Romeo y Julieta Untold: La última congregación 27. Julieta
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27. Julieta

Julieta

Abandono los aposentos de mi tía con un nudo en el estómago y las manos sudadas. ¿Cómo puede sencillamente sugerirme que no pierda el control? Ella es una Alta Maestra Aeteriana: se ha entrenado toda la vida para ser exactamente lo que es. ¿Pero yo? ¿Qué soy yo?

La única persona que parece saber algo de eso debería ser mi madre, pero esa me parece la mayor mentira, tanto da lo que diga mi tía.

La mera idea de regresar al claustro de mi Tropa con el peso que llevo en mi interior se me antoja insoportable: creía tener una aliada en Netria, y en cambio no he encontrado más que una persona asustada.

Ha hecho todo lo que está en sus manos para ayudarme, es verdad…

O al menos es lo que ha dicho. Porque desde que nos admitieron en la Congregación he comprendido que, aquí, nada es lo que parece. Ni los sitios ni las personas.

Casi para dar curso a mis pensamientos, un ruido me deja paralizada.

De nuevo el sonido de la piedra que se desliza sobre piedra, lentamente.

Podría dar media vuelta y regresar al claustro, pues el camino por las escaleras no es muy largo.

Pero la fuente del ruido está a pocos pasos, donde el pasillo en el que me encuentro se cruza con otro, y algo se mueve despacio dentro de mí, un sentimiento de curiosidad y de fastidio.

Porque aquí todo nos llega silenciado, todo es un secreto.

Incluso quien nos promete respuestas y verdad no hace más que mentir o guardar silencio: desde el que nos gobierna y nos debería instruir, todos esperan que respetemos las reglas y nos inmolemos en el nombre de una guerra contra un Enemigo que ni siquiera tiene nombre.

Pero todo cuanto quiero, ahora, es la verdad.

Como si quisiera confirmarme que tengo razón y que no estoy haciendo nada malo, o que simplemente a estas alturas es demasiado tarde para echarme atrás, mi Marca empieza a latir, como una extremidad dormida que poco a poco va recobrando la sensibilidad.

Sin embargo, no brilla, y supongo que eso es mérito de Netria.

Pero me transmite una vibración bajo la piel, como si fuera detrás del ruido tras la esquina.

Me asomo poco a poco y las veo: son las dos Rápidas que seguí involuntariamente mientras me dirigía a la cuarta planta.

Quietas al fondo de su pasillo, frente a una pared que sería como cualquier otra si no fuera demasiado normal, diferente de todas las que hemos visto.

No hay frisos ni bajo relieves, ni la decora ninguna flor.

Parece una pared de roca, porosa e irregular, como aquellas naturales de la gruta.

Como si esta pared fuese una extensión de la piedra de la que está hecha la colina, y el edificio de la Academia se hubiera construido a su alrededor.

Una de las Rápidas alza la mano. La luz de la esfera ilumina un anillo delgado que lleva en el índice.

Sigue con el dedo un círculo en la piedra, de izquierda a derecha, de arriba abajo, y apenas lo ha completado, la vibración de la piedra se interrumpe.

Como un último coletazo, su eco en mi Marca también cesa. Las dos Rápidas gesticulan entre ellas.

Me retiro apenas las Rápidas se giran en mi dirección y se ponen a andar.

Lo que sea que le esté sucediendo a mi Pertenencia me ayuda, porque mientras el latido de mi corazón se acelera, noto que las sombras se hacen más densas en torno a mí.

Pego mi cuerpo a un entrante de la pared, y parece que la débil luz de la esfera aeteriana suspendida del techo se desliza a mi alrededor sin tocarme, sin iluminarme. Como si no existiese.

Cuando las Rápidas superan el cruce, me fijo en que ya no llevan los sacos que transportaban antes. No respiro hasta que sus pasos no suenan lejanos y, en cuanto estoy segura de haberme quedado sola, abandono las sombras y alcanzo la pared de roca.

Me parece oír algo más allá de la piedra.

Un correteo, tal vez, o un susurro. No son ruidos naturales, sin duda: al otro lado hay alguien.

¿Rápidos? Improbable. ¿Altos Maestros, quizá?

No, ellos tienen aposentos como el de Netria, seguro.

Y dudo que las Rápidas le hayan llevado sacos al Decano en mitad de la noche.

Podrían ser Ensiferios, pero no los hemos vuelto a ver desde que ingresamos oficialmente en la Academia. No, están muy ocupados vigilándonos.

Acaricio la piedra y, donde la Rápida ha pasado el dedo, me parece que voy más despacio, como si mi mano pesara más.

Pertenencia de los Graves, la misma que gobierna nuestras armaduras, es por eso por lo que llevaba un anillo como el que llevo yo también.

No hay ningún triángulo escondido esta vez, sino un símbolo que trazar.

