por qué hacen eso? —pregunto—. ¿He hecho algo malo?

Puck aguza el oído, como si todavía pudiera oír el eco de sus exclamaciones.

—Demasiado ruido —dice, esta vez en voz baja—. Los hombres sin lengua están llegando. —Se esconde la hogaza en el vestido y me mira a los ojos—. Tienes que esconderte, deprisa.

—Volveré —le digo, y le acaricio la cabeza.

Puck asiente, pero hay duda en el fondo de sus ojos.

Luego empieza a trepar por la pared de roca.

Sus pies descalzos encuentran los agarraderos gracias a la costumbre, hasta que se refugia en una alcoba vacía—.

Y aprenderé a hacer sombras con las manos —susurro.

Pocos esimios después, me pego contra la roca e imploro a las sombras que me protejan.

—Me habéis acompañado hasta aquí, me habéis ayudado, no me abandonéis —ruego.

Cuando la roca empieza a moverse, me preparo.

En el momento en que un Rápido entra para vigilar, me deslizo a sus espaldas.

Su mirada recorre las alcobas, pero ahora aquí reina el silencio, como si solo la muerte morara en esta sala.

Mientras recorro los pasillos para salir del edificio, me juro a mí misma que no he mentido a ese niño. Que volveré a verlo.