Intento escuchar a la roca y repito el gesto que ha hecho la Rápida, pero en sentido contrario. Hay puntos en los que noto que el anillo se hace más pesado alrededor de mi dedo, minúsculos entrantes en los que la piedra está más receptiva, y al fin estos puntos forman un círculo.

Cuando completo la figura, la roca vibra de nuevo. Poco a poco, como un murmullo susurrante, la pared empieza a deslizarse hacia abajo y, cuando ha terminado, cruzo el nuevo umbral al que ha dejado sitio.

Y no entiendo dónde me encuentro.

Me esperaba un claustro, o un aula, incluso un calabozo, tal vez, pero no es nada de eso.

Se trata de una sala circular, que se extiende en altura más de lo esperable, abriéndose al cielo nocturno.

Solo que me basta un batimiento para comprender que no es el cielo de verdad, y no solo porque este no está abarrotado de las nubes que noche tras noche nos azotan con lluvia, sino porque las mismas estrellas son distintas.

No reconozco las constelaciones aquí, porque no hay: cada cuerpo celeste está colocado en orden en el techo negro, para dar una apariencia de astro. Pero se trata de esferas, nada más.

El aire me provoca un escalofrío, es pesado y frío como el de la gruta, y un fino estrato de humedad recubre las paredes de roca, lisas tras centurios de acción del agua.

Es como si este lugar hubiera sido arrancado de las vísceras de la tierra y elevado, colocado en la cima de la colina.

El pavimento está recubierto de musgo y de líquenes que emanan una ligera luminiscencia azulada, absorben el peso de mis pasos y atenúan el ruido.

Una alfombra natural, salpicada por rocas circulares que me hacen pensar en sillones y estalagmitas rotas cual columnas más antiguas que la misma historia, surcada por caminitos donde los pies la han pisado.

Sendas que conducen al centro de la sala, donde una estatua de mármol inmaculado sobresale casi el doble de mi altura.

Minúsculas gotas de agua se juntan en las puntas de sus dedos adornados de anillos y resbalan a lo largo de los pliegues del velo que le cubre el rostro.

La cabeza alta y los brazos bajados, con las palmas hacia fuera en señal de acogida, me hacen pensar en una pirámide que se eleva hacia el falso cielo que recubre el techo.

Daría una idea de ligereza, si no fuera por el Libro al que está encadenada, y entonces la acogida se transforma en pasión, en dolor, en sacrificio.

Cuando el agua gotea abandonando la estatua, se recoge en los pies de su pedestal cuadrado, en un pequeño canal circular que refleja la luz de las falsas estrellas.

Todo en esta sala parece tender hacia la estatua de la Lectora; también las alcobas que, infinitas, se abren en las paredes hasta el techo.

Es desde esas alcobas desde donde, por un batimiento, unos pequeños ojos me miran fijamente.

Doy un paso atrás y a la maravilla la suplanta el temor, pero la puerta de piedra a mis espaldas ya se ha vuelto a cerrar.

Un movimiento delante de mí, detrás de una estalagmita. De nuevo ese correteo sobre la roca. Mi mano va rauda a la empuñadura de mi espada; la bestia en mi interior se agita un poco percibiendo el peligro. Me pongo en guardia y tomo aire mientras vuelvo a llamar a la Pertenencia.

Selfieras. Eso es en lo que no he pensado.

Las criaturas en las que se transforman los que no logran cumplir a tiempo el Primer Paso, o que no reciben el Vínculo con Alyaster.

En lo que Folco corrió el riesgo de convertirse.

Seres corruptos que se abaten, ofensas al orden del mundo.

Eso es lo que se esconde aquí. No Rápidos ni Edenitas, sino monstruos.

—Sal afuera —ordeno, a pesar de saber que mis posibilidades contra una Selfiera son nulas. Pero no tengo intención de irme sin luchar.

Y, de detrás de la estalagmita, la criatura muestra el rostro: un niño, con el pelo del color de la paja que le llega a las orejas y una hogaza en la boca.

Aflojo la sujeción de la espada y relajo el brazo.

El niño no debe de tener más de diez solasterios. Creo que tiene la misma edad que el hermano de Romeo, y estaba dispuesta a matarlo.

Sus ojos son enormes por el asombro, más que por el miedo.

—¿Tú hablas? —pregunta con una voz aguda que no deja entrever ningún temor. Me escudriña de pies a cabeza.

—¿No debería?

Él ladea la cabeza, curioso. Sin embargo, luego mira mi espada.

—¿He hecho algo malo?

Envaino el arma y procuro sonreírle, a pesar de que lo último que me esperaba encontrar aquí era un niño.

—No —digo—, no has hecho nada malo.

Me acerco un paso y por encima de mi cabeza oigo los cuchicheos que provienen de las alcobas. Alzo la vista. Hay otros niños que me miran desde las cavidades en la roca, se ocultan tras los pequeños parapetos, asoman solo la cabeza y la esconden cuando mi mirada se detiene sobre ellos.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunto.

—Nosotros vivimos aquí —me responde el niño con el trozo de pan—. ¿Qué haces tú aquí?